Personajes Ilustres de Sinaloa

 

RAMÓN F. ITURBE, HOMBRE DE MÉXICO

 

Por  Antonio Nakayama

El año de 1910, como el de 1857, inició la aparición de nuevos actores en el escenario histórico de México, sólo que en esta ocasión no fueron criollos y mestizos de la clase media o indígenas con preparación académica, sino que se trató de hombres salidos de los estratos sociales más humildes —la mayor parte sin educación alguna—-que se lanzaron a la lucha para convertirse en amos y señores de la nación, a pesar de las befas de la aristocracia porfiriana que los trataba de “basura levantada”. En Sinaloa, esos hombres —cosa, desde luego, muy natural— mostraron características dispares. Ángel Flores era el militar nato, el soldado duro que manejaba todo con mano de hierro y que no reparaba en medios para preservar la disciplina; Juan Carrasco —sencillamente Juan— fue el prototipo del ranchero amante de la juerga, el hombre leal a sus principios, el campesino que no perdió sus hábitos a pesar del águila dorada del generalato y de ser el ídolo de los sinaloenses; Rafael Buelna encarnó la temeridad suicida: era auténtico león en los combates, el adalid que tenía que ir al frente de los suyos, sin importarle los riesgos y la presencia de la muerte, y por su parte, Ramón F. Iturbe mostró ser la serenidad, la reflexión, sin perjuicio de mostrar su valor personal, que era grande, y por eso no nos extraña que haya sido el único, entre los grandes de la Revolución de Sinaloa, que llegó a una edad avanzada.

En la historia sinaloense, Ramón F. Iturbe es el simbolismo que resume a los que se levantaron contra Porfirio Díaz buscando otros rumbos para México, y pese a que no poseyó la espectacularidad de los demás adalides, las generaciones sinaloenses de lo que va del siglo no miraron en el viejo Luchador a una reliquia del pasado, sino a la presencia viva de la lucha revolucionaria que encendió al país.

Ramón F. Iturbe nació en 1889 en la ciudad de Mazatlán, pero su niñez no transcurrió en ese lugar, ya que su familia pasó a radicar en el rancho de El Obispo, Culiacán, y después, siendo ya un mozo, radicó en Alcoyonqui, donde se dedicó al comercio, para después ir a vivir en Culiacán. Ignoramos si terminó la instrucción primaria, pero sí sabemos que tenía ansias de saber, y que atraído por el espiritismo se adentró tanto en esa actividad, que toda su vida la practicó. A pesar de su poca instrucción, la inteligencia de que estaba dotado lo llevó a observar los sistemas políticos del porfiriato, llegando a la conclusión de que los métodos del régimen no eran muy adecuados para el desarrollo cívico de México, y ese pensamiento se ahondó cuando leyó el libro La sucesión presidencial, escrito por don Francisco I. Madero, pues cuando empezó la propaganda maderista se afilió al Centro Antirreeleccionista de Culiacán. Un incidente que fue trascendental en su vida fue la acusación que puso en su contra la casa comercial donde prestaba sus servicios, ya que fue puesto preso, aunque se le trató en forma benigna pues hacía funciones de celador, e inclusive se le permitía salir a la calle y dormir en su domicilio. Creemos que el castigo aumentó su aversión a la dictadura, porque cuando la oposición maderista fue tomando visos de subversión, la casa de Iturbe se convirtió en el lugar donde los descontentos se reunían. El 19 de noviembre de 1910 la casa fue cateada por los soldados federales, y en la noche, cuando Ramón llegó a ella, la encontró llena de mílites que se dedicaban a registrar la propaganda subversiva que allí se guardaba. Iturbe no manifestó el menor miedo y con toda sangre fría pasó frente a los soldados para luego marchar a El Barrio, de donde se dirigió al estado de Durango, que era el camino que habían seguido los maderistas. En esa entidad se encontró con Juan M. Banderas, Antonio Franco, Conrado Antuna y otros más que ya estaban en plena rebeldía, y con los hombres que juntó en el camino se reunió con aquéllos, dirigiéndose todos a Tamazula donde entraron con toda facilidad. Empero, en ese lugar se registró un incidente que pudo ser fatal y que determinó la separación de Iturbe y Banderas, y cada quien tomó por su rumbo con sus respectivos soldados. Reclutando gente, Iturbe marchó rumbo a Topia, población que atacó, mas al entrar a las primeras casas fue herido en un talón, lo que hizo que los revolucionarios se retiraran. Poco después intentó de nuevo el ataque, esta vez con todo éxito, pues la plaza fue tomada.

Para terminar con la rebelión en la sierra, el gobierno envió al Tte. Corl. Luis G. Morelos quien en Las Milpas infligió una dolorosa derrota a Iturbe, que apenas si pudo escapar acompañado de escasos soldados; mas el fracaso no lo amilanó, y al frente de varias guerrillas avanzó rumbo a Culiacán, hacia donde también se movilizaba Juan M. Banderas. Las fuerzas federales se encerraron en esa ciudad y los maderistas iniciaron el sitio a la misma, aunque en un principio sus ataques fueron estériles, ya que los pocos fusiles con que contaban no tenían poder alguno y no podían causar mayores daños al enemigo, que por su parte estaba dotado de un magnífico armamento, cuyos disparos podían causar bajas en una distancia que iba desde la iglesia catedral hasta el poblado de El Barrio. Ante la poca efectividad de sus esfuerzos, los jefes de las guerrillas decidieron usar la táctica de avanzar perforando las paredes de las casas, y así pudieron llegar hasta el centro de la población para vencer a las fuerzas federales. Únicamente permaneció defendiéndose el Tte. Corl. Morelos, quien se hizo fuerte en los techos del Santuario del Sagrado Corazón, más al final se rindió merced a los ruegos del obispo de Sinaloa, ya que los revolucionarios amenazaron con dinamitar el edificio.

