CELEBRACIONES RELIGIOSAS EN LA CULTURA SINALOENSE

 

LOS JUDIOS

 

Los padres misioneros, persuadiéndolos e instruyéndolos, lograron hacer de los indios, profesantes muy activos y decididos del catolicismo; les volvieron en este punto temperamentales y, en cuanto al tópico, les formaron y encauzaron su costumbrismo devocional en el que, como nota típica pintoresca y llena de interés y ambiente, figura la entusiasta celebración de Semana Mayor. Se trata en este evento de una representación formal del gran drama religioso de la pasión de Cristo, en el que actúa en forma espectacular una comparsa de indios con su indumentaria de carácter.

Esta especie de comediantes, como bien pudiera llamárseles, se designa con el nombre de judíos o fariseos, por ser el de judíos -aparte del de soldados romanos- el papel teatral que justamente desempeñan en esta afortunada representación o reconstrucción histórica. El judío lo es en virtud de manda o promesa religiosa que hace, devotamente, para consagrarse al papel o actividad que corresponde, por uno o más años. Su atavío consiste principalmente en una máscara cerrada de piel sin curtir, que puede ser de cabra, carnero, venado o coyote, y que ostenta un rostro grotesco con su boca, ojos, grandes narices y orejas y enhiestos cuernos, con decoraciones o pintorreos de colores de anilina en las porciones depiladas; una jerga o cobija que cubre el tronco del cuerpo a manera de cota romana, ceñida, que cae hasta medio muslo; pantalones o calzoncillos remangados hasta la rodilla; los brazos y las piernas desnudos, pero decorados con fajas anulares angostas de colores de anilina; huaraches, y las armas de soldado de aquel tiempo, representadas por un machete de palo y una lanza o vara aguzada de rama de árbol, todo decorado con anilinas.

Durante todo los actos de la representación de que se trata, la cual tiene un profundo sentido místico a la vez que encierra un concepto o acontecimiento de trascendencia histórica, el judío está obligado a permanecer enmascarado, o sea cubierto del rostro y callado, sin que le sea lícito revelar en forma alguna su incógnito hablando o quitándose la máscara; pues únicamente al capitán, al que en su idioma los indios le dan el nombre de JUROESYAUIC (jefe de los judíos), le es permitido hablar, pero para mandarlos precisamente y no para dirigirse y entablar conversación con personas extrañas, excepto para tratar asuntos de su plena incumbencia como jefe. Esto, sin embargo, que viene a constituir una verdadera prueba o penitencia de mutismo, no los veda de practicar en forma movida, suelta y prolongada sus gracejos, y hasta de cometer algunas indecencias, lo que parece estar dentro de su papel, gustos y diversión. El capitán se distingue de los demás de su cuadrilla, en que no lleva máscara del tipo común, de cuernos, sino del llamado de cubeta (de forma cónica o encartuchada), en position algo levantada o echada hacia atrás hasta dejar libres la boca y la vista; y lleva, además, su lanza y su chicote para hacerse obedecer.

Antiguamente los judíos pertenecientes a dos pueblos vecinos o cercanos se disputaban la jurisdicción y la preeminencia, y con tal motivo se empeñaban en tremendas batallas campales a mitad del camino, en las que los bandos contendientes se atacaban a golpes y a pedradas, tratando de hacerse uno al otro el mayor número posible de prisioneros. Hoy dichas pugnas, efectivas o simuladas, han desaparecido, lo mismo que otros desmanes que, bajo el amparo de su disfraz o de su calidad de tales, los judíos acostumbraban llevar a cabo. También poco a poco han ido experimentando mengua los entusiasmos que por participar o presenciar la mascarada han tenido siempre la comunidades indígenas; ha desmerecido lo suntuario de la celebración y se ha reducido el número de los devotos o farsantes que toman parte activa en este espectáculo tradicional, atractivo para grandes y chiquillos. En cuanto concierne a su corte o matiz religioso, las ceremonias son absolutamente rituales y su dirección corre a cargo del MAESTRO, que es el oficiante de la iglesia pueblerina sin cura de asiento, el doctrinero y, por consiguiente, el substituto o representante del sacerdote y que con este carácter, pudiera decirse, hace los rezos y preside ésta y otras conmemoraciones, actos o festividades de índole religiosa.

Desde que principia la cuaresma, cada viernes por la tarde, y hasta que se llega el domingo de ramos, la tropa o legión de judíos, obligatoriamente, hace su asistencia a la iglesia del poblado. Llegan desde su punto de reunión previa, caminando al trote en dos largas filas de dos en fondo, con su capitán al frente y al toque sonoro y característico de su tamborcillo. Desde el domingo de ramos hasta el miércoles siguiente su asistencia al recinto sagrado es diaria y por la tarde, y desde este último día, hasta la terminación de la cuaresma, su permanencia en el templo y en las afueras es continua, forzosa y definitiva.

