Revolucionarios sinaloenses

 

RODOLFO FIERRO, LA BESTIA HERMOSA

 

Por: Humberto Ruiz Sánchez

Charay es una antigua y pequeña población perteneciente al municipio de El Fuerte, situada entre San Blas y Los Mochis. Fue misión de los jesuitas en d siglo XVI; y ahí precisamente nació el 27 de julio de 1882 nuestro biografiado que llegaría a ser general de la Revolución Mexicana, el señor Rodolfo L. Fierro Robles.

Fueron sus padres don Gumersindo Fierro quien llevaba en su sangre reciente aún el mestizaje colonial, y doña Venancia Robles de Fierro quien al parecer fue española o criolla, ambos avecindados en Charay y dedicados a la agricultura.

Sin embargo, existe la versión —no falta de fundamento— de que Rodolfo Fierro fue tan sólo hijo adoptivo de la citada pareja quienes a su vez fueron tíos del célebre músico don Tirso Robles.

Las cosas se cuentan así: en la casa de don Gumersindo y doña Venancia trabajaba una joven y guapa india de nombre Justa López; amigo de la familia lo era un apuesto joven llamado Víctor Félix quien con facilidad sedujo a la atractiva yoreme, trayendo esto por consecuencia el embarazo y nacimiento de un niño. La madre un día desaparece, se va por ahí y deja su hijo al cuidado de los Fierro quienes lo adoptan tal como decíamos al principio. Luego, a los cinco o seis meses la criatura es bautizada en la iglesia de Mochicahui.

De la infancia de Rodolfo Fierro poco conocemos pero se dice que cursó algo de instrucción primaria tanto en Charay como en San Antonio, Ahorme. De él se dice que no fue un niño impulsivo ni rebelde, más bien introvertido; sin embargo, se sabe que su maestro don Hipólito Freyre, por motivos que desconocemos, lo expulsó de su escuela de San Antonio, por lo que se cree que ésa fue su única instrucción.

Prácticamente fue un muchacho criado en las labores del campo; era un excelente jinete y a los 16 años domaba potros con maestría, el río Fuerte era su gran distracción y nadando y cruzándolo desarrolló una buena aptitud y un cuerpo fuerte y fornido además de su gran estatura; jugaba a las competencias atléticas ya fuera nadando o montando potros con sus hermanos de crianza Evaristo y Rafael a quienes siempre vencía por sus innatas aptitudes principalmente como jinete.

Un día comprende que Charay es chico para sus inquietudes y decide emigrar escogiendo el norte, llegando a Hermosillo en compañía de Evaristo el año de 1900. El ambiente de la capital de Sonora en esos tiempos porfirianos no fue muy propicio para dos jóvenes inexpertos; se dedican a buscar trabajo de lo que caiga, Evaristo se nos pierde de vista pero Rodolfo sabemos que consigue empleo.

Se sabe con certeza, pues así está asentado en la historia de Sonora, que en el año de 1901 Rodolfo forma parte de las brigadas o cuerpos de rurales de esa entidad en el gobierno —como ya dijimos— porfirista que practicaba entre otras cosas el exterminio de los indios yaquis y mayos, quienes peleaban y defendían sus tierras que les iban siendo arrebatadas para ser entregadas a latifundistas y extranjeros, quienes las obtenían por simple denuncio como terrenos nacionales.

Rodolfo Fierro ya como sargento formaba parte del escuadrón del capitán Agustín Martínez de Castro; dos jovencitos más, también sinaloenses andaban por ahí y con el tiempo llegarían a generales de la Revolución: Gonzalo Escobar y Antonio Ochoa, este último de El Fuerte. En estas andanzas y en estos menesteres Fierro adquiere una destreza poco usual con las armas, pues disparaba con endemoniada puntería con ambas manos.

Rodolfo Fierro, pues, había adquirido el oficio de guerrero, pero nunca pudo acostumbrarse a las infames matanzas de indios; él se enfrentaba con valentía a lo que fuera pero le causaba repugnancia aquella forma cruel de asesinar yaquis ordenada por aquellos nefastos gobernadores porfirianos entre los que podemos citar al Gral. Luis E. Torres, don Ramón Corral y don Rafael Izabal.

Una ocasión, después de una gran matanza de indios, un sanguinario capitán llamado Clodomiro Lozada maltrataba y golpeaba sin piedad a una jovencita yaqui; la arrastraba de los cabellos quizá porque no accedía a sus pretensiones. Esto no le pareció bien a Fierro y se enfrentó a su superior reclamándole su vil acción. Esto acabó de enfurecer a Lozada, quien al tratar de sacar su pistola para utilizarla contra Fierro, éste, alerta de antemano, disparó la suya dando en la frente del militar que era no sólo su superior sino también su jefe.

Rodolfo Fierro fue arrestado y llevado a juicio; el fusilamiento era inminente, si no hubiera sido por estas dos cosas: lo interrogó ampliamente el jefe de las armas en el estado, el Gral. Lorenzo Torres quien era sinaloense —nacido en Mochicahui— y el veredicto de éste hacia su paisano fue benevolente, además el testimonio de testigos como el capitán Agustín Martínez de Castro y Manuel Torres Valdez, hijo del propio don Lorenzo también fue a su favor; así salió absuelto: defensa propia.