Existe la creencia de que la jefatura de la revuelta maderista en Sinaloa fue ejercida totalmente por Iturbe, pero la realidad fue otra. Es innegable que las personalidades más destacadas en esa lucha fueron las de éste y Banderas, pero en verdad, el jefe indiscutible del movimiento fue el último, por su personalidad y recio carácter, por su indomable energía o bien porque arrastraba más gente. Para comprobar lo anterior nos referiremos a la rendición del Tte. Corl. Morelos, quien al bajar de su reducto del Santuario fue recibido por Gregorio Cuevas, que era uno de los jefes más notorios. Al encontrarse, el jefe federal le preguntó si era Juan M. Banderas, y ante la negativa del guerrillero de Bequillos, le pidió que lo llevara ante Juan, manifestando que únicamente a éste le entregaría la espada, como lo hizo, lo cual significa que para él no había más jefe que Banderas. Este y Ramón recibieron en la misma fecha el despacho de general firmado por don Francisco I. Madero, pero al constituirse la Junta Militar, que fue el organismo que realmente gobernó al estado, Banderas fue designado presidente, mientras que Iturbe tuvo que conformarse con la vicepresidencia, y poco después, cuando las fuerzas revolucionarias obligaron al gobernador, Lic. Celso Gaxiola Rojo, a que renunciara al cargo, la voluntad de los jefes de guerrilla se manifestó haciendo que el Congreso local nombrara gobernador a Juan. Iturbe, pues, se mantuvo en un lugar inferior mientras Banderas estuvo actuando, y solamente pasó a ocupar el primerísimo lugar cuando se inició el movimiento constitucionalista.

En 1912 en que estalló la revuelta Zapatista, Iturbe derrotó a un grupo de alzados en El Huanacaxtle, punto situado en las meras goteras de Culiacán; después fue a Mocorito donde igualmente triunfó sobre las fuerzas de Antonio Franco y Francisco “Chico” Quintero, y tras de esto se internó en Chihuahua donde combatió a los orozquistas al mando de Benjamín Argumedo y otros jefes. Terminada la campana contra Pascual Orozco, solicitó permiso a Madero para ir a los Estados Unidos con el objeto de dedicarse al estudio. Se encontraba en Los Ángeles, Calif., cuando tuvo la noticia de la negra felonía de Victoriano Huerta, lo que le hizo regresar al país, y en Nogales, Son., tuvo una conferencia con el Gral. Álvaro Obregón, para después internarse en Sinaloa donde pronto se puso en acción. Nombrado jefe de las operaciones militares en el estado, tomó el puerto de Topolobampo después de tres días de lucha; el siguiente objetivo fue la villa de Sinaloa, la que también cayó en su poder, y luego asistió al asedio y toma de la ciudad de Culiacán, acción en la que jugó un papel muy importante, mereciendo que el Gral. Obregón dijera:

“El general Iturbe se mantuvo constantemente en la línea de fuego, dando muestras de una energía y actividad inquebrantables; sin descuidar ningún detalle, recorría siempre las posiciones avanzadas, celoso de que nuestras tropas guardaran la actitud que les correspondía”.

Tocó su turno al puerto de Mazatlán, al que el Gral. Obregón puso sitio el 4 de mayo de 1914, y al ver que no había necesidad de que todo el ejército constitucionalista estuviera asediando a los federales, el general en jefe decidió continuar su marcha hacia el sur, dejando encargado del sitio al Gral. Iturbe. Los huertistas, amparados por defensas naturales, resistieron el asedio durante largo tiempo, ya que Mazatlán cayó en poder de los revolucionarios hasta el 9 de agosto de 1914.

Felipe Riveros había sido electo gobernador constitucional del estado, y tomó posesión el 27 de septiembre de 1912. Cuando Victoriano Huerta usurpó la presidencia de la República, el gobernador lo reconoció por medio de un manifiesto que dio a conocer el 5 de marzo de 1913, fundándose entre otras cosas en que el nuevo ejecutivo de la nación se había “trazado una línea de conducta, tendiente a respetar la soberanía de los Estados”, por lo que no debía temerse “atropello alguno a los derechos del pueblo sinaloense, ni a los Poderes que” representaban al mismo. Manifestaba también que había “muchas personas que sin dañada intención” se dejaban llevar “por sus sentimientos, inclinándose al desconocimiento del nuevo gobierno; sin tener en cuenta que la Patria” reclamaba “el sacrificio de todos sus hijos, como un recurso supremo de salvación”. Sin embargo, su actitud no le valió, pues al poco tiempo fue hecho prisionero por las fuerzas federales y llevado a México. Volvió al estado cuando se iniciaba la lucha contra el huertismo, y con aquiescencia de los jefes del movimiento se hizo cargo nuevamente del Ejecutivo.

La visita de don Venustiano Carranza a Sinaloa, puso en peligro la seguridad de Riveros en el gobierno, ya que el primer jefe, tomando en consideración los postulados del Plan de Guadalupe, manifestó que aquél no podría seguir gobernando en virtud de haber reconocido al régimen de Huerta, y solamente la enérgica intervención del Gral. Juan

Carrasco le hizo dar marcha atrás en su decisión, toda vez que el hombre de El Potrero manifestó que si se desconocía a don Felipe, que era el gobernador nombrado por el pueblo, él se convertiría en Zapatista y nadie lo sacaría de Sinaloa.

Lo anterior, así como la amistad que Riveros tenía con don José María Maytorena, gobernador de Sonora, hicieron que aquél no caminara muy de acuerdo con el primer jefe y manifestara sus simpatías por Francisco Villa, así que cuando los altos jefes revolucionarios se reunieron en la Convención de Aguascalientes envió al Gral. José María Cabanillas una comunicación en la que entre otras cosas le decía:

Estimando que los problemas que se tienen que resolver para el bien y progreso de nuestra querida Patria son de tal importancia que ningún hombre aislado aunque se llame Venustiano Carranza puede solucionar satisfactoriamente he resuelto, y así lo he jurado por mi honor de ciudadano armado, acatar solamente las disposiciones de esa Convención Soberana, aun cuando pugnen con las que dicte don Venustiano.