Dentro del templo los judíos son irreverentes y guardan muy poca compostura. En el campo, frente al templo, tienen mayores libertades y se entregan al regocijo. Son perfectos histriones: sus actos son festivos y chuscos; nunca están quietos, sino que se entregan a una continua agitación bailando, brincando y haciendo faramallas con la mímica de los mudos; tañen cualquier instrumento pequeño, como algún violincillo, o algún organillo de boca (harmónica); lucen y hacen festejo de cualquier objeto raro vistoso que pueden ostentar, para divertir a los espectadores; procuran, en fin, exhibirse en mil detalles jocosos,

ejecutando cosas risibles; pero todo en absoluto silencio y atentos siempre a las órdenes de su capitán y al invariable proceso de las ceremonias, bajo pena o riesgo de ser azotados por los chicoteros que tienen la misión de vigilarlos.

La noche del miércoles, que llaman de tinieblas, montan guardia dentro y fuera del recinto de la iglesia, ejerciendo vigilancia porque están en acecho del Señor. El jueves lo hacen prisionero y por la tarde de ese día una gran procesión, en la que figura Poncio Pilatos, recorre las calles del poblado, circunvalándolo, y en el curso de la cual se reconstruye el Viacrucis más o menos correcta o evocadoramente. Todo es solemne, sugestivo, y en el adorno, pleno de sencillez, domina un enfloramiento agreste de primavera, con una suntuosidad de verdores y aromas silvestres. La Virgen, al tiempo que sale la procesión del Viacrucis es conducida en andas en derredor del templo por un reducido grupo en el que comparten las mujeres entonando cánticos tristes, sentimentales; con lo que se significa que la Divina Matrona anegada en llanto, llena de angustia, busca a su hijo, hasta encontrarlo en la procesión que recorre las calles a la que se incorpora en seguimiento de Él, hasta llegar al Calvario erigido en el altar de la iglesia.

El viernes, pasado el medio día, los judíos crucifican a Jesús, consumando el sacrificio a piquetes de lanza, y cuando Él ha dicho las siete palabras y expirado a las tres de la tarde, lo descienden de la cruz y lo depositan en una urna (sepulcro), montándole guardias. Durante el pasaje de la crucifixión una flauta impregna el ambiente de tristes melodías, como evocando los sufrimientos de la inconsolable Madre. Y atemorizados por la nublazón o tormenta que después sobrevino, según el relato del Nuevo Evangelio, huyen los fariseos del templo y recorren las rancherías inmediatas derribando las cruces que se yerguen en los patios de sus hogares, y de cuyo pie recogen algunos alimentos, depositados ahí como ofrenda o no sabemos con qué otro místico propósito o significación.

El sábado de gloria, por la mañana temprano, queman a Judas, representado éste por un monigote, al que por las calles pasean a lomo de burro con mil ruidos y muestras de regocijo popular. Por la mañana de ese día final, los judíos se colocan fuera de la iglesia, en dos filas que se apoyan en la puerta mayor y esperan la hora en que se canta lo gloria. Con ellos aguarda también Poncio Pilatos, en su caballo, con su vara de mando y cubierto el rostro por un velo negro significativo de la ignorancia y ceguera, o sea de la impotencia mediante la cual el pusilánime presidente del pretorio trata de justificar su determinación de entregar al Mesías a los judíos. A la hora de la gloria (10 A. M.) los cohetes disparados atruenan el espacio, así como también el solemne repique de las campanas echadas a vuelo; y al instante los judíos se precipitan en un ir y venir a la carrera, acosados por sus chicoteros, de uno a otro extremo de la pista sobre la que se hallan apostados, en tanto que en medio de aquella agitación y ruidos anunciadores de la glorificación, azotan la tierra con sus varejones, desgarran sus máscaras, sueltan .sus cotas y hacen trizas sus armas (lanzas y machetes de palo), con cuyos despojos forman una hoguera, y luego acuden a ser regenerados simbólicamente por el bautismo, haciéndose acompañar de sus respectivos padrinos y madrinas.

El domingo de resurrección, día pleno de júbilos, los judíos, ya convertidos, como se dijo, en cristianos por el bautismo, en unión de los fiesteros y matachines, alegres, bulliciosos, traen a los santos pueblerinos sobre andas y a la carrera, llegando hasta la iglesia a participar a la Virgen que por ahí viene su hijo que ha resucitado. Es ésta la ceremonia que llaman de correr a los santos, con la que los indios dan remate a estas fiestas aparatosas tradicionales que, durante este y el día anterior, ofrecen, además, el atractivo del baile folklórico denominado pascola, de que tanto disfrutan.

 

Los Judíos, el chicotero

Chicotero en la festividad religiosa de los grupos mayos de Sinaloa; Los Judíos

 

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Los judios, celebración religiosa en Sinaloa
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Los indígenas sinaloense y sus tradiciones que al día de hoy perduran, religión y costumbres.

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