Historia de los pueblos y ciudades del Estado de Sinaloa México

 

 

TOPOLOBAMPO PUERTO DE ILUSIONES

 

Por: Juan Antonio Lastras R.

 

La bahía de Topolobampo es un lugar sobre el que se puede escribir de historia, arqueología, literatura y fantasía.

Su nombre es la primera imagen, y nadie sabe si fue sacado al indeciso corazón de Hamlet, o es el nombre de una princesa india, con celajes, vestimentas y brocados traídos de oriente, de Alejandría, de China, de Estocolmo o de Tanger.

La bahía es un lago donde el mar ha olvidado su tormentoso cauce. Sus escalonadas olas que suben y bajan y terminan en reventar en nubes de espuma, hacen que la gente sienta un extraño temor como si estuviese esperando la sentencia del Juicio Final.

La bahía es un lago gigantesco en donde el espacio todo se difunde como una lluvia de colores, en el que la luz vencida de la tarde se transforma en un coro de danzantes, que se enlazan y huyen en evadizo oleaje.

Es una bahía de tesoros visuales, que alguien ha querido encerrarla con llave, aprisionarla para que nadie la tea ni la toque.

Un complot de brujas, de magos, de adivinos, de políticos y de sus propios naturales, la ha sellado a los ojos del hombre trashumante.

¡Parece ser que nadie quiere que la conozca nadie!

Que nadie disfrute de sus amaneceres que se pintan a lo lejos —como una lluvia de mariposas que dibujan de rojo las distancias. Sus días son claros como el agua nueva, como una pantalla de átomos solares. Y sus atardeceres maravillosos sólo puede describirlos Darío, Baudelaire, Kipling o Cervantes.

Es una bahía amurallada, que no ha querido conocerla nadie, a pesar de sus múltiples encantos, de su abundante y rica pesca, que tranquila y descuidada se adormece entre las piedras y los manglares.

De sus playas forradas con arena blanca, sedosa y refrescante, nadie ha querido acordarse. Es como un caracol envuelto en su propio eco, mojado con el llanto salobre de su soledad y abandono.

Más, sin embargo, a ella han llegado gentes de todas partes. Algún encanto, o maldición debe de tener, o quizás sus bellezas naturales son tan fuertes y estrujantes, que desde el mamut de las épocas glaciales, el hombre del Cromagnon, el de Pekín, los Nahoas, los Mayos, los Leones de Castilla o las plumas de Lepanto, han cruzado sus senderos… se han estremecido con sus sitios glandulares y han seguido adelante.

 

Durante muchos siglos fue el paraíso de unos cuantos indígenas. Aquellos hombres altos y bronceados —que rompiendo las reglas seculares— sacaban de sus aguas la gigantesca caguama, el bonito, el pargo, o el róbalo, para romper la histórica monotonía de la tortilla de maíz, que no alimenta, pero a pesar de todo seguimos aferrados a tenerla como el manjar de los dioses.

Quizás por eso aquellos indios eran altos, robustos, fuertes y audaces, porque sin saberlo, sacaban de sus aguas el alimento que nutre, que plastifica y repara los desgastes cerebrales.

En leyendas que datan de pinceles auténticos coloniales no aparece su nombre por ninguna parte. Parece que un sortilegio legendario, o un conjuro sobrenatural cubre su existencia, —como si fuera el Sangrila que tánto buscaron los sabios, los literatos, y los propios conquistadores españoles.

Albert K. Owen fundó en ella una ciudad, que vivió en el papel diez, y seis años. Una ciudad como no se ha construído otra en el mundo: con grandes avenidas, bloques residenciales muy bien arbolados, carriles para máquinas, bicicletas y peatones. Un lugar que pinta en sus lecciones, amor y paz. Pero que nunca se hizo realidad. Otra vez el extraño sortilegio cayó sobre sus playas, sus aguas y sus montanas, y se esfumó como se evapora el humo de un cigarrillo.

 

El trazo de un ferrocarril se hizo realidad en nuestro tiempo, pero allí está —como un gigante dormido— que nadie ha podido usar. Sus aguas están surcadas por barquichuelos de Pescadores, por deportistas que se pueden contar con los dedos de la mano, y por un puñado de americanos, que posan sus trailers, sin saber si aquello es verdad o ficción.

La bahía, es la laguna marina más hermosa y más segura del país. En ella se pueden anclar todas las flotas de guerra y mercantes del mundo. Sus montañas le forman un abrigo cerrado contra huracanes —que no tienen otras bahías de la tierra— pero allí está, triste y, sola, y más abandonada que triste. De vez en cuando el gobierno del centro manda un draga—puertos, para abrir el canal de entrada, pero los marinos y las dragas no quieren trabajar, quizás las manden a vacacionar, o a justificar algún presupuesto que necesita aparecer en los informes anuales.

Describir a Topolobampo es imposible… sólo la retina de una cámara fotográfica, o el pincel de un extraordinario pintor nos puede dar una idea de su majestuosa belleza dormida.

Y muchas veces yo he pensado que es mejor que así sea. ¡Que siga sola y tranquila, que no lleguen a sus playas los fraccionadores sin escrúpulos que la conviertan en una letrina!

¡TOPOLOBAMPO!

“¡Bahía con nombre de reina india y con historia de doncella infortunada! Sigue así, clara como el color del tiempo, transparente como el perfil del aire. Que el misterio que existe contra ti, se prolongue por muchos siglos, porque todo parece que este México tan pobre en misioneros de amor y paz, y tan lleno de ladrones, no merece una bahía como tú”.

 

Tomado de: Presagio, Revista de Sinaloa; número 13, páginas 25-26.

 

Puerto de Topolobampo en Sinaloa, México

Pintura del puerto de Topolobampo, Sinaloa, México

 

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Topolobampo, puerto de ilusiones
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El pensamiento sinaloense en torno a la bahía de Topolobampo en el municipio norteño de Ahome.

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