La Tichi González

March 15, 2015

Cuentos, leyendas, relatos y narraciones de Sinaloa

 

LA TICHI GONZÁLEZ

 

Por: Cipriano Obezo Camargo

 

Las fiestas regionales del Día de San Pedro son una tradición en Alhuey, para disfrute de los pueblos circunvecinos de cuatro municipios a la redonda. Junio, pues, en su semana final, es toda una promoción de “ires y venires”, diversiones y fiestas, en que los bailes públicos, las carreras de caballos, las jugadas clandestinas de baraja y la venta de curiosidades y comida, constituyen claramente la suma de quehaceres complementarios del desfogue principal que desemboca en el mucho bailar y mejor beber en que se desplayan todos.

Aquel año la feria se programó a partir del día de San Juan, el 24 de junio, para terminar seis días después con la correspondiente celebración del onomástico del santo patrón.

 

La tranquilidad tradicional del pueblo estaba trastocada, como todos los anos en estos días, y por calles y viviendas se veía gente fuereña, cuando no buscando hospedaje tratando de encontrar parientes y amigos o paseándose llevando “la tambora” de “gallo”, para bonanza de filarmónicos de bandas, conjuntos norteños o la simple pareja de un acordeonero y un guitarrero.

 

Al entrar la noche, las luces del “puerto” en que se celebraban los bailes se encendían, y en torno de él surgía la vida de los juegos y pasatiempos, la gula del pollo frito y los antojitos regionales, y la euforia generada por el consumo de “bebidas de moderación” o de vinos y licores en que se llevaba la palma, por barato, el vil mezcal.

 

El baile del 29 fue el último y se vio concurrido en exceso, ya que gran número de campesinos que no tenían para más, se reserva ron sus limitados recursos para asistir cuando menos al día de la celebración, tanto para que la feria no se les “pasara en blanco”, como para que San Pedro no los fuera a mirar “de ganchete” por no haber ido a adorarlo o pasarle cerca, cuando menos.

Cuando el baile estaba en su apogeo, a eso de las once de la noche, llegó del rumbo de Guamúchil o Mocorito una “guayina” cargada de muchachas elegantemente vestidas, entre las que sobresalía la belleza sin igual de La Tichi González, admirada y deseada por todos los hombres de la región que estaban en edad de “levantar el tercio”.

Como si hubiera estado acordada una recepción especial, para ellas, la banda “se arrancó” en esos momentos con una selección de moda a ritmo de “rock-and-roll”, que hizo que un grupo de muchachos conocidos de las recién llegadas se avalanzaran sobre ellas para tomarlas como compañeras y danzar al rápido compas de la melodía.

El marco de belleza, juventud y aromas de gratos perfumes que le dieron al ambiente, provocó que la mayor parte de los asistentes formaran coro en torno de ellas, llevándoles el ritmo con palmas y siguiendo atentamente los giros de su agitada actuación.

Abriéndose paso con los codos trabajosamente, el mayo Lencho logró llegar hasta los límites del círculo que se les había formado a los bailadores, porque él quería saber también de que se trataba y gozar, además, del espectáculo sin par.

Se fue fijando con ojos deslumbrados en cada una de las Terpsícores vivientes, pero no pudo evitar que la sonrisa, los ojos, el talle modelado y los graciosos movimientos de La Tichi, bebieran su atención haciéndolo desentenderse de todo lo demás. Se paraba en un pie, luego en el otro; se metía las manos en la bolsa o las cruzaba sobre el pecho, dejando escapar de vez en cuando embebecidos suspiros que se resolvían casi en sollozos emocionados.

Una y otra vez ligaron piezas los músicos, dando lugar a que las parejas se lucieran cada vez más y que los aplausos a su favor se sucedieran, tanto para satisfacción de la vanidad juvenil como para alentar a los integrantes de la “banda” que también se estaban luciendo en forma extraordinaria.

Al terminar la larga tanda que ya parecía tomar perfiles maratónicos, los “artistas” se lanzaron en busca de las sillas y mesas de servicio donde descansar un poco y tomar “algo helado” para amainar la fatiga.

Hasta allí los siguió la multitud, mientras la admiración a La Tichi seguía en aumento ante el beneplácito de ella que contestaba con sonrisas que eran todo un poema de dulzura, a todo aquel que como tributo a su delicado porte le dedicaba un cumplido piropo.

Por fin, luego de un buen rato de charla y repuestos de la sacudida que los había hecho sudar, repararon en que el hambre que sentían reclamaba alimentos, e inquirieron por una buena fonda para ir a cenar a gusto.

No faltó quien de los presentes les indicara que el menudo y el pollo frito que vendía doña Mariana, era de lo mejor que se podía saborear por aquellos rumbos, haciendo que todos se resolvieran por ir a probarlo.

El mayo Lencho que no se alejaba de la muchacha ni a sol ni a sombra, se adelantó a tomar asiento en la fonda señalada, anticipándose a ordenar su plato de menudo “con pata”.

Quiso la suerte que al llegar las beldades esperadas, se acomodaran de tal modo que La Tichi le quedara exactamente frente a él, desde donde podía admirarla “a sus anchas”, a una distancia a que casi la podía tocar con la mano.

