Héroes de la Revolución Mexicana; gente de Sinaloa

 

RAFAEL BUELNA, ¡GRANO DE ORO!

 

 

Por: Antonio Nakayama

Mocorito, villa primorosa con amor enlazada por la quietud pueblerina; lugar privilegiado con un enjambre de mujeres hermosas que se retratan en el listón de plata del Évora. Burgo encantado en cuya parroquia almenada se yergue airoso el arcángel guerrero blandiendo la espada flamígera junto a una Purísima tan delicada, que parece modelada en azúcar cande. Sus callejas recogieron las pisadas silenciosas de Agustina Ramírez, mujer callada, morena como hogaza de trigo, que todavía estaba lejos de la maternidad augusta que habría de convertirla en la heroína más grande de América. En ellas se acunaron los sueños de adolescente de Eustaquio Buelna; cobraron forma las inquietudes revolucionarias de Enrique Moreno y tomaron vida y calor los versos trazados por el estro magnífico de Enrique González Martínez y de Sixto Osuna.

Finales del siglo XIX. Un adolescente rubio y desmedrado se encuentra en la escuela del lugar. Su preceptor, que es hombre de muchas letras y un señor educador, considera que el gobierno porfirista ha sido el mejor que México ha tenido, pero el rubio adolescente disiente de su aserto y no tiene empacho en rebatírselo. Pasados los años, la polémica continuaría entre ambos a través de la prensa, y después, la vida seguiría enfrentándolos. Sabás de la Mora, el preceptor, emprendería primero el viaje final al ofrendar su vida en aras de sus convicciones, mientras que el blondo jovenzuelo hallaría la inmortalidad en defensa de las suyas.

1909. Colegio Civil Rosales. El adolescente de Mocorito se había transformado en un joven, que, aunque físicamente continuaba igual de desmedrado, sus ideas habían adquirido más firmeza y ahora tenía un campo más amplio para propagarlas. Francisco Cañedo, el ladino y omnipotente tepiqueño que logró dominar a Sinaloa durante más de 5 lustros había muerto. Los sinaloenses sintieron el frescor de un ligero airecillo de libertad y se prepararon para dar la batalla electoral en favor de su gallo José Ferrel, hermosillense de nacimiento a quien habían lanzado a la palestra Heriberto Frías y El Correo de la Tarde de don Andrés Avendaño, enfrentándolo nada menos que a uno de los niños bien del porfirismo: Diego Redo, efebo del Jockey Club y retoño del clan de los De la Vega. El mocoritense güero era uno de los adalides del ferrelismo, y como tal, las autoridades lo vigilaban estrechamente. Un día salió al frente de la muchachada estudiantil vitoreando a su candidato, y la represión brutal no se hizo esperar. Poco después, el estudiante rubio era expulsado públicamente del glorioso plantel fundado por su tío Eustaquio Buelna.

1910. El cielo azul del paisaje mexicano se tornó negro y tempestuoso. Los primeros truenos se escucharon en Sinaloa cuando Gabriel Leyva Solano inyectó el pánico a Diego Redo, y transcurrido poco tiempo, Aquiles Serdán sopló sobre la chispa encendida por el sacrificado de Cabrera de Inzunza y el infierno puso tintes dantescos en el monte y la campiña. El estudiante rubio, que había ido a la ciudad de México a reanudar sus estudios, se lanzó a la “bola”, yendo a operar en Tepic, y cuando Porfirio Díaz embarcó en El Ipiranga, volvió a Culiacán para continuarlos en el Colegio Rosales.

1913. La felonía huertista conmovió a México, y Rafael Buelna, el güero de Mocorito selló su destine: los libros quedaron abandonados y su lugar lo ocupó la espada vengadora de los agravios inferidos a los de abajo. Dejó Culiacán para dirigirse a Tepic donde de nuevo se su¬mó a las fuerzas de Martín Espinoza, pero para sus sueños de gloria, aquello no le bastaba, así que embarcó en Teacapán y, moderno Jasón alucinado por el vellocino de oro de la libertad, cruzó el golfo para ir a Baja California y de allí a Guaymas, pasando después a Hermosillo, que en esos días era la Meca de la Revolución, y en esa ciudad tuvo una entrevista con Álvaro Obregón, durante la cual ambos adivinaron que uno de ellos hacía estorbo. El guerrero mocoritense partió para Estación San Blas y allí se entrevistó con el gobernador Felipe Riveros y le comunicó su deseo de hacer la campana en Tepic, y cuando el mandatario le preguntó con que elementos contaba, el benjamín de la Revolución le contestó: “Con mi asistente”, y con su asistente emprendió la marcha al sur por el agrio camino de la Sierra Madre. En San Ignacio se unió a un grupo de broncos serranos que pensaban atacar la plaza, y ante la incredulidad y el estupor de los mismos, en una acción relampagueante venció a los federales. La improvisada tropa lo aclamó como a su jefe, y con ella continuó la ruta que habría de llevarlo a Tepic y a uno de los lugares más distinguidos de la Revolución mexicana.

