Historia y cultura de Sinaloa, México

Época colonial

 

LAS MISIONES  JESUITAS DEL NORTE DE LA NUEVA ESPAÑA

 

Por: Padre Mariano Cuevas, S.J.

 

Prologo que no lo es

La obra evangélica de los misioneros en el Noroeste de México durante el Siglo XVI constituye sin duda alguna la épica espiritual más importante en la historia de esta vasta cuanto entonces desconocida región del país.

Ni la fiereza ni la crueldad de los conquistadores que diezmaron incluso poblaciones enteras de aborígenes, ni la superioridad en armamento a la par que su influencia psicológica empleándola como inmejorable culebrina disparada a la conciencia del pueblo indígena, fue lo suficiente para lograr domeñar y sostener los puntos de terreno conquistado a no ser por la acción llena de piedad y de generosa bondad cristiana de todos los misioneros que llevaban, en lugar del mosquete, la cruz y su esfuerzo batallador cifrado en la fe de querer salvar almas para el reino de Cristo.

Por ello no en balde, y con toda anterioridad histórica que le dio su dedicación y estudio durante toda sus vida, el malogrado investigador Othón de Mendizábal decía en uno de los párrafos de su conocida obra La Evolución del Noroeste de México que “cuando el guerrero no lograba triunfar del valor o del número de los nativos, sometiendo la tierra para su provecho y el de los colonos que seguían como los buitres a los jaguares, penetraba el misionero con su crucifijo de madera al hombro, su tosco sayal y sus pies descalzos, lleno de fe en que su palabra abriría a los indígenas el cielo, y convenciendo de que la salvación eterna era bien superior a todos los bienes y compensación excesiva de todos los martirios y privaciones que se padeciesen en la tierra, por lo cual no tiene responsabilidad moral en esa monstruosa mixtificación, a quebrantar por la suavidad el ánimo de los guerreros, a sembrar la discordia entre los tímidos y los resueltos, a desorganizar, en fin, la resistencia a la dominación que los amenazaba, para que después pudiera llegar a su salvo el encomendero o el simple colono a ponerle la collera del esclavo, aprovechando la paz lograda por la predicación de las doctrinas de Cristo”.

Por todo lo anterior, expuesto tan juiciosamente por el maestro Mendizábal, la obra de los misioneros está por encima de cualquier apreciación de duda respecto a su gran papel que jugaran en ese capítulo tan importante para la vida histórica y social del Noroeste de México y a eso, y a querer divulgar documentos históricos tales como la carta y relación del martirio y muerte del Padre Gonzalo de Tapia, mi dilecto amigo, Carlos Manuel Aguirre, publica lo que el curioso lector puede leer en las páginas de la obra del Padre Mariano Cuevas S.J. “Historia de la Iglesia en México”, Tomo II1922, seguro que después de abrevar su lectura querrá más y más conocer la, todavía desconocida para muchos, historia del Noroeste de México.

Reinaldo González, hijo

 

Regiones del norte no evangelizadas

Un gran vacío se iba notando cada vez más desde 1550 en el campo de nuestra civilización.

Las tribus del Norte que poco se iban descubriendo, según los españoles de paz o de guerra, adelantaban sus conquistas, no habían participado aún sino muy escasamente de la civilización cristiana, al paso que la máxima parte de las regiones de la mitad sur disfrutaban ya de la bien arraigada y bien sistemada doctrinación de que en capitulo anterior enteramos a nuestros lectores.

Los franciscanos dominaban espiritualmente en las regiones del centro del país, como en la de Jalisco, con extensión indefinida hacia el Norte por la costa del Poniente, en Yucatán y en algunas regiones del Pánuco. Los dominicos en las bastas regiones del Sur (Oaxaca y Chiapas). Los agustinos en Michoacán, en buena parte de Guerrero y en algunas regiones de la Huasteca.

El Norte, es verdad, había sido visitado por algunos franciscanos que en calidad de capellanes acompañaban a las expediciones que ya desde 1527, partiendo unas de la Nueva Galicia, de Pánuco, o de la Florida las otras, vagaron o perecieron hasta por los años de 1580 en que el esforzado Francisco de Ibarra llegó a fijar un centro en Guadiana (hoy Durango). Lo fue verdaderamente de conquista en todos los órdenes. Por lo que a nuestros temas se refiere, Guadiana, capital de la Nueva Vizcaya, fue centro de las heróicas conquistas espirituales que rumbo al Norte emprendieron en el Siglo XVI los jesuitas, y posteriormente los franciscanos, en línea recta hacia el Norte en lo que hoy es territorio mexicano. Luego, pasando el Bravo en varias direcciones, fundaron en todo lo que hoy es Texas y Nuevo México las incontables misiones que dieron origen a tantos pueblos y aún grandes ciudades norteamericanas.

De acuerdo con nuestro plan general, habremos de prescindir de nuestros relatos de estas últimas para ocuparnos solamente de las instaladas dentro de los actuales límites de nuestro país.