Iturbe, que era jefe de la Tercera División del Noroeste, había ido a la ciudad de Aguascalientes para asistir a la Convención, y a su regreso, en que parece traía en mente el apoyo a las decisiones de la misma, encontró que la situación entre Riveros y los jefes militares se había tornado muy difícil, lo que le hizo entrar en pláticas con el gobernador, firmándose un documento mediante el cual el jefe militar garantizaba y apoyaba al mandatario en el libre ejercicio de sus funciones legales, mientras que el último se obligaba a no poner obstáculos a las operaciones de carácter militar que ejerciera el comandante de la Tercera División. Terminadas las pláticas, Iturbe envió un mensaje al Gral. Obregón manifestándole haber tornado esa decisión previa consulta a los jefes militares que estaban bajo su dependencia, y esto causó una ola de protestas de los mismos, y que inclusive el Gral. José María Cabanillas, en telegrama dirigido al Gral. Ángel Flores le dijera:

Felicito a Ud. y demás compañeros por actitud asumida. —…Abusos de Iturbe no son de tolerarse y existe gran indignación en esta. No se dejen enredar, yo les ayudare al lado del Primer Jefe donde estaré a sus órdenes.

Los soldados constitucionalistas dominaron la situación en el norte del estado, y aprovechando la ocasión, Iturbe, Ángel Flores y Manuel M. Mezta se reunieron para conferenciar en Estación San Blas, y convencido el primero por sus compañeros de que no contarían con fuerzas para apoyar a la Convención, les contestó que siendo así lo tuvieran por preso y dispusieran de él en la forma que estimaran conveniente. Flores replicó que de ningún modo harían tal cosa y que le proporcionarían una escolta que lo acompañaría hasta donde pudiera reunirse con sus simpatizadores y entonces el general Iturbe decidió continuar dentro del Constitucionalismo y le dirigió un telegrama al Gobernador Riveros diciéndole que como no contaba con tropas desistía de ayudarle y que lo esperase en Culiacán, a donde ya salía para conferenciar con él.

Acompañado de Flores, y de Mezta, Iturbe partió para Culiacán, pero allí encontraron que declarándose abiertamente por Villa, Riveros había dejado Sinaloa el 20 de noviembre encaminándose hacia Durango por el camino de la Sierra Madre.

¿Qué causas motivaron esa conducta de Iturbe en aquellos días tan difíciles para la causa revolucionaria? ¿Fue en verdad un deseo de apoyar la decisión de la Convención, como lo dijo a Flores y a Mezta? simpatizaba con el gobernador, o como en el caso de Carrasco, respetaba la voluntad del pueblo que había llevado a éste a la gubernatura? No lo sabemos. Lo que sí es indudable es que los jefes militares lo pusieron en entredicho, máxime que todos ellos hervían en deseos de sobresalir, de ser el número uno, sobre todo porque Iturbe era más joven que ellos, aunque tenía el prestigio de haber sido de los primeros que se lanzaron a la Revolución y de haber recibido el generalato cuando ninguno se había significado. De cualquier manera, la actitud que guardó fue en cierta forma dudosa, pues era pública la simpatía de Riveros hacia la facción villista y existía el antecedente de su reconocimiento al régimen usurpador de Huerta; por otro lado, los más notorios jefes revolucionarios eran leales a don Venustiano Carranza y no transigieron con la decisión de la Convención de que éste quedara fuera de la jefatura del constitucionalismo, aunque años mas tarde algunos lo traicionaron, permaneciéndole leales Iturbe, Mezta y Carrasco.

Iturbe, que continuó como comandante de la Tercera División, se preparó para combatir a los villistas, lo cual no se hizo esperar, pues en enero de 1915 la situación de los constitucionalistas en el territorio de Tepic se puso difícil y el Gral. Juan Dosal tuvo que abandonarlo, dejándolo en poder de las tropas de Rafael Buelna y obligando a Juan Carrasco a replegarse hacia Sinaloa. Por otra parte, la Columna Expedicionaria de Sinaloa tuvo que partir rumbo a Sonora al mando de Ángel Flores, así que Iturbe se dirigió a Tepic, donde tuvieron lugar los épicos combates entre los hombres de Buelna y de Carrasco. El Gral. José María Cabanillas fue obligado por los villistas a desalojar Cosalá, por lo que Iturbe se desplazó a ese lugar, donde derrotó a Carlos Real, y de allí retornó al sur en virtud de que los soldados de Buelna amenazaban a Mazatlán; peligro que desapareció cuando fueron derrotados y obligados a replegarse de nuevo a Tepic, donde continuaron de nuevo los combates que culminaron con la victoria decisiva de los constitucionalistas. Iturbe volvió a la zona norte de Sinaloa, ocupó la plaza de El Fuerte y en Bacamacari, Mocorito, derrotó a los villistas al mando del Gral. Macario Gaxiola, terminando así con el peligro de que aquellos causaran más intranquilidad en el estado.

Con el triunfo de don Venustiano Carranza, Iturbe entregó la comandancia de la Tercera División al Gral. Manuel M. Diéguez y pasó a Colima como jefe de las operaciones militares, y habiendo entrado el país al orden constitucional, en 1917 lanzó su candidatura para gobernador del estado, contendiendo contra los generales Ángel Flores, Manuel M. Mezta y Manuel A. Salazar, y el civil Fortunato de la Vega. El señor Carranza le escribió para que cancelara su postulación, y la respuesta que le dio fue: “Lo siento, pero ya estoy comprometido con mi pueblo”, como en efecto sucedió, pues habiendo hecho su campaña en el medio rural, a la hora de las elecciones reunió mas votos que todos sus contrincantes juntos.

