Historia de Sinaloa México

 

LOS IGNORADOS

(Dos pequeños héroes)

 

 

Por: Hilario Millán

 

En los primeros días del mes de enero de 1811, el insurgente don José María González Hermosillo, acampó en la margen izquierda del río Piaxtla, frente a la villa de San Ignacio, en la cual se encontraba el realista don Pedro Villaescusa. Desde antes de su llegada, Hermosillo había mandado comisionados por las diferentes poblaciones de la provincia de Sinaloa que le subordinaban, propagando las ideas de libertad e independencia, en cumplimiento de la muy especial recomendación del generalísimo don Miguel Hidalgo y Costilla, de que hiciera conocer el contenido de los diferentes documentos que se publicaban por la prensa de Guadalajara.

Debido a esta propaganda, muchos individuos de las poblaciones vecinas al campamento de Hermosillo, se le presentaban voluntariamente, atraídos por la patriótica idea de dar libertad a la Patria angustiada y casi agonizante por la opresión de los dominadores. Hermosillo, entre tanto, permanecía preparando el ataque a la mencionada villa de San Ignacio, defendida, como ya he dicho, por el realista don Pedro Villaescusa.

—No vayas a la guerra, Hermenegildo; no vayas, hijo mío; mira que la guerra nada bueno puede darte, y por el contrario sí puede ser motivo de inmensos pesares para tus amantes padres; motivo que acaso nos traiga la muy lamentable desgracia de no volvernos a ver jamás.

—¡ Madre adorada, es verdad cuanto decís, porque la guerra es la guerra, es la destrucción de la existencia, es…! Pero al mismo tiempo es igualmente cierto que además de ti, madre idolatrada, tengo otra madre tan idolatrada y querida como tú, que se llama Patria y ésta se encuentra ahora llorando lágrimas de sangre por el rigor de la opresión a que la tiene sujeta el yugo de España. Esta Patria querida que tanto sufre, hace en estos momentos un llamamiento a todos sus hijos, para que, secundando la obra nobilísima de darle libertad e independencia, que el humilde sacerdote de Dolores, don Miguel Hidalgo y Costilla, ha proclamado, nos unamos y luchemos hasta conseguir el deseado propósito. Por esto, madre mía, partiré a la guerra, con tu santa bendición, que me servirá de sagrado amuleto para defenderme aun en los mayores peligros.

—¡Hijo de mi alma: yo te bendigo!; ve a morir en defensa de tu Patria, que es la mía; y si en la guerra te sorprende la muerte, bien venga ella, aunque, como tantos otros que defienden esta querida Patria, perezcas olvidado de tus compatriotas, que ignoran lo que esos olvidados héroes han hecho, ignoran sus sacrificios y sus humildes merecimientos. Tu madre, en caso de que mueras, levantará en nuestro modesto hogar un pequeño altar consagrado a tu memoria y procurará transmitir a los tuyos el sublime recuerdo de tu determinación de hoy.

Hermenegildo Salazar y Millán, que es de quien aquí se habla, cayó de rodillas, profundamente conmovido, a los pies de su madre, la señora María Josefa a Velarde de Millán, a quien reverentemente besaba las manos, en tanto que ésta, llena de santa unción murmuraba las místicas y enternecidas palabras de bendición con que le despedía.

En la mañana del día 20 de enero de 1811, Hermenegildo Salazar y Millán, comúnmente conocido por el tío Gildo en las comarcas circunvecinas a su tierra natal, montado en un caballo retinto, con su excelente soguilla atada a la cabeza de la silla, la espada bajo el muslo izquierdo y la maleta de ropa sujeta a los tientos, partía de su casa, sin ser visto por más personas que su madre, doña Josefa Velarde de Millán, para el campamento de don José María González Hermosillo, adonde llegó el mismo día, temprano. Se puso a las órdenes del jefe insurgente, quien desde luego le destinó en una compañía formada de los voluntarios del Partido de San Ignacio, que se le presentaban, haciéndole jefe de ella. El tío Gildo se dio desde luego a conocer como un hombre decidido y valiente, que atacaba resueltamente al enemigo; por lo que el jefe insurgente le guardaba toda clase de consideraciones. Con el tío Gildo se distinguía también un subteniente apellidado Hernández, de la Compañía Miliciana de Mazatlán, que se había unido a Hermosillo cuando éste venía a El Rosario para la villa de San Ignacio.