El fulgor del águila altanera anidó muy pronto en el tejano del muchacho rubio y sus hazañas comenzaron a volar en alas del viento que recorría el país. Álvaro Obregón, general en jefe del Ejercito de Occidente y el soldado más brillante de la Revolución, amaba la gloria y no gustaba que le hiciesen sombra, y es claro que el resonar del nombre del mozalbete güero y desmedrado por los ámbitos del país no le cayó muy bien, así que al llegar al territorio tepiqueño lo situó en la retaguardia, hiriéndole en su dignidad y en lo más vital de su hombría. Esto hizo que el árbol de la enemistad proyectara su sombra entre los dos hombres. El generalito niño, que adivinaba las intenciones del general en jefe, decidió fusilarlo, mas el destino estaba escrito y la historia de México no torcería su rumbo. Los amigos de los dos titanes pusieron en juego sus ruegos y Buelna dio marcha atrás a sus órdenes. Álvaro Obregón pudo seguir con vida y continuar el camino triunfal que sus mismas ambiciones truncaron al defraudar los ideales que sostuvo con sus gloriosos triunfos. Pocos días después del incidente, Rafael puso de manifiesto su lealtad a los principios que profesaba y de lo que era capaz en los combates, pues en la batalla de Orendain se apoderó de todos los trenes del ejército federal.

1914-1915. Lastimado en su ideario por la tozudez y la ambición de poder del viejo barbado de Cuatro Ciénegas, Rafael Buelna, el muchacho rubio fue a reunirse con el centauro indomable que jefaturaba la División del Norte, y durante la etapa en que el villismo y el carrancismo chocaron con pavoroso estruendo, regando los campos con la sangre de hermanos, el generalito-niño sostuvo épicos combates, especialmente contra aquel prototipo del ranchero sinaloense: Juan Carrasco, bravo entre los bravos, caballero sin miedo y sin tacha de la Revolución mexicana. Después, cuando llegó el eclipse para Villa, las iras de su sombra —que vengaba derrotas con masacres inútiles y sangrientas— quisieron descargarse sobre la figura rubia y delicada, y el mozo, que se había lanzado a la “bola” para pelear por ideales, tuvo que conocer las amarguras del exilio.

1920-1924. Carranza huyó a Tlaxcalantongo acosado por su testarudez, por los generales de la Revolución —convertidos en barones feudales— y por la enorme popularidad de Álvaro Obregón. El joven mocoritense, Rafael Buelna había regresado al país, pero considerando que ambos caudillos habían conculcado los principios que llevaron a México al terremoto, no tomó partido por ninguno de ellos, mas al ver que el hombre de Huatabampo sería el nuevo amo, inició sus ataques a su candidatura. Triunfó el Plan de Agua Prieta y vino la tregua, pero cuando el ejército se puso en contra de la imposición de Calles, Rafael Buelna, el mozo rubio eligió el camino que su honradez y sus convicciones le dictaron. El águila caudal de su tejano volvió a fulgurar con el sol de las campanas y los destellos de sus triunfos, pues como auténtico rayo de la guerra llevó al cabo movimientos que desconcertaron a Obregón y a sus generales. Hizo pedazos a Lázaro Cárdenas, quien fue herido y hecho prisionero, pero apartándose de la tradición de Huichilobos, el generalito de la rubia y delicada marchitez, en lugar de dar muerte al hombre de Jiquilpan, repitió el gesto de Nicolás Bravo: ordenó que se le curara, con todas las atenciones que podían prestarse en campaña, y le devolvió la libertad. Tras esto, en un alarde de audacia y de celeridad, con asaltos que alcanzaron tintes de leyenda y fantasía, tomó las plazas de Salvatierra y Acámbaro en medio del pasmo de amigos y enemigos.