El 26 de junio de 1917 Ramón F. Iturbe tomó posesión del gobierno de Sinaloa, pero en la discusión del dictamen el diputado Miguel L. Ceceña, representante del distrito de El Fuerte, basándose en que todavía se hallaba vigente la Constitución local de 1894, había manifestado que si bien el general había triunfado en los comicios, se encontraba incapacitado por no llenar el requisito de edad. El resto de los legisladores negaron desde un principio la vigencia de la constitución mencionada, pero entonces los ayuntamientos de El Fuerte, Mocorito, Guasave, Ahome, y Mazatlán desconocieron al gobernador y se pusieron en abierta rebeldía. Por otra parte, Ángel Flores tuvo juntas con algunos jefes militares que no estaban de acuerdo con el triunfo de Iturbe, y en ellas acordaron también desconocerlo; para tal fin encampanaron al exgeneral villista Fernando Espinoza de los Monteros, haciendo que se levantara en armas en la hacienda de Pericos el 2 de julio de 1917. Esto obligó al Congreso local a decretar el cambio de los poderes a Mazatlán y a conceder a Iturbe facultades extraordinarias en los ramos de Hacienda y Guerra. La revuelta no duró mucho, ya que tras de haber asaltado un tren y apoderarse de los valores que en él se conducían, Espinoza fue citado por Flores a una conferencia privada, pero al aproximarse al tren donde iban a tener lugar las pláticas fue recibido a balazos, y habiendo quedado herido fue hecho prisionero e internado en el cuartel militar de Culiacán, de donde pudo fugarse para dirigirse a los Estados Unidos. El Gral. Álvaro Obregón se ofreció como mediador en el problema y luego de haber sido aceptado llegó a Mazatlán acompañado de Carlos S. Vega y don Ramón Ross; se acordó que no se exigirían responsabilidades a los ayuntamientos rebeldes, con lo que la tranquilidad retornó al estado y los poderes volvieron a Culiacán.

El trabajo que esperaba a Iturbe en el gobierno era bastante duro, ya que Sinaloa, al igual que en el resto de la República, se encontraba en circunstancias muy difíciles que eran el resultado de la larga guerra civil. Hacer que renaciera la tranquilidad en los habitantes y restablecer la maltrecha economía, eran los principales problemas a que tenía que enfrentarse, y a esto se encaminaron sus esfuerzos. Pero gobernar cuando apenas se acaba de salir de una cruenta etapa y cuando por doquier se levantaban las ambiciones de los jefes revolucionarios, que por el prestigio cobrado se sentían señores feudales, no era tarea fácil. Desde 1911 hasta que Carranza encauzó al país en el orden constitucional, los habitantes habían sido gobernados por la voluntad de los jefes militares, y dado que la Constitución local era anacrónica, la necesidad primaria estribaba en dar a Sinaloa otra; así que uno de los primeros actos de la legislatura, constituida en constituyente, fue expedirla en consonancia con los nuevos tiempos y con la Constitución federal, que también acababa de ser votada. La carta magna sinaloense fue sancionada el 25 de agosto de 1917 para que los habitantes tuvieran una ley fundamental que los guiara en el camino que recién se había abierto entre charcos de sangre y el estruendo de la fusilería.

Una de las grandes preocupaciones del gobernador Iturbe fue la educación popular, que durante la época de la dictadura porfiriana había sido sencillamente nula. Creó la Dirección de Educación Pública y al frente de ella puso a un competente educador llamado Julio E. Ramírez. También expidió la ley orgánica educativa que vino a llenar las necesidades en tan importante renglón; posteriormente otras administraciones le hicieron algunas reformas, pero hoy que oímos por todos lados lo referente a la reforma educativa, podemos darnos cuenta de la importancia que todavía tiene. Los encargados de resolver tan importante cuestión, deberían tomarse el trabajo de examinar ese ordenamiento expedido en 1918, y así podrían darse cuenta de que todo lo que se viene debatiendo está resuelto allí.

Es lógico pensar que un gobierno no podía realizar una obra más positiva en las condiciones en que se hallaba el estado; sin embargo, la administración iturbista estuvo dictando medidas pertinentes para el mejoramiento de los sinaloenses, votando leyes acordes a los nuevos tiempos (entre otras, la Ley Reglamentaria del Registro Público de la Propiedad). Se abrió el hospicio Francisco I. Madero  para niños huérfanos o hijos de padres de muy baja condición económica, y para el objeto se acondicionó el edificio del seminario conciliar, y en la capital del estado se levantó el mercado Gustavo Garmendia, imponente construcción de corte helénico que vino a substituir al inmundo zoco que desde la época de la colonia era el sitio donde se expendían los alimentos.

La marcha del gobierno de Iturbe no podía desarrollarse de manera sosegada, y como hemos dicho, tampoco los tiempos podían permitirlo. Las ambiciones de los caudillos y las intrigas que se urdían constantemente hacían que el gobernador se mantuviera vigilante. Un día, la ciudad de Culiacán se sobresaltó, pues en su mismo seno se registró un pronunciamiento encabezado por Arturo Butchart, que había sido de las confianzas de Iturbe, y quien se dedicó a saquear varias casas comerciales, entre ellas la de un norteamericano apellidado Shoap, que quedó limpia de mercancías, pues a los revoltosos se unió ese grupo de aves de rapiña que siempre y en todas partes ha existido y no arriesga nada cuando de hurtar se trata. Afortunadamente, el gobierno obró con pasmosa celeridad; Butchart fue aprehendido en El Palmito y fusilado en el panteón municipal de Culiacán, siendo de fama pública que recibió la sentencia con gran cobardía.

La renovación de los poderes federales vino a cubrir al país de negros nubarrones. Don Venustiano Carranza, que tenía el sueño de que México fuera regido por los civiles, y sin tomar en cuenta que por todos los rumbos dominaban los jefes más notorios del movimiento revolucionario, apoyó la candidatura del Ing. Ignacio Bonillas, a la que se enfrentaron la de Álvaro Obreg6n, que lucía la aureola de sus triunfos militares, y la de don Pablo González, cuya actuación no había sido brillante, y que nunca podía oponer su figura a la del criollo de Huatabampo. Iturbe siguió la política de Carranza y se significó como bonillista, y cuando la situación se tornó difícil para el régimen carrancista, pidió una licencia para separarse del gobierno y asumir la jefatura de operaciones militares, estableciendo su cuartel general en Mazatlán, a donde también fueron trasladados los poderes, y en su carácter de jefe militar expidió un manifiesto al pueblo sinaloense, en el que entre otras cosas expuso:

