Historia de los pueblos y ciudades del Estado de Sinaloa México

 

SAN IGNACIO DE PIAZTLA

 

Por: Pablo Lizárraga Arámburu

 

Piaztla, cuyo significado en la lengua mexicana es “En los bules” o “Lugar de bules”, que son calabazos para llevar y beber agua, fue la provincia más nahoa encontrada por los españoles en su camino y conquista del noroeste de México. Parece ser el último reducto de los Nahoas cuando abandonaron definitivamente lo que es hoy el estado de Sinaloa. De hecho así es, puesto que el idioma mexicano hablado desde Elota hasta el río de Mazatlán, cuya parte central fue la región baja del Piaztla, era tan puro casi como el hablado por el emperador Moctezuma, salvo algunas variantes propias de la evolución de las lenguas. El mexicano del Piaztla era más semejante al del valle de México que muchos idiomas del mismo origen situados entre Sinaloa y la gran Tenochtitlán. Para mejor comprension, hasten unos cuantos ejemplos:

 

Mexicano del Piaztla             de Moctezuma                        Español

Cococha                                      Cocotli                            Tortola

Copechi                                       Copitl                              Luciernaga

Ayuchi                                        Ayutli                              Calabaza

Canachi                                      Canautli                           Pato

A-Tachi                                      A-Tachtli                         A horcajadas

Piznante                                     Pinolatl                             Bebida fermentada de masa

 

De estos ejemplos hay muchos (Nombres y piedras de Sinaloa…, obra del autor).

 

El padre Nicolás Mercado, S. J., hizo “Arte del dialecto mexicano que según hablan los indios de la costa sud de Cinaloa” lo iba a imprimir cuando lo sorprendió la muerte. Otros padres lo habrían impreso pero fue en ese tiempo cuando Carlos tercero, rey de España, decreto (1767) la expulsión de los jesuitas de todos sus dominios y la mayoría de los documentos históricos sinaloenses se perdieron (o los escondieron los padres) debido a los grandes desbarajustes causados por el decreto.

Las primeras noticias sobre la provincia de Piaztla las tenemos desde el año de 1530 cuando los españoles llegaron por primera vez. Citaremos dos fragmentos de distintos documentos:

“Pasados cinco días llegamos a la provincia de Piaztla, e este pueblo está junto a la mar del sur…”

La provincia comprendía entonces la parte baja del río Piaztla y sus alrededores y el grueso de su pueblo principal, Piaztla, estaba mayormente sobre la margen derecha del río, unos kilómetros aguas arriba del actual puente del ferrocarril. Un fragmento de otro documento nos dice:

“… le había salido la gente de paz, aunque serranos, y que no tenían tanta abundancia de lo necesario, y que fueron a salir por lo alto de la sierra y a Castilaca, y a ytzpalen (ixpalino) y río de Piaztla hasta la mar…”

Se refiere a la primera incursión hecha a las sierras de San Ignacio. En cuanto a Castilaca, que así se le llamó en la Colonia, ese es su nombre indígena correcto, se refiere al conocido mineral que desde el siglo pasado nombramos erróneamente como Contra Estaca, y este error debe de provenir de finales del siglo XVIII en que un minero de Guarizamey descubrió las minas de San Dimas, San Vicente y San Luis (Toyoltita), y escribió a la justicia de San José de Copala, a cuya jurisdicción pertenecía para que le legalizaran esos fundos y además algunos terrenos hoy considerados en Durango, por lo tanto deberán arreglarse los limites estatales y reclamar para San Ignacio, por ese rumbo, hasta Guarizamey.

Por el siglo pasado, personas y empresas con poder económico, bajaron para su mezquina conveniencia los limites en casi todo el estado, para no pertenecer a Sinaloa, aprovechando de esa manera que las justicias de Chihuahua y Durango les quedaran muy lejos y con una tremenda sierra de por medio, con la finalidad de mangonear, y poner autoridades a su antojo, y como tenían medios para viajar, eran las únicas personas con influencia, entonces las autoridades de las capitales de aquellas entidades federativas eran a las que conocían y respetaban. Debido a esto, y en el caso particular de San Ignacio, este municipio ha perdido ilegalmente de un quince a veinte por ciento de su extensión territorial.

