Tradiciones y costumbres de Sinaloa

 

Los mayos de Sinaloa, una pascola diferente a la que danzan los yaquis

 

 

Por Amalia Millán

 

 

En los límites del estado de Sinaloa que colindan con el estado de Sonora, habita la tribu Mayo. Se ha creído comúnmente que los yaquis y los mayos pertenecen a la misma tribu y que poseen, por lo tanto, iguales características somáticas, las mismas formas de vida e idénticas expresiones artísticas. En reciente viaje a la tierra de los mayos, tuve la oportunidad de comprobar que esta opinión es completamente equivocada. El mayo es un ser menos dinámico que el yaqui debido seguramente, a que su naturaleza raquítica es menos capaz y resistente para soportar las inclemencias del tiempo y para la lucha por la vida. Como un testimonio de antiguo cruce con raza blanca, la mayoría de ellos poseen ojos azules, expresivos y soñadores, que contrastan con el bronce de su piel. En letargo y sin gran emoción, indolentemente, contempla la tribu, la impetuosa corriente del río Fuerte, a cuyas márgenes, sin ánimos de lucha se estaciona confortándose con realizar pequeños cultivos que escasamente alcanzan para subsistir. La tribu se siente despojada, maltratada y con resignación fatalista, acepta la vida sin protestas ni rebeldías, contrariamente a como los yaquis han siempre reaccionado a lo que ellos llaman la invasión de los yoris.

Esta callada mansedumbre la sentí en el ambiente apacible y triste que observé al visitar la región. La paz patriarcal que se respira en la vida de la tribu, la que se desliza sin prisas ni preocupaciones, se deja sentir en las expresiones artísticas. La música y la danza tienen un carácter original que la distingue de la de los yaquis. No obstante que la pascola la bailan las dos tribus, la danza de los mayos está caracterizada por motivos diferentes.

Las dos tribus han vivido mezcladas desde hace siglos, siendo los mayos los que fácilmente se han asimilado a los yaquis. En la región del Yaqui pueden contarse por miles los mayos que, al lado de ellos y bajo su nombre, vegetan imitándolos y adaptándose a la brava psicología del yaqui. Por eso las dos tribus hablan el yaqui y el mayo, dialectos derivados del cahita, que también conocen.

Los mayos que han quedado en Sinaloa, no obstante su docilidad para adaptar nuevas formas de vida, sus propias tradiciones, sostenidas quizá, por su poco interés para nuevas invenciones.

En una fiesta de carácter religioso a que asistí en Mochicagüe, tuve oportunidad de ver bailar el pascola, danza que pocos días antes vi danzar a los yaquis. Comparar estas danzas fue para mí muy interesante, porque cada una me presentó el carácter diferente de los yaquis, esta danza asume un carácter guerrero y vivaz, en la cual los atacantes, persiguiendo a sus víctimas, las matan haciendo gala de valor y dinamismo. La pascola que vi de los mayos tenía un tinte festivo, alegre y conciliador que reflejaba la dulzura y mansedumbre de estos seres.

Se celebraba al Santo Patrón del pueblo, y desde temprana hora empezó a reunirse la tribu en el atrio de la iglesia. Rodeados de numeroso público comenzaron los danzantes a colocarse en los lugares previamente designados. Bajo la enramada de Tabay o zacate, los músicos empezaron a afinar los instrumentos que eran: la jícara de agua o sea una cazuela grande llena de agua y sobre ella un guaje o bule de calabaza, el cual producía un sonido misterioso al ser golpeado con un macillo de bola de trapo. El raspador, que es una pieza de madera de un metro de largo por cinco centímetros de ancho, estriado, y por cuyas ranuras era rápidamente pasado un palito que al frotar producía un ruido singular. El arco que era un carrizo largo que tenía atada una cuerda en uno de sus extremos, sostenido por el puente y teniendo al otro extremo una clavija que estiraba la cuerda afinándola. Al rascar la cuerda con los dedos se producía el sonido de una sola nota. La flauta de carrizo, tenía cuatro agujeros, que producían cuatro diversas notas, con las cuales, el músico parecía que se esmeraba en bien impresionar al auditorio. Los personajes de la danza eran: El Cacique, un anciano de gran representación que usaba máscara de viejo traje de gala de los mayos, que es: pantalón blanco y blusa roja. A la derecha de éste se colocó Ilichi, o sea la joven más bella de la tribu, hija del cacique, codiciada prenda cuya adquisición fue el motivo de la danza, en que los rivales trataron de conquistarla.

