Párrafos de historia sinaloense

 

LA REVOLUCIÓN DE LOS PERROS

 

Por: Carlos Hubbard Rojas

 

“Se decreta el pago de veinticinco centavos mensuales por cada perro, que pagarán los propietarios en la Tesorería de la Prefectura Municipal… Es dado… en El Rosario, Sinaloa, a los días del mes de Agosto de mil ochocientos noventa y cinco… El prefecto: Ricardo Carricarte”.

Bajo los anchos y picudos sombreros de pelo y de palma, las atestadas caras de los rosarenses se contrajeron en una marcada mueca de disgusto y rabia contenida, al leer u oír leer el decreto que imponía una peseta de impuesto a cada perro. Bajo el común desagrado, anidaron fraternalmente mineros y comerciantes, tinterillos y carreteros, rancheros y propietarios y no tardaron en destacarse los líderes de la que habría de ser una revuelta en toda forma.

Así, la noche del 14 de Agosto de aquel mismo año de 1895, doce días después de fechado el dichoso decreto, se reunieron en la casa de Valentín Ponce, en la Loma de la Cruz, los hermanos Vázquez, Jigo Chiquete, Pompeyo Valdez, Florentino Ibáñez, Rómulo García y unas cien personas más entre hombres y mujeres, los cuales, bajo el grito de “VIVA LA LIBERTAD DE LOS PERROS”, acordaron dar la pelea a la autoridad municipal, no sin antes tratar de arreglar la dificultad en buenos términos.

El día 15, durante la hora del mercado en la Plaza Vieja, se dejaba sentir palpablemente la tensión entre los parroquianos, aquella mañana más numerosos que de costumbre. La gran tienda de abarrotes “Las Novedades”, de Ángel Navarrete, situada en donde fué casa de doña Catalina de Campagne, era una colmena humana que salía contínuamente para entrar enfrente, a “La Voz del Pueblo”, de Juan Retes, presuntuoso establecimiento de ropa, único competidor de “La Gran Fama”, de don Raymundo Alduenda, que a su vez estaba situada frontera a “El Nuevo Mundo”.

Desde las ampulosas tiendas, y con dirección a “La Plaza”, situada entre las calles Ocampo, Donato Guerra, Zaragoza y Zacatecas, la ola humana se movía para perderse entre los destartalados lotes del mercado, todos de mala muerte y sin ningún concierto, atestados de pescado de Chametla, cocos de Aguaverde, mangos de Los Charcos, polios y huevos de Cacalotán y panocha de Potrerillos.

Más allá, a la derecha y después de pasar los lotes, un maremágnum de compradores de abarrotes y tomadores de mezcal, en la tienda y cantina “La Occidental”, de Pedro Núñez.

Luego la continuación de tiendas abarroteras: la de Alberto Patiño, “La Montaña de Oro”, del “Chato” Casillas y haciendo esquina con la calle Donato Guerra, los Maldonado, con su expendio de pasturas, para terminar con los expendios de café.

Adelante la gran tienda de comestibles de los hermanos Jesús y Pompeyo Valdez, y, en los Portales, frente a la hoy casa de don Antonio Espinosa de los Monteros, el Montepío de don Chanito Portillo.

A las siete de la mañana, los grupos se hicieron más numerosos al reunirse en uno solo en la Plazuela Hidalgo, donde se plantaron a pie firme en espera de que el prefecto Carricarte saliera de su casa.

 

Allá arriba, cerca del curato, las grandes ventanas de la mansión de la primera autoridad del Rosario permanecían herméticas, y solamente dos mastines colosales que se paseaban adustos por la banqueta, denunciaban que la casa estaba habitada, pues de cuando en cuando husmeaban el umbral del zaguán. Mientras, los comentarios entre los descontentos se hacían más acres y arriba de trescientos pares de ojos se clavaban impacientes en la casa de Carricarte.

Por fin, se dejó ver éste y fue abordado en plena plazuela, desde donde lo acompañaron hasta la prefectura, haciéndole ver el descontento del pueblo por el pago acordado, y advirtiéndole que de no derogar el decreto de marras, el pueblo se amotinaría. Carricarte les dió a entender que eran órdenes de don Porfirio y que no podía deshacer lo hecho, tratándolos en forma despótica tanto por su carácter de militar (era coronel regular del Ejército), como por su cuna noble y distinguida.

Cuando lo dejaron en la prefectura, la mayoría del grupo se dirigió, continuando ca¬lle abajo la Benito Juárez, a la casa de Martín Sotomayor, que estuvo donde la tienda “El Atascadero”, de Manuel Lerma, y ahí los más exaltados propusieron desarmar a la policía y declararse en abierta rebelión. Así lo hicieron, quitando los rifles a los gendarmes que encontraban, pero sin disparar un solo tiro. Después, tomaron rumbo a la loma conocida por “El Tambo Colorado”, en donde se hicieron fuertes todo el día, en número de doscientos.

A las cuatro de la tarde, Carricarte logró reunir sus fuerzas y tomando por la Melchor Ocampo se situó con ellas en la Loma de la Cruz, precisamente donde se encuentra la Capilla del mismo nombre. De ahí mandó a Rafael Lizárraga para que parlamentara con Valentín Ponce, el cual bajó de su fortificación en “El Tambo Colorado” y se apalabró con el emisario del prefecto. Este les hizo saber que dicha autoridad les ofrecía el indulto a cambio de que depusieran su actitud de rebeldía y reconocieran el de¬creto de “los perros”, pero Valentín se obstinó y exigió que al pueblo se le diera libertad para tener los perros que le viniera en gana sin ningún pago. En esta discusión, sonó una descarga del campo rebelde y Epifanio Guzmán (padre), oficial en las fuerzas de Carricarte, cayó herido por una de las balas, mientras las demás tropas del prefecto echaban a correr calle abajo. Por su parte, los cabecillas Valentín y los hermanos Vázquez tomaron rumbo al rancho del Joachin junto con su enardecido contingente.

Para esas fechas la asonada había tornado proporciones de revolución. Algunas personas que habían venido pagando el impuesto perruno, suspendieron sus pagos y la opinión general estaba de parte de los amotinados, negándose todo mundo a hacer efectivo ni un centavo por dicho concepto.

Carricarte echaba chispas y clamaba por fuerzas federales, que por fin obtuvo del gobernador Cañedo, con las que, en número infinitamente superior y bien equipadas, aplastaron materialmente al grupo rebelde, que sólo contaba con los escasos rifles que había quitado a la policía.

En la refriega murieron los hermanos Vázquez y muchos más pudieron escapar, entre ellos Valentín, quien se dirigió a Culiacán, en donde expuso al gobernador Cañedo todo el caso. Este captó lo delicado de la situación y sin muchos trámites indultó al rebel¬de ordenando que quedara sin efecto el famoso decreto.

Así terminó esta página de la historia rosarense y, aunque sin plena comprobación, se supo que la idea del decreto la tuvo Carricarte obligado por la necesidad de atender una recomendación de don Porfirio con el fin de ayudar a cierto sujeto, para el cual iban a ser los dineros que se recaudaron por el “impuesto sobre perros”.

 

Tomado de: Presagio, Revista de Sinaloa; número 12, páginas 38-39.

 

La revolución de los perros

La revolución de los perros en El Rosario, Sinaloa

 

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La Revolución de los Perros
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Narraciones sobre pasajes históricos del Estado de Sinaloa, México. La Revolución de los Perros

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