Santos López Santícuara

April 17, 2015

Gente deportista sinaloense

 

SANTOS LÓPEZ SANTÍCUARA Y SU LEYENDA

 

Por: Jorge Medina León

 

Son los días de lo que ha sido llamado glorioso Colegio Civil Rosales. Genaro Estrada, el muchacho gordinflón que suele frecuentar la vieja peluquería de Rosales y Rubí, para meter baza en las conversaciones de los mayores como diría Carlos Filio en su “Crónica de Occidente”, había salido ya hacia el ostracismo político en unión de Enrique González Martínez, pero el joven huertista regresaría pronto para disfrutar de las mieles del poder y también para un fin temprano. Secretaría de Educación Pública, Secretaría de Relaciones Exteriores, la embajada de México en España, la doctrina de derecho internacional que lleva su nombre, su novela “Pero Galín” y sus poemas que el sudamericano Tristán Maroff, llegó a considerar como mediocres.

Enrique González Martínez, que en las “Ollas de Imala” ataca a la revolución que nace dolorosamente, alcanza en la poesía las cumbres del argentino Guillermo Valencia, del chileno Leopoldo Lugones y de su compatriota Salvador Díaz Mirón, el del grito eterno, el de la frase imperecedera: “Nadie tiene derecho a lo superfluo, mientras alguien carezca de lo estricto”.

Enrique González Martínez, da a Sinaloa su primer gran poeta, Enrique González Rojo y cuando éste muere prematuramente, el padre con el corazón desgarrado le escribe una elegía imborrable. Finalmente este gigante del modernismo poético se une a los hombres que luchan por un destino mejor para su pueblo y muere como Voltaire, amando a los hombres y odiando a la injusticia, que el llamó imperialismo.

Son los días del glorioso Colegio Civil Rosales que alumbra la profesionalidad de un ingeniero del norte de Sinaloa que construye una alberca sin cavar en la tierra, es decir con paredes sobre la superficie y cuando la alberca hizo explosión, el ingeniero se jalaba de los cabellos tratando de explicarse en que había constituído el error técnico de la obra.

Son los días del glorioso Colegio Civil Rosales y de la construcción del Estadio Universitario, a cuyo creador se le olvidó ordenar sacar la aplanadora del campo que así quedó aprisionada dentro del Estadio.

Son los días del crepúsculo doloroso de Jesús G. Andrade, cuya frase “nunca una espada podrá destruir un rayo de luz”, fué frecuentemente citada por los fogosos oradores estudiantiles en las luchas contra el Dr. Julio Ibarra y el Lic. Gonzalo Armienta. en 1966 y en 1970 y en 1972. La repetirán junto a aquellas palabras de José Martí, el mártir de Dos Ríos: “nuestro vino es amargo, pero es nuestro vino”.

Pasea, rodeado de sus más inmediatos colaboradores, por la plazuela Rosales, que despide el aroma de sus naranjos, el señor Lic. Enrique Pérez Arce, director del Colegio Rosalino. Avanza hablando en tono doctoral y vestido irreprochablemente con un fino traje de la época.

Lejos, un chiquillo inquieto mira curioso aquel solemne caminar de tan respetables señores y de pronto una furia súbita, una extraña sensación de maldad o rencor infantil recóndito, lo asalta, toma una naranja agria y la lanza contra la humanidad del autor de “La Tambora” y se estrella exactamente en la pechera albeante del destinatario. Acto seguido el chiquillo emprendió la huída con una velocidad de vértigo.

Muchos dicen que el Lic. Enrique Pérez Arce, cuando llegó a la gubernatura de Sinaloa, ya había perdido la memoria, pero lo cierto es que cada vez que se encontraba con el adolescente de entonces, le recordaba reprensivamente: “Santitos, no creas que se me olvida todavía lo del naranjazo”.

Aquí empieza la leyenda de Santos López, Santícuara, hijo de la vieja calle del Pescado, la de las muchachas de “arranque” de que hablaba el Lic. Francisco Verdugo Fálquez en sus “Historia de las Viejas Calles de Culiacán”, la de las fiestas de rompe y rasga.

lo que ahora se llama calle Zaragoza, donde ya no quedan vestigios de aquello que fue.

Santos López, Santícuara, ese prodigio deportivo, juega beisbol durante más de veinte años y ni al final conoce siquiera la derrota. Vence en singulares duelos de pitcheo, con una sonrisa burlesca a estrellas del beisbol mexicano como Manolo Echeverría y “Cochihuila” Valenzuela, que algunos han considerado como el mejor serpentinero mexicano de todos los tiempos.

Vence al legendario “Guaulón” López, del Rosario, al “Varita” Tavizón y al “Chueco” Plata. En Los Mochis, contra un equipo en el que figuran el norteamericano York, los hermanos Alejandro y Cruz Bojórquez y Alfonso G. Calderón, (actual gobernador de Sinaloa que jugaba la tercera base) vence también a Clemente Grijalba.

Pero juega igualmente la tercera base, el jardín central, la segunda base y todas las posiciones que le quieran dar y batea además siempre con un porcentaje muy por encima de los 300.

El Gral. Álvaro Obregón, a quien horas antes el poeta Jesús G. Andrade, en cabal estado de embriaguez le anuncia con la exactitud de un profeta, su muerte cercana (cosa que ocurre una semana después) contempla admirado y lleno de estupor la hazaña de un jovencito que en una carrera de resistencia por las calles de Culiacán que termina en el estadio actual de la Universidad, avanza imperturbable, mientras que sus compañeros van cayendo exhaustos uno a uno, hasta quedar solo para recibir sin gesto alguno, la medalla que prende en su pecho el presidente electo de México, que le da también veinte monedas de oro. El corredor premiado es Santos López, Santícuara, y este es otro episodio de su leyenda.

Pero, ¿que rama del deporte le es extraña a este Santos López que triunfa siempre en las carreras de cien metros con obstáculos o sin ellos, en cuatrocientos metros, que lanza la jabalina como ninguno y triunfa más de una vez en salto de altura? Le falta la gimnasia en la rama de barras y argollas y triunfa también en ellas.

Me han pedido hacer una entre vista y en el caso de mi amigo “Santícuara” López, me he negado a hacerlo. No se debe poner letra a un vals. No se profana con la palabra simple el sentido de una vida.

Se que sus hijos Jorge y Natividad López Velázquez juegan como lo hizo él, beisbol y lo que no hizo porque no se conocía entonces, futbol.

Se de que barro está hecho, lo conozco en la mejor forma que se puede conocer a un nombre, frente a una barra de cantina y he interpretado más su silencio, que sus palabras.

Me negué a verlo cuando asesinaron en 1975 a su hijo José Santos en el puente Jorge Almada, porque supe que ese fué el dolor más grande de su vida. La herida definitiva, la que no cicatriza nunca.

En mi disidencia eterna, en mi protesta y en mi rebeldía, Santos López “Santícuara”, representa en cierta for¬ma, una expresión del triunfo del hombre siempre derrotado, siempre vencido.

Quizá por ello, estas líneas.

 

Tomado de: Presagio, Revista de Sinaloa; número 7, página 16-17.

 

 

Santos López

Santos López Santícuara- deportista

 

Summary
Name
Santos López Santícuara
Job Title
Deportista
Address
Culiacán,Sinaloa, México

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