Biografías de sinaloenses

 

RAFAEL BUELNA TENORIO; CAPITÁN JUVENIL DE LA VICTORIA

 

Por: Juan Macedo López

 

Tiene la edad de Cristo —treinta y tres años— cuando sus ojos recogen, por última vez, la luz matinal de la vieja Valladolid, en donde había nacido esa ronca sinceridad atada al pecho de la patria naciente: Morelos, tempestad a caballo, como lo fue Rafael Buelna, capitán juvenil de la victoria. Y la maciza hombredad que señorea su vida es heredado patrimonio familiar, pues brota del costado de la sangre y del espíritu de don Eustaquio, el viejo soberbio y viril que supo hojear antiguos papeles, polemizar con los conservadores, abatir la vanidad de los caudillos, dirigir multitudes y fundar el Colegio Civil “Rosales”.

Nació el 23 de mayo de 1891, en Mocorito, cuando la llanura, que galopa equidistante de la sierra bravía, es un mar vegetal agostado por el zarpazo calcinante del trópico. De la tierra áspera, pero pródiga, recoge su fuerza y generosidad. Lo que hay en el héroe de telúrico, de vigor elemental, se le transfigura en ímpetu humano, en calor de rebeldía. Y pues es romántico porque es rosalino, nutrido a los pechos del liberalismo, envuelto en el paisaje sinaloense, auroleado por el prestigio de don Eustaquio Buelna, primero encabeza un hermoso, desbordado tumulto estudiantil al grito de ¡Viva Reyes! ¡Viva Ferrel!, tras del cual se agrupan dos mil ciudadanos que recorren la ciudad en triunfo, pero antes ha acallado la voz de ese varón ilustre que fue el doctor Ruperto L. Paliza, y, cuando éste lo increpa por su indisciplina, Rafael agita en sus manos un sobre que contiene un soneto en homenaje a José Ferrel, que enviará a Heriberto Frías para que lo publique en “El Correo de la Tarde”.

Tras del agitador ésta el poeta. Tras del poeta, el revolucionario. Más inicialmente ha de blandir argumentos en lugar de espadas. En Guadalajara, a donde sus padres lo envían para que continúe sus estudios, es director de “La Gaceta”, periódico de raigambre liberal, con el que polemiza con los representantes ideológicos del porfiriato

Del Liceo de Varones de Guadalajara es expulsado también. Y vienen los días de la angustia en la metrópoli, al lado de Heriberto Frías y de José Guadalupe Zuno, hasta que entra en contacto con Madero, quien le envía dos mil pesos para que adquiera armas y parques.

Después llegarán las horas estremecidas de la sangre. A los veinte años de edad, se bate por entre los valles estrechos y las sierras enhiestas de Puebla, y cuando el “Ipiranga” se lleva a don Porfirio, Buelna retorna al Colegio Civil “Rosales” como secretario; pronto volverá a galopar como un centauro en llamas y su figura adolescente arderá en la pasión de la contienda, sin consumirse, pues a cada amanecer surgen de él inéditos vigores y el corrido recoge sus hazañas, y entre las cuerdas de la guitarra se estremecen las sílabas de su nombre como una canción de esperanza.

En Concordia, Luis Vizcarra le obsequia un caballo: “El Mapache” y el pueblo le entrega la tambora de Sebastián Sánchez, cuyas notas solemnes o alegres, burlonas o amorosas, presiden y dominan la sinfonía de los treinta—treinta. Aquí surge otra vez el sinaloense romántico, pleno de la saudade de la tierra nativa. Rafael Buelna será siempre un romántico, en cuanto de limpio, de transparente, de generosa inconformidad, entrañe este vocablo. Nunca podrá ser un militar que piruetea en la cuerda floja de la política. De aquí sus choques violentos con Obregón en Escuinapa, Tepic e Ixtlán del Río. Mientras Buelna es el ímpetu ardiente, Obregón es el cálculo frío. Las fulgurantes victorias del primero exasperaban al caudillo sonorense; la figura del sinaloense, auroleado por la fama, proyectaba una sombra sobre el prestigio de Obregón. Si estos dos hombres extraordinarios se hubieran fundido en una sola voluntad de victoria, tal vez sus hazañas hubieran opacado las del centauro Villa.

Si Buelna sigue a Doroteo Arango después de la Convención de Aguascalientes, no es, probablemente, porque simpatizara con el abrupto caudillo, Para Rafael Buelna, la Convención era el símbolo de la legalidad de la Revolución, pues quienes animaron a la una y a la otra, aunque corrían por distintos cauces, tenían un destino final: la derrota del huertismo y el nacimiento de un programa, de una filosofía social, que diera armazón ideológica a la guerra civil, hasta ese momento inconexa, escindida en grupos que se disputaban con furia increíble el predominio nacional.

