Personajes de Sinaloa

 

Ramón Corona

 

Este personaje fue el hombre más enigmático que haya actuado en Sinaloa desde la iniciación de la guerra contra los conservadores, hasta que los invasores franceses salieron de su territorio. Llegó como obscuro oficial de un reducido grupo de voluntarios, y al terminar la campana libertaria, a más de lucir las insignias de divisionario, era el jefe de la División de Occidente; había luchado incansablemente, mas las complejidades de su psiquis dieron lugar a varios acontecimientos que conmocionaron al Estado. En realidad, su figura fue de contrastes, pues si a veces actuaba abiertamente, en otras lo hacía en forma solapada, y estudiando detenidamente sus hechos, se llega a la conclusión de que su pensamiento era laberíntico.

Nacido en Puruagua, Jalisco, el 18 de octubre de 1837, su infancia no debe haber sido placentera, ya que la madre tuvo que hacerse cargo de la familia pues el padre desapareció un buen día, sin que en muchos años se tuvieran noticias de él. Fue hasta en los días en que se guerreaba contra los franceses cuando don Ramón lo conoció, al presentársele de manera sorpresiva e identificándose.

Tampoco tenemos noticias de su adolescencia y la primera información que de él tenemos es que a los veintidós años de edad se hallaba en las minas de El Motaje, del antiguo Cantón de Tepic, donde trabajaba como dependiente de un señor apellidado Villanueva. A la región llegaron las nuevas de que los liberales estaban asediando a Mazatlán, y Villanueva acompañado de Corona y de un grupo de sus operarios partió rumbo al puerto donde se presentó ante los jefes de los sitiadores ofreciendo sus servicios, pero cuando sus hombres fueron armados y municionados, se devolvió a El Motaje para atacar a unas personas que en virtud de sentencia judicial estaban posesionadas de su mina. Como fueron rechazados y derrotados, retornaron a Mazatlán, recibiendo Corona una severa reprimenda por parte de don Pablo Lagarma, que era el jefe de los patriotas. Con la llegada a Mazatlán de las fuerzas al mando del general Ignacio Pesqueira, la pequeña fuerza pasó a formar parte de ellas, y tal parece que al retirarse el caudillo sonorense a Cosalá, no les tocó estar en el combate de Los Mimbres, puesto que les dieron la comisión de interceptar el paso de los reaccionarios hacia el sur, en el caso de que fueran derrotados, pues el mismo Corona asienta que estuvieron en El Rosario, combatiendo a un grupo que iba en fuga tras el desastre que sufrieron en la acción de armas mencionada.

Ignoramos si en realidad combatió en el sitio de Mazatlán, porque esto ha sido negado por algunos militares sus enemigos, mas lo que sí es cierto, es que después pasó al Cantón de Tepic para hostilizar a las fuerzas de Manuel Lozada, aunque no con mucho provecho. Poco a poco fue aumentando el número de sus hombres, y cuando don Plácido Vega envió tropas para combatir a los lozadistas aprovechó sus servicios, pues hay que hacer constar que Corona siempre operó subordinado a las autoridades de Jalisco, aunque subvencionado por las de Sinaloa.

La operación contra Lozada se inició bajo buenos auspicios, ya que la ciudad de Tepic quedó en manos de los liberales, que desde allí empezaron a expedicionar para diversos lugares del Cantón. Una de las incursiones se puso bajo la responsabilidad del teniente coronel Ignacio Martínez Valenzuela, quien llegó hasta San Leonel acompañado por Corona. Las fuerzas lozadistas acechaban por toda la zona y aprovecharon para caer sobre los liberales cuando Corona, no sabemos por qué motivos dejó a Martínez Valenzuela para irse a Tepic. El desastre fue tremendo y costó la vida al pundonoroso jefe, que fue fusilado y colgado por órdenes de Lozada, acto que causo una gran indignación a don Plácido Vega.

Las actividades de Corona se desarrollaron por igual en el Cantón de Tepic que en Sinaloa. En la defensa de Escuinapa que hizo Rosales contra las fuerzas lozadistas, por instrucciones que éste le dio se situó en El Rosario con un piquete de caballería y de allí debería movilizarse para auxiliar a los defensores, más de acuerdo con lo que dicen los historiadores no lo hizo así, por más que en el libro “Ensayo Histórico del Ejercito de Occidente” se diga lo contrario.