La prensa ha informado… de los lamentables acontecimientos que se han producido en el vecino Estado de Sonora…—El Gobierno de Sonora, de una manera inconcebible ha hecho alarde de pretender mantener su soberanía, no alegando más razón que la creencia de que para él, la estancia de fuerzas federales en su territorio constituye una violación a la misma. . .—El Gobierno de Sonora ha caído en un error que como una vorágine amenaza desgarrar nuestra nacionalidad. La declaración que ha hecho el Estado de Sonora de querer mantener una Soberanía libre de la Unión Mexicana, implica el hacer gala de un separatismo que nada justifica; la independencia de un Estado no puede ser más que una temeraria Utopía; una entidad federativa no puede declararse libre sin romper los vínculos de nuestra Constitución Federal…—La facultad honrosa de que estoy investido… me compele a manifestar que debemos contribuir con toda nuestra energía en la noble tarea de impedir todo conato de separatismo y condenar con la palabra y con todo medio la rebeldía sonorense…— Los vientos huracanados de la rebelión ya han invadido nuestro suelo sinaloense, y es preciso poner muy alto el pendón de la ley y la justicia, porque los invasores no traen nada escrito en su bandera demagógica, sino es una ciega pasión de partidarismo político, tan personal como la misma piel de la ambición insaciada… Sería monstruoso que una acción sin banderas ni principios, hiciera olvidar a los nobles y buenos hijos de Sinaloa el camino de la dignidad y del deber.— …Me corresponde también en mi carácter de gobernante, electo por el pueblo, con licencia del H. Congreso para hacerme cargo de la Jefatura de Operaciones en el Estado, excitar patrióticamente y con entusiasmo, a los buenos hijos de Sinaloa a que, siguiendo el sendero del más alto patriotismo, aporten el mayor contingente que esté en sus manos, a fin de que el orden y tranquilidad pública se restablezcan para bien de todos y para alcanzar el verdadero progreso de los pueblos…—!Sinaloenses, la lucha nos espera, a la lucha hasta vencer!.

Los generales abandonaron a Carranza y empezaron a sumarse al obregonismo, e Iturbe, impotente para luchar contra las defecciones, tuvo que abandonar el país y refugiarse en los Estados Unidos de América donde residió hasta 1929 en que regresó para sumarse a los jefes militares obregonistas en la rebelión contra Calles. ¿ Cuáles fueron las causas que hicieron al tal carrancista aliarse con sus enemigos de 1920? Es posible que se encontrara hastiado de vivir en el destierro, o bien que el deseo de figurar nuevamente lo haya impulsado a hacerlo, pues cuando un hombre ha sido figura no se resigna a vivir en un segundo plano. Desgraciadamente para sus sueños, el fracaso no se hizo esperar, pues los generales obregonistas, cuando ya no tuvieron al jefe que los llevaba a la victoria, mostraron no valer nada como militares, y Calles, sin serlo —que nunca lo fue—, los hizo huir desaforadamente, por lo que Ramón F. Iturbe tuvo que cruzar nuevamente la frontera norteamericana para ponerse a salvo.

Pasados algunos años, el poder omnímodo de Calles quedo hecho añicos ante la dignidad y el patriotismo de Lázaro

Cárdenas, quien también mostró su sentido humano al abrir las puertas de la patria a todos los exiliados políticos, y de esta manera Iturbe pudo volver, y al dedicarse de nuevo a las actividades políticas ganó una diputación federal. Por otra parte, Cárdenas le hizo justicia y le dio el ascenso a general de división, algo muy merecido ya que en 1919 Iturbe encabezaba la lista de los generales de brigada, pues solamente la interrupción que sufrió su carrera militar al ser electo gobernador del estado, impidió que lograra el grado máximo en el ejército. Ya para terminar el periodo del presidente Cárdenas, en la campaña política para buscarle sucesor, Iturbe tomó el partido del Gral. Juan Andrew Almazán, y él mismo se presentó como candidato al gobierno de Sinaloa, y si el nombre del divisionario poblano inflamó a los mexicanos, el nombre del viejo revolucionario sinaloense engrosó más las filas del almazanismo en su tierra natal.

El oposicionismo de Iturbe no fue escollo para que el nuevo presidente de la República, Gral. Manuel Ávila Camacho, lo designara como agregado militar en el Japón, cargo que desempeño hasta que México declaró la guerra a las potencias nazi-fascistas. Para entonces, el aura que lo envolvía como uno de los grandes de la Revolución mexicana había ido aumentando, y con ella, el respeto de los gobernantes. Fue jefe de la Legión de Honor Mexicana, y en 1967, el Senado, tomando en cuenta sus indiscutibles méritos, le honró concediéndole la medalla Belisario Domínguez.

La figura de Ramón F. Iturbe es una de las más distinguidas que han salido de Sinaloa, así que no podemos menos que reproducir la semblanza que con la difícil facilidad y sencillez que lo han convertido en el mejor prosista de México, hace de él Martín Luis Guzmán en su magistral obra El Águila y la serpiente. Cuando el escritor lo conoció, el revolucionario sinaloense se hallaba en sus 24 años, es decir, en sus años mozos, y a pesar de esto, dice que Iturbe “figuraba no a fuerza de querer hacerse notar, sino al revés, contra todo empeño por inhibirse”. Manifiesta el novelista que Iturbe hablaba poco y con cautela. Su frase, resuelta a alcanzar el matiz de los pensamientos, seguía un trazo lento y sinuoso, tan sinuoso que al pronto se hubiese creído que buscaba disfrazar u ocultar el fondo de las ideas. La cultura de Iturbe, pobrísima entonces, tenía la ventaja de presentarlo libre de la salsa de repugnantes lugares comunes en que nadaban los revolucionarios semileídos y farsantes. Se expresaba además con cierta timidez, con el aire de humildad sincera de quien creyese fácil caer en error y de antemano estuviese de acuerdo en que se le enmendara la plana. Todo lo cual producía en su carácter un raro contraste con otras cualidades: contraste entre su inseguridad juvenil y su aplomo adquirido ya en la vida; entre su adolescencia espiritual y su madurez precoz de alma, acentuado por su fe en si mismo, por su profunda e intima convicción de estar fundamentalmente, en lo cierto y lo justo.

