Cuentos, leyendas, relatos y narraciones de Sinaloa

 

Miguelito

 

De: Antonio Pineda “Toñico”

 

Miguelito era un chamaco cuando un fierro que se desprendió de una de las calderas del ingenio azucarero “La Primavera” de Navolato, le cayó en la cabeza dejándolo ciego. Como todos los días, Miguelito había llevado a la fábrica los alimentos de su papá; pero aquel accidente cambió definitivamente el rumbo de su vida.

Abandonó los estudios aunque se negó a ser un problema para sus padres y menos una carga para el pueblo.

Convirtió los pies en sus ojos. Se le podía encontrar descalzo por todo Navolato, haciendo “mandados” y recibiendo a cambio propinas que le permitían satisfacer sus necesidades personales. No había un rincón de la cañera ciudad que no conociera y cuando cumplió los veinte años la ceguera había dejado de ser un impedimento.

Solamente por las tardes, cuando descendía el trajinar del día, Miguelito sentía la necesidad de aislarse y meditar en la oscuridad permanente en que transcurría su vida. Recorría los caminos de terracería de los bordos de los canales y se desviaba por los drenes del distrito de riego para entrar a los cañaverales y disfrutar el olor a caña quemada que tanto le agradaba.

Así vagaba aquella tarde cuando el viento le trajo una voz demandando auxilio:

–¿Andas por aquí, Miguelito?…¡ Miguelito !

El muchacho detuvo sus pasos; permaneció inmóvil hasta estar seguro de dónde procedía la voz e inmediatamente reanudó su caminata. Una segunda petición de auxilio lo orientó definitivamente e, inclusive, le permitió identificar a quien estaba en problemas:

-Es Amado- se dijo a sí mismo.

Pocos minutos después lo comprobó al ser recibido con exclamaciones de felicidad por el taxista Amado Escalante.

-¿Qué te pasó, Amado?- preguntó el ciego.

—Volví a nacer, Miguelito. Viví a nacer. Me asaltaron cuatro cabrones en la plazuela. Me trajeron a los cañaverales, me quitaron toda la ropa, me amarraron de las manos y de las patas y me tiraron en este dren. Creí que me iban a matar; pero nomas se llevaron mi taxi.

Feliz por la presencia del ciego, Amado demandó:

-Ayúdame a desatarme, Miguel, y luego ya veremos en donde me consigues unos pantalones.

-¿De veras estás bichi, Amado?– preguntó Miguelito.

-¿Pues no te estoy diciendo? Ven y tiéntame, si no lo crees.

Miguelito bajó hasta el dren donde estaba Amado atado de pies y manos. Le palpó la cabeza y la espalda y luego, lentamente, muy lentamente, se detuvo en las nalgas. Una y otra vez se las acarició sin decir palabra.

Nervioso, Amado intentó una protesta:

-Óyeme, ciego cabrón: ¿qué estas pensando? ¿Por qué me acaricias las nalgas?

-Es que estoy pensando una cosa.

—Mira, Miguel: no me vayas a salir con una pendejada. Te juro que te mato, ciego cabrón, si haces lo que estoy temiendo.

-Bueno, pues entonces me voy. Ahí queda todo. No faltará quien te desate, aunque ya debes saber, Amado, que el dren está muy retirado y que casi no viene gente por aquí…

Ya se marchaba Miguel cuando de entre el cañaveral surgió la voz desesperada del taxista, implorando piedad:

-Por tu santa madre, Miguelito: no te vayas. Haz lo que quieras; pero desátame.

-Después te desato-, fue cuanto dijo Miguel.

Cuando cayó la noche, sólo se escuchaba un respirar agitado y el canto de los grillos.

 

 

Tomado del libro; Entre Pujidos y Angustias, compiladores José María Figueroa Díaz y Nicolás Vidales Soto, Culiacán, Sinaloa, 1993.

 

 

Cuento sinaloense; Miguelito

Miguelito; cuentos, relatos, leyendas de Sinaloa

 

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Cuento: "Miguelito"
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Un cuento del municipio de Navolato, Sinaloa, México.

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