También se halló presente en el combate de Las Lomas de Ixcuintla en el que los soldados al mando de don Plácido Vega derrotaron a los conservadores jefaturados por el general Jerónimo Calatayud y tras de este hecho de armas ocuparon la ciudad de Tepic. Vega estuvo en ella pocos días pues pronto inició su marcha al sur, y el día en que lo hizo se registro un incidente, pues algunos oficiales de Corona se entregaron al saqueo, lo que visto por Rosales costó a aquel una fuerte reprimenda que éste le endilgó, y que tuvo que aguantar.

No sabemos por qué causa cobró un odio mortal a don Plácido Vega, aunque todo hace suponer que debe haber sido por su deseo de acaparar los poderes militar y político; por ser el amo de la situación en Sinaloa. La marcha de Vega con la Brigada Sinaloa le cayó como anillo al dedo para realizar sus designios, aunque parece que no tomó participación en el fallido complot que tramo Rosales contra García Morales en 1863, mas en el siguiente año, en que don Plácido tuvo que partir para los Estados Unidos, vio una oportunidad inmejorable para conseguir lo que buscaba, mas antes que esto, para resolver la situación de su brigada que se hallaba en la miseria por falta de recursos, ya que García Morales no se los daba “… á causa de su indisciplina y de los graves desórdenes que cometía”. Rosales acababa de regresar de San Francisco, California, donde se exilió después que tuvo que salir del Estado por la persecución que le hizo el gobierno local, y se unió a los jefes descontentos que empezaron a urdir la intriga para derrocar al gobernador. Primero simularon un pronunciamiento en Guajicori, por el que las tropas de Corona desconocieron a éste, nombrando como jefe al coronel Ángel Martínez, y tras esto Corona se entrevistó con García Morales proponiéndole que tomara a su servicio a la fuerza rebelde con el objeto de que pudiera seguir en la lucha, pero el veterano soldado sonorense no cayó en el garlito y le contesto que no quería nada con tal clase de tropa, que pronto aprovecharía la menor oportunidad para desconocerlo, pues en verdad, los hombres de Corona eran de lo más indisciplinado, verdaderos forajidos que hicieron exclamar al general Manuel Márquez de León: “Seguramente nos causará mil males esta fuerza, la de Corona, si no sale prontamente de aquí; es inútil por demás que unos cuantos nos sacrifiquemos por el honor de la nación. si no faltan “chinacates” que la desacrediten y comprometan sus relaciones”. La táctica fracasó, y entonces recurrieron al cuartelazo, cuyo verdadero instigador fue Ignacio Ramírez, “El Nigromante”, quien no disimulaba su enemistad con el Presidente Juárez, y que en una de sus cartas a Guillermo Prieto le dijo: “Sí, Fidel, conspiro con todas mis fuerzas. ¿Contra los franceses? No, hombre; conspiro contra don Benito, que se ha empeñado en salvarnos de la invasión y que se porta, por sí y por apoderado, con una poltronería que da grima. . . .Conspiro contra un tal García Morales, o mejor dicho, conspire, puesto que ya está fuera del gobierno… propuse a estos bravos guerreros que le echaran una zancadilla al buen señor García Morales y le mandaran a donde no hiciera daño. Rosales aceptó con alborozo; creo que hasta se enrojeció su piel amarillenta por la ictericia, y brillaron sus ojos en que dormitaba Ia luz de un verso hondo y sentido, aunque cojo y maltrecho. Corona no fue tan fácil de convencer: le repugnaban el cuartelazo, la infidencia y el pronunciamiento. Yo me reí de sus escrúpulos, le demostré que no se peca en materia grave deshaciendo las hechuras de don Benito; pero él se resistía y acabó por proponer no sé cuantos paliativos que le resultaron tan eficaces como las cataplasmas que le ponen a un difunto. Al fin accedió; y la cosa quedó arreglada y concluida: García Morales ya no es gobernador y lo es Antonio Rosales”.

No sabemos hasta dónde llegaría la repugnancia de don Ramón en este asunto, lo que sí sabemos es que al llegar el latigazo de Juárez, manifestó que la firma del Plan de El Rosario era un remordimiento “que a todas partes le seguía”, y que sentía más que nunca “el haberse separado por primera vez del camino de la legalidad”, que deseaba se le juzgara militarmente, por último solicitaba la gracia de morir combatiendo al invasor, y en este caso, se rehabilitara su memoria pues se consideraba manchado por su participación en la caída del gobernador de Sinaloa.