Ya vimos, pues, que Fierro fue capaz de arriesgar su vida por defender a los yaquis; andaba en aquel exterminio cumpliendo como soldado pero sintiendo náuseas por lo que hacía.

Por 1904-1905, en la llamada segunda pacificación de los yaquis, Rodolfo Fierro es ascendido a sub-teniente; ahí verá algo que lo llenará aún más de odio hacia el poderoso: la deportación de yaquis que son enviados hasta el infame Valle Nacional en Oaxaca, y a los que les iba mejor, a los campos de labranza de Yucatán, donde servían como esclavos hasta que morían. Y esto lo hacían los propios sonorenses: don Luis E. Torres como jefe militar, don Rafael Izábal como gobernador y don Ramón Corral como vicepresidente de la República; apenas se puede creer.

Bueno, Fierro tiene 23 años, está convertido en un apuesto militar, tiene ya un poco de acceso a la sociedad hermosillense; ha aprendido a medio comportarse en ese ambiente. Es el 5 de octubre de 1905: en Palacio de Gobierno se celebra un gran baile para despedir la visita del vicepresidente don Ramón Corral que parte a la ciudad de México; en ese baile Rodolfo Fierro conoce a una bella señorita de nombre Luz Dessens Peralta, baila con ella toda la noche, ella acepta sus galanteos y nace así un gran romance.

El idilio de Rodolfo y Luz va caminando ya más encauzado, no obstante que en un principio no fue bien visto por los padres de ella el hacendado don Pedro Dessens dueño de la “La Rinconada” y su distinguida y sociable esposa doña Ma. de Jesús “Chita” Peralta, pero a base de insistencia y buen comportamiento habían accedido.

Es junio de 1906 cuando tienen lugar los trágicos acontecimientos de Cananea, los mineros se insubordinan, se lanzan a la huelga y aquéllo arde.

Desde Hermosillo son enviados los cuerpos de rurales a custodiar el orden, pero de la frontera llegan los llamados Rangers que no son otra cosa que fuerzas armadas norteamericanas a quienes el gobernador Izábal permitió su intervención en suelo mexicano.

En aquella caldeada manifestación ya están presentes como dijimos los rurales; así está el coronel Antonio Lara, los capitanes Carlos Durazo y Agustín Martínez de Castro y el teniente Rodolfo Fierro.

En esos momentos de gran tensión el gobernador Izábal reprende en forma autoritaria y prepotente a los manifestantes, y en el instante en que los amenaza con colgarlos a todos, se oyen los primeros disparos al parecer salidos de los cabecillas de la huelga; los Rangers abren fuego sobre los mineros, y Martínez de Castro y Fierro hacen lo mismo contra la columna norteamericana y se arma la gran confusión con el resultado ya conocido de muchos mineros muertos.

Después de esto volvió la calma, al parecer no hubo cargos que achacar el cuerpo de rurales que en un momento dado no estuvieron de acuerdo con la intervención gringa y todo siguió su curso pero se había escrito la página negra del mineral de Cananea.

Aquel día 20 de septiembre de 1906 va a ser inolvidable y de gran tensión nerviosa para Rodolfo Fierro. Esa noche dos amigos suyos se encargan de la delicada misión de ir a pedir la mano de su novia. El Ing. Casimiro Bernard y Víctor Quiroz se presentan en La Rinconada y ante don Pedro piden a nombre de Rodolfo la mano de su adorada hija para el joven teniente. Al señor Dessens no le queda más recurso que acceder; se ha dado cuenta plena del gran amor que consume a la pareja.

Ya están ante el altar, el señor cura don Gregorio Esparragoza se encarga de la importante ceremonia. Lucecita se veía más hermosa que nunca irradiando felicidad, Rodolfo seriote y hasta asustado no reflejaba aquella gran dicha por sellar en ese momento amor tan grande que en ambos se había incubado. Era el 6 de octubre de 1906, había pasado justo un año desde aquel momento cuando en el baile de Palacio de Gobierno puso sus profundos ojos negros en la delicada y bella figura de aquella señorita.

En los primeros meses de su matrimonio deja Rodolfo la carrera de las armas; quiere gozar su unión con Luz, quiere estar a su lado sin sobresaltos ni contratiempos, y así consigue empleo como conductor en el recién construido ferrocarril Sud-Pacífico; su corrida será de Guaymas a Nogales.

Por ese tiempo Rodolfo se hizo amigo de un maestro rural llamado Plutarco Elías Calles y de un joven licenciado de nombre Emiliano Sarabia y en sus reuniones comentaban la actuación nefasta del triunvirato Torres-Corral-Izábal y albergaban la esperanza de que algo viniera a cambiar el estado deprimente de cosas que agobiaban al país.

Que felicidad tan grande envolvía a aquella pareja cuando se dieron cuenta que pronto iban a ser padres; con qué ansias esperaron el acontecimiento.

Cuando se presentó el alumbramiento las cosas se complicaron y el parto se hizo angustiosamente difícil y peligroso; al fin se oyó el débil y dificultoso llanto de una criatura que venía al mundo en condiciones de salud precarias; la madre le dio un tenue hálito de vida… a costa de la suya. Sí, en ese momento a Lucecita se le escapaba la existencia.

