Historia de los pueblos y ciudades del Estado de Sinaloa México

 

 

SAN FRANCISCO DE TACUICHAMONA

 

Por: Pablo Lizárraga Arámburu

 

Muy antiguo, demasiado, increíblemente antiguo. Pudiera tratarse del pueblo más antiguo de la nación mexicana. Otros pueblos los borró el tiempo. Sabemos de ellos por los vestigios: cerámicas, huesos, utensilios de piedra, petroglifos y crónicas, tanto indianos como españoles. Ejemplo es el Huey Colhuacan, desaparecido hace mucho; pero Tacuichamona aún existe y con su mismo aunque evolucionado nombre. Ahí está, al sur de la capital del Estado, dentro del mismo municipio de Culiacán; ahí está la que probablemente en aquellos remotos siglos fuera la ciudad más importante de toda la América del Norte y cuyo numeroso caserío se extendiera a nueve kilómetros al norte, hasta el río de San Lorenzo.

Ahí está la cuna de varios dioses nahoas, que esto nos lo dicen tantas piedras grabadas en la zona. Algunos historiadores coloniales nos mencionan por estos rumbos el haber existido el pueblo de la culebra, y aunque culebras grabadas las hay por muchas partes del Estado, ninguna tan perfectamente estilizada como la de Tacuichamona (“lugar de la palma quebrada o rota“) que dio su nombre al pueblo, en donde con toda seguridad existió el más importante centro religioso indiano.

Y ¿por qué ahí?. Son muchas las razones para considerarla privilegiada, acorde a las necesidades de los nahoas; tiene rocas en donde escribir, comen pesca do y el mar no está lejos; acostumbran la comida variada y esta al pie de la sierra del mismo nombre y un indio en pocas horas se ponía en otro clima, así que tenían vegetales de la tierra caliente y de la semi-fría y hasta es posible que fertilizaran sus tierras con el gusano murciélago habiendo tantas cuevas en esos cerros. Pero Tacuichamona ahí sigue, no olvidada sino desconocida por los arqueólogos mexicanos, incapaces de hacer un esfuerzo para rastrear los orígenes nahoas, concretándose al cómodo burocratismo de la ciudad de México en cuyo ambiente es muy fácil inventar teorías a cual más de descabelladas.

Y lo más doloroso, nosotros mismos, porque Tacuichamona ahí esta; la tenemos a la mano y si no la entendemos, lo sé, es por ignorancia. No nos enseñaron en la escuela a saber apreciar y querer lo propio y ya lo dije una vez: lo que hagamos por nuestra cultura regio-nal, nadie de afuera nos lo hará.

 

Los franciscanos

Cuando los españoles entraron por primera vez a Sinaloa, Tacuichamona seguía subsistiendo como pequeño poblado indiano, mezcla de tahues y sabaibos: sin conocer de su remoto pasado, sin saber el origen de las figuras grabadas en las piedras, sin tener una idea sobre las religiones de los nahoas y para acabar pronto, no sabían de la existencia del imperio mexicano con Moctezuma a la cabeza, ni éste emperador sabía de acá y si algunos indios nuestros de algo se enteraron, fue por las pláticas de los españoles.

Pero desde el mismo siglo 16, Tacuichamona fue acogida por los padres franciscanos, quienes la organizaron, adoctrinaron y enseñaron el alfabeto a los naturales, así como canto, pintura, artes manuales, teatro, perseverando esto último en su tradicional y bellísima representación de la Pasión de Nuestro Señor en las festividades de Semana Santa, que ningún sinaloense debería dejar de ver y admirar. No es una fiesta de las llamadas pagano religiosas, simplemente una costumbre como tantas venidas de España, pero con materiales de aquí y a la usanza de aquí. Los largos y pulidos palos usados, tan bellamente labrados, pintados y adornados, están hechos de los tallos que cuelgan de los brazos de los capules, que se crían muy vigorosos en esa sierra; tallos que al crecer y llegar al suelo hechan raíces y por esto llegan a engrosar demasiado, semejando troncos sostenedores de los grandes y largos brazos de estos árboles, lo cual causo admiración a nuestro eminente cronista de los siglos 16 y 17, el Padre Andrés Pérez de Rivas, S.J., quien por “esta maravilla natural”como él lo dijo, alabó tanto a Dios y nos dejo una dulce descripción al respecto. A este Padre hace poco le hicimos un modesto homenaje por medio del Centra de Estudios Históricos del Noroeste en la ciudad de Los Mochis en un aniversario más de su natalicio.