Pero lo que más ha de haber dolido al jefe jalisciense fue lo que le dijo García Morales en carta que le dirigió el 8 de octubre de 1864, en la que entre otras cosas le expresó: “Me abstengo de toda calificación acerca de la conducta de usted. porque está ya sometida al juicio de todos los hombres de bien, así como está reconocida la escandalosa desmoralización de la fuerza que manda; y en cuanto a mí, le confieso a usted que he necesitado hacerme violencia para creer que un hombre elevado casi a la mayor altura del rango militar, descendiera á representar el papel que usted ha aceptado en los momentos en que más necesario fuera dar ejemplo de respeto a las leyes. . . —Yo, Sr. Corona, si es preciso caeré del puesto en que la confianza del supremo gobierno me ha colocado; pero será con dignidad y con decencia, sin consentir jamás en que el depósito sagrado de la autoridad pública sea objeto de la befa y el menosprecio”.

Sin embargo, todo lo anterior quedó olvidado cuando vió la posibilidad de realizar su sueño dorado de dominar al Estado, pues eliminado don Plácido Vega, solo tenía el obstáculo de Antonio Rosales, quien no contaba con suficientes tropas para defender su autoridad, mientras que por otro lado estaba completamente rodeado de las de Corona. El resto de esta historia ya lo conocemos: don Ramón pudo reunir en sus manos los dos mandos, uno que ejercía directamente, y el otro a través de Domingo Rubí, que no hacía nada que no contara con el consentimiento de su jefe, o previa su opinión, pero esta dominación no iba a darle la notoriedad, sino la lucha que se desarrollaba contra los invasores franceses.

Desde que éstos llegaron a Mazatlán, Corona se quedó en el sur de la Entidad para hostilizarlos, pero pronto hizo su aparición una división de galos que al mando del general Castagny, hizo su entrada por el Paso del Espinazo del Diablo, en los límites con Durango. El jefe republicano los esperó en ese lugar para impedirles la pasada, con el resultado de que sufrió una dolorosa derrota, y con el aumento de las tropas invasoras, los patriotas empezaron a recibir descalabros haciendo que Corona dispusiera se replegaran hacia el centro del Estado. En Badiraguato ordenó a Domingo Rubí que las fuerzas se desparramaran por otras partes del país, y marchó a Durango donde conferenció con otros jefes sobre la conveniencia de hacer la guerra en otros puntos, pero el gobierno general le indicó que el territorio sinaloense no podía dejarse a merced de los franceses, por lo que a su regreso dispuso la marcha al sur. La guerra se reanudó, y los patriotas, unas veces vencidos, otras vencedores, no dieron cuartel a los invasores. Concordia, Veranos, El walamo, Villa Unión, Palos Prietos y otros más, son los nombres de los poblados donde se libraron furiosos combates, hasta que llegó el día en que los francos ya no salieron de Mazatlán, y para entonces Ramón Corona había recibido el despacho de general de división.

Napoleón III decidió retirar sus tropas de México, y ya aproximándose la fecha en que esto tendría lugar, el cónsul norteamericano en Mazatlán, Dr. Benjamín Carman, y el comandante de la nave de guerra norteamericana “Swanee”, dirigieron al general en jefe una comunicación en la que le decían que siendo un hecho que las fuerzas francesas estaban próximas a salir de Mazatlán, sometían a su juicio que la evacuación se verificara en forma pacífica para salvar vidas e intereses, pidiéndole además la protección de los ciudadanos yanquis que estaban en el puerto.

Corona comprendió que en el asunto había convivencia de yanquis y franceses, y que de acceder a lo que exigían el cónsul y el comandante, se daba por sentado que no podría hacerse la guerra donde hubiera norteamericanos que pudieran resultar muertos o heridos, contingencias a las que también estaban sujetos los mexicanos, así que contesto al comandante: “. . .mi deber como general en jefe de las fuerzas republicanas de Occidente, es obrar, tomando la actitud que mejor convenga a los derechos y al honor de mi patria; no veo por mi parte el sacrificio de ninguna clase de intereses, y si yo lo hago de algunos de mis soldados, es porque así puede convenir a mis combinaciones militares, teniendo como tengo fuerzas escalonadas sobre el interior, por donde deben pasar las invasoras en su tránsito para el centro de la República.—Por lo que toca al otro párrafo de su nota citada, sólo me permitiré traer a su memoria, la conducta que en todas partes y en todas circunstancias, he observado respecto a los ciudadanos americanos que habitan el país”.

