Cuentos, leyendas, relatos y narraciones de Sinaloa

 

¿MARTÍN MENTIRAS?

 

¡EL ERA UN HOMBRE APARTE!

 

Por: Cipriano Obezo Camargo

 

Al verlo daba la impresión de ser un hombre común y corriente, perdido entre la multitud de trabajadores que, año con año, bajan a los campos labrantíos de la región, atraídos por la zafra que generaban las pizcas de garbanzo, desde fines de mayo hasta los últimos días de junio, allá por Alhuey, Angostura.

No sabía leer, pero de haber nacido en otra etapa de la historia y en otra región de la geografía cultural, seguro que hubiera ocupado un sitio sobresaliente como carta de identidad del “mester de juglaría”.

Su imaginación no tenía límites cuando se trataba de especular en el campo de la ficción.

Los casos extraordinarios de su repertorio lindaban con la proyección de lo no imaginable y la gente del pueblo, modelaba con su mismo barro pero alentada por un númen de menor inspiración, celebraba a veces sus creaciones como algo espontáneo, que afloraba por la fuerza de su propia dinámica mental; sin embargo, en otras ocasiones los vecinos lo veían con asombro, como suponiéndole facultades sobrenaturales, o algo por el estilo.

En el colmo de la confusión pública respecto de él, alguien lo “condecoró” con el apodo de MARTÍN MENTIRAS.

¡Y así se le quedo…!

Después de oír hablar de él en ocasiones múltiples, empecé a sentir curiosidad por conocerlo, especular en los datos de su origen, indagar las causas de su afición al mito, y oírlo referir sus propias creaciones.

Un domingo, en horas avanzadas de la mañana, mientras esperábamos que fajaran dos caballos “chinampos” que iban a jugar una “tacuachada”, pasó por la calle Martín, cabalgando en el burro “andador” en que solía vérsele en sus correrías por el monte o trasladándose a los sitios en que cumplía sus tareas de peón agrícola.

Apenas identificándolo al pasar, uno de los del grupo le gritó: “Amigo Martín… venga a tomarse un trago p’a que se entone y nos suelte una de sus famosas mentiras…”

—VáIgame dios, repuso el invitado, fíjese que me va a tener que esperar porque voy “di’apuro” a “dale” una manita a mi compadre Celso, que está queriéndole sacar una colmena que tiene en un cuerno el buey pinto. Perdóneme pues, “siñor”, pero ahi será cuando vuelva cuando le eche la mentira que quiere. Y picando espuelas a su burro, retomó el camino despidiéndose de todos agitando su sombrero.

Viendo que después de la última carrera, la gente se disponía abandonar el “tasti” para volver a la enrramada de Blas Angulo en que se vendía mezcal y se jugaba a la baraja, invité a Martín pa¬ra que me acompañara a tomar una taza de café, en la fonda de una de las mujeres del pueblo que había improvisado su negocio a la sombra de un mezquite muy frondoso.

Puesto en plan de diálogo formal, le pregunté, en primer término: —y bien don Martín, ¿ha pasado bien esta temporadita entre sus amigos de por acá?

—”Pos” viera que sí, mi amigo, contestó de inmediato. La gente de estos rumbos es buena toda, y en algunas ocasiones en que se acaba el trabajo y lo ven a uno fregado, no falta quien le ofrezca la sombra de su casa y le de la “tortía” mientras pasa el mal tiempo.

—Oiga, le dije asumiendo una actitud confidencial: ¿Es cierto que Ud. tiene una buena cosecha de cosas que le han sucedido o ha presenciado, y que los demás no lo quieren creer, señalándole como embustero empedernido?

—Algo hay de eso, contestó, pero con todo y todo se divierten cuando me oyen, y yo me divierto también cuando se ponen a discutir conmigo y los acorralo con mis explicaciones, dejándolos medio “destantiados”.

-¿Se acuerda Ud. de alguno de esos casos, que haya provocado discusiones muy acaloradas?, pregunte nuevamente.

— Bueno, empezó a narrar: me acuerdo del caso de las dos culebras: En cuanto a esto, les conté que un día que caminaba por una guardaraya del señor “Bocho” Jiménez, y vi que corría una culebra colorada perseguida por una culebra prieta. Les dije que “ahi” despuesito la prieta alcanzo a morderle la cola a la colorada, haciendo que ésta se diera “güelta” muy enojada y prendiera con el hocico también a su enemiga por la cola, formando entre las dos una gran rueda.