No era Villa en sí lo que determinó este impulso vital en la conciencia de Rafael Buelna. Era lo que Villa representaba, lo que representaba, igualmente, la Convención; el orden, la presencia de una autoridad moral que ejerciera control clarividente sobre la dispersión de medio millón de combatientes. De haber sido político, Rafael Buelna hubiera estado con Carranza. Pero Buelna era un romántico que soñaba en el valor de las jerarquías morales, para que éstas se transformaran o evolucionaran hacia las normas jurídicas. Era un General, pero dentro de sí palpitaba el hombre de disciplinas intelectuales, bullía la herencia del abuelo ilustre, que puso fin a la anarquía legislando, que opuso al conservatismo la fortaleza del Colegio Civil “Rosales”.

Rafael Buelna no podía traicionar el legado familiar, porque se hubiera negado a sí mismo. Obregón lo superó como estratega y como hombre de aguda, ladina mentalidad, pero Buelna se alzó varios codos sobre su adversario por su temple moral, por su indomeñable rectitud. En medio de la violencia armada, reprueba la violencia cuando ésta es estéril. A los veinte años tiene la madurez mental de un hombre de cuarenta. Cuando se entera que Villa ha abofeteado al Ministro de la Guerra, general Robles, afirmando que no había más Presidente de la Republica que él mismo, Buelna comenta gallardamente: “Yo no permito que un soldado mío derrame su sangre para que Villa sea Presidente”. Y lo que había de admiración por el Centauro, se apaga, se extingue rápidamente en su pecho.

Rafael Buelna vivirá en choque permanente con la realidad que lo envuelve. Ni Obregón, ni Villa, si ambos representan la ambición personal. No se pelea, no se derrama tanta sangre para levantar un pedestal trágico a un solo hombre, pues la Revolución, no la forja un héroe, o dos o tres héroes, sino un pueblo enfebrecido por un ideal. Buelna no admirará jamás al héroe de Carlyle. Para el joven ex-rosalino, el héroe verdadero es una nación en llamas. O, en otro sentido, debe haber una relación directa entre el hombre—masa y el hombre—héroe. Este es, debiera ser, una emanación de aquél; pues no se explica, en una contienda armada, la existencia del héroe individual, por cuanto éste no viene a ser más que producto de una voluntad imponderable de la comunidad. Así, tal vez, idealice el ex—rosalino Buelna, a la luz del vivac, mientras la tambora de Sebastián Sánchez rubrica en el aire un trémulo aire musical sinaloense.

Rafael Buelna murió en la edad de Cristo, decíamos, en Morelia, el 23 de enero de 1924, en un día de radiante claridad matinal. Su pensamiento, como el de casi todos los moribundos, recorrería, en alucinante visión, el cielo tempestuoso de su vida, desde su niñez que discurrió en Mocorito; oiría el sonsonete escolar de sus compañeros de aula, la voz apacible de su maestro don Sabás de la Mora. Miraría la figura del padre, don Pedro, y la dulce y apacible de su madre, doña Marcelina; hablaría con sus hermanos Miguel y Alejandro, besaría silenciosamente la frente de Pablo, su hijo único y entregaría toda su violenta ternura a la esposa inolvidable.

Sus ojos mirarían tranquilamente las torres de la levítica ciudad, mientras escuchaba, en la remota distancia, el galope interminable de la Brigada Buelna cayendo sobre San Ignacio, Pánuco, Rosario, Escuinapa, Santiago Ixcuintla, La Muralla, Sautla, Acaponeta, Rosa Morada, Tepic, La Labor, escenarios agitados de sus — triunfos y sus derrotas.

Después la sombra definitiva envolvió para siempre las pupilas del joven capitán de la victoria, que fue hombre antes que héroe, soldado antes que político, hombre de disciplina moral antes que caudillo turbulento.

 

Tomado de: Presagio, Revista de Sinaloa; número 19, páginas 24-26.

Ilustración: Fragmento de mural ubicado en la ciudad de Mocorito, Sinaloa del artista sinaloense  Ernesto Ríos Rocha

 

Rafael Buelna capitán de la victoria

Rafael Buelna Tenorio; capitán juvenil de la victoria

 

Summary
Name
Rafael Buelna T.
Nickname
(El Granito de Oro)
Job Title
General
Company
Ejército revolucionario mexicano
Address
Mocorito,Sinaloa, México

Share and Enjoy

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*