Gente de Sinaloa

Teófilo Noris

 

Por:  Alejandro Hernández Tyler

 

Teófilo Noris Cibrián, el heroico cadete sinaloense que vivió las horas trágicas de la defensa del Castillo de Chapultepec, en 1847, lucía en su chaquetín las espiguillas de sargento segundo cuando vio abatirse, junto a sus dieciocho primaveras, a los niños héroes del Colegio Militar.

Teófilo Noris nació en la ciudad del Rosario, Sinaloa, el 9 de enero de 1829, siendo sus padres don Joaquín Noris —militar que alcanzó el grado de comandante en el Ejército Republicano— y la señora dona Victoria Sabrían.

A los 16 años de edad, siguiendo su vocación a la carrera de las armas fue a México, ingresando al Colegio Militar. Permaneció en las aulas dos años. Alcanzó, por méritos propios, el grado de sargento segundo, y, comandando la Segunda Compañía, tomó parte en la defensa del Castillo de Chapultepec, en aquel inolvidable 13 de Septiembre de 1847, en el que los niños héroes escribieron una de las páginas más bellas de la Historia de México.

Teófilo Noris, hablando desde la altura nevada de sus 80 años, describió, en páginas que guardan amorosamente sus hijos, la epopeya:

A nosotros se nos había confiado la guardia del Hospital de Sangre. Este se encontraba situado al lado oriente de Chapultepec. En el occidente del Colegio, que estaba defendido por la Primera Compañía, al mando del general Monterde, el tiroteo había principiado desde por la mañana del día 13. Los de la Segunda, que éramos cuarenta alumnos, cuatro cabos y yo, que era el sargento, no habíamos sido molestados en nada. Como a las 12 del día, recibimos aviso de que la position llamada “Caballero Alto”, se había rendido y que ya los americanos se dirigían a nosotros. El oficial de nuestra Compañía Miguel Pucel, nos ordenó inmediatamente ponernos sobre las armas.

Lo recuerdo perfectamente. Era Andrés Mellado quien estaba de centinela avanzado, y quien, entre la emoción profunda que nos embargaba a los cadetes, dejó repercutir el esperado grito:

—! Alto! !Quién vive?

¡Qué momento aquél! Pensamos en un segundo en los nuestros, en el hogar, en los amigos, en la Patria, en el honor… Y un aliento de gloria nos trastornó, nos embriagó, y, anonadados, corrimos a las armas, volamos sobre las cajas de parque, tomamos nuestras posiciones y no hicimos esperar la respuesta a los primeros tiros de la fusilería enemiga…

Sobre los parapetos estábamos inmóviles, cargando los fusiles y veíamos al centinela, sonriente, que se detenía de cuando en cuando para contestar alguna bala que cerca le pasaba, silbando siniestramente. Y había un muchacho — ;qué diablo, vaya que era valiente!— que siempre se distinguió en el tiro al blanco, y que allí, tras de su parapeto, parecía muy divertido en cazar americanos.

De pronto oímos al centinela que gritaba: —!Relevo! !Estoy herido!

Se le relevó, luego; estaba ligeramente rozado por una bala en el carrillo. Poucel dirigió esa defensa como un león. ;Vaya si era bravo Poucel! Era de vérsele multiplicándose en los sitios de mayor peligro, alentándonos, infundiéndonos ánimo, cargando personalmente los fusiles, haciendo fuego certero. De pronto, oí a alguien que me llamaba. Era Poucel.

—!Sargento! —me dijo—. Deje usted de tirar. Ocúpese en cargar las armas de los muchachos, porque estos malvados nos acosan por todos lados.

Entonces tomé lugar cerca de cuatro cajas de parque que teníamos, y comencé a cargar fusiles y a llenar cartuchos. No llevaba mucho tiempo en esa tarea, cuando ví aparecer, por la puerta del “Rastrillo”, a cerca de 150 hombres, los cuales comenzaron a hacer fuego, un fuego de infierno. A poco aparecieron otros 150, que redoblaron su ataque sobre nuestras posiciones. Notaba yo que las cajas de parque quedaban vacías por momentos, cuando se acercó nuevamente Poucel y me dijo:

—!Sargento, los muchachos aflojan!