La parte baja del Piaztla, la habitaron los indios igualmente nombrados, los constituían un rezago de Nahoas mezclada su sangre con la de indios regionales y con algunas de sus costumbres semejantes a los mexicanos del valle de México. Desde San Sebastián de Guaimino, ascendiendo por el río y luego doblando hacia la izquierda por el río de San Jerónimo de Ajoya y sus afluentes, habitaron los indios Hinas. Y siguiendo el ascenso del río de San Ignacio, desde más abajo de Tenchoquelite hasta más arriba de Guarizamey, habitaban los indios Humis, cuyo nombre les venía del aspecto que tienen los picachos de la sierra de Los Frailes. Ambos pueblos indianos, Hinas y Humis, descendían de los indios Xiximes, pero despreciados por estos, fueron separados. Al principio hablaban la misma lengua, la Xixime, que después evolucionó hasta el grado de considerarse como dos idiomas diferentes, el Hina y el Humi (Nombres y piedras…, op. cit).

Estos dos idiomas, junto con el mexicano de Piaztla constituyeron las tres lenguas principales que se hablaron en ese municipio. Desde luego, también un poco de Tepehuan en las sierras limítrofes con Durango y los idiomas Xixime y Sabaibo en los límites con el municipio de Cosalá.

En cuanto a otras manifestaciones indianas que aún se pueden ver en este municipio son ollas funerarias que se han encontraron en la parte baja del Piaztla así como objetos de cerámica y piedra. Son muy importantes los petroglifos esculpidos por los Nahoas en muchas partes de San Ignacio, estando entre otros los de Las Labradas en la playa; Arroyo del Borbollón, Arroyo del Oso (El Chilar) y camino a Cosalá. Cajón de Piaztla, Arroyo Chico y del Pino. En Pueblo Viejo. En Jocuiztita; Piedra de la Pitarrilla arriba del Chaco, etc. Y en cuanto a pinturas rupestres dejadas por indios regionales de cultura atrasada, están las del cerro del Cajón de Piaztla, cerro de Los Tachinoles (Caballo de Abajo), cerros de Jocuiztita, falda noroeste del cerro del Pino y la Mesa de los Pinos, donde nace el arroyo del Candelero, etc., siendo todas muy interesantes (Nombres y piedras…, op.cit.)

En el siglo XVI, pese a que la Villa de San Miguel Culiacán florecía y ya se habían fundado tantos pueblos y ranchos como San Juan Bautista en El Fuerte, la Villa de San Felipe y Santiago de Cinaloa, el Real de Las Vírgenes de Cosalá, San Sebastián, Copala, Chiametla, etc., y trabajaban las minas de Pánuco, casi toda el área de los actuales municipios de San Ignacio y Mazatlán constituían un inmenso despoblado, principalmente en cuanto a organización colonial se refiere. En 1602 el obispo de la Mota nos dice:

“De este real de minas de Pánuco, llevando el mismo rumbo de poniente a norte, hay veinticuatro leguas (unos 100 kms) de despoblado donde no hay gente ni estancias sino toda tierra caliente y eriza y llena de arcabuco. Pasando este despoblado, el primer pueblo que se topa es Elota de hasta treinta vecinos indios:..”