Rodolfo Fierro lloró amargamente aquella gran pérdida, pero lloró de verdad, había perdido lo único que realmente amaba, y para colmo de su situación su hijita no tenía probabilidades de sobrevivir; fue bautizada en urgencia por su amigo el Lic. Emiliano Sarabia, y a los ocho días en sueño profundo se fue al cielo.

Once meses le había durado aquella gran dicha a Rodolfo Fierro, ahora estaba vacío, abatido, y a pesar de que fue reconfortado por sus amigos, él estaba completamente solo, aislado en un mundo irreal de pesadillas. A partir de ese momento nacerá otro Rodolfo Fierro, el hombre al que se le endurecerá el corazón, se le amargara el pensamiento y le quedará vacía el alma.

Fierro esperó sólo el novenario, no pudo aguantar más, empezó recoger las pertenencias de Lucecita, una por una las tomó entre sus manos y se dispuso hacer viaje. Recogió todas las valiosa alhajas que como regalo de bodas don Pedro había hecho a su hija y fue y las entregó a su suegro, éste seleccionó de entre ellas un hermoso anillo de solitario diamante y lo entregó a Rodolfo para que lo llevara como recuerdo de quien fuera su esposa; él por su parte prometió llevarlo siempre; lo usaba en el dedo meñique de su mano izquierda, no le quedaba en ningún otro de su enorme manaza.

Y Rodolfo Fierro se perdió por los caminos de su infortunio, de aquí en adelante sólo lo acompañaría el alcohol, sólo él lo mantendrá con vida. Al parecer viene a Sinaloa, a su tierra Charay, se sigue de largo, ya no sabe a dónde va.

Han pasado dos, tres años, estamos ya en 1910 y un adusto joven que representa más edad que los 28 años que tiene, trabaja en Durango de ferrocarrilero.

 

SE ALISTA EN LA REVOLUCION

Ahí en esa región, trabajando en el ramal Torreón Durango lo sorprende el movimiento revolucionario de don Francisco I. Madero. Inmediatamente, Fierro en compañía de otros varios ferrocarrileros se enlista en la primera brigada de Durango al mando del Gral. Orestes Pereyra; así podemos decir con justicia que Rodolfo fue de los primeros hombres en tomar las armas a favor de la Revolución.

Desde sus primeros combates demostró un valor suicida; tal pareciera que no le interesaba nada su vida. Recordemos que a esas alturas él ya tiene amplia experiencia en las artes de la guerra, es un consumado tirador, y así comienza su misión de muerte; ya nadie lo podrá detener.

Pero su nombre no trascendía aún a la notoriedad; correspondió al propio Gral. Pereyra ascenderlo de teniente a capitán. Ya para esas alturas Fierro arrastraba una negativa fama de conflictivo y pendenciero hasta con sus compañeros de armas. Por ese tiempo se introducen entre los revolucionarios norteños las famosas pistolas escuadras Colt calibre 45 de origen norteamericano, y Fierro es el primero en cambiar su habitual revólver 44 por esa nueva arma.

El conflicto armado maderista no fue largo ni de mucha sangre derramada; el día 11 de mayo de 1911 cae Ciudad Juárez en poder del movimiento revolucionario, triunfo éste indiscutible de Francisco Villa; el presidente Porfirio Díaz no quiere más guerra y entrega el poder. Cuando se dieron cita los cabecillas triunfantes en Ciudad Juárez a presentar parabienes al señor Madero, vimos desfilar a varios sinaloenses como Felipe Riveros, Rafael Buelna, y juntos iban José María Ochoa y Rodolfo Fierro. En ese momento le quedaban diez días como gobernador a Don Diego Redo. Estas gentes fueron ahí mismo por conducto de Madero presentadas a Villa.

Ese fue pues el primer encuentro de Fierro con el Centauro del Norte, pero Villa a estas alturas poco o nada sabe de la actuación del hombre de Charay.

Así con la revolución triunfante, don Francisco I. Madero asume la Presidencia de la República el 6 de noviembre, y así con esa relativa paz, Fierro, como tantos otros, deja las armas licenciándose y volviendo a su trabajo de ferrocarrilero; en tales circunstancias pasara el año de 1912; la rebelión orozquista es aplastada y la de Félix Díaz corre la misma suerte, pero ya se vio que el gobierno de Madero no satisface los postulados del movimiento y para colmo de males ha dejado a los generales porfiristas junto a él.

Al triunfo maderista quien quedó bien parado fue el ex-general porfirista Victoriano Huerta; él era en esos momentos general en jefe de la División del Norte y Francisco Villa su subordinado.

Un día Francisco Villa se le alebrestó, no lo obedeció y entonces Huerta dio órdenes de que se le fusilara. Interceden otros generales por él, y la orden es cambiada: se le envía prisionero a la ciudad de México. Estas cosas sucedían en junio de 1912, el tren que lo condujo a la capital iba al mando del ferrocarrilero Rodolfo Fierro, quien tuvo oportunidad en esta ocasión de platicar por primer a vez con Villa y hacerse su amigo. Después Villa se fugará de prisión… pero eso es otra historia.