—Hay razón —le contesté—, el parque se nos ha agotado.

El general Monterde —sigue la voz del héroe— no podía trasmitirnos sus órdenes en aquellos momentos, porque estaba preso en la parte occidental del Colegio… Los tiros estaban agotados y la rendición se imponía. Agustín Melgar no estuvo conforme y se fué a encerrar a la biblioteca. Después, cuando entraron los americanos, los recibió a balazos y mató a uno de ellos. El también fue herido. Después de que sufrió la amputación de una pierna, murió.

Al rendirnos no entregamos personalmente las armas. Poucel nos ordenó las colocáramos en tierra y él hizo lo mismo con su espada. Al acercarse a donde estábamos las fuerzas del general Smith, subió primero sobre el reducto un joven oficial americano. Inmediatamente se dirigió a nuestro oficial, exigiéndole rindiera su espada. Poucel nada dijo y solamente, con altivo gesto, le señalo el arma, que se encontraba en el suelo.

—Si quieren recogerlas —nos dijo— que se inclinen a tomarlas; nosotros jamás se las entregaremos.

Después fuimos encerrados en los dormitorios de Chapultepec y al día siguiente se nos condujo a Tacubaya, en donde negamos juramento de no tomar las armas contra la invasión. El día 15 se nos puso en libertad, en México, a condición de no salir de la capital… Todo lo recuerdo perfectamente. Me parece ver, ahora mismo, a Montes de Oca, que murió a mi lado; a Suárez, a Hilario Pérez de León, a Escutia, a Pablo Banuet, a Agustín Melgar. [...]

En el viejo mineral donde nació el aguilucho sinaloense todavía puede contemplarse la casona donde vio la luz primera, en cuyas paredes la gratitud rosarense colocó una placa conmemorativa en el primer centenario de la epopeya. Además, el ayuntamiento de la municipalidad expidió un decreto según el cual la calle Guanajuato perdía su nombre para ostentar en lo sucesivo el del héroe. La comuna de Culiacán también honro la memoria del cadete sinaloense, en igual forma, para perpetuar la defensa del Castillo de Chapultepec.

Por lo demás, en el archivo de la parroquia de Rosario, en el Libro de Bautismos —periodo 1823-1831—, página número 177, se encuentra una partida que, respetando su ortografía, dice así:

Al margen, José Teófilo.—Al centro: En esta Santa Iglesia Parroquial del Rosario, a nueve de Enero de mil ochocientos veintinueve, yo el Vicario Foráneo Cura Párroco Presbítero Manuel Rojas Bautice solemnemente, puse el Santo Oleo y Sagrada Crisma a un niño que nació hoy, a quien puse por nombre José Teófilo, hijo legítimo del ciudadano Joaquín Noris, Jefe Político del Departamento de San Sebastián y de doña Victoriana Sabrían; fue Madrina doña Prudencia Sánchez a quien advertí su parentesco espiritual y obligaciones.

Manuel Rojas O., rúbrica.

 

Teófilo Noris fue el último superviviente de la gloriosa jornada del 47. Bajó a la tumba el 29 de agosto de 1909, en la ciudad de México, agobiado bajo el peso de sus ochenta años batalladores.

Al recibir Teófilo Noris el amoroso abrazo de la tierra, bajo el azul intenso del cielo de México que entolda el viejo escenario, rematado por los volcanes de leyenda, se epilogó una de nuestras más bellas lecciones de historia patria.

Aquel día los viejos ahuehuetes del bosque de Chapultepec agitaron sus cabelleras ancianas, para dejar caer, en homenaje al aguilucho sinaloense —el último de los Niños Héroes— sus cien lágrimas de heno.

 

 

 

Teófilo Noris

Teófilo Noris, cadete sinaloense, héroe de Chapultepec

Summary
Name
Teofilo Noris Cibrián
Nickname
(Héroe de Chapultepec, niño héroe sinaloense)
Job Title
Militar, Cadete de Chapultepec
Company
Ejército Mexicano, Colegio Militar de México
Address
El Rosario,Sinaloa, México

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