Hombres ejemplares de Sinaloa

 

SALVADOR ALVARADO, EL HOMBRE, EL REVOLUCIONARIO, EL ESTADISTA

 

Por: Jesús Munguía y Mexía

 

Desde que nace el hombre, hace su entrada en la historia de la vida y ya no se detiene. Si el hombre gira en determinada dirección en los asuntos de su patria, no puede evadir su destino, y tiene que cumplirlo irremisiblemente, so pena de figurar en las páginas severas de la historia, como un traidor a su clase, un prófugo de los deberes sagrados a su patria.

El reloj marca duramente el tiempo y es juez implacable, que con su severo juicio ubica a cada hombre en su sitio.

No hay la menor duda que los pueblos del mundo, tienen épocas que brillan con la luz de sus hijos, quienes han nacido, precisamente para eso: para guiar con su ejemplo a las generaciones postreras. Es el Iluminado. El Predestinado. El Líder.

Cuando leemos los viejos infolios de la historia del mundo, el hombre será el prestigio de su pueblo, cuando su clase es la humilde. Morelos. Juárez, son ejemplos de este acerto. En verdad, en la humildad brilla la luz intensa de la sencillez y de la grandeza, pues con esas cualidades, el ejemplo de esos hombres, es un grato estímulo para todos los miembros de la comunidad.

El que nace en las privaciones de la pobreza; el que lleva una infancia carente de juguetes y alegrías de esa edad; el que en la juventud carga el pesado fardo de las responsabilidades hogareñas, su hogar honesto, cálido por la comprensión y cariño familiar. Esas circunstancias, lejos de forjar un hombre amargado, por la tristeza y la soledad, forma hombres de temple fuerte, de carácter enérgico, que con ese bagaje tendrá que enfrentarse a la lucha intensa con la vida.

La vida que abarca toda la potencia del fuerte, tiene en su gama, el destino de cada hombre, y éste adquirirá un acervo de fortaleza, para cumplir su misión y así vencer a la vida.

SALVADOR ALVARADO, de — cuna humilde, nacido bajo el ardiente sol septembrino en Culiacán, a fines del siglo pasado, hijo de don Timoteo Alvarado, según consta en el acta de nacimiento del registro civil; llevó una niñez normal, de niño pobre, pero orientado sanamente, con la honradez de un padre honesto.

Su juventud ardiente, llena de inquietudes y de esperanzas, bullendo en su mente, ideales que poco a poco fueron acrisolando, hasta llegar a los altares de la Revolución a la que se entregó, como una oblación de su clase y de su pueblo.

Alvarado, de figura recia y ágil, varonil y fuerte, como hecho para el ejercicio, sin temor a la debilidad del cansancio corporal. Piel morena, quemada por el sol de los campos de batalla. Valiente. El trato con sus camaradas era cortés y franco, vertical como los cactus sinaloenses, bravo en el combate, sincero y honesto con todos; nunca quemó incienso en el turiferario de la adulación para sus jefes. Así fue el hombre que la Historia de México registra como el glorioso héroe revolucionario, cuyo nombre es general de división don Salvador Alvarado.

EL REVOLUCIONARIO

La metralla rompe el silencio de la noche eterna de la ignominia, los campos mexicanos se ven manchados de la roja sangre de la gleba. Los gritos de libertad, se escuchan de confín a confín y lo repiten los montes y las cañadas, los volcanes y las lomas, las praderas y los campos de cultivo de la República mexicana. Ha estallado la revolución. La negra noche del porfiriato ha terminado y un rojo amanecer presencian los siglos. Porfirio Díaz, que durante más de tres décadas detentó el poder absoluto, ha salido del viejo palacio de los virreyes, y ahora sus techos cobijan, la sana figura de Madero.

En esa lucha intensa, que libraron los mexicanos, para tener una patria mejor, Salvador Alvarado, militó en el ejército libertador, en el ejército del pueblo, porque él era pueblo.

En la militancia en ese cuerpo de soldados de la Revolución, Alvarado no fue un soldado más. Se concentró en conocer a fondo la doctrina revolucionaria para saber interpretarla. Doctrina que se extendía como área salvadora para un pueblo que desde la independencia venía luchando continuamente para obtener su completa libertad, arrebatada en otra hora por España.

Alvarado conoció la doctrina de la revolución mexicana, penetró en ella y la aceptó sinceramente, abrazó ese ideal, con el abrazo franco y leal de su naturaleza humana. Despliega sus alas para hacerla conocer de los demás mexicanos, pero no como una idea abstracta, no como bandería, no como un grito de guerra, sino como una realización plena de la justicia social, de los derechos humanos y que tiene que aplicarse inmediatamente en México.