Y lo que se veía venir sucedió, el Presidente Madero es asesinado la noche del 22 de febrero de 1913 por los esbirros del Gral. Victoriano Huerta. Esto hace que todos los revolucionarios licenciados vuelvan a las armas y el conflicto se torne, ahora sí, de enormes proporciones. Con esto, pues, Rodolfo Fierro que trabaja en Durango en los ferrocarriles, se incorpora de nuevo a la contienda bélica.

Parece ser que este ambiente de peligros y muerte es el que le satisface, el que le hace vibrar las entrañas tan golpeadas por el destino; el alcohol también ya lo hace su presa, quiere ahogar sus recuerdos; en su inconsciencia etílica ve desfilar las atrocidades de los poderosos de Sonora contra los indígenas, crueldades de las cuales él ha sido parte, luego le viene también a la mente embotada su esposa, su hija, su gran dolor. No se necesita, pues, más psicoanálisis para entender —aunque no justificar— lo que hizo a Fierro ser lo que fue.

Una ocasión. siendo Fierro capitán, en un lenocinio le quita la compañera al joven teniente Jesús Ortega, y al reclamo de éste se arma la reyerta y Fierro lo acribilla a balazos matándolo en el acto; corría el mes de junio de 1913.

Actos como éste le valieron a Fierro el que el Gral. Orestes Pereyra lo expulsara de su brigada; indisciplina y mala conducta diría el informe.

Pero gentes como éste necesita la causa; Fierro es dado de alta en las filas del temible general Tómas Urbina, en el mes de septiembre de 1913.

Ahí competirá a sus anchas con ese jefe revolucionario que tenía negra fama de cruel y sanguinario.

Es en esa fecha precisamente cuando Urbina se une a Francisco Villa en Jiménez, Chihuahua, para el importantísimo ataque a Torreón, que comenzó el día 22 de septiembre de 1913; prácticamente Villa acababa de hacerse cargo de la famosísima División del Norte —por acuerdo unánime de todos los generales norteños— en sustitución de Victoriano Huerta, que tras el asesinato del Presidente Madero había usurpado el poder y a quien ahora se combatía.

En ese momento Fierro ya trae a su mando 300 hombres, y al ver la forma de organización guerrera del Gral. Villa quedó admirado y complacido al compararla con el desorden en que actuaba Tómas Urbina.

La encarnizada batalla que dio por resultado la toma de la Ciudad de Torreón fue un triunfo total para las fuerzas de Villa. La actuación valerosa del mayor Rodolfo Fierro ahí, hizo que el Gral. Villa se fijara en él, lo felicitó y lo solicitó al Gral. Urbina, y a partir de ese momento se convirtió en su cercano colaborador. Fecha memorable es esa del 2 de octubre de 1913. Por lo pronto y para demostrarle Villa su gran confianza, nombra al mayor Rodolfo Fierro jefe supremo de los trenes que mueven a la División del Norte.

Eran los primeros días de noviembre, el Gral. Villa continúa su paso arrollador conquistando plazas para su causa y exterminando el huertismo; en esa condiciones se apresta a atacar la ciudad de Chihuahua, pero antes, colocándose en las goteras de la ciudad, llama a junta a sus oficiales para planear la estrategia a seguir, y en esto están, en una especie de mesa redonda, cuando son alcanzados por un cañonazo del enemigo defensor de la plaza; la granada explota junto a ellos matando al doctor Samuel Navarro, jefe de los servicios médicos de la naciente División del Norte, también mata al capitán José López y al corresponsal de guerra norteamericano Dom Mc-Gregor. Y Rodolfo Fierro parado junto a Mc-Gregor no tocó ni un rozón, y Villa a escaso medio metro de Fierro tampoco; es una cosa que no tiene explicación. ¿Que extraño conjuro unió a estos dos hombres a quienes tanto respetó la muerte, a pesar de que siempre estaban en la línea de fuego? Ese día 9 de noviembre de 1913, Fierro comprendió que serviría con lealtad a Villa hasta la muerte, y por su parte el Centauro intuyó lo mismo. Y cómo estaría aquello de difícil o sea apoderarse de la ciudad de Chihuahua en esos momentos defendida por unos siete mil soldados federales que Villa optó por la retirada, para planear mejor la toma de Ciudad Juárez que, sin embargo, estaba más o menos en las mismas condiciones de fortalecida.

Villa, pues, toma rodeos y enfoca baterías a la importantísima plaza de Ciudad Juárez, a su encuentro sale la guarnición federal en pleno, y en el sitio conocido como Tierra Blanca tiene lugar el tremendo agarre. La batalla fue una matanza brutal de miles de gentes. Una acción temeraria del coronel Fierro ahí, hace que Villa lo ubique en su total preferencia, al grado de nombrarlo su lugarteniente de más confianza.