 

Los jesuitas y sus ministerios con los indios

Era natural que cuantos ponían sus miras en la evangelización de aquellos pueblos se fijaran desde luego en la Compañía de Jesús. Todos sabían que parte y muy principal de su ministerio era la conversión y civilización de los infieles, y así lo expresaron en público algunos religiosos (movidos sin duda de buen celo) quienes extrañaban el que los jesuitas no quisiesen ocuparse con los indios, y aún llegaron a acusarlos en ese sentido, recordando que en la Real Cédula de presentación, S.M. hacía hincapié en que venían para la conversión de los infieles.

En realidad nadie lo deseaba más que los jesuitas: con ese fin habían venido la mayor parte y con ese fin los superiores insistieron tanto en el aprendizaje de las lenguas indígenas del país. Escuela de lenguas era Tepozotlán, y escuela de leguas hubo en todos los colegios. En el San Pedro y San Pablo de México asistía a clase de lengua mexicana hasta lo más conspicuo del profesorado, con el Rector y el Provincial a la cabeza, y se dio orden estricta de que ninguno recibiese órdenes sagradas sin antes dar buen examen de alguna de las lenguas nativas del país.

Las doctrinas, cofradías y procesiones de indios en todas nuestras casas, demostraban la importancia que se daba a ese ministerio desde los principios de nuestro establecimiento en Nueva España.

Tuvimos también seminarios de indios Pátzcuaro, en Puebla, y principalmente en San Gregorio, de México. No podemos creer que éstos se hayan suprimido, como alguien afirma, porque los jesuitas reconocían la incapacidad de nuestros indígenas para los estudios. Entonces como ahora podía hacerse selección y dar con suficiente número de ingenios que nada tendrían que envidiar a los demás que pasaban por las aulas jesuíticas.

Lo que realmente impidió la prosecución de aquella buena obra fue una Real Cédula de Felipe II que tenemos a la vista, cédula que le fue arrancada por una carta anónima de persona no bien informada y no bien inclinada.

Decimos esto último porque en el fondo de toda esta campaña contra la alta instrucción de los indígenas había un elemento de envidia que pudiéramos llamar racial, de raíz muy poco cristiana. Los blancos se tenían por infinitamente superiores a todas las razas americanas y no podían sufrir verlos elevarse a un estado cual era el sacerdocio, en que tuviesen que tributarles algún género de veneración o sujeción. De ahí el que por instinto viniesen a matar en flor todos esos connatos de alta educación de nuestras razas indígenas.

Había otro inconveniente muy poderoso para la expansión misional de los jesuitas: eran muy pocos. En 1590 no había más que 200 inscritos en la Provincia, a los que había que restar unos 50 destinados ya para Filipinas. Por esta razón, cuando el Visitador P. Diego de Avellaneda mostró un fervoroso empeño porque los jesuitas aceptasen tantas invitaciones como se les hacía para misionar en el Norte, el Provincial, que era a la sazón el P. Pedro Díaz, se oponía tenazmente a ello, alegando que esa expansión había de ser a expensas del personal de los colegios, y que, disminuyendo éste, ni los trabajos escolares serían llevaderos, ni la misma observancia regular tan sostenible entre tan poco número de sujetos.

Triunfaron por fin los apostólicos proyectos del P. Avellaneda, y en 1591 se fundó la primera misión de jesuitas entre infieles de la Nueva España, que fue la de Sinaloa.

 

Primitivas expediciones al noroeste

Ya, desde el año 1532, Nuño de Guzmán tuvo noticia de estas regiones y, según el cronista Herrera, penetró hasta el río Yaqui y aun antes que él, por orden de Cortés, había llegado hasta el río de Sinaloa el valiente capitán Hurtado quien pereció en manos de los indígenas.

Noticias más concretas de aquella región dio Alvar Núñez Cabeza de Vaca, uno de los heroicos supervivientes de la expedición de la Florida que, cruzando lo más ancho del continente americano, vino a dar por Sinaloa a la Nueva Galicia con sus tres compañeros: Alonso del Castillo, Diego de Orantes y el negro Estebanico.

 

El año 38, guiado por este negrito, un franciscano italiano, llamado fray Marcos de Niza, penetró hasta muy al Norte, no se sabe a punto fijo hasta donde, y volvió al virrey con un montón de enormes noticias y una portentosa relación de la fauna, flora y ciudades nunca vistas. La realidad probó que eran hijas solamente de su exaltada imaginación. Mas esas noticias dieron lugar a la expedición enviada por el virrey Mendoza, de D. Francisco Vázquez Coronado al frente de 200 infantes y 150 de a caballo (1).

Ningún efecto estable y permanente produjo esa expedición, y en muchos años no se volvió a pensar en poblar Sinaloa hasta que D. Luis Velasco envió a Francisco de Ibarra; éste llevó como capellán al Pbro. Hernando de Pedroza y con él iban también algunos religiosos franciscanos. Había ya penetrado muy adentro el capitán Ibarra cuando tuvo que abandonar temporalmente sus conquistas, y entonces fue cuando los indios Ococori y Zuaques, viéndolos solos y desamparados, cruelmente sacrificaron a aquellos primeros misioneros fray Pablo de Acevedo y fray Juan de Herrera. Si su martirio se debió exclusiva mente a odio de la fe cristiana o al horror a los españoles como conquistadores, no sería tan fácil de dilucidar, pero su muerte fue ciertamente por obedecer y por propagar el Evangelio. Son, por esto, dignos de figurar en las páginas más gloriosas de la Iglesia.

