Documentos de la historia de Sinaloa, México

 

BREVES APUNTES SOBRE LA HISTORIA DE SINALOA

 

 

Por: Reinaldo Gonzalez, hijo

 

Aun cuando se ignora el origen exacto de los primeros pobladores de Sinaloa, antes del descubrimiento de América, se cree que éstos, como los demás que poblaron las otras regiones, procedieron del Asia, que pasaron por el estrecho de Behring o que llegaron por las dilatadas extensiones del océano o por los grupos de las islas polinesias. Algún historiador hace suponer que esos primeros habitantes procedieron del Japón y los cuales llegaron en navegaciones “involuntarias”, aunque, como se dice al principio, ninguna prueba hay de eso.

Los más antiguos habitantes del lugar de que se tiene noticia fueron los sinaloas, los mayos, los yaquis, zuaques y tarahumaras, quienes hablaban el idioma cahita, que tiene tres dialectos, el yaqui y el mayo, que lo hablaban y lo hablan los naturales de ambas márgenes de los ríos que tienen igual nombre, y el tehueco, que lo usan los moradores de los ríos El Fuerte, Sinaloa y Mocorito. En otros lugares cercanos los indígenas hablaban otros idiomas o dialectos, todos tan parecidos entre sí que, con pequeñas variantes, todos se entendían.

Eran indómitos y guerreros, y usaban como armas más conocidas la flecha y el arco y también la macana de palo; para su defensa personal, adargas generalmente de piel de caimán. Cuando emprendían alguna campaña se pintaban la cara y otras partes del cuerpo y se adornaban la cabeza con plumas de pájaro de brillantes colores.

“Entre ellos se respetaba mucho la virginidad en la mujer, y en algunos pueblos se colgaban éstas una concha de nácar como distintivo de su estado. Andaban libremente por los montes y aun se trasladaban de uno a otro pueblo, sin temor de ser ultrajadas. Cuando se casaban no lo hacían sin consentimiento de sus padres, y en presencia de éstos y de otros parientes, el novio les quitaba la concha que traían colgada… Sólo los caciques acostumbraban o podían tener varias mujeres, y las repudiaban cuando se les ocurría, sin miramientos ni formalidades de ningún género”.

Estaban divididos en castas y había nobles entre ellos, y era del seno de éstos que salían los ancianos consejeros y los capitanes de guerra, quienes eran los encargados de deliberar sobre los asuntos más importantes y especialmente de los que concernían a la guerra.

No tenían ejército regular ni policía, y para hacerse obedecer sólo tenía en su favor la costumbre tradicional de la obediencia a la familia real. Y tampoco tenían leyes escritas. Tampoco conocían la propiedad rústica individual, cultivándose la tierra en común o, bien, hacían ese trabajo los prisioneros de guerra.

Vivían en chozas rudimentarias alejadas unas de otras y a veces en poblaciones relativamente populosas, y las puertas de las casas nunca se cerraban, pues se desconocía allí el robo y la desconfianza. Nunca había entre ellos pleitos por interés o por motivos pasionales. Y cuan-do tenían algo que exponer, todos, aun los plebeyos, lo hacían sin temor ante los principales.

Tampoco tenían comercio ni industria determinada, pues todo lo que necesitaban lo producían las familias dentro del jacal. La moneda no la conocían, y las transacciones que se efectuaban eran siempre a base del trueque.

No tenían una religión determinada, encontrándose que sus creencias se inclinaban al panteísmo, porque rendían culto al árbol. También adoraban a los dioses del agua, de la tierra, del fuego y del aire. A los antepasados también, y a las flechas que les servían para la guerra. Y al sol,. como todos los seres primitivos, o de mentalidad primitiva, como se ven aún hoy tantos no sólo en los campos sino en las ciudades populosas y en los países más civilizados; creían en los hechiceros y les tenían un temor supersticioso.

No tenían religión, hemos afirmado, pero eso no quiere decir que no tuviera lugar allí uno de los hechos más trascendentales de la religión de los antiguos pobladores de todas estas regiones: el aparecimiento de Huitzilopochtli, devorador de hombres, sanguinario y cruel, la más importante de las deidades en la teogonía azteca.