El problema principal en la región de San Ignacio era desde Guaimino hasta las sierras, por lo belicoso y peligroso que eran los Hinas y los Humis. Nos cuentan las crónicas que esa inmensa y agreste región era guarida de indios forajidos que ahí se refugiaban después de cometer tropelías en los pueblos organizados. En esa misma región se refugió finalmente el cacique tepehuan Francisco Cogoxito con su gente, uno de los principios exponentes de la sangrienta apostasía de 1616, perseguido por tropas españolas e indios aliados. Lo mataron los indios entre la sierra de Los Frailes y el Espinazo del diablo y dicen las crónicas: “…tantas flechas le metieron que tres de ellas le salían por la boca…”

Parece que dos frailes de Durango atravesaron la región en 1608, pero fue hasta 1614 en que el esclarecido padre Hernando de Santarén, S. J., que viniendo desde San Ignacio de Guapijuje, Durango (lugar en lo intrincado de la sierra cerca de donde nace el río de San Lorenzo) bajó a catequizar a los Hinas y Humis. Por desconocimiento en aquel entonces de esa complicada geografía, los padres cronistas, con ser tan competentes, comenten algunos errores, porque estudiándolos bien, se ve que Santarén bajó por el río de Ajoya hasta el de San Ignacio, bajó un poco más, para luego ascender por este último hasta la sierra y caminando al sur llegó hasta el de Mazatlán. En un fragmento de una de sus cartas de 1614 nos dice:

“…y aquella noche había dicho la guía que los Hinas iban a salir al camino, y con esto los indios amigos estaban turbados y temerosos y a mí se me llegó uno de ellos y me dijo: Padre, vuélvete que te han de cortar la cabeza…”

En esos momentos parece que el padre iba entre Ajoya y Eztitan. Pero estos peligros jamás detuvieron a Santarén y por el contrario, en cuanto lo conocieron los primeros Hinas, Humis, en algunos de sus pueblos restantes lo esperaban y recibían de rodillas. Santarén regresó luego a Guapijuje donde tenía mucho que hacer con los feroces y antropófagos Xiximes de aquella región montaraz, pero desde allá tan lejos vigiló y atendió como pudo a Hinas y Humis por espacio de dos años hasta que en Tenerapa, Dgo., los levantiscos Tepehuanes que no lo conocían, lo mataron a garrotazos quebrándole luego la cabeza.

Pero antes de morir, todavía fue por la sierra a la parte alta del río de Sinaloa (dentro del actual municipio), lo mandaron llamar para que pacificara a los indios Ohueras, Chicoratos y Cahuametos, los padres de aquellas misiones no podían ya con ellos y peligraban sus vidas y en llegando Santarén todo lo dejo en calma, quien parece que tenia magia, su personalidad era tan imponente y santa que por donde pasaba todo quedaba en paz. Entre pueblos, iglesias, escuelas y lugares de salud, fundó centenares, todo en beneficio de los indios, puede considerársele el evangelizador de casi todo Sinaloa, se le tuvo por santo poco antes y después de su martirio y se le veneró por indios y espaciales de uno a otro confín alteño, se le empezó a instruir proceso de canonización pero parece que todo quedo para después y es muy raro que la Iglesia aún no lo haya elevado a los altares. Santarén es figura de dimensión universal, su personalidad es conocida en la alta cultura de Europa y países adelantados del mundo. Nació en Huete, España, y prócer de tan elevada categoría, es difícil que Sinaloa y México lo vuelvan a tener en mil años.

Debe de haber impactado a los Hinas y Humis, porque estos después de muerto Santarén, estuvieron pidiendo padres, pero eran tales los riesgos que no los querían mandar. Por fin en 1633 enviaron al padre Diego González de Cueto S. J., persona entrada en años, experimentada, de mucho fervor y dulce carácter. En todas partes trataron de disuadirlo para que no fuera, pero el padre siguió. Se fue de norte a sur por la tierra caliente hasta Guaimino, acompañado de unos cuantos indios que lo asistían y desde ahí mandó llamar a los Hinas, quienes desconfiados, le contestaron que se fuera solo hasta Eztitan. Aquí solamente seis Hinas lo esperaron y le dijeron que siguiera solo hasta Queibos o Quilitlán (Santiago de Queibos) (todavía se llama arroyo de Santiago, desagua un poco arriba de Ajoya). Los Hinas querían cerciorarse de la ausencia de tropas españolas. El padre les dio tres prendas en serial de amistad (un rosario, una imagen y un tafetán) y partió para Queibos, a medio camino se encontró tres lanzas clavadas en el suelo con sus prendas colgando. El padre las recogió y a poco de andar lo rodearon trescientos flecheros Hinas, estos todavía desconfiaban y por fin el padre siguió hasta Queibos y ya convencidos, los Hinas se le entregaron. Así pudo fundar luego San Ignacio de Loyola (misión central), Santiago de Queibos, San Jerónimo de Ajoya, San Francisco Javier de Eztitan, El Espíritu Santo, Santa Apolonia y San Sebastián de Guaimino. Santarén había fundado desde Tenchoquelite hasta Guarizamey.