Los indios fueron castigados por el capitán Montoya el año de 1853 y con esta ocasión se fundó la villa de San Felipe y Santiago, más vulgarmente conocida hoy por el nombre de Sinaloa.

La vida de los civilizadores, continuamente expuesta a feroces asaltos de las no domeñadas razas indígenas, estaba en continuo peligro y por consiguiente no se podía dar comienzo a ninguna obra estable de la civilización.

(1).- He aquí para confirmarlo un fragmento del aviso escrito por el conquistador Vázquez de Coronado: “Yo he hecho todo lo a mi posible por servir a V.M. y descubrir tierras, donde Dios Nuestro Señor fuese servido y ampliado el Real Patrimonio de V.M., como su leal criado y vasallo; porque desde que llegué a la provincia de Cíbola, a donde el Visorrey de la Nueva España me envió en nombre de V.M., VISTO QUE NO HABIA NINGUNA COSA DE LAS QUE FRAY MARCOS DIJO, he procurado descubrir esta tierra, doscientas leguas y más a la redonda de Cíbola, y lo mejor que he hallado es este río de Tiguex en que estoy y las poblaciones del, que no son para poderlas poblar, porque además de estar cuatrocientas leguas de la mar del Norte, y de la del Sur más de doscientas, donde no puede haber ninguna manera de trato, la tierra es tan fría, como a V.M. tengo escrito, que parece imposible poderse pasar el invierno en ella, porque no hay leña ni ropa con qué se puedan abrigar los hombres, sino cueros de que se visten los naturales, y algunas mantas de algodón, en poca cantidad”. – Documentos inéditos. Torres de Mendoza. T III. Pag. 368.

 

Entrada de los jesuitas en Sinaloa

En 1585 fue señalado como gobernador de la Nueva Vizcaya, D. Rodrigo Río de la Loza, hombre poderoso y piadosísimo, compañero que había sido de Francisco de Ibarra, desde las primeras expediciones.

Luego que D. Rodrigo se vio electo gobernador, pidió con instancia al P. Provincial Antonio de Mendoza, algunos misioneros de la Compañía. Por las razones ya expuestas fue imposible acudir a los deseos del piadoso capitán, hasta el ahí de 1591 en que fueron enviados dos hombres de alto espíritu y de gran fortaleza de ánimo, los PP. Gonzalo Tapia y Pedro Méndez. Llegado que hubieron a Guadiana díjoles D. Rodrigo que, aunque con gran dolor suyo, tendría que privarse de su compañía porque la presencia de ellos sería de mayor utilidad en la Provincia de Sinaloa, sujeta a la gobernación de su cargo. Voz de Dios fue para los misioneros esta indicación de D. Rodrigo, en virtud de la cual emprendieron su camino.

 

Más de doscientas leguas anduvieron de Oriente a Poniente, hasta fines de Junio que llegaron a la villa de San Miguel de Culiacán. Allí hicieron un bien inmenso, consolando y confesando al puñado de españoles, primeros pobladores de dicha ciudad y de sus contornos. Dos de estos colonos, un Juan de Castillo y un Antonio Ruiz, con algunos caciques allegados, fueron señalados para conducir con seguridad a los ministros del Señor.

Dice Antonio Ruiz, testigo ocular de la entrada de los PP. “que los indios los recibieron hincadas en tierra las rodillas, pidiendo a voces el bautismo. Llegaron al día siguiente al Palmar, cuatro leguas antes de Mocorito. El cacique de este pueblo, que era cristiano, dio orden de que se juntasen todos los niños del pueblo; por la noche se puso en marcha con aquella inocente caravana que caminando con lentitud llegó a media noche al Palmar en que dormían los misioneros. Aunque muy necesitados de aquel descanso, lo interrumpieron gustosísimos de ver aquellas primicias de la gentilidad que el Señor les ponía en las manos. No pudieron bautizar más que a los párvulos y siguieron adelante su camino. A los pocos días entraron a la villa de Sinaloa con gran acompañamiento de indios; esto fue por julio del referido año de 1591″.