Los huertistas en retirada pusieron en movimiento un ferrocarril, y al ver que se les escapaban, Fierro les dio alcance en su caballo sorteando una verdadera lluvia de balas; fue la suerte y no otra cosa la que hizo que Rodolfo abordara el tren y accionando la palanca del freno de aire —hay que recordar que era un experto ferrocarrilero— paró aquel monstruo de acero, para endilgar a los huertistas una derrota total. Dicen las crónicas que de ahí nadie salió con vida, era el 25 de noviembre de 1913. De esa suicida acción Fierro sólo sacó una tremenda herida en una pierna; fue entonces cuando Villa le dijo:

“Amiguito, usted sí que tiene derecho a llamarse hombre”. Ese día también entraría a la leyenda el más sanguinario de los generales villistas, el frío, impasible y valiente hasta la temeridad: Rodolfo Fierro, sí, ya era general, su actuación no era para menos. El lugar de honor entre los valientes generales villistas era para Rodolfo Fierro el de Charay, un monstruo de valor inenarrable pero también de crueldad y sed de sangre. Ahora comprendemos por qué su coterráneo don Ernesto Gámez García lo intituló en su obra “La Bestia Hermosa”. Ese triunfo le dio al Gral. Villa el mando y dominio total de Ciudad Juárez importantísima frontera que ahora controlaba completamente el Centauro del Norte; por ahí no pasarían armas para auxiliar el huertismo que los Estados Unidos habían auspiciado por conducto del nefasto embajador Henry Lane Wilson.

Quedamos, pues, en que son los últimos días del mes de noviembre de ese año de 1913, el Gral. Villa y su División del Norte están en poder de Ciudad Juárez, la noticia obviamente ya llegó a Chihuahua donde está lo fuerte del ejército huertista, y éstos inmediatamente se ponen en camino por ferrocarril a la frontera a recuperar la plaza; eran seis mil hombres con dos regimientos de artillería y tres secciones de ametralladoras, la cosa era bastante seria; entonces Villa recurre a Fierro que apenas se acaba de restablecer y le ordena ir a detener la avanzada.

Fierro tomó un tren y acompañado de sólo cien hombres fue al encuentro de los federales, no con el fin de hacerles frente sino sólo para en un lugar apropiado levantar la vía, como lo hizo. En esa tarea estaban con el enemigo ya tan cerca que un cañonazo les estalló a pocos metros, ellos seguían desesperadamente levantando tramos cuando otro cañonazo les anduvo más cerca poniendo en inminente peligro al pequeño grupo villista. Fue cuando Fierro tuvo la idea de incendiar diez carros del tren y los lanza contra el enemigo; los federales creyeron que aquellos furgones traían dinamita e hicieron una despavorida desbandada por todos rumbos.

El objetivo estaba cumplido, los huertistas fueron detenidos el tiempo suficiente que Villa necesita para organizar su defensa y así rechazar y derrotar al numeroso enemigo como posteriormente lo hizo.

Hace ya rato que a Fierro se le conoce como “El Carnicero” mote que el periodista norteamericano John Reed le acreditó por su ferocidad que ya rayaba en la crueldad, cosas éstas que lo hicieron el más temido y respetado de los villistas.

Una ocasión, un prominente ciudadano inglés llamado William Benton, muy amigo de Victoriano Huerta —a la sazón Presidente de la República— había recibido de éste como regalo la hacienda de “Los Remedios” en Chihuahua; a Villa no le pareció y se la quito; entonces el inglés se enfrentó a Villa y en un momento de ofuscación trató de matarlo, fue hecho prisionero y se le formó juicio, la sentencia podía llegar al fusilamiento, pero Fierro no se aguantó las ganas, y sin cuadro ni paredón, el personalmente mató a aquel súbdito extranjero. Esto dio pábulo a un gran escándalo y una enérgica protesta de Inglaterra; Carranza tuvo que sortear aquella especie de conflicto internacional y criticó mucho al jefe de la División del Norte; Villa por su parte se enojó bastante le hizo fuerte reprimenda a Fierro, pero como otras ocasiones acabó perdonándolo.

Ha quedado pues el estado de Chihuahua totalmente en poder de Villa, ahora hay que ir al centro a seguir combatiendo al usurpador Huerta; así llegamos a la famosa “Toma de Zacatecas”, batalla grandiosa y brutal escenificada en junio de 1914. Fueron aproximadamente 25,000 gentes las que tomaron parte en esa acción que fue una verdadera masacre y en la que fue materialmente despedazado el huertismo. De los 12,000 defensores de Zacatecas sólo escaparon unos 200, el resto quedó entre muertos, heridos y prisioneros. El Gral. Felipe Ángeles que fue el artífice de la victoria, escribiría después: los heridos históricos como Rodolfo Fierro que andaba chorreando sangre, olvidados de su persona seguían colaborando en el combate. El coronel Antonio Lara compañero de Fierro desde la guerra en el yaqui comentó: Y vi bajar a Rodolfo Fierro del cerro de La Sierpe chorrean¬do sangre de una pierna y cargando en brazos a mi hermano Juan (coronel) muy mal herido; sin importarle el fuego a su espalda, llegó con él hasta el hospital de campaña… pero ya muerto”. Terminó narrando con lágrimas en los ojos el coronel Lara. Villa trató de sacar a Fierro del combate pero no quiso, dijo que esa herida no le impedía seguir peleando, abandonó rápidamente el hospital y se incorporó de nueva cuenta —cojeando a la línea de fuego. Buscaba la muerte indiscutiblemente pero ésta lo respetaba, no sabemos por qué.

