Las siete ciudades de Cíbola

December 29, 2014

Historia de Sinaloa México

 

 

LAS SIETE CIUDADES DE CÍBOLA

 

Por: Juan Suárez de Peralta

Que trata de cómo el Virrey Don Antonio de Mendoza hizo la armada para las Siete Ciudades de Cíbola, y como salió a gente y hasta donde llegó con ella, y lo que más sucedió.

Era tanta la codicia que a todos puso la nueva de las Siete Ciudades de Cíbola, que no sólo al virrey y al marqués levantaron los pies para ir a ella, sino a toda la tierra, y tanto, que por favor se negociaba el ir los soldados, y sacar licencia; y era de manera que se vendían, y no pensaba el que la tenía, sino que ya era título por lo menos, porque lo encarecía el fraile que había venido de allá, de suerte, que decía ser la mejor cosa que había en el mundo: la gente de aquella tierra muy próspera, y todos los indios vestidos, señores de mucho ganado; los montes como los de España, y temple, la leña que se quemaba eran nogales grandísimos, que daban mucha nuez, mejores que las de España; muchas uvas montesas de muy lindo comer, castañas y avellanas. Según él lo pintaba, debía ser el paraíso terrenal, y en lo que es caza de perdices, ánsares, grullas y toda la demás volatería, era maravilla lo que había. En todo esto dijo verdad, porque hay en aquella tierra los montes que dijo y ganados, especialmente de vacas; pero no son como los de acá, porque yo vi cueros de los que trajeron estos soldados, y son muy diferentes; tienen el pescuezo y frente lleno de lana, que no parecen sino leones coronados, los cuernos como de un palmo, muy agudos, que pueden servir de alesnas; chiquitos los toros y las vacas, bravos en grande extremo, y muchos en cantidad. Las uvas y caza sin duda, y el temperamento, como el de España.

En lo que es la caza, en la Nueva España hay muchísima de volatería, y ánsares y grullas que no hay número, las cuales vienen a invernar, y luego, como comienza la primavera se van, que ni una queda. He oído decir que van a la cría a la Florida, y que de allí vienen, y es sin duda, por todo aquello de Cíbola, donde dicen estas ciudades; y aun los halcones, como son neblíes, y sacres y aletos y baharíes, y otras aves de rapiña, deben venir de allí, porque cuando vienen, son a invernar cuando los ánsares. Entonces se toman, y es en mucha cantidad y son tantos los que se toman, que yo he visto en la Mixteca la Alta, en Tamazulapa, un pueblo de mi hermano, que fue de mi padre, y en Yanhuitlán, pueblo de Gonzalo de las Casas, y en otros pueblos por allí cerca, los días de mercado, que llaman tianguez, venir muchas cargas de ave de rapiña muertas a vender, que era la mayor lástima ver neblíes primas, que no parecían sino águilas de grandes y de todos plumajes, lindísima cosa, sacres, azores, gavilanes, aletos, que era un juicio; los gavilanes en las Indias son mucho mayores que los de España; el que es prima será como un azor torzuelo, lindísimos a maravilla.

Toda esta caza que digo, que traían y traen hoy día muerta, la toman en un pueblo que es el primero, que llaman de la Mixteca la Alta y la otra la Baja. La Alta es más rica y más poblada de indios, y el primer pueblo de ellos es éste donde toman la caza que se llama Tutla en una sierra, muy alta que llaman los españoles el puerto, y en la punta de él está el pueblo. Allí son muy ordinarios los vientos, y en todo el año vientan tan recio que es grima, y si los que le pasan no tienen mucha cuenta de repararse de aquellos airazos, según son de grandes, darían con ellos abajo y los despeñarían y harían mil pedazos, como se han hecho algunos indios cargados, que los ha arrebatado el aire y dado con ellos en las peñas abajo y muértolos; especialmente a los que van con cargas de jícaras, que son unos vasos hechos de unas calabazas que se dan en aquella tierra, que no se comen, y en ellos se labra con fuego y se dan colores que las paran muy lindas. De éstas se venden en toda la tierra, y hacen los indios una carga muy grande, por ser como son livianas, y al pasar por aquel puerto se las suele llevar el aire, carga e indio, como he dicho.