« “Al rato de estarlas mirando, me fijé que la culebra prieta se estaba comiendo a la colorada y que la culebra colorada se estaba comiendo a la cule¬bra prieta, haciendo que la rueda se “juera” achicando más y más a cada rato.

“Como “ni’uno” de los dos animales quiso dar su brazo a torcer, llegó un momento en que la culebra colorada se comió a toda la culebra prieta, y la culebra prieta, a la vez se comió a toda la culebra colorada, quedando en el suelo “lomás” el arrastradero como seña.

“Casi todos los que me han “óido” cuando cuento esta historia me desmienten, y a algunos hasta se les ha soltado el hocico como queriéndome insultar, pero los he parado en seco y a tiempo…

“Otros tampoco no me quieren “crer” la del venado que se llevó un “guen” susto.

“Resulta que un buen día llegué a la casa de un “cuetero” muy conocido, que vendía material para reformar parque, allá en mi tierra, y le compré siete fulminantes, medio kilo de plomo y cien gramos de pólvora,

“Mi padre que sabía mucho de eso, me ayudó a reformar los siete tiros de un rifle “30—30″ con el que íbamos de vez en cuando, a buscar que cazar en el monte.

“A la noche siguiente, a la salida de la luna, cuando ya los venados empezaban a bajar a la flor de palo—blanco, hice una “carraca” junto a una vereda por el lado de “contralviento”. Todavía ni me acomodaba bien, cuando vi que se acercaba despacito, comiendo flores de aquí y allá, un macho “doce-puntas”, que se puso ahí nomás al tiro.

“Me eché el treinta a la cara, a mi mero gusto y apuntándole al medio de la frente, le jale al “gatío”. Pero antes que me acabara de dar cuenta de lo que pasaba, vi al venado asustado en medio de una lluvia de estrellas de colores, blancas, coloradas, verdes, amarillas y azules. Todavía aturdido, sin averiguar “di’onde” salía el lucerío, le volví a dar palanca al rifle y le volví a jalar.

“Otra vez se volvieron a ver las estrellas, pero “agora” si me di cuenta que salían del cañón de mi arma.

“Cuando le reclamé al “cuetero” y lo obligué a que me explicara todo, se me rajó y me pidió que le perdonara, porque se había equivocado al despacharme la pólvora, y que me había dado de la que se usa para hacer las luces de “bengala” o sea de las que hacen que los castillos se miren tan bonitos.

“Otra que tampoco me quieren “crer”, es la de las abejas que se cruzaron con “copechis”.

“Resulta que un día, “lomás” por ver lo que resultaba, un viejo leñero, también del rumbo de mi tierra, echó en una botella unas pocas de abejas de “panali” revueltas con dos docenas de “copechis”, “de’sos” que los que saben “ler” les dicen luciérnagas, y las dejó vivir revueltas y encerradas, como unos veinte días, haciéndole un hoyito al tapón pa’que resollaran.

“Cuando destapó la botella y dejó salir los animalitos, resultó que las hembritas de un grupo encontraron maridos entre los machitos del otro y nació una clase de abejas nuevas que tenían una lucecita en la frente.

“Como las dejó todas en la rama de un “sanjuan”, ahi luego se pusieron a trabajar, y como a los tres días tenían ya terminados dos “panalis” con miel y todo.

“Una tarde me puse a “mirarlas” con cuidado pa’ver a que horas paraban de trabajar y se metían a dormir, pero me quedé con la boca abierta cuando me di cuenta que como tenían con que alumbrarse, le seguían a la acarreadera de miel de “nochi” también, y no se daban rato de descanso.

“Toda la gente se “almiraba” de los “munchos” “panalis” que tenía el amigo aquel y la “muncha” miel que vendía, y algunos hasta comenzaron a “crer” que tenía “pauto” con el diablo.

“Cuando los que me rodeaban me preguntaron por qué no se había desparrado esa cría hasta por acá, les dije que ese ano, al entrar el tiempo de calores “jue” tan “juerte” la “canícula”, que todos los animales se murieron “ajogados” de cansancio y bochorno.