Pero esa Toma de Zacatecas le costó a la División del Norte muchísimas vidas, las que Villa más sintió fue la de sus generales Trinidad Rodríguez y Toribio Ortega, dos valientes que mucho estimaba el Centauro. Pero la victoria la festejó junto a Raúl Madero, Maclovia Herrera, Aguirre Benavides, José Rodríguez y por supuesto el genial Felipe Ángeles. Rodolfo Fierro en ese momento partía en Camilla con una pierna destrozada y una pérdida de sangre enorme rumbo a Chihuahua a que convaleciera en un hospital al cuidado de la mujer que ahora era su nueva esposa, una bella dama apodada “Cholita”. Fue el 23 de junio de 1914 la rendición de Zacatecas; ahí se acabó el huertismo. Luego viene la ocupación de la ciudad de México por las tropas villistas y Zapatistas; y todo ese tiempo de zozobra y temor que vivió el Distrito Federal también es achacable a gente que como Fierro cometían muchos desmanes y atrocidades. Era pues fama bien ganada de sanguinarios ésta de la División del Norte, donde los más notables en ese aspecto eran Tomás Urbina y Fierro, y por supuesto el propio Villa que era especialista en eso de eliminar enemigos o simples sospechosos sin averiguaciones ni aclaraciones. Al respecto el Centauro para justificarse solía decir: ¡Muchachitos, en esto de la guerra no estamos jugando a las muñequitas, son ellos o nosotros!

Hay una crónica precisamente de estas fechas del escritor Martín Luis Guzmán en la que narra cómo Rodolfo Fierro mató personalmente con sus dos pistolas a 300 prisioneros huertistas, a los cuales los hacía correr en pequeños grupos y el que lograra saltar cierta barda cercana se salvaba; y dice don Martin Luis Guzmán que sólo uno se salvó. Respecto a esa historia, la desmiente categóricamente un testigo presencial de los hechos como lo fue el Gral. Nicolás Fernández Carrillo quien aclara que de esos prisioneros sólo fueron ajusticiados diez; lo demás es drama imaginario de Don Martín que como historiador era muy buen novelista.

Este fin del huertismo marcó el encumbramiento de Carranza con su principal brazo armado que lo fue Obregón. Y ya siendo el Varón de Cuatro Cienegas Presidente de la República, su actuación no llenaba cabalmente los postulados de Villa y Zapata, optando éstos por rebelarse y desconocer al Presiente Carranza; esto dio por resultado la famosa reunión llamada Convención de Aguascalientes donde Carranza es desconocido, pero éste no acata tal decisión naciendo así los bandos “convencionalistas” y “constitucionalistas” que de aquí en adelante se destrozarán entre sí. La fecha, octubre de 1914.

Ya están divididos pues los revolucionarios triunfantes, Villa y Zapata contra Carranza y Obregón. Para los constitucionalistas Carranza sigue siendo Presidente de la República, para los convencionalistas lo es don Eulalio Gutiérrez. En este maremágnum de cosas, anda por ahí un famoso líder que es el profesor y periodista llamado Paulino Martínez; este señor es del lado convencionalista y está a punto de ser nombrado ministro de gobernación de esta facción, pero en sus artículos críticaba abiertamente y con rencor al villismo y al zapatismo —para qué quería mas desgracia— esto fue demasiado para las pulgas de Villa, lo tomó preso, le puso a Fierro de custodio y tal vez con consigna porque inmediatamente el de Charay lo liquidó sin miramientos; fue esto en el mes de diciembre ya para terminar ese borrascoso año de 1914.

Otro enemigo por el estilo y circunstancia lo fue el Gral. Guillermo García Aragón, intendente de Palacio Nacional en el mismo gobierno de don Eulalio Gutiérrez (recordemos que la capital está en poder de Villa y Zapata) pues a este señor García Aragón se le subió el puesto, empezó con duras críticas a Villa que era el verdadero poder tras el trono; y qué le duraba a éste, ordenó como tantas veces a Fierro que ni tardo ni perezoso cumplió al pie de la letra su misión: quitó de en medio al engreído generalito. Y no se crea que todos estos militares que Fierro liquidaba eran blancas palomas, no señor, eran hombres bragados y peligrosos, pero ante la figura imponente y la endiablada pericia de Fierro con las armas, se arrugaban.

Un caso en el que la vida de Fierro estuvo pendiente de un hilo fue el siguiente: en una pugna de borrachera Fierro mata al oficial Enrique García de la Cadena, hombre importante de la brigada villista del Gral. Aguirre Benavides. Y cuando éste y el Gral. Orestes Pereyra le dicen a Villa que Fierro está acabando con sus mejores hombres y por menos que eso se pasa por las armas a cualquiera, le exigen que lo fusile; Villa sabe que tienen razón, y después de pensarlo largamente, cosa ésta contra su costumbre, les responde que ¡no lo hará!, “pues un día de éstos la mayoría de ustedes me abandonará y solo Fierro se irá conmigo a la sierra”. Esa lealtad la había demostrado Fierro en muchas ocasiones y Villa la reconocía y apoyaba contra lo que viniera.