Porque Iturbe era uno de los poquísimos revolucionarios que habían pensado por su cuenta el problema moral de la Revolución y que habían venido a ésta con la conciencia limpia. Aunque muy joven, su impulso revolucionario arrancaba más de la convicción que del entusiasmo. Y en él la convicción no se reducía, como en otros —los principales, los guiadores—, al ansia de crear un esta¬do de cosas dócil al imperio propio, sino al imperativo de obrar bien, de obrar moralmente, religiosamente. No en balde era Iturbe el único general revolucionario que creía en Dios y que afirmaba sus creencias en voz alta, y no en tono de estarse disculpando. Y eso sólo, creer en Dios, lo levantaba a gran altura sobre todos sus compañeros de armas, casi siempre descreídos e ignorantes, bárbaros, audaces, sin ningún sentido de los valores humanos y desconectados de todas las fuentes originadoras de los impulsos hacia la virtud.

Su extrema juventud y lo muy desmedrado de su cuerpo hacían de el, al principio, un personaje de poco relieve. El, por otra parte, acusaba con el desaliño de su traje un descuido tan espontáneo, una tan auténtica inatención por lo inmediatamente material y corpóreo, que se requería mirar dos o tres veces la totalidad de su persona para convencerse de que aquello, lejos de ser defecto, era disposición de ánimo superior, indiferencia por lo que en el fondo no representa valor definitivo, de igual manera que en los generales sonorenses era temprana manifestación de defectos, y no de virtud, el inquebrantable apego a los arreos militares más militaristas. Pero una vez bajo la mirada escrutadora, Iturbe crecía rápidamente e iba dejando entrever por qué pertenecía al corto número de los que mandaban hasta cuando practicaba la obediencia.

Su temperamento reflexivo y maduro constituía la base de su personalidad, apuntada en los detalles más nimios. Esa noche, por falta de abridores, hubo que destapar las botellas de cerveza al modo revolucionario: haciendo encajar el borde de la corcholata en el martillo de la pistola y apoyando ésta después contra el cuello de la botella hasta que el tapón saltara de su sitio. Quien más, quien menos, todos los presentes efectuamos la operación con dejos de temeridad ostentosa cual si los revólveres [el cartucho 38 o 44 frente a la aguja] fueran instrumentos inofensivos. Y es que entre nosotros no había quien no se creyera muy valiente, ni se sintiese ya muy hecho a jugarse la vida minuto a minuto. Iturbe no lo hizo así. Desenfundó la pistola con sencillez; la volvió culata arriba cuidadosamente; tomó la botella con la mano izquierda, y, atento a que el cañón del arma apuntara en dirección al piso, o de la pared que le quedaba a la espalda, la hizo describir una curva supletoria de las funciones del abridor. Viéndole tal aspecto, no se habría creído que se tratara del mismo hombre que a la hora del combate, y siempre que el arriesgar la vida tenía un sentido, se olvidaba de ponerle cortapisas al valor, según acababa de demostrarlo durante el ataque y toma de Culiacán.

Los primeros hombres que se lanzaron a la lucha revolucionaria —especialmente los de la etapa maderista—, con muy contadas excepciones, fueron a pelear por ideas políticas, no por reflexiones de orden social, e Iturbe fue uno de ellos. El se llegó a los campos de batalla buscando la efectividad del sufragio y que terminara la reelección, y fue hasta más tarde en que las ideas sociales prendieron en su intelecto, aunque si bien las abrigó de manera moderada, ya que nunca cayó en los extremismos. En el terreno de las creencias, continuo siendo cristiano, más su pensamiento religioso siempre se manifestó como una mezcla de cristianismo y espiritismo. Durante su gestión como gobernador, mandó construir una gran escalinata para dar acceso a la capilla de Nuestra Señora de Guadalupe, edificada en Culiacán sobre una loma extramuros, y este acto que se dice fue sólo el cumplimiento de una promesa que hizo si tomaba la mencionada ciudad, fue aprovechado por sus enemigos políticos que en unas letrillas que cantaban con música de La Cucaracha, decían:

No queremos más soguillas,

fayuca de escalinatas,

ídolo de los curillas,

títeres de viejas beatas.

Por lo que se ve, sus malquerientes no se andaban por las ramas para tratarlo de ladrón y traficante, y la última parte era clara alusión a ciertas parientas bastante piadosas que presumirían de influyentes, o tal vez lo serían, pero lo de los clérigos nos parece que era tan sólo un afán de denostarlo ante los liberales y masones que tanto abundaban. Sinaloa no contaba con obispo, pues se hallaba desterrado, y por otro lado, sacerdotes políticos no los había y los claramente inteligentes se podían contar con los dedos de una mano y sobraban dedos. Además, aunque la lucha armada había terminado, los resquemores anticlericales continuaban vivos, y conociendo el carácter firme del gobernante se puede decir que el clero no ejercitó ninguna influencia sobre él. La curiosa mixtura de cristianismo —que no catolicismo— y de espiritismo permaneció inalterable en el caudillo hasta el final de sus días, lo cual puso de manifiesto en pleno Senado cuando al recibir la presea Belisario Domínguez, hizo profesión de fe de sus ideas.

Una faceta desconocida de Iturbe fue su amor a la poesía, que en él fue integral, pues si a muchos nos embriaga la emoción estética que nace de gustar hermosos versos, el distinguido sinaloense no sólo gustaba de recrearse con ellos, sino que daba rienda suelta a su inspiración para vaciarla en el papel, y en forma callada lo estuvo haciendo durante gran parte de su vida, así que la aparición de su obra literaria en un libro editado póstumamente, constituyó toda una sorpresa. Entre los generales  que surgieron de la Revolución, algunos han destacado en el campo de la investigación histórica; otros, como Joaquín Amaro, tras de la ignorancia que cubrió sus primeros años, alcanzaron una cultura asombrosa, pero en el terreno de la poesía únicamente conocíamos como poeta al poblano Adolfo León Osorio, quien siendo estudiante hizo a un lado los libros para empuñar el rifle, pero cuya cultura y sensibilidad lo llevaron a la poesía, en la que ha destacado hasta obtener honores internacionales. El caso de Iturbe fue distinto. Sin ninguna instrucción en sus días juveniles, empezó a pulirse cuando ya era la principal figura de la Revolución en Sinaloa, y su sed de cultura, su romanticismo y el cultivo de las ideas esotéricas lo empujaron a vertir su pensamiento en forma poética. Me parece hasta innecesario decir que sus versos, en los que se pone de manifiesto el misticismo que siempre le acompañó, tienen el corte romántico que tanto privó y que llegó a su término cuando los representativos de los “ismos” lo aventaron al cuarto de los “tiliches”. El volumen que encierra las poesías salió a la luz engarzado en la devoción y el cariño de la señora Iturbe, la que al hablar en el prefacio de la obra poética de su marido, dice que el libro “Muestra en sus paginas varias facetas de su espíritu heterogéneo, tan rico en panoramas íntimos como sincero y llano en su expresión”. De entre la copiosa producción del general he escogido al azar los siguientes versos.