Su alta jerarquía militar contribuye, precisamente, para facilitar la implantación de esa justicia social para los desheredados, que se lanzaron a la lucha para dar a sus hijos una patria libre, mejor consolidada, digna y rica para formar parte, con altivez y con orgullo, en la comunión del mundo.

 

EL ESTADISTA

Al triunfo de la revolución, México se organiza para construir su futuro. La revolución escoge sus mejores hombres, tanto ideólogos como militares, para enviarlos a todo el País, y comiencen la estructuración de un México nuevo, grande y digno.

El general Salvador Alvarado ha sido enviado a Yucatán. Este Estado es difícil de gobernar. “La casta divina” ha dejado huellas y raíces profundas, y al conocer el nombramiento de Alvarado como gobernador de esa entidad federativa, emigran, pues temen, porque creen que Alvarado es el mili¬tar destructor y vengativo. Esa “casta divina” que ayudó en gran manera al porfiriato, piensa que aquel revolucionario hará pagar con creces la deslealtad de esa clase dominante otrora y huye, emigran como cobardes que son y que no se atreven a enfrentarse a un hombre de la altura moral de Alvarado.

A Salvador Alvarado no le preocupa la ausencia de aquella “aristocracia” pervertida. De inmediato, se dedica a trabajar en la organización del Estado de Yucatán. Las arcas estatales vacías. El hambre y la miseria son sus principales enemigos, a los que hay que vencer desde luego. Abre nuevas fuentes de trabajo, escuelas para todos, sin distinción, manejo de los fondos públicos con estricta honradez. Delinea a Yucatán un programa de progreso que lo va desarrollando palmo a palmo.

“La casta divina” vuelve, pues sabe que no hay tal venganza, que tendrán garantías y serán tratados con dignidad, porque digno es el gobernante.

La aristocracia constata que no hay aquellos ríos de sangre que sus mentes enfermizas creyeron había en las calles de Yucatán Ven una ciudad y un Estado en pleno trabajo y con promesas de un futuro pleno de grandeza.

Sin embargo, sus conciencias no están tranquilas, piensan que de un momento a otro Alvarado, el goberna¬dor impoluto, ejercerá venganza contra ellos. Pero Alvarado está dedicado al trabajo utilizando todo su poder creador para levantar a Yucatán y hacerlo floreciente y grande.

Pero esa “casta divina”, ya seguros de su integridad física, y siguiendo sus costumbres tortuosas y ruines, carentes de sindéresis y de sinceridad, inician una sorda campaña de maledicencia contra el gobernador de Yucatán, teniendo como tema, la cuna humilde y el nacimiento fuera de matrimonio del gobernante de Yucatán.

En esos tiempos, aún las leyes discriminan al hijo natural: era el fruto de un gobierno de tiranos, y Salvador Alvarado fue objeto de mofas, que él contestó con trabajo digno, con hon¬radez acrisolada, con generosidad egregia.

Médiz Bolio, gran bardo mexicano, calló a aquellas bocas viperinas, con su escogido lenguaje. AI conocer las diatribas al gobernante inmaculado, escribió un drama que fue estrenado con la asistencia de todo Mérida. Allí, en el teatro, ante el pueblo yucateco, se escucharon las grandiosas palabras que hicieron llenar de vergüenza a la “casta divina” por su insensatez y malignidad contra el gobernador.

Leamos a Médiz Bolio, lo que en aquella noche terrible, escuchó Yucatán y que le cubrió de vergüenza por su actitud negativa.

“Mi raza, la mía, la que en la sangre de mi padre me dio su sangre, es la raza de los que esperaron en el porvenir y por eso lanzaron sus almas y sus naves a las empresas que vencieron a los siglos.

“Mi raza es la de los hombres que se daban todos enteros a las grandes quimeras, no a los ruines fanatismos; los que con la vida que les sobraba sabían engendrar pueblos, no enanos degenerados y ridículos y secos de esterilidad.

“Mi raza es de los que tuvieron fe en su propio esfuerzo y con él, yendo adelante, adelante siempre, supieron conquistar los mundos, porque tenían la generosidad de la gloria.

“Mi raza es de caballeros que sabían morir por las mujeres, no la de los rufianes que las abofetean y prostituyen.

“¡Soy bastardo!. ¡Sí. Pero — bendigo la hora en que mi padre me engendró fuera de la ley vuestra y de vuestro egoísmo. Bendigo mi bastardía que me trajo al mundo, hijo del amor.

“Estoy contento con mi raza, y os dejo a ustedes con su raza, con vuestra raza, plagada de corrupción y de miseria moral”.

Así fue SALVADOR ALVARADO.

 

Gral. Salvador Alvarado

Gral. Salvador Alvarado, el hombre, el revolucionario, el estadista

 

Summary
Name
Salvador Alvarado Rubio
Job Title
Estadista gobernante revolucionario
Company
Gobierno del Estado de Yucatán
Address
Culiacán,Sinaloa, México

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