A mañana y tarde, todos los días el tío Gildo, desde el siguiente de su llegada, hacía cuando menos una víctima al enemigo. Se montaba en su retinto y salía del campamento dirigiéndose a la villa a la que llegaba sigilosamente, soguilla en mano, y buscaba las partidas de ópatas o soldados realistas, que merodeaban por los suburbios de la villa y cuando menos lo esperaban éstos, les caía el lazo de tío Gildo, que partía arrastrando al de esa manera cazado quien perecía forzosamente con los golpes producidos en la carrera del caballo siendo después rematado por el mismo tío Gildo o por sus soldados que siempre le seguían a distancia, para auxiliarle en caso necesario.

El día 7 de febrero fue un día desgraciado para los dos más notables aliados de Hermosillo: el tío Gildo y el subteniente Hernández. Aquél en las primeras horas de la mañana, como siempre lo hacía, desde que valientemente combatía contra los realistas, había lazado y arrastrado hasta dar muerte a uno de éstos. El subteniente Hernández, que desde hacía días trataba de atraerse una partida de ópatas realistas para que se cambiaran del lado de los patriotas, bajó a la ribera del Piaxtla, desde donde distinguió a un sujeto, que se le acercaba con demostraciones de paz, diciéndole a Hernández que dejara sus armas para poder conferenciar confiadamente. Se llamaba ese sujeto Manuel Ramírez y pretendía ser general de los ópatas que estaban con Villaescusa. Ya juntos, Ramírez abrazó a Hernández, estrechándolo con falso aprecio, y haciéndole protestas de que en la noche dejaría el campo realista y se pasaría al independiente con sus subordinados. Mientras esto pasaba, le asió las manos con manifestaciones de amistad, hasta que llegó otro soldado llamado Francisco Montaño, que estaba de acuerdo con Ramírez y asesinó a Hernández, sin que éste pudiese hacer ninguna defensa.

Este hecho puso furioso al tío Gildo, que inmediatamente mandó ensillar su retinto y salió en busca de indios ópatas que cazar, para vengar a su amigo el subteniente Hernández. Pero esta vez le fue muy adversa la suerte al tío Gildo, pues se dirigió por el oriente de la villa, subiendo a ésta por una parte boscosa y cuando ya se encontraba cerca de un lugar llamado El Convento, fue traidoramente cazado por detrás por una partida de ópatas que había estado acechándolo, entre las malezas por donde subió, hasta tenerlo a tiro y asegurarlo.

El tío Gildo cayó muerto a los pies de su retinto; éste fue recogido como botín de guerra por los ópatas asesinos; la sangre de tío Gildo, como preciosa ofrenda rendida en aras de la independencia de la Patria, quedó regada en el lugar del crimen y por fin el cadáver mutilado, completamente reducido a pequeños fragmentos, como para que nadie volviera a saber de ellos, fue echado al río, que en sus corrientes lo arrastró, confundiéndolo con las hermosas piedrecillas de su alveolo y con sus inmensas arenas de oro.

Al día siguiente, 8 de febrero, Hermosillo dispuso el ataque a la villa de San Ignacio, que se verificó con pérdida completa para el expresado jefe; quedando en la villa de San Ignacio, como los episodios más notables de la guerra los hechos del subteniente Hernández y del tío Gildo.

Doña Josefa Velarde de Millán, madre de tío Gildo, tan luego como tuvo conocimiento de la muerte de su hijo, tomó un sombrero negro de lana, única prenda de aquél que le había quedado, y con él erigió un altar en el lugar adecuado de su casa, para dar a conocer a la familia y rememorar al idolatrado hijo, muerto en las sagradas lides sostenidas para dar a la Patria libertad e independencia. Mientras la noble matrona vivió, no dejó nunca de orar por el querido hijo, conservando aquella prenda de su afecto, que por muchos años después guardó también la familia, con el recuerdo del presente episodio.

Siempre que haya madres como doña Josefa Velarde de Millán e hijos como el tío Gildo, puede sostenerse que la Patria se conservará libre de ultrajes contra su libertad e independencia, porque esas madres y esos hijos, morirán primero que consentir la esclavitud.

¡Honor y gloria a los pequeños héroes! Honor y gloria a los ignorados valientes, como el subteniente Hernández y Hermenegildo Salazar y Millán, sacrificadas víctimas de la única contienda en Sinaloa, por la independencia de la Patria.

San Ignacio, julio de 1910.

 

 

Tomado del libro: SINALOA textos de su historia, Ortega, Sergio; López Mañón, Edgardo (compiladores), Gobierno del Estado de Sinaloa, Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, México, D.F., 1987.

 

dos pequeños héroes sinaloenses

Dos pequeños héroes sinaloenses

 

 

Summary
Article Name
Los ignorados, dos pequeños héroes
Author
Description
La historia de dos héroes sinaloenses que lucharon a favor de la Independencia.

Share and Enjoy

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*