Como las misiones pronto empezaron a florecer, le mandaron a los tres años un ayudante al padre Cueto, que fue el padre Diego Jiménez. Había un problema de rezagos de indios Tepehuanes levantiscos en la sierra de Los Frailes y en 1634 el capitán Bartolomé Suarez de Villalta los sometió definitivamente con gusto de indios y padres. Bajaron indios de todas partes y le hicieron un recibimiento muy grande con arcos de flores desde Santa Apolonia hasta San Ignacio. Luego el padre Jiménez se hizo cargo de los indios Humis

La historia colonial de San Ignacio de Piaztla es bellísima, pero tan extensa que no se puede resumir en un artículo. La cabecera fue fundada por el padre Diego González de Cueto, como San Ignacio de Loyola, pero oficialmente y de acuerdo a la costumbre española para diferenciarlo de otros San Ignacio se le llamó San Ignacio de Piaztla, que es su nombre correcto, pero por la eterna despreocupación y flojera nuestra en que nos comemos las palabras decimos San Ignacio, así, a secas. Hay muchos casos de estos en el estado, por ejemplo, San Pedro de Comoloto, Culiacán, perdió también el nombre indígena y se le dice San Pedro, fue donde nuestro ilustre general Antonio Rosales derrotó a los invasores franceses. Otros pueblos en cambio, perdieron el nombre del santo y les quedó el indio, y otros más, perdieron indio y santo. Considero deseable que se decretara oficial el de San Ignacio de Piaztla, citare unos ejemplos de papeles oficiales de la Colonia:

“Don Juan Antonio Cañedo, Justicia Mayor del Real de Señor San Joseph de Copala, Provincia de San Ignacio de Piaztla y su respectiva Jurisdicción por su Majestad, Que Dios Guarde…”

“En el pueblo de San Ignacio de Piaztla, en seis días del mes de noviembre del año arriba dicho (1731)…”

“En el pueblo de San Ignacio de Piaztla, en diez y seis días de septiembre de mil setecientos sesenta y ocho, yo dicho teniente, habiendo cumplido con lo mandado…”

El municipio de San Ignacio, aunque esta mineralizado y ha tenido minas famosas, es completamente de origen misional. Las costumbres de sus gentes siempre fueron copias fieles de los sistemas de vida de las misiones, sus moradores se dedicaron a los ranchos y como en casi todas las misiones, había para su sostenimiento moliendas de caña, ellos también las pusieron y fabricaban panocha, vinagre y toda clase de dulces (alfeñique, melcochas, anisadas y con oruzuz traído de España) y conservas, por los arroyos de San Juan Bautista (hoy San Juan de los Frailes), Tapaquiahuiz, Santiago, San Francisco de Asís de Cabazan, San Francisco Javier de Cabazan, etc. Este último conocido actualmente como San Javier y fue fundado hasta la primera mitad del siglo XVIII. De todas hay relaciones, de sus ganados, frailes o propietarios y cantidades producidas entonces, un párrafo respecto al siglo XVIII nos ilustra:

“Años más tarde hubo al sur del río, en el pueblo de San Juan Bautista un Padre de asiento, llamado Diego Cardaveraz, muy querido de los indios a quien sostenían con maíz, frijol y panocha.”