Mis anhelos

Amar intensamente, sin afán posesivo;

estar interesado en todos por igual;

no tener en la vida un cariño exclusivo

ni apego por las cosas del mundo material.

 

Vivir sirviendo a todos ¡éstos son mis anhelos!

sentirme despojado de toda vanidad;

no buscar a las penas los mentidos consuelos

sino la paz interna del que ama la verdad.

 

Venerarte !oh Señor! en todo cuanto existe;

ver tu amor reflejado en toda la creación,

ya que a todos tu reino por herencia nos diste

y que estás Tú en el fondo de nuestro corazón.

 

No somos críticos literarios para analizar la obra poética de Iturbe, pero podemos aventurarnos a decir que como poeta, no pasará a la crónica de las letras de Sinaloa con la estatura que alcanzó como adalid de la Revolución y como hombre público. Mas en honor a la verdad, su trabajo silencioso y la reticencia a no publicarlo mientras estuvo con vida, son una muestra de que no aspiraba a codearse con nuestros más destacados aedas, y que solamente versificaba para plasmar su anhelo de encontrar a dios, y para tallar “en rima la admonición que señala rumbos a la humanidad”.

El día 7 de octubre de 1966, marcó indeleblemente la existencia de Ramón F. Iturbe con un acontecimiento que no solamente la honraba en lo personal, sino que al mismo tiempo simbolizaba el reconocimiento para los hombres que un día dejaron la rutina diaria y fueron a buscar la forja de un México mejor en los campos de batalla. Ese día, el ilustre veterano recibió la distinción más alta que otorga el Senado de la República: la medalla Belisario Domínguez. En el transcurso de la  ceremonia, el senador, Gral. Ricardo Marín Ramos, que habló en representación de sus compañeros de Cámara, expreso entre otras cosas, que se honraba a un hombre ejemplar y con él al movimiento libertario al [que había] consagrado sus mejores años… —Actos como el presente— dijo— significan una severa lección cívica para las nuevas generaciones, al presentar a la opinión pública la figura de un hombre fiel a sus convicciones, porque es prudente reconocer con Emerson, que el hombre más valioso “es el hombre inconmoviblemente afirmado en sus principios”. El señor general Iturbe afirma su fe en la juventud cuando nos dice que “son los jóvenes los que tienen el empuje. Son ellos los encargados de sacar buen fruto de la Revolución. ..”— Al prender en el pecho de un ilustre revolucionario el más honroso símbolo de virtud ciudadana. . . en verdad, lo que hacemos, es una siembra de esperanza, porque anhelamos que los niños y los jóvenes de hoy y de siempre, vean en estas vi-das de mexicanos singulares, a hombres que han sabido servir a su patria con patriótico desinterés, elevada abnegación y generosa entrega.

Al agradecer la distinción de que era objeto, el Gral. Iturbe tuvo macizos y elevados conceptos, de los que entresacamos algunos. Para comenzar manifestó:

No creo haber hecho nada que lo merezca, pero sí puedo asegurar que mi anhelo más grande y sincero ha sido poder servir a mi Patria y a la humanidad… —Aprovecho esta solemne oportunidad que se me brinda para testimoniar una vez más que los que secundamos al Apóstol Madero en 1910, lanzándonos a la lucha armada, lo hicimos porque reconocimos en ese medio el único recurso para acabar con la dictadura de don Porfirio Díaz, la cual impedía al pueblo desplegar sus alas en busca de un mejor sendero para lograr su progreso. . .— Cuando teníamos 20 años creíamos que todas estas metas podían alcanzarse con el triunfo de las armas únicamente. Esta vana ilusión no era por demás. Revelaba la profundidad de los males y la urgencia de remediarlos. Tales actitudes son propias de la juventud, en la que siempre se encuentra generosidad y disposición a la pronta acción. De ahí que resulte plausible todo estímulo a sus nobles aspiraciones. Ahora, los viejos revolucionarios, los jóvenes de ayer, vemos con júbilo que un pueblo esperanzado se encuentre en marcha. . . La obra constructiva de la paz es tan revolucionaria como la de la violencia, necesaria en su momento, siempre que no se detenga ni se aparte de los intereses nacionales, es decir, de los del pueblo, ayer tan vejado y escarnecido. . . —No hagamos tanto hincapié en lo que no se ha hecho al juzgar la obra revolucionaria, sino en lo que ya se ha logrado. Esto puede enorgullecernos como hombres y como mexicanos, especialmente si comparamos al país en la actualidad, con lo que era hace medio siglo.. .— Nadie puede disputarnos el derecho de luchar por la paz, el desarme y el progreso integral ante todas las naciones; por la no intervención y la autodeterminación de los pueblos… La Revolución, pues, se ha universalizado en sus planteamientos y en sus metas. . . —La Revolución es un proceso que empezó con sueños y se ha ido encarnando en realidades. Seguirá en pie mientras existan injusticias, postergaciones, egoísmos y amenazas sobre la independencia del país. . .— Porque la Revolución no es sólo un hecho de armas, es también la expresión de las clases desheredadas, es la creación de industrias y empresas que dan trabajo digno y que nos liberan económicamente; es la conversión de esclavos en obreros decorosamente protegidos y retribuidos; es el reparto de la tierra entre los campesinos y la ayuda firme para elevar sus condiciones de vida y de productividad; es la sanidad y las escuelas para todos; es la afirmación de la cultura propia y de sentido universal; es la conquista de la independencia real del país en todos los órdenes; es la responsabilidad de su Gobierno frente a la urgencia de paz, justicia y comprensión entre todos los hombres, creando la igualdad de oportunidades. Comprensión que ya debiera haberse hecho universal desde hace dos mil años si en realidad hubiéramos comprendido las prédicas y enseñanzas de Jesús El Cristo, así como su ejemplo de amor y sacrificio por los humildes, viendo cómo los consideraba con derecho al Reino de los Cielos, es decir, a la felicidad; invitando, al mismo tiempo, a los ricos, cuando aspiraban a la vida eterna, a vender todos sus bienes y repartir su producto entre los pobres para seguirlo en su labor;. . . Pero nosotros nos empeñamos en explotarnos los unos a los otros, en tener prejuicios imperdonables, como son las diferencias de raza, de color y de clases sociales. . . ¿No fue, pues, Jesús, un auténtico revolucionario? Como Maestro, lavó los pies a sus discípulos, enseñandoles lo que deberían hacer con sus hermanos, los humildes. Madero, el apóstol nuestro, también nos enseñaba su moral y a no prejuzgar. Nos decía textualmente: “Todo individuo tiene derecho a que lo consideremos honrado y honorable, mientras no tengamos pruebas en contrario”. Pero, ¿quién llega a estas alturas morales? Tan alto pensamiento puede compararse con aquella recomendación de Cristo, de amarnos los unos a los otros, y aún más, de amar a nuestros propios enemigos. . . —Tal parece que un viejo revolucionario desvaría ¡No, señores! las posibilidades son múltiples y la potencia escondida en las formas no imaginadas, puede reservarnos enormes sorpresas. Las juventudes amantes de la transformación con miras a los más altos ideales, irán muy lejos. Por algo las hemos calificado como “el divino tesoro”. Y esto, señores, puedo decirlo con el mismo entusiasmo de mi juventud, por mas que ya me encuentro en las postrimerías de mi vida.. .— No quiero pasar por alto el referir que también nuestra visión del porvenir como revolucionarios, se relacionó con el resurgimiento de la mujer. Observemos con satisfacción cómo en la actualidad va escalando los peldaños de todas las actividades conquistando títulos como profesionistas en las distintas ramas de la ciencia y en las artes. En una palabra, como la fuerza complementaria del hombre, colaborando con él eficazmente en la obtención de la paz y de la felicidad. . . —El fruto de la Revolución se observa en todas partes. Una fuerza incontenible caracteriza a los ideales del bien y de la justicia. En nuestro movimiento libertario y transformador de la realidad social desde principios del siglo, esta misma fuerza ha hecho posible la cristalización de los anhelos que la inspiraron; pero esto ha sido posible gracias a que los representantes del pueblo, en los diferentes gobiernos, no han perdido de vista los fines trazados desde entonces, porque sólo a través de la acci6n ininterrumpida llegan a objetivarse los más grandes sueños. . .