Los grandes combates entre convencionalistas y constitucionalistas se van desarrollando en forma brutal con pérdidas de vidas numerosísimas para ambos bandos; Celaya, León, Trinidad son los más famosos. Vamos a narrar algo de lo que pasó en la batalla de León, Guanajua¬to. Como se sabe los constitucionalistas están acabando con los villistas; Fierro en un intento desesperado e imprudente contra todas las desventajas intenta tomar el cerro de La Cruz en la hacienda de Los Otates, y lleva a un sacrificio inútil de más locura que audacia a varios cientos de compañeros. Al ver esto Villa manda aprehenderlo sin miramientos con claras intenciones de ahora sí fusilarlo. Pero al estar frente a él se da cuenta de su estado, viene herido, con el rostro bañado en sangre y un muslo perforado; aún así Villa lo reprende fuertemente y le dice; ve lo que hiciste… y aparte vienes borracho ¿por qué? “es la única manera de soportar el dolor mi general”. Villa calló y comprendió una vez más a aquel hombre que llevaba ya tiempo muerta el alma. Se le despacha otra vez a Chihuahua para su hospitalización pero va en carácter de prisionero, cuando se reponga de todas maneras se le juzgará por su delito de fatal imprudencia. El buscaba afanosamente la muerte y ésta lo respetaba no sabemos por qué, lo que sí sabemos es por qué la buscaba. Cuando al fin se restablece aceptablemente, ya no quedan muchos fieles al general Villa por las subsecuentes derrotas y la grandes bajas de su gloriosa División del Norte.

En estas condiciones Fierro es una vez más perdonado por su lealtad sin límites al Centauro.

Así las cosas, cuando Villa más necesita de la colaboración y total entrega de todos sus generales, su querido compadre Tomás Urbina lo traicionó abandonándolo dizque por enfermedad. Villa al conocer a fondo el motivo real de aquella maniobra y dado que a Urbina ya con anterioridad se le habían detectado cosas sospechosas, dio órdenes al hombre de sus confianzas Rodolfo Fierro, y éste las cumplió como siempre eliminando al no menos temible general Urbina, quien entre las gentes de Villa tenía bien ganada fama de sanguinario y matón. Eran los días de la desastrosa batalla de Aguascalientes.

En junio de 1915 siguen los agarres entre las dos facciones multicitadas; ahí hubo otro episodio de audacia y valor, y fue éste la atrevida incursión de Rodolfo Fierro y Canuto Reyes con su gente al Bajío (dominio de carrancistas) León, Querétaro, Salvatierra y Valle de Santiago. Ahí estuvieron hostilizando al enemigo en condiciones verdaderamente desventajosas, donde finalmente fueron rechazados por el Gral. Joaquín Amaro, de las fuerzas de Obregón. Estuvieron meses metidos en la cueva del lobo… ¡Y salieron con vida! Cómo avergonzaba esto al generalísimo invicto, él llama do Manco de Celaya. Otro de los méritos más personales y grandes del general Fierro fue la toma de la ciudad de Pachuca en momentos cruciales y álgidos del movimiento, cortando las líneas de comunicación tan importantes en ese momento para el Gral. Obregón y los carrancistas. Estos actos suicidas de Fierro tienen el mérito especial de que fueron realizados cuando ya el villismo iba en plena derrota.

Son los últimos meses de 1915, Villa se replega a Chihuahua en franca y casi total derrota después de la batalla de Aguascalientes, y desesperado planea como último intento su invasión a Sonora y al hacerlo fracasa totalmente. Al respecto, se recuerdan las batallas de Agua Prieta, Naco y Hermosillo. Se retira nuevamente a su último reducto que lo es Chihuahua; ahí se jugara su última carta. En otro intento desesperado ordena ahora una incursión a Sinaloa, mientras él con unos cuantos incondicionales se dispone a partir a Ciudad Juárez. Con estos planteamientos Villa reunió a sus últimos generales y en una emotiva despedida que tuvo lugar el 6 de octubre de 1915 se planeó la incursión a Sinaloa que cruzaría la Sierra Madre con objetivo primordial de atacar la ciudad de El Fuerte. Ese día pues, 6 de octubre 1915 sería la última vez que Villa vería a sus tres estimados generales como lo fueron Orestes Pereyra, Juan Banderas y Rodolfo Fierro. Se despidieron como quedó dicho, partiendo en ese momento el Gral. Villa hacia la frontera acompañado de los sinaloenses Rafael Buelna y Juan de Dios Bátiz. La incursión a Sinaloa también fue desastrosa; en la batalla de El Fuerte murió el Gral. Pereyra, tiempo después en la ciudad de México es asesinado el Gral. Juan Banderas; estos acontecimientos son posteriores y nos hemos adelantado momentáneamente a la hilación de nuestra historia. Retomamos la secuencia, pues. El Gral. Rodolfo Fierro queda a cargo de la custodia de la plaza de Chihuahua con la consigna de ahí esperar el regreso de Villa que como dijimos anda en Ciudad Juárez agenciándose pertrechos en parque y armamentos.