Todo es de admirar en la Semana Santa festejada en Tacuichamona: las niñas de blanco, la fe del pueblo, tan firme, arraigadas y decidida, las imágenes de impecable calidad artística; no cabe duda, buena herencia nos dejaron por esos rumbos los santos Padres misioneros de San Francisco. En cuanto al niño que cogen con tanta algarabía para vestirlo de prisionero nazareno me hace recordar a la muchacha de mi terruño, y con respecto a los espectaculares ejercicios hechos con los palos largos, son una demostración de fuerza y resistencia; algo les quedaría de los vascos que también los hubo por esos rumbos. Todo bello y muy digno, pesándome no estar joven para pedirles permiso que me dejaran participar.

 

La justicia y la moral

En 1,531 llegaron Nuño Beltrán de Guzmán y sus huestes, y para 1,582 los padres franciscanos ya habían enseñado a los naturales el uso del arado y a emplear la fuerza de burros, mulas y bueyes. Así Tacuichamona pudo contribuir ese año tributariamente con 41 mantas de algodón con valor de a un peso cada una y con veinte fanegas de maíz, a cincuenta centavos la fanega, representado en dinero de aquellos tiempos. Todas estas informaciones proceden de originales que están en el archivo de Simancas en España.

En el siglo 17 se empezó a implantar en todo Sinaloa el mejor sistema para distribuir la tierra en aquellos tiempos; puede que seguiría siendo el mejor para ahora porque yo no dejo de admirar aquellas tan sabias, justas y humanas disposiciones en donde para el caso de los blancos y también para indios ricos, efectivamente, la tierra era para los que la trabajaban de verdad. En el caso de las comunidades indígenas, la protección de la justicia colonial era llevada a extremos exagerados. Ya para el siglo 18 todos los procedimientos estaban consolidados; seguían su buen curso normal y por eso las comunidades indígenas florecían en todos aspectos, social, material y espiritual; ya lo he dicho; para otras comunidades en el Estado y hoy lo digo para San Francisco de Tacuichamona. Leamos pues como demostración, fragmentos de manuscritos de aquella época en que nos mencionan nombres de indígenas lugareños; les pongo algunos paréntesis para su mejor entendimiento:

“En el pueblo de San Francisco de Tacuichamona a los veintiocho días del mes de octubre de mil setecientos y sesenta y un años. Yo don Bruno José Martínez Eliciaga, comisario nombrado por el Subdelegado General de este Reino (el de la Nueva Galicia al que pertenecía la Provincia de Culiacán). Habiendo pasado a este dicho pueblo con los testigos de mi asistencia a poner en ejecución la mensura del puesto de Tuttita por la parte de (a petición de) don Francisco Xavier de Urrea (con) respecto a la donación que antecede de don José Cirilo su hermano, hice comparecer ante mí a el Alcalde Salvador Jerónimo, su Teniente Domingo de la Cruz, el fiscal Juan Manuel, al Alguacil Felipe, (a) Salvador Ángel, (y, a) Nicolás, todos cabezas, vecinos y principales de este prenotado pueblo a quienes (estando) todos presentes les hice saber el acto (objeto) de mi venida y les mandé pusieran ante mí dentro del término competente (tiempo razonable y legal) los instrumentos, medidas o papeles de su pueblo”…

 

Con el terreno en cuestión, aunque había sido realengo, es decir, baldío y por esto propiedad de la Corona de España y no pertenecer a ninguna comunidad ya fuera blanca o indígena, sí estaba rodeado por varias de éstas y el juez don Bruno tuvo que ir a cada una de ellas cumpliendo con la ley, veamos nada más otro caso para no cansarte, amable lector, cuando enseguida fue al pueblo indígena de Señor Santiago de Abuya, también de doctrina franciscana…

“…citara a Melchor Gaspar, Javier y Felipe, naturales del pueblo de Abuya… y en efecto se aprontaron ante mí los prenotados Melchor, Javier y Felipe Gaspar y dijeron (que) no tenían instrumentos, ni otros recabados que les favorecieran su derecho (papeles legales de posesión)…”

 

Finalmente don Bruno, a los dos días regreso a Tacuichamona:

“En el pueblo de San Francisco de Tacuichamona en treinta días de dicho mes de octubre y año referido, estando conclusa la medida que consta de la figura que antecede y teniendo andada, vista y reconocida esta tierra (por) Ignacio y Miguel León, cercanos vecinos de ella, con el cuidado que les impuse por su aprecio (apreciación para calificar el avalúo), intimé (expuse con solemnidad el cargo para que eran nombrados… y admitida que fue les recibí juramento que hicieron con toda forma de derecho, por Dios Nuestro Señor y una serial de la Santa Cruz so (por,) cuyo cargo prometieron de usar (actuar bien y legalmente…”

 

Comentemos un poco. El documento, como muchos otros.nos informa de las disposiciones coloniales. En los pueblos puramente indígenas, las autoridades eran los mismos indios; hubo casos en pueblos con blancos e indios en que existieron ambas autoridades. Nos da también los nombres de las personas que vivieron en esa época y sus actividades; vemos a los indios no tener apellidos a diferencia de blancos y mestizos. En el caso de Domingo de la Cruz, ese era su nombre, compuesto de dos y fue muy usado que así bautizaran los Padres en todo el Estado; casos como este hay muchos, generándose así en parte el apellido de la Cruz entre nosotros porque también en otros muchos casos así vino ya de España y el apellido de la Cruz es castellano.