La leyenda y la historia dicen que los aztecas, últimos pobladores de Anáhuac, partiendo de un país llamado Aztlán, se dirigieron al Sur para venir a fundar por último la Gran Tenochtitlán, en donde estaban cuando llegaron los conquistadores españoles. Pero antes atravesaron el territorio de lo que es hoy Sinaloa, y se detuvieron tres años en Hueycolhuacán, en la actualidad Culiacán. Ese hecho, según algunos historiadores, sucedió a mediados del siglo VII de nuestra era, aunque otros dicen que en el siglo XII y esto, y lo que se refiere al aparecimiento del dios, lo tomamos del interesante libro “Lecturas Sinaloenses”, del joven escritor Alejandro Hernández Tyler.

“Hueycolhuacán es notable en los anales de la historia de los aztecas -dice el libro citado- porque, según sus tradiciones religiosas, en esta población se les apareció su dios Huitzilopochtli, diciéndoles que él era el que los había sacado de Aztlán, que sería su dios para protegerlos y llenarlos de beneficios y que él los llevaría felizmente a su destino. Los aztecas adoraron a su nuevo dios, y desde entonces data el culto fanático y feroz que le tributaron a Huitzilopochtli.

“Este memorable suceso que, como se ve, significa la institución del culto al sanguinario dios, le da positiva importancia histórica a Hueycolhuacán. Y el hecho de que los aztecas estuvieron en este punto tres años ha originado la creencia de que la expresada ciudad alcanzó esplendor relativo, pero lo cierto es que en estos lugares no hay vestigios de monumentos que viniesen a comprobar tal opinión. De manera que a Hueycolhuacán no debe atribuírsele, a este respecto, más grandeza que la que le resulta de haber sido la cuna de la adoración a Huitzilopochtli. En tal virtud, Hueycolhuacán debe ser tan sólo la Ciudad Santa de los aztecas”.

Hasta aquí lo que se refiere a la historia de los primeros pobladores del territorio. Con esas costumbres, con esas creencias y esos hábitos los encontraron los descubridores y conquistadores extraños y eso marca el final de toda una época. Que la que sigue después es la época heroica, la de las grandes luchas y las formidables epopeyas, cuando por ley natural se funden en una sola dos razas potentes, la de los españoles y la de los antiguos mexicanos.

Según el ilustre historiador sinaloense don Eustaquio Buelna, Sinaloa recibió su nombre de los indios sinaloas que habitaban en las márgenes del río El Fuerte y según la etimología, viene de sina, cierta especie de pitahaya y lóbola, cosa redonda. Con ese nombre era conocida la región cuando se inicia la campana de los blancos.

Acababa de terminarse la conquista y toma de posesión del gran imperio azteca y los españoles tenían sed de más aventuras y más proezas, no tanto para ofrecer más territorios a la corona, sino por los resultados en metálico y otros gajes que les producía cada conquista que hacían, cada descubrimiento que llevaban a cabo. Eran éstas las tierras fabulosas de que ya antes tuvieron noticias y había que apoderarse de ellas por cualquier medio.

Y el medio empleado siempre eran las expediciones guerreras, cuando no el pacífico evangelizar de los religiosos. A Sinaloa, sin embargo, llegaron con las armas en la mano e imponiéndose como verdaderos combatientes que eran. Aunque llevaban también a los dulces misioneros, y éstos fueron los verdaderos conquistadores, según dice Raúl Cervantes Ahumada.

La primera expedición que se hizo por tierra, después de las varias que se efectuaron por mar y que fracasaron del todo, fue la que personalmente dirigió y mandó Beltrán Nuño de Guzmán, presidente de la Real Audiencia de México y terrible y sanguinario en sus procedimientos. Nuño de Guzmán salió de la ciudad de México el 21 de diciembre de 1529 al frente de 400 españoles y Portugueses y 8,000 indios tlaxcaltecas, con el fin de descubrir y conquistar tierras al occidente de la Nueva España.