A los ocho días de su partida regresa Villa de Ciudad Juárez por la ruta de Nuevo Casas Grandes, y a su encuentro va Fierro con la intención de reunirse en ese lugar para ver qué programas y disposiciones trae el jefe. Para llegar a Nuevo Casas Grandes se tenía que franquear la laguna de Los Mormones, la cual Fierro no quiso rodear pues hay un tiempo en que esa laguna se parte en dos y deja un paso corto que por esos días de octubre no estaba muy accesible.

Fierro, sobre su bestia que era una preciosa yegua retinta y acompañado de su asistente el capitán Navarro, trataron de cruzar el tajo con agua de cierta profundidad; las bestias se hundieron, Navarro ganó la orilla opuesta y Fierro tuvo que nadar al punto de partida.

Quizá por amor propio, ya encaprichado montó en pelo al animal de nuevo y se lanzó al agua desoyendo los gritos de sus compañeros que le indicaban el inminente peligro. Al hundirse, la yegua en su desesperación golpeo a Fierro y éste desapareció bajo las aguas. Así en esa forma lastimosa y estúpida murió el hombre que desafíó a la muerte entre las balas docenas de veces. Era el 13 de octubre de 1915.

Villa vino a la orilla de la laguna antes de que el cuerpo fuera rescatado y lloró con lágrimas de hombría al más fiel de sus dorados. Sí, ese día Villa lloró aquella gran pérdida, y esas lágrimas lo elevaron todavía más como hombre ante los ojos de los que quedaban de la gloriosa División del Norte. Al ser su cuerpo rescatado se notó que llevaba aún en el dedo meñique de su mano izquierda el anillo aquel que fuera de su querida esposa Luz Dessens, cuya muerte le hizo ser en la vida el hombre sin alma y sin corazón.

Ella se había llevado ambas cosas dejándolo vacío y muerto en vida para siempre ¿Encontró Fierro casi a capricho la muerte que tanto buscó?

¿Sería éste el suicidio como paso final obligado al ver el claro final del villismo? Son interrogantes que nos hacemos pero que quizá nunca se podrán aclarar.

El cadáver fue trasladado a Ciudad Juárez donde vivía su esposa “Cholita” y entregado a esta; ahí fue sepultado. Murió a tiempo; así no vio el infamante crimen que a nombre de la Revolución Mexicana se cometió con el Gral. Francisco Villa. Sus asesinos son hoy nuestros héroes.

“En mis crónicas y andanzas junto a los villistas bauticé a Fierro como “El Carnicero” pues lo ví una ocasión matar a cien prisioneros por propia mano en un solo día, deteniéndose únicamente para cargar su pistola de nuevo; los hacía correr en grupos hacia una barda, el que la saltara obtenía su libertad… creo que nadie lo logró.

Era un grande hermoso animal; fue el mejor jinete y hombre de pelea quizá en todas las fuerzas revolucionarias. Durante dos semanas que estuve en Chihuahua, Fierro mató a quince ciudadanos aparentemente por causas baladíes. Pero siempre hubo una curiosa afinidad entre él y Villa, había dado la vida por éste sin titubeos, y Villa lo quería como si fuera su hijo y siempre lo perdonaba”, (John Reed-Libro México Insurgente).

Fierro con todos sus errores y sus crímenes, fue un hombre con un valor a la altura de la muerte (Gral. Luis Buitimea).

“Las revoluciones no se hacen, en lo objetivo, con buenos sentimientos ni con discursos líricos; la sangre es la sangre y requiere hombres sangrientos. Villa y Fierro eran malos, pero eran buenos; quiero decir que su primitiva mentalidad reaccionaba lo mismo con asombrosa generosidad espiritual que con odiosa crueldad inhumana.

Pero estos hombres a pesar de sus crímenes, por sobre sus grandes errores, representaban a un pueblo ignorante, embrutecido y expoliado de siglos, sufriendo todos los horrores. No sabían decir que perseguían pero lo sentían, lo que en todo caso vale más.

Ellos quieren matar ricos y poderosos, su ignorancia no les permite otra cosa. Muchas veces cuando se es dueño de un enorme poder, la crueldad sobrepasa a su anhelo de justicia; entonces se cae en todas las aberraciones. Pero en líneas generales está con el desvalido, contra el poderoso, y eso a escueto, es ser revolucionario”. (Roberto Blanco Moheno).

Quizá sea Rodolfo Fierro el revolucionario más susceptible de críticas negativas, pero tiene a su favor el haber sido el general que más arriesgó la vida, ya que siempre se ubicaba en los frentes de combate, cosa que no siempre hicieron por ejemplo Obregón ni el propio Villa. Haya sido como haya sido, Fierro tuvo un gran atributo, la lealtad.

Fue leal a la División del Norte, a Villa, a la causa revolucionaria como él la entendía. Su línea, su ideal no lo varió hasta su muerte; y eso de muy pocos de los triunfantes en el conflicto se puede decir.

 

Tomado de: Presagio, Revista de Sinaloa; número 74, páginas 34-48.

 

Rodolfo Fierro general sinaloense

Rodolfo Fierro, La Bestia Hermosa, revolucionario de Sinaloa, México

 

 

 

Summary
Name
Rodolfo Fierro
Nickname
(La Bestia Hermosa)
Job Title
Militar revolucionario
Company
Ejército revolucionario mexicano- villista
Address
El Fuerte,Sinaloa, México

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