Corona ordenó a Domingo Rubí otro ataque a Mazatlán, en el que hubo bastantes bajas por los dos lados, aunque más por la de los franceses. Los choques se registraron durante el día 12 de noviembre de 1866, la noche del mismo y la madrugada del 13, y a las nueve de la mañana de este último, un dragón francés toco parlamento y un oficial de la marina gala fue llevado hasta Palos Prietos donde entregó al general Corona un pliego del almirante Mazeve, y acto seguido se retiró con las seguridades de que se enviaría la contestación y de que quedaban suspendidas las hostilidades.

El almirante daba a don Ramón el titulo de general, cuando siempre le habían llamado bandido, y le comunicaba que por órdenes de Bazaine procedería a embarcar a las tropas francesas, y que el objeto de entrar en relaciones con él era “darle medios de ocupar la ciudad con tropas seguras y de evitar que los excesos que desgraciadamente tienen lugar con frecuencia en circunstancias análogas” no fueran a agregar nuevas desgracias a las que la desdichada población había sufrido, y apelaba a los sentimientos humanitarios del general en jefe para “contener los ecsesos que provocan crueles represalias” para “rendir útiles servicios a la humanidad”.

Trabajo le costó a Corona “reprimir los arrebatos de indignación” que le causaron “esas manifestaciones”, y en su contestación dijo a Mazeve: “Me indica usted que esa es la ocasión… de excitar mis sentimientos para que la población no sufra desgracias que ocurren en ocasiones idénticas… solo siento que se invoquen ahora sentimientos que no se tuvieron presentes en aquellos tristes días, en que el ejército de la culta Francia entregaba al incendio á la ciudad de Concordia, á los pueblos de Jacobo, Siqueros, Aguacaliente, Pueblo Nuevo, el Zopilote, La Caña, El Valamo y hacienda de San José, donde sus habitantes fueron objeto de los más repugnantes y vergonzosos excesos.. . Si ahora, pues, como usted me lo indica, algunas desgracias amenazan á esa hermosa ciudad, aseguro á usted que no procederán de mi parte, sino de la de usted, y en esa inteligencia á usted toca evitarlas ó aceptar la responsabilidad del injustificable atentado de dirigir sus bocas de fuego sobre la población inerme.—A mí solo me conviene tomar la actitud y obrar conforme lo exigen el honor y la dignidad de la República Mexicana en defensa de sus más caros intereses”.

Los galos aprovecharon la suspensión de hostilidades para embarcarse a toda prisa. Estuvieron en Mazatlán exactamente dos años, pues desembarcaron el 13 de noviembre de 1864, y la dejaron el 13 de noviembre de 1866, y en este mismo día, a las cuatro de la tarde entraron los republicanos en la ciudad en medio do las aclamaciones del pueblo.

EI gobierno de la República ordenó al general en jefe que partiera a prestar sus servicios en el interior del país, y al poco tiempo de la ocupación de Mazatlán, las fuerzas republicanas partieron para Jalisco donde liquidaron a los imperialistas, para luego marchar a Querétaro para reforzar a los soldados que asediaban la ciudad, y a Corona le cupo en suerte recibir la espada de Maximiliano cuando éste se rindió, ya que era el jefe de mayor graduación que se encontraba en las cercanías del convento de la Cruz.

Terminado el imperio, el general Corona se estableció en Guadalajara como jefe de la 4a. División, lo que no fue obstáculo para que desde aquella ciudad siguiera gobernando en Sinaloa a través de Domingo Rubí, y sólo volvió al Estado en ocasión del grave problema que se suscitó con motivo de las elecciones verificadas en 1867, conflicto del que fueron primeros actores personas que le eran completamente allegadas y que con él habían hecho su carrera militar. Domingo Rubí se le incorporó siendo teniente coronel y le debía la gubernatura, mientras que Ángel Martínez militó siempre a sus órdenes bajo las que alcanzó la mayor parte de sus grados, aunque si bien es cierto que se formó su propia personalidad cuando hizo la campaña en Sonora contra los imperialistas, a los que redujo a polvo en una campaña fulminante y sin cuartel. Por otra parte, Jesús Toledo, Adolfo Palacio y Jorge García Granados, que apoyaban a Martínez, eran sus incondicionales y a su lado llegaron a la jerarquía que ostentaban, mas en ese problema la elección entre Rubí y don Ángel no podía ofrecer duda: se quedaba con el primero, pues había recibido de éste, muestras de una fidelidad absoluta, mientras que aquél, de un carácter mas recio y animado por los jóvenes militares que le rodeaban, podía volteársele en cualquier momento.