Las comunidades indígenas delimitaban sus terrenos “hasta donde los indios consideren como suyo”, tuvieran o no papeles de posesión; la orden era tajante y san se acabo. Al blanco, mestizo o indio rico de otra parte, tenía que pagar medidas y papeles de escritura al costo estipulado, al riguroso contado y previamente haber demostrado trabajar la tierra por un mínimo de diez anos y haber hecho casa con corral y tener caballada… y cuando alguna comunidad indígena por alguna necesidad propia de ella solicitaba deslindes y papeles de posesión, se le cobraban únicamente los gastos de ida de los medidores, pero en muchos casos, ni eso.

En el ejemplo, los indios de cualquiera de las comunidades bien pudieran haber dicho comodinamente ser suyos los terrenos; pero esto era imposible porque entonces el robar era “horrendo pecado a los ojos de Dios”; además no era tanto por el temor a Dios sino por la educación y comportamiento tan moral al que estaban acostumbrados tan cotidianamente todos, blancos, mestizos e indígenas. Ya vemos que para el desempeño de cualquier actividad por sencilla que fuera se prometía jurando efectuarla correctamente y hasta haciendo la señal de la cruz que hasta hace poco la hacíamos al prometer cualquier cosa en que decíamos “por Dios Santo Sagrado”. Esto fue en todo el Estado, saliendo de aquí el honor de la palabra dada; aun hay rancheros que respetan mas su palabra empeñada que gentes de la ciudad cumplir un contrato firmado. Los viejos de antes solían decir: “La palabra es la que vale”.

 

El camino real

El camino real de Culiacán al sur, pasaba por el rancho de San Antonio de los Becos, luego el Guinolo (aquí había desviación a Quilá), luego Tabalá, San Francisco de Tacuichamona, Señor Santiago de Abuya, San Agustín de Vinapa, Baila, San Pedro de Apachá, Chiquihuititán (ya desaparecido), Agua Nueva, La Purísima Concepción de Elota… Pero ya el siglo pasado fue desviado debido a la creciente importancia de Quilá. Se le Ilamó camino real principal, o camino real grande en algunos ranchos, refiriéndose a ser el camino que atravesaba el Estado de una punta a la otra. Del Güinolo se fue a Quilá y de aquí a Santiago de Abuya para seguir continuando por la vieja ruta mencionada; pero Tabalá y Tacuichamona con este cambio, desde entonces quedaron aisladas del trajín principal de la gente. Comprobando esto relataré un anécdota que serviría para mi libro inédito RECUERDOS DE MI TERRUÑO; pero es más útil pasarla para la historia de Tacuichamona. Don Panchito Arámburu, ya anciano, platicando con él por el año de 1,944 en un ranchito de la sindicatura de El Quelite, Mazatlán, me contaba que por el año de 1,890 él hacía tres días desde Culiacán hasta casi Mazatlán, usando la misma bestia de montar.

— ¿Cómo es posible eso?, le preguntaba.

—Sí, tu abuelo (Lizárraga) todavía no se casaba y quiso probar una temporada para saber cómo le iría en el negocio de transportar el correo; en ese entonces yo trabajaba con él. Salía de Culiacán con las cartas y bultos del correo en varias mulas, muy de madrugada y el mismo día llegaba a Quilá para descansar. Al día siguiente llegaba a Elota. Al otro día, madrugaba más todavía para entregar el correo poco más allá de El Quelite; de ahí se Io llevaban porque esa misma noche tenía que llegar a Mazatlán. Aquello era muy cansado porque el gobierno exigía que el tiempo no pasara de tres días”.

—¿Y mi abuelo por qué dejó el negocio?

—Porque era muy carrereado, mucha responsabilidad y poca la paga.

—¿ No usaron remudas?

—Ya te dije, era muy poca la paga y con remudas resultaba más incosteable.

