Historia de México, personajes nacionales

 

PORFIRIO DÍAZ EN SINALOA

 

Por: Alejandro Hernández Tyler

 

El general Porfirio Díaz, después del sonado fracaso de la revolución de La Noria, enderezada contra el gobierno de don Benito Juárez, en protesta por su reelección a la presidencía de la república, abandonó las montañas de Oaxaca, y, perseguido y en derrota, fue a buscar hospitalidad a la sierra de Alica, donde el cacique Manuel Lozada era el amo y señor del Cantón de Tepic.

Díaz, sintiéndose abandonado de los juchitecos, creyó encontrar la manera de organizar un nuevo ejército, enrolando a los indios coras y huicholes de Nayarit, para enfrentarlos, en amarga lucha por el poder, al gobierno de Benito Juárez.

Carleton Baels, en su obra “Porfirio Díaz, dictador of México”, cuenta como fue recibido don Porfirio por el cacique Lozada:

“Díaz quiso abrazar a Lozada, pero el altivo jefe únicamente le tendió la mano. Lozada, aún cuando dio asilo temporal a Díaz y a sus amigos, quienes se juntaron allí -Plácido Vega, Gonzáles, Mena Paz entre otros- era demasiado inteligente para unir su destino a un hombre totalmente derrotado y que advocaba principios contrarios a los suyos. Lozada se imaginaba ser el fundador de un nuevo imperio indio y estaba soliviantando las hordas de indígenas en contra de los hombres blancos”.

Después de fracasar en su intento de aliarse a Lozada, el general Porfirio Díaz siguió su marcha hacia el norte. En Acaponeta le sorprendió la noticia de la muerte del presidente Juárez, que un correo extraordinario llevaba, desde Guadalajara, hasta Mazatlán.

El día siguiente, 28 de julio de 1872, pisó tierra sinaloense, llegando al Mineral del Rosario al medio día. Sinaloa acababa de ser declarado en estado de sitio por el gobierno federal. Las asonadas, las traiciones, los levantamientos estaban a la orden del día.

Al sur, revolucionaban Vicente Alemán y Antonio Sánchez. Los dos cabecillas rebeldes, sabedores de que el general Porfirio Díaz transitaba por los caminos del teatro de sus correrías, lo escoltaron con sus guerrillas hasta Villa Unión. Un homenaje de simpatía al vencedor del 2 de abril.

Díaz venía desmoralizado. Se veía abandonado por sus amigos. Su pobreza lo atormentaba. En Rosario pidió dos onzas de oro al señor Gadea Fletes, para pagar su asiento en la diligencia que lo llevara a Concordia, Sinaloa.

En Concordia don Porfirio Díaz dirigió su célebre carta abierta a don Sebastián Lerdo de Tejada, que había asumido la primera magistratura de la nación, puntualizándole los medios para obtener la pacificación del país. Y, en respuesta intransigente, se recibió el enérgico mensaje presidencial: “Que se acepte la rendición de Díaz de acuerdo estrictamente con los términos de la amnistía. Si no, persígasele enérgicamente”.

Don Porfirio llegó a Culiacán Sinaloa en los primeros días de agosto de 1872, alojándose en la Casa de Moneda, Durante su permanencia en la Perla del Humaya -años después capital definitiva de Sinaloa-, un grupo de amigos y simpatizadores le ofrecieron un banquete, que fue servido en los corredores de la Casa de Moneda.

Banquete aquel en que don Porfirio Díaz oyó por primera vez palabras de elogio, después de largos meses de peregrinación hostil; en que vio copas que se levantaban para brindar por sus triunfos legítimos y encontró manos amigas que se unían a las suyas, en ademán sincero y leal.

Don Joaquín Vega, el viejo prefecto de Culiacán, asistió al ágape. No puso reparos a la circular del presidente Lerdo de Tejada. Por lo demás -pensaba- había que rendir homenaje al conductor de las fuerzas sinaloenses que habían asistido al sitio de Querétaro, enviadas por el estado como contingente de sangre, al mando del general don Plácido Vega y Dasa. Las charreteras de don Porfirio -monologaba- todavía huelen a pólvora; aún están frescos los laureles del asalto a Puebla.

Don Carlos Lavín, el tacaño tendero español, vació las bodegas de “La Reforma”, rompiendo caja tras caja de cerveza negra, traída de Alemania, que sólo se derramaba en los grandes festines. Don Roberto Simmons, el gerente de la Casa de Moneda, se multiplicaba a la hora del banquete, repartiendo sonrisas y apretones de manos a los invitados.

Y el ancho portalón de la casa colonial, por donde entraban casi a diario las largas “conductas” que traían a lomo de mula las barras de oro y plata de los minerales de Durango y Sinaloa, estaba repleto de curiosos que ansiaban conocer de cerca al vencedor del 2 de abril.

Al llegar a los postres se habló para hacer el elogio al general Porfirio Díaz. Se enaltecieron sus virtudes de soldado. Espejeó su patriotismo, lustrado por cálidas frases. Patriotismo auténtico, puesto a dura prueba en aquellos días en que el ejército francés llegó a ocupar más de la mitad del territorio de la república, apuntalando, con sus bayonetas, el trono del emperador Maximiliano. Después de los arranques de oratorio provinciano y los comentarios obligados de sobremesa, alguien gritó:

-¡Qué hable el maistro Torres! ¡Andele, don Manuel! ¡Dígale algo a don Porfirio!

Y, a instancias de la concurrencia, aguijoneado por los codazos de sus vecinos de mesa, el viejo herrero se levantó de su asiento, dirigió una mirada amable al general Díaz, ensayando un saludo, y dijo, levantando en alto su copa:

-¡Brindo por el carro del sufragio… y porque el eje no se doble.

Don Porfirio, para corresponder al brindis del maistro Torres, que fue premiado con una salva de aplausos, se levantó lentamente de su asiento para decir estas palabras, sentenciosamente:

-¡El eje soy yo! ¡No me doblo!

Pasaron los años, don Porfirio, después de acaudillar la revolución de Tuxtepec, llegó a cruzarse el pecho con la banda tricolor de la Presidencia de la Republica.

En Sinaloa se organizó una excursión de amigos y políticos que hicieron el viaje a México para llevar al caudillo el homenaje de su amistad y su simpatía. Y, aprovechando la ocasión, don Manuel Torres, el viejo herrero culiacanense, fue también a la ciudad de los palacios, codeándose orgullosamente con los aristócratas sinaloenses.

Se cuenta que don Porfirio, después de los festejos de la toma de posesión, recibió al grupo de amigos culiacanenses, en audiencia especial, en el Castillo de Chapultepec.

Después de los saludos, alguien hizo notar al general Díaz:

-¡Aquí está entre nosotros el maistro Torres! ¡El del brindis del carro del sufragio!

Don Porfirio, pródigo como siempre, obsequió al viejo herrero ocho mil pesos, en “tejos de balanza”. El maestro Torres regresó triunfalmente a Culiacán. Opinaba, hablando de su viaje, que “el eje no se había doblado”. Cuando empinaba el codo y se le alargaba la lengua, elogiaba a su “amigo Porfirio”.

Y las ocho mil águilas de plata de la dádiva presidencial, fueron poco a poco levantando el vuelo, tras de picotear, en el tapete verde, el as de oros y la sota de bastos, las cartas favoritas del herrero tahúr.

 

 

General Porfirio Díaz

Gral. Porfirio Díaz de visita al Estado de Sinaloa

 

Summary
Name
José de la Cruz Porfirio Díaz Mori
Job Title
Político, presidente
Company
Presidencia de México, Gobierno e la República
Address
Oaxaca,

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