 

Datos geográficos y lingüísticos

La extensión y demarcación de lo que en el siglo XVI se llamó misión de Sinaloa ha dado lugar a largas discusiones y a no pocas confusiones. Si de extensión se trata, podemos decir que ésta de la misión de Sinaloa ha dado lugar a largas discusiones y a no pocas por otro nombre de Petatlán. Al Oriente quedaba limitada por la Sierra Madre y al Poniente por el Pacífico y el Golfo de California, más en realidad y ateniéndonos a los relatos de los misioneros que originales tenemos a la vista, lo evangelizado de esta región, eran las márgenes correspondientes a seis ríos, distribuidos en el sur de nuestro actual estado de Sonora y norte de Sinaloa. Empezando por el sur, eran estos seis ríos (denominándolos por su nombre actual), el de Culiacán, el Sinaloa u Ocoroni, Río Fuerte, el Mocorito (límite de Topia y Sinaloa) el Mayo y el Yaqui. Los misioneros nos hablan a cada paso de ríos: primer río, segundo río… casi sinónimos de sus capillas con adjunta residencia, y de cabeceras como lo eran en realidad de las diferentes doctrinas, que confluían de ambas riberas a lo largo de río.

Según la carta actual dirigida al General de la Compañía, en 1593 la población que entonces había en la misión de Sinaloa así descrita era nada menos que de cien mil hombres, de razas y lenguas bien diferentes. Ocho nos dicen los misioneros que tenían ya aprendidas a fines del siglo. No podríamos precisar cuáles eran éstos, mayormente si consideramos, con D. Manuel Orozco y Berra, que buena parte de las entonces habladas han desaparecido en el transcurso de los siglos.

Siguiendo a dicho autor podemos afirmar que las que ahí se hablaban en 1869 eran las siguientes: el mexicano o tarasco a las márgenes del río Culiacán, el tebeca, a orillas del Mocorito, el guasabe, el sinaloa y el hoguera a lo largo del río de Sinaloa y el Yaqui o cahita, aunque con algunas variantes regionales, a las orillas de los tres ríos superiores.

 

Dificultades que tuvieron que vencer los misioneros

Por de pronto, para valorizar debidamente los esfuerzos de los misioneros hay que fijarnos sin ponderaciones, porque no son menester, en algunas realidades históricas, confirmadas por abundantísima documentación.

Eran entonces estos indios, todos ellos, de una civilización muy inferior a la de los mexicanos, tarascos, mayas y aun mixtecos, o mejor dicho no había en ellos sino rudimentos de civilización. No tenían pueblos fijos, ni siquiera tierras fijas donde sembrar; eran excesivamente inquietos y movedizos y no tenían noción de lo que fuese vida social ni cosa semejante.

En el anual de Sinaloa 1593, leemos a este propósito las palabras siguientes: “No tiene esta gente rey ni señor, sino en tiempo de guerra, el más esforzado de ellos los capitanea, pero en tiempo de paz cada uno hace lo que le da gusto. Tienen muchas guerras una nación con otra, no tienen ídolos ni entienden que haya providencia en el Creador, ni esperan en la otra vida felicidad alguna, sólo pensaban que los muertos iban bajo de la tierra a una región de tinieblas, cuyo príncipe llamaban ellos Yori, y esto que viviesen mal que bien, que para ellos ninguno vive mal porque todo lo que uno puede hacer y le da gusto les parece ser lícito”.

En efecto, por la antigua tradición de los franciscanos martirizados el año 40 y por el martirio del P. Gonzalo de Tapia de que luego nos ocuparemos, la idea fija del peligro de muerte, acompañó siempre a los misioneros del Norte. Así se hecha de ver en su edificante correspondencia donde repetidas veces aluden a este peligro como una próxima preparación a santa vida y santa muerte.

No insistiremos más en la dificultad de las leguas; ya su sola multiplicidad, su barbarie intrínseca y la carencia absoluta de medios de aprendizaje las presentaba como un elemento insuperable, capaz de aplastar moralmente a quien no contase con tantas energías y con tanta “gracia de estado”.

Aparte de la obstrucción psicológica que encontraban en las masas por su miedo inquieto, por las súbitas mudanzas con que desamparaban sin previo aviso y por cualquier puerilidad al misionero, había la especial y positiva aversión de determinados individuos más poderosos y en especial de hechiceros y hechiceras que, a no dudarlo, comunicaban con los espíritus malignos, y con mil engaños embaucaban y agitaban en un momento a aquellas multitudes moralmente inermes.

¿Pero, qué diremos del otro inmenso mal moral que por permisión de Dios castigó tan duramente aquellas regiones? Nos referimos a esas pestes malignas que se cernían por todas nuestras regiones del Norte diezmando a las poblaciones. He aquí como describe el P. Santiago los tristes efectos de una de esas públicas calamidades: “Era esta enfermedad tal, que tras de recísimas calenturas que los sacaban de juicio y aun de sus casas, los hacía ir a los ríos a bañarse y a los montes a refrescarse y algunos se quedaban allá y morían comidos de lobos. Cubríanse de pies a cabeza de pobre con un olor malo y dentro de algunos días acababan aunque fuesen muy robustos; a otros se les henchían de gusanos las llagas y se morían comidos de ellas; apenas había casa donde no se llorase por la muerte de alguno o algunos que de ella muriesen y casi no se veía mujer que no estuviese trasquilada ni hombre que no hubiese dejado las trenzas de los cabellos, que todo es señal de luto y tristeza”.