“Eso fue motivo pa’que volvieran a soltar la hablada de que yo era un embustero bien pintado.

“Agora” me voy a echar al agua, a ver si “usté” me quiere “crer” ésta, que los de por acá dijeron que era el colmo.

“Resulta que en una pelea de gallos que hubo en Guamúchil, cayó herido un gallito “avado” muy valiente, cuando el otro gallo le trozó de un navajazo, los “ñervos” de la rodillita del lado zurdo, dejándolo baldado para siempre.

“El gallero, que era medio amigo mío, me lo regaló pa’que lo matara y que hiciera con él un buen caldo.

“Pero ya en la casa, me dio lástima el pobre animal y le moché bien la pata, curándolo hasta que le cicatrizó bien el tronquito.

“Viendo con que trabajos se acercaba arrastrándose cuando le quedaba lejos la comida o “I’agua”, le hice una patita de palo y se la fajé abarcándole el lomo por abajo de las alas.

“Enseñándolo bien todos los -días, a mañana y tarde, ahi luego empezó a dar pasitos, hasta que, “renguiando” y todo aprendió a pararse pa’ caminar y a echarse pa’ descansar y dormir, sin ayuda de “naiden”.

“Cuando llegó otra vez la temporada de peleas, se me ocurrió llevar al palenque, como una “curiosidá”, al gallo “pat´e palo”.

“Y resultó que cuando lo “cariaron” con otro gallo de pleito a ver qué gestos hacia, luego luego se le “alevantó” la “golía” de plumas del pescuezo, como queriendo que lo soltaran.

“Uno de los galleros le amarró una navaja en la pata “guena”, y se lo soltaron a un gallo enchilado, muy bravo.

“Y había que ver, amigo, a aquel gallo del demonio, cómo le dejaba ir cada tajarrazo al gallo rival con la pata “guena”, y cómo atravesaba al frente la “pat’e palo”, pa’parar en seco y sin riesgos, los ataques del rival.

“Todo terminó cuando el antiguo dueño me dió quinientos pesos por el gallo mocho, dizque pa’ “llevalo” como “novedá” a la Feria de San Marcos, por allá en Aguascalientes, con chanza de ganar con él “munchos” miles de pesos.

“Ese “jue” otro motivo pa’que todos hablaran de mi hasta que se les hinchó el ombligo.

“La última que les conté hace muy poquito, es la hombrada que logró, según me cuenta un primo mío, un gringo venido de los Estados Unidos el año pasado.

“Resulta que al “güero” mentado se le ocurrió, “lomás” a ver que salía, ponerse a sembrar una parcela con a”nistamal”. Todos se rieron de él, creyendo que estaba chiflado, pero cuan¬do nació y creció su milpa y comenzó a dar elotes cocidos, empezaron a santiguarse, y algunos hasta se salieron del pueblo asegurando que aquello era cosa de brujería.

“Me dijeron que eso no me la “rayaban” hasta que fuera y trajera semillas de ese “maíz” pa’ver las de “a de veras”.

Era ya casi como el obscurecer, cuando la fondera nos cortó la racha, diciéndonos que como ya iba a levantar el negocio, quería que le pagáramos la cuenta.

¡Cinco tazas de café nos tomamos cada uno…!

Y esto lo estoy afirmando yo, no Martín Mentiras.

No supe en que año dejó de bajar a las pizcas, ni a donde fue a parar con su edad y sus hermosas mentiras, el bueno de Martín. Pero su recuerdo sobrevivió en la región por muchos años.

Sobre todo, porque nunca mintió para hacerle mal a nadie; su intención fue siempre sana y en obsequio al buen humor.

Solo lo alentó el propósito de hacer reír, aunque entre risas y risas algunos que no supieron comprenderlo a fondo y se propasaban levantándole la voz.

¡ Martín Mentiras…?

 

iEse era un hombre aparte…!

 

 

Tomado de: Presagio, Revista de Sinaloa; número 7, páginas 26-27.

 

Martín Mentiras cuento mexicano

Martín Mentiras

 

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Martín mentiras
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La realidad y la ficción se entrelazan en este relato de personaje popular de la tierra sinaloense-México.

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