Allí se toman todas éstas aves, que es el paso por donde vienen, y como los aires son tan grandes, y ellas no pueden resistirlos, déjanse venir con él y ya los indios conocen el aire que ha de correr y el tiempo en que vienen estas aves, y ponen muchas redes, y allí las toman, y luego las matan, y las llevan a los tiánguez, que es mercados. Yo los he visto, como digo, especialmente en el pueblo de mi hermano, Luis Suárez de Peralta; el cual es en extremo aficionado a la caza de volatería y gasta en ella más de dos mil ducados cada año porque la tiene la mejor de la tierra, y aunque le cueste un halcón muchos reales no quedará sin él. Verdad es que no valen caros, porque hay muchos, y los toman en México en cantidad, que hay indios que son grandes oficiales de tomarlos en las lagunas donde ellos vienen a cebarse, y por maravilla tienen neblí mudado, por que son tantos los pollos, que no estiman los mudados, y así jamás mudan en casa, sino en el aire, si no es que venga salir un halcón tan extremado que a éste tal huelgan de mudarle en casa. Señalándolos con sus señales, y aunque después tomen el halcón señalado que fue pollo y vuelve mudado, por la señal le vuelven a su dueño. De éstos halcones, especialmente neblíes y letos, se traen de la Indias a España, que son muy temidos, y lo fueran más si llegaran polios como allá se toman, porque en la mar mudan. Yo conocí un neblí que fue del buen virrey don Luis de Velasco, primero de este nombre, padre del que hoy es virrey de la Nueva España, hecho por mano de Cristóbal de Ortega, su cazador (y extremado, y muy hígado y honrado, porque lo eran mucho los criados de este señor); y a este halcón llamaban el viejo, el cual pollo fue lindísimo garceo, y siendo tal le mudaron en casa, dos años, y no servía para compañero porque lo sabía muy bien hacer, que se ponía muy alto, y era muy compañero con el cazador, que andaba siempre puesto sobre la cabeza, y el muy presto al caer cuando le levantaban; de suerte que él era lindísimo pájaro. Después de a los dos años que mudó en casa los demás, que por todos fueron más de diez, mudaba en el aire, y tenía tal conocimiento que cuando acababa la muda se venía a casa y se metía por una ventana, y si la hallaba cerrada se asentaba en la azotea sobre un canal hasta que le echaban el señuelo; y visto esto, Ortega el cazador le tenía, ocho días antes que a él le parecía había ya mudado, la ventana abierta desde que amanecía, y él se entraba. Esto vieron y supieron muchos en México; y aún después de cebado acaecía muchas veces llevarlo a casa sin capirote, según estaba de manso y hecho, y aun dejarlo en el campo a que durmiese en un árbol y a la mañana irse y entrarse por la ventana a sentarse en la vara. Instinto natural que Dios da a las aves, que también con ellas y con todos los animales no fue estrecha su mano para hacer mercedes como poderoso Señor que es. Visto Luis Suárez de Peralta, mi hermano, cuyo es el pueblo de Tamazulapa, donde se traen aquellas cargas de halcones muertos del pueblo de Tutla al suyo, que está como tres leguas, hizo poner graves penas a los cazadores indios, que no matasen los neblíes y sacres, y aletos, sino que vivos los trajesen, sanos y sin quebrarles pluma, y que se les pagaría al doble de lo que valían; y para que fuesen conocidos los reservados se les mostró y dio a conocer por la pluma. Así lo hicieron los indios y le traen los mejores halcones que hay en la tierra; a los cuales llámanlos mixtecos porque se toman en la Mixteca y aprueban mejor que los que se toman en la laguna y acequias de México. Ha enviado muchos al duque de Medinasidonia, y a otros caballeros (a España), deudos y amigos.