Después de la dominación de la Nueva Galicia, hoy estado de Jalisco, determinó internarse más al norte, para lo cual organizó una poderosa columna que, después de conquistar Tepic y descansar en Acaponeta, se internó en lo que hoy es estado de Sinaloa. El primer punto que tocó fue Chametla, en la desembocadura del río Baluarte, a principios de 1531;.de ahí salió para la provincia de Culiacán, pasando por Piaxtla y el pueblo de Baila. En todo el trayecto se libraban combates y escaramuzas que terminaban con la derrota de los naturales que sin cesar los hostilizaban.

Indómitos como eran los indígenas y precedido por la fama nada bondadosa con que llegaba Nuño de Guzmán, los indígenas sinaloenses presentáronse a éste, en el llano de las Vacas, cercano al pueblo de Chametla, en actitud hostil y en línea de batalla, habiendo principiado desde luego el combate, del cual salieron derrotados los naturales.

Rendidos incondicionalmente los indígenas, al día siguiente de ese descalabro quisieron hacerle en Chametla un gran recibimiento, para lo cual se adornaron con plumas de garzas y de papagayos y diversas armas. En esa ceremonia y “después de muchas ceremonias, salió el ca-cique, a quien formaban valla sus súbditos, y llevaban un coselete de cuerpo de caimán y una rodela de plumas de diversos colores, y todo él muy galán, con muchas plumas muy vistosas y un tigrillo de seis meses, muy manso, con guarecido de plumas y una diadema por encima de la frente, el cabello muy trenzado y afeitado el rostro con embije y alcoholado con mucha bizarría”.

Después de la toma de Chametla, Nuño de Guzmán y los suyos se dirigieron a la provincia de Culiacán, pasando por Piaxtla y el pueblo de Baila, y en todo ese trayecto no dejaron los indígenas de oponerse al avance, saliendo derrotados siempre. Cuando el terrible conquistador se dirigía a Culiacán tomó prisioneros a algunos indios, a quienes poco después libertó para que comunicasen a sus compañeros que debían presentarse a él, y poco después comenzaron, efectivamente, a llegar los principales del lugar, temblando de pánico y recostados en hamacas que llevaban en hombros los siervos, Don Nuño pidióles informes de todas las provincias cercanas que dependían de Culiacán y procedió a nombrar las autoridades de esta villa, que fue poco después centro importante de todas las actividades militares, religiosas y civiles de la región. El primer alcalde de Culiacán lo fue Diego Fernández de Proaño, pero desempeñó tan mal sus funciones y tan despótico se mostró, que, después de un levantamiento general de los indígenas, tuvo que dejar el mando a Cristóbal de Tapia.

De los primeros españoles que llegaron a Sinaloa con don Nuño, conserva la historia los nombres de Cristóbal de Barrios, caballero de la Orden de Santiago y Veinticuatro de Sevilla, Pedro Alméndez Chirinos, factor de México, José de Angulo, Diego Hernández Proaño, Miguel de Ibarra, Francisco Flores, Juan del Camino, Diego Vázquez de Buendía, Juan Fernando de Ijar, Juan Villalba, Cristóbal de Tapia, Cristóbal y Juan de Oñate, y los religiosos fray Bartolomé de Estrada, fray Alonso Gutiérrez y fray Juan de Padilla o Bahío.

“La indumentaria de los indios de Culiacán -afirma don Genaro Estrada en un interesante artículo periodístico- era muy rudimentaria, especialmente la de los hombres, pues algunos andaban “semidesnudos”, se cobijaban con sus mantas, no tapaban sus vergüenzas, gente bárbara sin ninguna policía”. Las mujeres eran muy interesadas, dotadas de singular belleza, contrastaban con el impudor y abominables costumbres de los hombres, vestían unas camisas largas que les bajaban hasta los pies, llevaban debajo unas pampanillas y usaban zarcillos de plata -que el oro no lo conocían, collares de turquesa y pulseras de lo mismo. Los señores principales usaban también arillos de turquesas en las piernas y en los brazos.- las casas que los conquistadores encontraron en Culiacán estaban bien formadas con paja y barro y otras solamente con palos forrados de petates. Esto explica la falta de restos arqueológicos en aquel lugar Culiacán fue fundado en el mismo lugar que actualmente ocupa y no en Culiacancito-, pues además de que en Sinaloa son escasas las piedras de construcción, el clima de aquellos lugares obligada a los indios a construir las habitaciones con materiales ligeros que les proporcionaran comodidad para sobrellevar el rigor de la calurosa temperatura.”