Hasta la fecha en algunos ranchitos de San Ignacio de Piaztla (El Chaco, San Juan, etc.), hacen un dulce especial de ciruela pasada de inmejorable calidad. En el mismo siglo XVIII el indio Juan J., asaltó mucho a los viajeros por el río de Ajoya y se escondía en la sierra de Los Frailes entonces transitaban más personas por ese río que por el de San Ignacio, porque era la ruta para muchas partes de Durango y del municipio de Cosalá (todavía hay una vereda del Chilar a Guadalupe de los Reyes). En cuanto a la actividad minera fue San Francisco del Oro (hoy El Chilar) lo más importante en la Colonia, y vino a menos con la Independencia, pero el lugar sigue siendo una de las zonas auríferas más importantes del estado. Este ranchito de San Francisco del Oro tiene un aspecto tan colonial que parece una estampa de los villorrios de España. Aunque sus famosas minas se descubrieron hasta el siglo XVIII, fue en la segunda mitad del siglo pasado cuando entraron en una actividad muy grande, como San Vicente, Contra Estaca, Tayoltita, Región del Candelero, Jocuiztita, etc. Esta última fue asaltada por Heraclio Bernal. Esta mina, en ocho años de intensa actividad, produjó en pesos porfirianos dos millones ochocientos mil, y pago ochocientos mil de impuestos a la federación. La bonanza de los minerales fue causa de algo muy especial para San Ignacio de Piaztla. La arriería, como sabemos, por cientos de años fue el principal sistema para los fletes por tierra y a partir del último tercio del siglo pasado cobró en San Ignacio de Piaztla un auge inusitado, no bastaba el ganado mular y asnal del municipio para constituir tantos hatajos, sino que también se constituyeron en los poblados de tres sindicaturas de Mazatlán (Quelite, Noria y La central) que vivían y se sostenían de los fletes a los minerales llevados principalmente desde Mazatlán y desde este puerto se auxiliaba llevando la carga en carros de mulas hasta donde las condiciones más o menos planas del terreno lo permitían y en esta forma aproximaban un poco las mercaderías para no hacerlo todo a lomo de mula en viajes tan largos que duraban a veces semanas. Se calculó hace mucho, que llegó a haber en esta actividad hasta poco más de tres mil mulas y unos dos mil burros. Algunos hatajos fueron muy elegantes y arreglados, tenían bordado con hilo de cáñamo en el aparejo, el nombre de la mula que lo cargaba.

De acuerdo a manuscritos que tenemos a la vista, los típicos apellidos sanignacenses como Bernal, Manjarrez, Bastidas, Guerrero, Loaiza, etc., todos datan de familias pertenecientes a la Colonia. La influencia de los jesuitas dejó huellas muy ondas en la población, hace unas cuantas décadas todavía se le notaba a sus moradores una profunda religiosidad.

Por último, deseo consignar un caso de los muchos sucedidos en nuestro estado. Cuando un rancho o pueblecillo era abandonado, al habitarlo años después otras gentes (aunque vecinas) ya no sabían el nombre original y así tenemos en muchas partes de Sinaloa muchos “Pueblos Viejos”. En el caso de San Ignacio, para el “Pueblo Viejo” serrano, su nombre correcto es “San Ignacio de los Azotes” (todavía la sierra esa se llama de los Azotes) lo fundó y fue propiedad del padre Manuel de Cartagena, S. J., quien por 1740 tenia vacas y caballos en ese rancho.

 

Tomado del libro: Narraciones del Piaztla, Lizárraga Arámburu, Pablo A., 3ª reimpresión, Editorial UAS, Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales, Universidad Autónoma de Sinaloa, Culiacán, Sinaloa, 2009.

 

 

San Ignacio de Loyola

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San Ignacio de Piaztla
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La historia del poblado que da nombre a uno de los municipios del estado de Sinaloa

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