Pues volviendo a la armada de las Siete Ciudades de Cíbola, el virrey, don Antonio de Mendoza, puso grandísima solicitud, diciendo, él la quería hacer y no el Marqués, de lo cual él se sintió mucho, y ésta fue la causa principal de sus enojos y no llevarse bien, y aun lo que hizo el Marqués irse a España más presto de lo que pensaba, como se fue y le sucedió lo que hemos dicho atrás. Después de haber el virrey recogido la gente que había de ir, la cual fue muy lucida y de la mejor de la tierra, porque escogió a su gusto, y ya que la tuvo a punto salió con ella, yendo por general de toda. Fue marchando hasta el reino de Guadalajara y Compostela, que hay más de cien leguas, y de allí la envió con un caballero que se llamaba Francisco Vázquez Coronado, al cual hizo general y dio sus instrucciones y orden que había de llevar y lo que había de hacer; y así, el nuevo gobernador partió con su gente llevando sus guías y orden que el virrey le había dado, con grandísimas esperanzas de ganar lo mejor del mundo, y así iban muy contentos. El virrey, después de haber despachado a Francisco Vázquez Coronado y a toda la armada, se volvió por la Purificación y por Colima, buscando puertos para donde desembarcaran la contratación que había de haber para aquellos reinos que se iban nuevamente a conquistar, y los navíos que de España viniesen y los del Cíbola; y así anduvo buscando y pasando ríos grandes, y con trabajo.

Francisco Vázquez y su gente no hacían sino caminar por despoblados, sin ver indio ni cosa que les ayudase a la esperanza que habían sacado, sino antes era cada día menos y ellos pasando mucho trabajo de hambre, que ya los bastimentos se le iban acabando, y los caballos muriendo, y con todo iban metiéndose la tierra adentro con la noticia que llevaban. Era ya de suerte el hambre que les sobrevenía que se iban comiendo los caballos y fue de manera que quedaron a pie, y así fueron hasta llegar a Cíbola, donde decían las Siete Ciudades, las cuales no vieron, sino algunos indezuelos salvajes que se sustentaban de yerbas (una gente miserabilísima), y la tierra sin género de muestra de tener plata, ni oro, que es lo que a los hombres pone a aventurar las vidas y pasar trabajos, los cuales esta gente pasaron grandísimos, muriéndose cada día, hasta que vinieron a quedar muy pocos y ya sin orden, que cada uno buscaba su vida o la muerte, tirando por la parte que más le parecía habría de comer, pasando muchas ciénegas y ríos grandes. En efecto, para volverse, como pudiesen, sustentándose de algunas vacas que hallaron, de las que he dicho, y de uvas y nueces monteses, y vieron muchísimo rastro de ganado que había de haber en la tierra adentro, que debía de ser en el fin del mundo; y ellos no estaban ya casi ninguno, que muy pocos indios se los acabaron y comieran. Esta infelicidad fue grandísima, y desgracia del virrey, la cual supo andando con mucho cuidado en busca de puerto para la contratación de aquellas grandísimas ciudades que le habían dicho, y tierra para cuya conquista había gastado mucha hacienda suya, y de particulares. Luego como la supo dio orden en volverse, y fue tan grande la pena que recibió que le dio una enfermedad de que pensó ser muerto, y cierto fue de sentir, porque sacó de México la flor de la gente y mucho oro y plata que gastó.

Llegó a la ciudad de México muy triste, y muy cansado, y muy gastado y muy corrido.

Francisco Vázquez, después de haber visto el engaño de la tierra, procuró volverse; y con harto trabajo, habiendo rodeado el mundo y andándole, llegó a México y luego fue a besar las manos al virrey, y no fue tan bien recibido como quisiera porque le halló muy triste. Contóle lo que le había sucedido y los trabajos que habían sido muchísimos, y cómo se le había muerto la gente, y algunos se le habían metido la tierra adentro, y otros quedándose cansados y enfermos; esto, todo, puso al virrey gran lástima. A cabo de muchos días llegaron otros de los soldados que se le habían quedado a Francisco Vázquez de Coronado, hechos pedazos, vestidos de pieles de animales, hartos de malaventura. No sucedió así a los que se hallaron, y vinieron a la conquista del Nuevo Mundo (Nueva España). Ella fue una en la vida y no más, que primero que se halle otro México y su tierra nos veremos los pasados y los presentes juntos, en cuerpo y ánima, delante del Señor del mundo; aquel día universal donde será el juicio final.

Torre Villar, Ernesto de la, Lecturas históricas mexicanas.

Tomado del libro: Antología Histórica Sinaloense, Bonilla Zazueta, Marta Lilia (compiladora), Gobierno del Estado de Sinaloa, AHGES, 2008.

 

Marcha a Cíbola

Conquistadores españoles en marcha a Cíbola

 

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Las 7 ciudades de Cíbola
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La historia de la leyenda de las 7 ciudades de oro en la Nueva España.

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