El P. Juan Bautista Velasco escribe lo siguiente: “Habemos hecho lo que se ha podido para ayudar a estos pobrecitos en sus enfermedades buscando a unos en los montes, a otros en los arenales. Yo fui a un pueblo donde bauticé como doscientos niños con mucha voluntad de sus padres. Con la poca lengua que sé, pude catequizar algunos adultos que estaban en peligro, y bautizarlos. Lo que quiebra el corazón es que mueren muchos gentiles sin bautismo por no haber quien les acuda”.

Estas eran las principales dificultades exteriores que hubieron de luchar, más con el agravante de que apenas tenían socorro ni ayuda temporal, que siquiera en parte les atenuase. Tenían, es verdad, un subsidio de la Corona Real (que como siempre no salió de la Antigua, sino de la Nueva España) pero era este subsidio miserable y casi irrisorio: mil pesos anuales a quienes tenían que viajar como un misionero del Norte, sin que por otra parte pudiese pedir ni esperar nada de sus neófitos pobrísimos y semibestiales; era la cantidad suficiente para morirse de hambre.

 

En cambio (y debemos hacerlo constar en estas páginas) de los inmediatos oficiales de la corona, o sea de los soldados (criollos en su mayor parte) que guarecían las principales poblaciones o presidios como entonces se les llamaba, los misioneros recibían muy eficaz protección, como que provenía de muy sincero cariño y agradecimiento.

 

En este mismo sentido debemos hacer mención de los indios mexicanos y tarascos que a título de colonos enviados por el virrey, o de catequistas de los misioneros, andaban siguiéndoles y ayudándoles muy de veras en toda clase de trabajo. En el anual de 1597 leemos a este respecto lo siguiente: “Se acude a agentes de diversas naciones, españoles, indios mexicanos y tarascos. Los soldados viven con mucho recato, apenas se les oye juramento y tienen fe, como gente que ayuda al Evangelio y anda en compañía y guarda de los pobres”.

Fácilmente se explica esta piedad de los soldados de Sinaloa si nos fijamos en que su aguerrido capitán era el piadosísimo Don Diego Martínez de Hurdaire, de cuya vida más adelante nos ocuparemos.

Después de los exteriores, también hay que recordar que los trabajos interiores que, como a todos los mortales, acompañaban al misionero, aún se recrecían por el desamparo y soledad en que generalmente se hallaba.

Hable por todos ellos el P. Pedro Méndez de los misioneros de Guadiana. Dice así: “Guerra me hace el demonio y a veces muy crudamente. Pocos días me vi tan lleno de tedio y tristeza, que sentía tedio de la vida. ¡Oh qué paciencia y confianza en Dios es menester para estos ministerios! En esta tierra ¿qué no hay de ocasiones? Qué soledad, qué caminos, qué aguas amargas y de mal olor, qué serenos y noches al aire, qué mosquitos, qué espinas, qué gentes, qué niñerías tlatoles (chismes) y contradicciones; mas si todo fuesen flores ¿qué nos quedaría para gozar en el cielo?”

 

Método de trabajo

Los dos primeros años de su entrada en Sinaloa bien poco pudieron hacer los padres, pues casi todo el tiempo lo dedicaban a aprender la lengua en la única manera que podían hacerlo, o sea, averiguando por la práctica el significado preciso de las palabras y apuntándolo a continuación. Colegía entre ellos lo escrito para por ese medio formar sus “artes”(gramáticas) y diccionarios.

Luego se dedicaron a formar y enseñarles el catecismo de la doctrina cristiana para poderlos bautizar y desde el bautismo, como punto de partida, irles induciendo por la senda de plena cristiandad y civilización.

El progreso fue relativamente rápido porque en realidad aquellos hombres eran mucho menos estúpidos de lo que a primera vista parecían y por regla general tenían cierto tesón y mucha gana de aprender el catecismo. “Acuden puntualmente a la iglesia mañana y tarde, dice un misionero, y después de estar bien instruidos en la fe y buenas costumbres que han de guardar, los bautizan con el mayor aparato y solemnidad que se puede, y habiendo averiguado cuál es su verdadera mujer luego los desposan y velan según el orden de la Santa Iglesia y quedan con esto tan trocados de lo que antes eran, que palpablemente se ve lo que en ellos obra el santo sacramento del bautismo, que con tener antes tantas mujeres se hacen capaces de la conveniencia que hay en no tener más de una, y los que siendo gentiles eran silvestres y como fieras, después de cristianos se amansan y domestican y tratan con tanta familiaridad como si fueran sus hijos”.

 

Pudiera alguien imaginarse que entre esas multitudes y a esas distancias, el celo de las almas pudo llevar a los misioneros a bautizar con alguna precipitación. Nosotros no podemos creerlo así, pues es lógico suponer que quien a tantos sufrimientos se exponía, no había de hacer trabajos de pega para engañarse a sí mismo y cargar gravemente su conciencia.

En armonía con nuestro sentir está la documentación contemporánea. De los cientos y tantos mil indios que pudieron haber bautizado en sola la misión de Sinaloa; al fin del siglo y después de tanto trabajo los cristianos no eran sino seis mil setecientos sesenta.