Juárez lo nombró mediador en el conflicto y embarcó para Mazatlán donde arribó el 19 de enero de 1868, y uno de sus primeros actos fue enviar comisionados a Concordia donde se hallaba Rubí, para que le dijeran que renunciara al cargo, mientras se verificaban nuevas elecciones, o por lo menos eso fue lo que se dijo. Como sabemos, el veterano soldado se negó, “así que persuadido de la imposibilidad de arreglar a los dos partidos y de contener la revolución, de la que mucho se dijo por el público, que se fomentaba secretamente”, embarcó para Manzanillo, no sin antes desposeer a Martínez de la comandancia militar del Estado, mientras sus antiguos subordinados lo ponían como dicen que Dios puso al perico, pues lo menos que le dijeron fue “infame calumniador”, “moderno Artagerges”‘, “hipócrita” que les había “vendido amistad” para luego engañarlos; “villano” que por haberlos “herido tan atrozmente” lo calificaban de Judas “capaz de dar a su padre por treinta dineros”, y por todas estas expresiones de los que se habían considerado sus hijos, parece que Corona jugó con dos barajas.

Los merecimientos que ganó con su lucha en favor de la República, le alcanzaron una gran estimación de Benito Juárez y don Sebastián Lerdo de Tejada, y el general Porfirio Díaz lo nombró embajador en España, donde estuvo largos años. Después fue electo gobernador de Jalisco, pero desgraciadamente no estuvo mucho en el puesto pues el 11 de noviembre de 1889 fue asesinado en las calles de Guadalajara por un desequilibrado mental llamado Primitivo Ron.

En un principio, las relaciones entre Juárez y Corona deben haber sido rutinarias, pero cuando don Ramón se convirtió en el jefe supremo de las fuerzas republicanas en Sinaloa, su correspondencia se hizo más continua. Mas tarde, la amistad entre ambos se tornó más abierta y terminó afianzándose con los lazos del compadrazgo.

La figura de Ramón Corona fue una de las más controvertidas en la etapa en que estuvo en Sinaloa. Primero, los excesos y desórdenes de sus tropas no le ganaron ninguna popularidad entre los sinaloenses. Después siguió su amarga lucha contra don Plácido Vega, al que honradamente no pudo hacer mella, y solamente pudo terminar con él cuando fue comisionado para ir a los Estados Unidos, aprovechando esta oportunidad para minar la buena voluntad que le tenía Juárez y ponerlo en desgracia. Hay algunos puntos obscuros en su actuación militar, como el caso de la derrota de Martínez Valenzuela en San Leonel, y su no participación en la defensa de Escuinapa por Rosales aunque de esto se diga lo contrario en el “Ensayo Histórico del Ejército de Occidente”.

La lucha por el poder ha sido igual entre los hombres de todos los tiempos y todas las latitudes. Corona no podía ser la excepción. Puso en juego todos los recursos que pudo por alcanzarlo, y lo logró, aunque hay que hacer la salvedad de que tuvo suficientes méritos para ello, ya que destacó como una de las figuras de la lucha libertaria.

Su pensamiento fue madurando con el tiempo, e igualmente su trato se refinó y pudo llevar con categoría su papel de representante de México en España.

Indiscutiblemente, Ramón Corona es una de las grandes figuras en la lucha de la Reforma, contra los invasores y el imperio. Es uno de los hombres que a base de tesón y de patriotismo lograron que México conservara su dignidad y su independencia.

 

Sinaloa; Los personajes que forjaron su historia

RAMON CORONA

Ramón Corona, general

Summary
Name
Ramón Corona
Job Title
Militar mexicano
Company
División de Occidente
Address
Puruagua,Jalisco, México

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