Tradiciones, costumbres, historia y cultura de Sinaloa

 

LOS MOLINOS PANOCHEROS COSALTECOS

 

Por: José Torres Angulo

 

 

Las hermosas mujeres de Cosalá tienen fama de que miran con dulzura, de que su boca sabe a miel y de que su cuerpo se asemeja a un rico y tentador caramelo.

Esta almibarada presencia de las bellezas femeninas cosaltecas tiene su razón de ser. Además de que por naturaleza son encantadoras, por sus venas corre incontenible la herencia del azúcar que sus antepasados ingirieron de la caña que sembraron en las laderas de los cerros y en las hondonadas de la sierra.

Aquí, en Cosalá, se produjo la primera azúcar que se conoció en Sinaloa; aquí, en tiempo de la Colonia, los españoles instalaron los primeros molinos de panocha; fueron, en fin, los precursores de la industria azucarera de la entidad.

 

Para los aborígenes de las tribus que poblaron los alrededores del cerro de San Nicolás y que fueron sojuzgados por los conquistadores hispanos, fue una grata novedad la aparición de la caña de azúcar.

Los castellanos, acostumbrados de siempre a gozar de estas dulces delicias del paladar, después de haber aprendido a comer nuestro manjar tradicional: el maíz, les hacía falta el complemento proteínico a su alimentación y a satisfacer el apetito de su gula: el azúcar y sus sabrosos derivados.

 

Cuentan que la semilla de esta gramínea fue traída de la provincia de Michoacán y sembrada en las vegas de los viejos ríos de San Lorenzo y Elota, que bañan la geografía del municipio de Cosalá.

Por eso, las mujeres cosaltecas saben a jugo de caña, a piloncillo y a almibar…

 

Para aquel entonces ya Nuño Beltrán de Guzmán, cargando sobre su conciencia el martirio de Caltzontzi y sobre su espíritu la animadversión hacia Hernán Cortés, después de incursionar por los reinos de Shalishco, Colimán y Atatlán, había fundado el Fuerte del Espíritu Santo de Chiametla y la villa de San Miguel de Culiacán.

Cosalá —de antaño conocido por los tarascos por el reino de “Casuela” y hasta donde venían en busca de oro y plata para adornar el cuello, los brazos y los tobillos de sus guapas consortes, según afirman las tradiciones orales casi perdidas en el tiempo—, había sido incorporado por los españoles a los dominios de la Nueva Calicia.

 

Cuando el célebre capitán don Francisco de Ibarra posteriormente anexa Cosalá a la provincia de la Nueva Vizcaya, marca el punto de partida, hasta donde se sabe, de la introducción a tierras sinaloenses de esta gramínea.

Algunas fuentes de información señalan que la caña de azúcar vino procedente de los cortijos que trabajaban en el reino de Colima; de ahí fue llevada hacia el norte siempre por el lado de la montaña que ve hacia el mar, hasta arribar al valle de San Benito que se localizaba en el hoy municipio de El Fuerte.

Cabe, pues, la honra a Cosalá de ser el lugar de origen de la tradición azucarera de Sinaloa, la entidad que con cuatro ingenios, por largas décadas ocupó el segundo lugar como productor de azúcar, superada únicamente por el Estado de Veracruz, quien con 21 inge¬nios, tiene un historial azucarero que empieza en 1519 con los plantíos que inició Hernán Cortés, de quien es el mérito de haber fundado, en Tuxtla, el primer trapiche piloncillero que operó en el macizo continental americano.

Tan honroso lugar lo pierde Sinaloa en 1974 frente a Jalisco, que también conoció la caña de azúcar con la llegada del español.

 

Así nacieron en las orillas de los ríos y arroyos de Cosalá, los molinos rudimentarios hechos de madera, que siguen siendo el orgullo de los cosaltecos, puesto que además de representar una fuente de trabajo, llenan toda una tradición provinciana y un atractivo más a los muchos que posee Cosalá.

De aquellos plantíos escondidos entre barrancas y cañadas, es la semilla que hacia mediados del siglo pasado alimentaba a más de 50 cortijos panocheros que poco a poco fueron desapareciendo hasta quedar unos cuantos, que con dificultad sortean el período convulsivo de 1910.

Consumada la Revolución resurge esta industria instalándose algunos molinos construídos en la fundición propiedad del Ing. Alejandro Loubet, en Mazatlán, misma que posteriormente pasó a manos de los hermanos Careaga.

 

Actualmente, dentro de las vegas del arroyo grande de Cosalá, funcionan varios molinos panocheros. El primero conocido por el nombre de El Chorro, situado en el paso entre Cosalá y el Llano de la Carrera, antiguamente propiedad de Alfonso Aragón y ahora de Juan Valenzuela.

Siguiendo el curso de este arroyo, aguas abajo se encuentra el que fuera del Lic. José Borbolla, quien lo vendió a Eugenio García.

En el afluente del arroyo del Azafrán esta el molino de los descendientes de Ricardo García; luego, por el arroyo Grande, sigue el de La Esmeralda que fue de Francisco C. Aragón y ahora es de Francisco Aragón Okamura.

Después continúa el de Palmira que administran José y Mariano Aragón; el que era de doña Francisca Félix y hoy es de Rodolfo Salcido; el de Agua Fría que fue de don Atanacio Aragón y le fue comprado por el Dr. Jesús Agustín Aragón.

Y finalmente el que era propiedad de los hermanos Salcido y hoy es de los hermanos Acosta; y en Palo Verde el de Ramón Salcido y el de Eduardo Acosta.

Ver trabajar estos molinos, la mayoría industrias de tipo familiar, es remontarse al pasado y conocer el origen de la tradición azucarera de Sinaloa.

 

 

Tomado de: Presagio, Revista de Sinaloa; número 9, páginas 32-33.

 

Dibujo de molino de panocha, Cosalá, Sinaloa, México

Molino donde se elabora panocha en Cosalá, Sinaloa, México

 

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Molinos panocheros de Cosalá
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La tradición culinaria sinaloense en la elaboración de endulzantes

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