Un caso concreto nos hace ver la seriedad con que se procedía para administrar el bautismo. “De un pueblo llamado Bucaboravito vinieron muchos a bautizarse. Acertó a hacer una noche asperísima de hielo y agua, y no teniendo donde recogerse, porque habían los huéspedes ocupado las posadas, se salieron al campo y comenzaron a cantar y a bailar y así pasaron alegremente la triste noche y luego se cortaron los cabellos para que los bautizase, que en ellos es un gran sacrificio, mas al fin se quedaron sin bautizo porque no entendían bien lo que se les enseñaba, con lo cual quedaron harto desconsolados. Dijeres que más despacio les explicaría y bautizaría y prometieronme de hacerlo así.’.

Por esta misma laudable intransigencia podremos apreciar más los trabajos previos que suponían esos solemnísimos bautismos de que con tan justa fruición nos dan cuenta los misioneros.

En general creían los padres de su deber fomentar, con ocasión de estas solemnidades, la reunión del mayor número de indios que fuese posible. Así unos a otros se animaban, y al regresar todas esas grandes multitudes eran otros tantos reclames de lo que habían visto y oído. Por este medio lograron los padres fundar los tianguis, o sea mercados tenidos semanalmente, de que antes no tenían los indios ni remota idea, y así aquellos pueblos ganaron en todos sentidos. Los festejos, cantares, ornamentación pública, bailes típicos, juegos de cañas, entremeses, etc., que tan bien sabían organizar los jesuitas, suavizaron indudablemente las costumbres y comunicaron a aquellos hombres bárbaros el beneficio, que buena falta les hacía, de una sana alegría que reemplazase sus pasiones fijas de venganza y de tristeza.

 

Carácter de las festividades religiosas

He aquí cómo se nos describe una de estas fiestas en el Anual de 1596: “Para celebrar la pascua de Navidad, avisaron a los pueblos comarcanos que todos se presentasen en la villa de Sinaloa, y así lo hicieron con grande concurso y era espectáculo de harta devoción ver junta la gente de veintitrés pueblos y de lugares bien diferentes. Estuvieron la noche de Pascua oyendo los maitines, y a la mañana se les hizo una plática en lengua Sinaloa que es la más universal. También hubo una danza de pastores y un mitote o baile de los indios mexicanos o naturales. El segundo día se ordenó una gran procesión donde iba cada pueblo de por sí con una cruz curiosamente aderezada de rica plumería y hojas de árboles muy vistosos, y ésta acabada, hicieron los indios naturales en sus yeguas (que tienen muchas y muy ligeras) un juego de cañas y escaramuza a imitación de lo poco que de esto han visto entre los españoles, y por remate se disparó un tiro de artillería que el capitán tiene aquí en el fuerte, con que los indios quedaron muy admirados, aunque más lo quedaron otra vez en tiempo de guerra, viendo que una bala llevó de un golpe sesenta hombres. Los cantores mexicanos lo trabajaron muy bien, porque demás de oficiar toda la Pascua las misas a canto de órgano representaron un coloquio en una legua y de su propia invención, vestidos como ángeles, y entre otros villancicos y motetes que cantaron fue uno en lengua mexicana, y otro en ococori. Hubo también buena música de instrumentos con flautas, chirimías y trompetas en que los mexicanos salen de ordinario muy diestros”.

 

Civilización materia-Fundación de pueblos-recaídas y arrebatos populares

Por estos medios, poco a poco se fueron animando los indios a tener sus pueblos en forma. El P. Juan Bautista Velasco nos cuenta cómo logró persuadir a un conglomerado, por no decir rebaño, de indios errabundos. Les buscó un lugar bien acomodado y muy apacible y al poco tiempo se gloriaba de que tenía “hechas muchas casas grandes y altas en forma de pueblo con su distinción de calles”. En menos de dos años ya tenían en esta manera fundados más de veinte pueblos con veinte iglesias las cuales, dice el misionero, han ido dedicando a diferentes Santos, y no sólo ya los pueblos de las riberas de los ríos, pero también los que habitan en la sierra, que es gente más bárbara en lo que toca a la policía exterior, pero de buenos entendimientos. Era indecible el consuelo que sentían, dicen ellos, de ver tanta multitud de gente junta y los que antes eran entre sí contrarios y se perseguían y quitaban las vidas, ahora estaban entre sí hermanados y unidos como si fueran hermanos”. Es decir que el Evangelio y sólo el Evangelio lograban lo que no habían podido los conquistadores con todas sus armas.

No nos detendremos más a describir los progresos relativamente increíbles de aquellos indios en el camino de la civilización material, porque, además de ser ya bien sabido todo esto, no querríamos por parte nuestra darle más importancia de la que le daban los mismos misioneros, es decir, la de los medios respecto de los fines.