Esta Ilichi, era un indio vestido de mujer. A la puerta de la enramada estaban los perros, indios que usaban máscaras de perros y prendida al calzón una cola de dicho animal. Estos en cuatro patas, vigilaban la entrada y atentos a cualquier ruido olfateaban y veían a todos lados. El Venado, a un lado el Cacique, llevaba por traje un calzón corto, el pecho desnudo adornado con collares de flores rojas llamadas de San Juan, en las piernas enrollados cascabeles hechos de capullos de mariposas, sobre la cabeza una cornamenta de venado y en las manos los tecomates llenos de piedrecitas que producían un sonido parecido al de las maracas.

 

La flauta empezó a dar la llamada para que la danza comenzara y todos los instrumentos siguieron acompañándola en diferentes ritmos alternados. Se inició la música con la melodía El Venado, con la cual empezó este animal a moverse imitando los saltos del venado. Los músicos, cambiando de melodía, tocaron después la Víbora y la Paloma en las cuales, el Cacique empezó a danzar imitando también a estos animales. Girando sobre un pie y trazando un círculo en el suelo, con la punta del dedo gordo imitaba el caminar de la víbora, y al agitar con las manos los cascabeles trataba de reproducir también el sonido del cascabel de una víbora enfurecida. Mientras este danzaba, los perros que cuidaban la puerta empezaron a ladrar y a dar señales de descontento. La orquesta simuló un aullido y fue interrumpida la danza por la repentina llegada de los Coyotes. Estos eran indios disfrazados de coyotes que llevaban sujeta al cuello una piel de dicho animal y usando también máscaras de coyotes. Empezaron los coyotes a aullar y los perros ladrar. Luego se impuso la voz del Cacique dando órdenes para proteger a su hija llichi, la que perseguida por los coyotes, no encontraba lugar para ocultarse. En aquellos momentos de confusión y desorden apareció un indio vestido de tigre, quien iba también en busca de llichi y que trataba de quitársela a los otros. Al ver que los coyotes la perseguían tenazmente, llamo al jefe de estos animales y, fuera de la enramada, les propuso que se unieran a él para robar a llichi, matando a los perros, al venado y al Cacique. Mientras tanto, los perros, haciendo que nada sabían, olfateaban y buscaban al enemigo en lugares distantes a ellos.

Aceptando el convenio propuesto por el tigre, los músicos tocaron una melodía vibrante y alegre, especie de diana, la que unida a los aullidos del coyote, tigre y perros, llantos de llichi y palabras del Cacique. Dio a la danza una gran animación. El tigre saltando subió al techo de la enramada, y al pasar por debajo el venado, se descolgó cayendo encima de él, acto con el que dio a entender que había logrado el amor a llichi. Después, el Cacique se dio por satisfecho entregando su hija al Tigre. Al cesar el pleito entre perros y coyotes, todos se entregaron a la danza cogidos de la mano haciendo circulo al tigre y a llichi.

Con el goce de la contemplación de esta Pascola Ballet, habíamos colmado nuestros deseos y regresamos a Los Mochis, rico ingenio azucarero, el cual tomamos como punto de partida de nuestro viaje a través de toda la región de la tribu mayo. Ante nuestros ojos desfilaron gran número de pueblos, entre otros: Barotel, Baconcita, Tehueco, Toro, Sibirijoa, etcétera, algunos abandonados, según me informaron, por razones de índole supersticiosa, pues existe la creencia entre los mayos de que al morir una persona, deben los habitantes del pueblo, emigrar a otro lugar, en el que construyen nuevas chozas y debiendo quemar o dejar en completo abandono aquellas en la que seguramente merodea el espíritu del que desapareció y cuya influencia es muy temida.

A nuestro paso por aquellos pueblos tradicionales, los indios saliendo de sus chozas nos miraban con esa típica expresión, mezcla de estupor e indiferencia; con esa mirada milenaria que seguramente sorprendió a los conquistadores cuando atraídos por halagüeñas noticias de la existencia de riquezas fabulosas atravesaron la región buscando las legendarias tierras de Cíbola y Quivira. Como antaño, el mayo, en su actitud estática, apoyada en hondo panteísmo, parece preguntar: ¿a que tanto afán? Recordando quizá la inutilidad de aquel antiguo trotar de gentes alucinadas que sonaban con encontrar palacios de oro y piedras preciosas y cuyos descubrimiento de siete pueblos pobres que no tenían ni un solo lingote de oro, costó la vida de Cicuye, el indio guía. Y la humildad y la generosidad del mayo, todavía ve pasar a su vera, la codicia y la ambición de buscar la misteriosa y fantástica Quivira que improvisara Francisco Vázquez de Coronado.

 

 

Tomado del libro; El Tambor Sagrado y otros textos, Millán, Amalia, Gobierno del Estado de Sinaloa, Archivo Histórico General, Once Ríos Editores, Culiacán, Sinaloa, 2004.

 

 

 

Sinaloa, tradiciones y costumbres

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