Morelia, 23 de enero de 1924. El cristal de la tarde michoacana se hacia añicos con el ladrido de las ametralladoras. Sitiados y sitiadores caían entre una lluvia de plomo, de imprecaciones y de blasfemias. El generalito rubio, Rafael Buelna Tenorio, iba como siempre al frente de los suyos, pistola en mano y llevando del brazo a la temeridad, alentando a su tropa con sus gritos y su ejemplo. De la Plaza de Toros bajó una cortina de muerte que cubrió las avanzadas, haciendo que el elegido de los dioses se doblara como débil caña y cayera para no levantarse, regando con claveles reventones los llanos dorados de Guayangareo… y el muchachillo rubio que un día robó la espada flamígera al arcángel guerrero de su hermoso Mocorito, entró a la historia y al reino de la leyenda, para quedar como una de las figuras más puras y hermosas de.la Revolución Mexicana.

Años después, las cenizas venerables del indomable adalid fueron trasladadas a su tierra natal. Lázaro Cárdenas, que ocupaba el Palacio Nacional, dio todas las facilidades para que se las llevara a confundirse con la tierra materna, y por todos los lugares de su paso recibieron el tributo de la admiración del pueblo, de los bravos soldados que un día fueron llevados al triunfo por la presencia rubia del fabuloso guerrero. Hoy, el polvo a que ha quedado reducida la blonda marchitez del soldado legendario, descansa en el sitio que la gratitud sinaloense levantó para albergar los despojos de los hijos preclaros de la tierra de los 11 ríos.

Rafael Buelna, estudiante soldado, es símbolo del hombre amante de la libertad. Su camino lo señaló el ideal, y es espejo donde deben mirarse las juventudes, porque siendo aún niño defendió con la palabra y con las armas lo más sagrado de los humanos: el derecho de ser libres. Es por eso que el recuerdo del blondo y delicado guerrero se agiganta en el cielo de México y se convierte en un reproche para las juventudes que caen de rodillas ante signos ajenos a la nacionalidad, y en una afrenta para los castrados, para los ilotas que nada saben de ideales, para los que corren tras del político en turno y lamen sumisamente sus huellas, en espera de la sonrisa y la promesa. Murió como mueren los hombres que viven realmente como hombres; como mueren los grandes, los elegidos de los dioses, y con su muerte marcó el camino a seguir: la vía recta de las convicciones, que no la vereda ondulante de las conveniencias y las claudicaciones. Cuando la dictadura reinaba en el país, se rebeló contra ella; cuando la usurpación sacrificó al hombre bueno que era Madero, puso su espada al servicio de la legalidad; se enfrentó a Carranza porque creyó que no era ya el hombre que México necesitaba, y después se lanzó de nuevo a la lucha contra las ambiciones de Álvaro Obregón. Porque para Buelna no podía haber componendas políticas, ni candidatos impuestos. Por eso es el símbolo de un México que no se ha ido, por más que se encuentre en la penumbra. Un México donde corrió la sangre para evitar conculcaciones a la voluntad popular. Un México donde no había tapadísimos.

Las mujeres mexicanas, atraídas por la figura rubia y delicada del hombre aureolado por hazañas legendarias, le dieron un nombre que musitaban entre suspiros y sentimientos recónditos de la hembra por el vencedor. Un nombre que la tropa prieta y aguerrida adoptó como suyo y que los civiles y militares repitieron con admiración o con envidia. Un nombre que ha perdurado después de su muerte, y que se pronuncia con unción y respeto, con cariño y veneración. Un nombre que el cálido viento de las costas llevó con calosfríos de admiración hasta la plácida suavidad de la altiplanicie. Un nombre que es símbolo y que habla por sí solo: “¡Grano de Oro!”

 

Tomado del libro: SINALOA textos de su historia, Ortega, Sergio; López Mañón, Edgardo (compiladores), Gobierno del Estado de Sinaloa, Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, México, D.F., 1987.

Ilustración: Fragmento de la obra de la pintora sinaloense Rina Cuéllar, portada de la Revista Presagio número 19, enero 1979.

 

El grano de oro de la Revolución Mexicana

Rafael Buelna ¡Grano de Oro!

Summary
Name
Gral. Rafael Buelna
Nickname
(Grano de Oro)
Job Title
General revolucionario sinaloense
Company
Ejército revolucionario mexicano
Address
Mocorito,Sinaloa, México

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