Para terminar, el general hizo un elogio de la labor que llevaba a efecto el régimen, en la que los miembros del Poder Legislativa y los del Judicial trabajaban cumpliendo con su cometido, auxiliando al presidente de la República, que fiel a la trayectoria característica de los gobiernos revolucionarios, ajustaba su actuación a esos ideales y se convertía en portavoz de los más grandes anhelos de fraternidad y armonía entre los pueblos.

Iturbe era muy joven cuando caso con la señorita Mercedes Acosta, a la que, siendo su novia —según su propia confesión— ofreció tomar la ciudad de Culiacán. El matrimonio vivió en completa armonía durante largos años, y cuando la compañera murió, el general reincidió y esta vez se unió a la poetiza argentina María Luisa Marienhoff, mujer de elevada cultura y una gran dama.

El 27 de octubre de 1970, Sinaloa se conmovió con la noticia de que el ilustre revolucionario había muerto en la ciudad de México, y cuando todos los sinaloenses esperaban rendirle el postrer homenaje de respeto y admiración en el lugar donde reposan las cenizas de sus prohombres, se encontraron que por la indiferencia oficial, la tierra de la capital cobijaría los despojos del prócer.

Ramón F. Iturbe empuñó la carabina cuando apenas contaba con 20 años de edad, es decir, que era apenas un mozalbete, pero el tiempo, que es el mejor maestro, fue madurando al hombre; ahondando las raíces de su voluntad, además de que fue elevando su nivel cultural. Su actuación un tanto confusa en los días dramáticos de la escisión villista, tal vez haya tenido como causa su inmadurez, pero pocos años después, a su paso por la gubernatura, tuvo como pauta el tino y la prudencia; pudo sortear los escollos y mostrando su profundo respeto por la vida humana, no se manchó con sangre de hermanos; nunca asesinó, ni ordenó fusilamientos por causas baladíes.

Carente de padre y desarrollado en un medio donde los niños no tienen infancia, al llegar al poder vio la oportunidad de hacer algo por los de su clase, y aunque la pobreza del erario era mucha, abrió una casa para que las niñas huérfanas o de familias paupérrimas se educaran y pudieran enfrentarse a la dura realidad de la vida. ¿Defectos? ¿Yerros? Era humano y sujeto a imperfecciones, además de que actuó en una de las etapas más difíciles para la vida del país. Lo que puede decirse sin temor a equívocos, es que como hombre público y en la intimidad de su hogar, su vida fue de gran transparencia en la que nunca se translució el escándalo.

Sufrió persecuciones y destierros y vivió en la pobreza, ya que el fulgor del oro no le alucinó ni se convirtió en la obsesión de su existencia. Pudo haberlo atesorado, pues tuvo en su favor todo lo necesario para hacerlo, pero se conservó limpio, con la limpieza de convicciones con que llegó a la lucha armada. Lealtad, honradez y patriotismo jalonaron su existencia, y puede decirse que ésta es un ejemplo para las actuales generaciones. Por todo lo anterior, cuando el Senado le otorgó la presea que lleva el nombre del ilustre patricio chiapaneco, no pudo haber encontrado otro mexicano que la luciera más dignamente que Ramón F. Iturbe.

 

 

Ramón F. Iturbe

Ramón F. Iturbe, revolucionario y gobernante sinaloense

 

Summary
Name
Ramón F. Iturbe
Job Title
Revolucionario, gobernante sinaloense, poeta
Company
Ejército Revolucionario Mexicano, Gobierno del Estado de Sinaloa
Address
Mazatlán,Sinaloa, México

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