Hay quienes se empeñan en dar a conocer todo lo que puedan de la civilización material impartida por los misioneros, pero con un empeño mal sano, como si la labor espiritual que sostuvieron no fuese bastante para llamarlos bienhechores. Diríase que los tales que así alaban a los misioneros les perdonan su carácter sagrado por los servicios materiales que prestaron. Esto procede de poca fe y de poco aprecio al orden sobrenatural, y la verdad es que si los misioneros no hubiesen proporcionado más luces y progresos que los materiales, sus personas se hubiesen grandemente empequeñecido ante su propia conciencia, ante la historia y ante Dios.

Moral y materialmente obtuvieron un señalado triunfo nuestras misiones del Norte que no podemos pasar por alto y que queremos consignar muy a propósito, para enseñanza y aliento de los padres (jesuitas también) que en la actualidad siguen trabajando por aquellas regiones.

Nos referimos a la enmienda que en sus fieles consiguieron, de la embriaguez, vicio funestísimo que venía a formar en aquellos indios como una segunda detestable naturaleza. Más para ello, lo confiesan los misioneros, tenían que estar continua y suavemente castigando y sobre todo teniéndoles bien ocupados por ser el ocio una de las principales ocasiones de sus caídas.

A veces los padres tenían que ausentarse, era cuando los indios, como moliendo la represa, recaían en la embriaguez y en arrebatos de crueldad que los inducia al asesinato y al incendio de sus pueblos, con lo que daban al traste en un momento con todos los trabajos del misionero. Entonces era también cuando los malditos hechiceros se aprovechaban para hacerles acometer contra la capilla o contra la persona del misionero, como sucedió nada menos que con el fundador de aquellas misiones, padre Gonzalo de Tapia, martirizado en el pueblo de Tovoropa el 11 de julio de 1594.

 

Glorioso martirio del padre Gonzalo de Tapia

Un contemporáneo suyo, tomando los datos de los suministrados por los testigos de vista, nos ofrece de tan interesante martirio esta verídica información.

 

“Tovoropa es un pueblo de indios ya cristianos, está a una legua de la villa de San Felipe y Santiago donde están poblados los españoles de aquella provincia. Es el dicho pueblo, visita del de Ococori, donde el padre Gonzalo de Tapia residía. De allí acudía algunas veces a decir misa y enseñar a los de dicho pueblo de Tovoropa. Para poderlo hacer con más comodidad y asistir algunas veces por dos o tres días para instruirlos en las cosas de nuestra santa fe hizo hacer una casilla con dos aposentos pegada a la iglesia del pueblo. Acabada, fue el dicho padre, sábado a los 10 de julio pasado, para decir misa otro día domingo, llevando consigo a D. Pedro, cacique principal de Ococori con otro indio llamado Francisco. Estaba a la sazón en aquel pueblo un indio viejo gentil bien adverso a las cosas de nuestra santa fe, el cual, o por haber sido exhortado del padre a que dejase sus idolatrías y vicios, o porque se lo dijo el demonio, trató con otros cuatro de dicho pueblo, cristianos aunque con el nombre nomás, enemigos de oír misa y además cosas que nuestra santa fe nos enseña, y entre todos cinco concertaron la muerte para otro día domingo en la noche. Sospecha hay de que algunos más fueron en el trato, pero los que lo ejecutaron fueron los dichos.

Domingo por la mañana dijo el padre misa, habiéndose confesado generalmente de aquel año pocos días antes como profeso que era, con grandísima devoción y ánimo de promover aquella nueva cristiandad y salvar a todos. Acabada la misa el cacique de Ococori, D. Pedro, que había ido con el padre y entendido o sospechado los malos intentos de aquellos indios, le advirtió que le querían matar y persuadió se volviese a Ococori, a lo cual respondió el padre que él no le había hecho mal a ninguno, y antes los tenía por sus hijos, y que así no creía tal, que antes entendía le decía aquello porque tenía gana de volverse a Ococori, que se fuese en buena hora y que le esperasen allá el miércoles. A lo cual respondió el dicho D. Pedro poniéndole delante el peligro con que estaba y que ya él había cumplido con haberle avisado. Con esto se volvió a Ococori con su compañero y el padre se quedó con un mulatillo y otro indizuelo que le servían y andaban con él.

Estuvo todo aquel día con los indios, y llegada la noche estando dolo y bien descuidado de lo que le podía suceder, porque una hora antes se había partido un español de la villa. Después de haber cenado tortilla de maíz se anduvo paseando a la puerta de la sacristía rezando su rosario, y acabado, se entró dentro y se sentó en una silla. Los matadores al parecer le habían estado acechando y viéndole sentado entraron dos, e uno tras el otro, quedando los tres afuera junto a la casa. Llegó el primero haciendo muestras de que quería besarle la mano al padre y el que venía detrás le dio un golpe en la cabeza con una macana que traía, el cual no fue tan grande que no diese lugar al padre de poder, aunque medio aturdido, de salir por la puerta afuera dando voces, a las cuales acudieron los que habían quedado afuera de la casa y todos cinco lo acabaron, cortándole la cabeza y brazo izquierdo a cercén. Trataron también de cortarle la mano derecha, a lo que pareció después con golpe de hacha y no pudieron. Halláronle también levantado el brazo herido por la muñeca y con los dedos pulgar e índice, echa la cruz. Dejaron el tronco desnudo. Se llevaron su perro y un caballo del padre. Robaron la casa llevándose el ornamento y la pobre camilla en que el padre solía dormir, que era una frasada.