Claro, para semejante velocidad y distancias las mulas llevaban muy poco peso en las cargas. Pero no cabe duda, la historia del correo en Sinaloa es muy simpática, chispeante, colorida y anecdótica y en la época colonial los trabajadores del correo eran muy meticulosos y el servicio revestía gran solemnidad; había los servicios de “ordinario”, “entrega inmediata “y giros no, pero sí se mandaba dinero por correo el cual se contaba al entregar y recibir. La historia del correo en Sinaloa cabe escribirse y pronto. Don Panchito pues, ya nos dice que se venía por Quilá y esto Io confirmo con mapas del siglo pasado en que el camino real principal ya viene trazado por Quilá, siendo más lejos por ahí que por Tacuichamona.

Después vino el ferrocarril que levantó a unos pueblos y hundió a otros; luego la mal trazada carretera internacional: lo digo así porque los ingenieros la hicieron al caballazo, sin preguntar necesidades, ni historia ni cuestiones ecológicas. Quisieron unir Guadalajara con Nogales sin importar Io demás. Transite por su brecha y en 1,949 conocí Tabalá, unas cuantas casitas, todo estaba enmontado y abandonado. Junto a la ahora derruida iglesia tuvieron los padres franciscanos una casita de retiro o descanso; los naturales la llamaban convento y los papeles viejos también así le dicen, convento. Ahí hubo una feroz batalla en el año de 1,806 en que el ejército colonial derrotó como a ochocientos forajidos de la banda de salteadores Los Laureanos; no les dieron tregua, los persiguieron y destrozaron en el cerro Prieto de Coyotitán y a los dispersos los mataron en la mesa de Cacaxtla.

Los bandoleros tenían como señal imitando el estridente canto de los guacos por haber tantos cerros, en donde se parapetaban sus vigías, entre Tacuichamona y un poco más al sur del arroyo de Baila; son más conocidos y recordados por los Guacos que como Los Laureanos. Que de todas estas tradiciones sigue sabiendo la gente de los ranchos en donde aun hay más cultura regional que en las ciudades.

 

Tacuichamona ahora

Grandes músicos magistrales ha tenido, como el tan recordado Álvarez; pero en el siglo pasado nació en Tacuichamona un compositor de apellido Arreola, de padres de ahí mismo. Muy jovencito abandonó su pueblo para tocar en las bandas hacia el sur del Estado. Un hijo de él ha radicado siempre en Guadalajara; ya está algo anciano, nos conocemos. Me dijo en una ocasión querer ir a Tacuichamona para conocerla y saber si existiría algún pariente. Trataré de localizarlo pronto para que me hable más de su padre y si es posible me dé una lista de las canciones que compuso; las han tocado las bandas y cantado siempre la gente y no es justo que por incuria y desinterés todo quede en el anonimato.

San Francisco de Tacuichamona nos brinda las excelencias de la arquitectura genuina de la tierra, tan recordada y querida por nosotros; pero ahora tiene dos parches que la afean, habiendo tanta oportunidad de terreno bien pudieron ponerse en lugar discreto y no precisamente frente a la iglesia, robándole vista al pueblo y ocupando espacio para plazuela, esparcimiento y festividades tradicionales. Uno es el tanque de agua elevado con bodoques de cemento y el otro la escuela; de esos edificios diseñados eternamente para todo el país en México, D.F., que al año parecen desvencijados, parches que ni las antiguas costureras de rancho pusieron. Ni los pobrecitos niños de antaño se veían tan tristes cuando sus humildísimas madres les confeccionaban calzones con las mantas de los sacos harineros; era muy común verles en las nalgas el letrero de “Harinera del Yaqui”. Lo digo porque la arquitectura de Tacuichamona es demasiado fina para esos dos bultos.

Tacuichamona nos brinda la hermosura de sus sierras tan llenas de cuevas como de leyendas y tradiciones, buen lugar para ejercicios físicos para nuestra juventud en atrayentes exploraciones; pero Tacuichamona nos brinda todavía algo mucho más valioso, ahora que están encima las fiestas de Semana Santa. Su gente ha conservado nuestras más puras, genuinas y bellas tradiciones, baluartes de nuestra mexicanidad, ahora diluyéndose. Tacuichamona nos grita para decimos:

—Aquí está lo que realmente somos, lo que siempre hemos sido.

Por eso, querer a Tacuichamona es quererse uno mismo como sinaloense, gracias a Dios y para salvación nuestra, como al principio te dije, amable lector, Tacuichamona con ser tan antigua ahí sigue, ahí está…*

 

 

Tomado de: El Camino de los Libros, Lizárraga Arámburu, Pablo, Colección Dixit 3, H. Ayuntamiento de Culiacán-La Crónica de Culiacán, 1999.

 

San Francisco de Tacuichamona

San Francisco, patrono de Tacuichamona

 

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San Francisco de Tacuichamona
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Historia del poblano más antiguo de la nación mexicana en Sinaloa

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