Cuando se sirvieron las “órdenes” de todos, la mesa se convirtió en una fiesta de chistes que se intercambiaban a la sombra de la amistad, sin que ello impidiera que el mayo celebrara una que otra vez las puntadas de los contertulios.

Cuando el proceso de la cena parecía marchar con toda normalidad, para el mayo Lencho se dio lo inesperado, porque en un momento en que se había quedado con la boca abierta viendo a La Tichi, ella correspondió a su embeleso con un guiño de sus negros ojos a la vez que le dedicaba una coqueta sonrisa. Pero la emoción llegó al clímax, cuando sintió por abajo de la mesa que ella, al estirar las piernas, rosaba con desenfado las piernas suyas, en una situación que él consideró como de provocación abierta.

Con temor y todo, se resolvió a corresponder al “sobón” logrando, al fin de cuentas, aprisionar con sus tobillos, la tibia y blanca carne de una de las piernas femeninas.

Sin soltar la presa, pero sudando a chorros, siguió comiendo poseído de una gran sofocación, orgulloso de haber tenido la oportunidad de vivir aquella aventura que nunca hubiera soñado.

Al cabo de un buen rato de esta crispante situación, alguien pagó la cuenta por todos, dando lugar a la desbandada del bello y perfumado grupo.

Para desgracia del infeliz indígena, se produjo otra nueva situación tampoco sospechada, cuando se dio cuenta con asombro, que aún habiéndose levantado la muchacha que lo había estado provocando desde enfrente, él seguía sintiendo la pierna femenina entre las suyas. Tembloroso de miedo porque no acertaba a pensar lo que estaba sucediendo en sus sentidos, se asomó desesperado a ver lo que sucedía abajo de la mesa.

¡Perra chingada, “metichi”…, gritó el mayo presa del más auténtico furor y del más decepcionante desencanto, viendo como su castillo de ilusiones se venía abajo al enterarse que lo que él estuvo creyendo que era una pierna femenina aprisionada por sus piernas, no era otra cosa que el cuerpo de una perrita sin dueño que solía merodear por entre las bancas y por abajo de las mesas, en busca de huesos que roer o pedazos de tortillas de mascar, cada vez que con desenfado los campesinos comensales solían arrojar al suelo estos desperdicios.

Cuando la señora del negocio recibió la paga del consumo de Lencho, no pudo explicarse la causa de la viva indignación de que había sido presa su cliente ocasional.

Todavía, cuando el indio se levantó echando madres y pateando la tierra, alcanzó a ver como a unos cuantos metros de distancia, la “guayina” en que viajaban las muchachas se disponía a partir, mientras La Tichi, subiéndose la última, se despedía de la multitud dirigiendo besos con la mano a todo mundo.

¡Vieja “zuata”; “calentía”…!, alcanzó a murmurar a media voz, el hombre cuyo mundo de felicidad se le había venido encima inesperadamente, por causa de una perra callejera y sin nombre.

Pasados los días, Lencho no se pudo aguantar más, y en un momento de imperdonable indiscreción, de esos en que solemos caer los hombres algunas veces, le platicó a un amigo de confianza las peripecias de aquella odisea espiritual, contando con que el otro sería capaz de guardar celosamente aquel “secreto”.

El “confidente” dicho, que más que amigo resultó un buen soplón “de tomo y lomo” divulgó ante quienes quisieron oírlo, el chasco de que había resultado victima el pobre mayo, dando pábulo a que todo el pueblo lo supiera e hiciera chacota de su decepción.

Siendo que el dicho mayo era un asiduo concurrente a la casa en que se encontraba instalado “el billar” del pueblo, y un impertinente jugador de “conquián”, con frecuencia se enojaba porque le hacían trampas, burlándose con soma de su “mala suerte”.

Era cuando se ponía de este estado de ánimo, cuando empezaba a sufrir las “chifletas” de gritones anónimos que se ocultaban para gritarle impunemente: “Te mandó saludos La Tichi González… “, o bien: “i A quién quieres más, a La Tichi o a la perra . .. ?

Ante estos mordaces comentarios, el mayo “reventaba” echando madres y desafiando a todo mundo, pero sin dar nunca con nadie que quisiera enfrentarse a su coraje, porque siempre las voces denigrantes eran anónimas y el provocador nunca daba la cara. Todo era complicidad e intriga mal disimulada.

Sin embargo, cuando en la soledad de sus remembranzas consentidas aparecía La Tichi González en la pantalla del recuerdo, el mayo solía reírse solo, acariciando con el pensamiento a la fantástica visión, apretando involuntariamente las piernas, como aquella noche.

¡Cómo aquella noche de su ilusión más dulce…!

¡ Como aquella noche en que enturbió su mejor sueño una perra metiche y sin nombre…!

 

 

 

Tomado de: Presagio, Revista de Sinaloa; número 33, páginas 24-26.

 

Cuento sinaloense: La Tichi González

La Tichi González; Cuento sinaloense

 

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La Tichi Gnzález
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Relato originado en Alhuey, municipio de Angostura en Sinaloa sobre mujer nativa del pueblo

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