Con esto se fueron los homicidas a unos pueblos de gentiles, llevando para demostración del hecho la cabeza y el brazo izquierdo del padre. Mataron también ya que iban huyendo, a una mujer cristiana de Ococori cuyo marido se escapó y llevó la nueva al padre Bautista Velasco. Acogiéronles los gentiles, y por valientes les premiaron, dándoles tierras y viviendas entre ellos.

El mulatillo e indizuelo, viendo lo que pasaba, se huyeron a la villa a dar cuenta. No se atrevieron a salir aquella noche por estar pocos y temer no fuese algún alzamiento general de los muchos que en aquella tierra ha habido. Venida la mañana fueron a buscar el cuerpo, y le hallaron en la forma dicha. Lleváronle a la villa, dieron aviso al padre Martín Pérez que estaba a la sazón en la sierra y al padre Velasco que estaba en Ococori, y como más cercano acudió el primero. Enterró el difunto con gran sentimiento y lágrimas así de indios como de españoles porque era de todos amado y estimado por sus raras virtudes y admirable vida y singular paciencia y sufrimiento en varios trabajos y peligros que pasó en la conversión de aquella tierra, y gran prudencia en todos sus negocios, y así lloraron su pérdida con extraordinario sentimiento.

Luego que en Culiacán se supo su muerte, pusieron (las autoridades militares) gente en el campo para la venganza y fueron en demanda de los culpables. Hasta ahora no sabemos el suceso que han tenido. Los indios de Ococori han corrido de la tierra a los que defienden a los homicidas, talándoles las sementeras y muertos algunos de ellos. El señor gobernador, habiendo tenido aviso, envía socorro de gente, dando orden en Culiacán para que ahí se haga porque los ríos no dan lugar por ahora para que de acá vayan a defender a los padres que quedan en gran peligro, en el ínterin que el señor virrey envía el subsidio necesario para tener sujeta a aquella gente tan belicosa y para que los predicadores del Santo Evangelio puedan andar con más seguridad. El Señor ordene lo que más convenga para su mayor gloria. Cuando este bienaventurado padre fue a aquella provincia salió de la de Michoacán, cuya lengua que llaman tarasco sabía muy bien. Llevó consigo algunos indios, los cuales escribieron a los de su lengua y raza en la carta que sigue, traducida en su lengua a la nuestra, guardando su llaneza de estilo”.

Carta que los indios tarascos que están en Sinaloa, escribieron a todos los tarascos de la provincia de Michoacán sobre la muerte del padre Gonzalo Tapia, por relación que les dio el indio tarasco que estaba con el padre cuando lo mataron

 

Archivo General de la Nación. – Hist. 15 Muy honrados señores vecinos de Pátzcuaro, de Suirán, Naguatén, Guerán, Arantela y todos los demás pueblos de la Provincia de Michoacán donde se habla nuestra lengua. A todos hacemos saber para que vosotros lo aviséis a todos lo demás pueblos pequeños, como ya murió nuestro muy R. P. Gonzalo Tapia que habiendo venido a Sinaloa a enseñar la fe de Cristo a estas gentes, ya lo mataron y le hicieron un gran martirio, cortándole la cabeza y brazo izquierdo y con sólo el brazo derecho hecha la cruz como para persignarse, estaba echado en el suelo y estando así después de muerto con la mano derecha ensangrentada, se persignaba todo el cuerpo y hacía cruces llegando hasta el hombro izquierdo donde le habían cortado el brazo, estando aún vivo, y de esta manera estuvo, fuera de la casa a la puerta de ella hasta que le enterraron. Llámase el pueblo donde mataron a nuestro muy R. P. Gonzalo de Tapia, Tovoropa. Y él sólo murió y quedaron otros padres en Ococori. Para esto os avisamos de ser muerto, para que todos les recéis un Pater Noster, como nosotros no aparejamos para decide una misa. Y no dudéis de los que decimos, que en realidad es la verdad; murió y así os rogamos lo aviséis a todos. Escribimos esta carta todos los vecinos y todos los principales que estamos en Culiacán. Dios sea con vosotros y nuestra Santa la Virgen María y sea llevada esta carta a Pátzcuaro y a todos los demás pueblos, la cual se escribió a once de julio, domingo en la noche, cuando el padre Murió.

 

(Tornado de HISTORIA DE LA IGLESIA EN MÉXICO, por el P. Mariano Cuevas, S. J., Tomo II -Libro Segundo. – Capítulo V. – 1922).

Letras de Sinaloa, No. 34 enero de 1953.

 

Los jesuitas en Sinaloa, México

Torre jesuita de las misiones en Sinaloa y norte de México

 

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Misiones jesuitas en Nueva España
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La llegada y establecimiento de los jesuitas en el noroeste de la Nueva España

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