Centro militar, como fue después Culiacán, se organizaron allí algunas expediciones militares tendientes a conquistar nuevos territorios situados más al norte. Los españoles tenían sed de conquistas y de aventuras y ambiciones de agregar a la Corona de España un florón más. Y lo conseguían anexando las hermosas y ricas tierras mexicanas al ilimitado Imperio español.

Y gobernando esas tierras y sacando de las mismas todo el producto que podían, se encontraban los españoles a principios del pasado siglo cuando en el pueblo de Dolores, de la Intendencia de Guanajuato, él cura Hidalgo da el célebre Grito de Independencia en la histórica noche del 15 de septiembre de 1810. El pueblo mexicano ardía en ansias de libertad, pues había llegado la hora en que se consideraba apto para gobernarse por sí mismo, y el movimiento cundió como reguero de pólvora de aquel lejano pueblo a los más apartados rincones de la Nueva España. Y también a Sinaloa, como no podía ser de otra manera, que entonces formaba parte, como ya dijimos anteriormente, de la Nueva Galicia.

En la Nueva Galicia secundaron el movimiento libertador José Antonio Torres, Miguel Gómez Portugal, Huidobro Godínez y Alatorre, quienes al mes de iniciado el movimiento habían hecho ya millares de adeptos y puesto en grave peligro a la misma Guadalajara, ciudad importantísima en el virreinato. A don José María González Hermosillo se le comisionó para que hiciera la campana del Norte y habiendo marchado éste al territorio de Sinaloa, encontró allí gran entusiasmo por la causa de la libertad.

Entre los muchos adeptos que respondieron a la llamada del cura Hidalgo, en Sinaloa, hay que mencionar a los señores José de Jesús Hidalgo y Costilla y su hermano Nicolás, parientes del Padre de la Independencia, y todos ellos mineros del Real del Pánuco. Ellos, y otros jefes hicieron posible poco después que toda aquella región quedase libre en poco tiempo de la dominación española.

Consumada la Independencia, Sinaloa y Sonora constituyeron una provincia, y por decreto de 19 de julio de 1823 quedaron separados, designándose a Culiacán, capital de Sinaloa, pero poco después, en 1824, volviéronse a unir, y no fue sino hasta el 13 de octubre de 1830 que se separo de nuevo a los dos estados de manera definitiva, y al año siguiente se instalaba la primera Legislatura de Sinaloa, con don Agustín Martínez de Castro como gobernador.

Es en ese largo período de tiempo, de la Independencia a los albores de la revolución maderista, que el estado de Sinaloa, ya en pleno desarrollo de sus actividades y esfuerzos, con hijos patriotas que luchan por su engrandecimiento, que vive las horas más interesantes de su historia, primero durante los días nefastos de la invasión americana, durante la cual pónese de manifiesto el patriotismo y el alma heroica del pueblo sinaloense, y después durante la invasión de los aventureros franceses, pasando por las luchas intestinas de México, el entronizamiento de las sangrientas dictaduras y el desplome de éstas, hasta la época larga de Porfirio Díaz, el último tirano.

“En la época independiente -son palabras del licenciado Raúl Cervantes Ahumada pronunciadas en la Feria del Libro de esta capital-, Sinaloa da su contingente de sangre, de riqueza y espíritu, y defiende su suelo “suelo de la patria” en las luchas de la intervención. Los invasores nunca lograron dominar en Sinaloa, Ignacio Ramírez (El Nigromante), fugitivo, busca refugio en el solar sinaloense, y debe a Sinaloa algunas de sus páginas mejores. Cuando el Congreso Constituyente organiza el país en la Constitución del 1857, en ese Congreso se levantó la cálida voz de Sinaloa que por labios de su diputado, el “Nigromante”, pugnó por reivindicaciones sociales que cristalizaron después en la Constitución de 1917.

“En la lucha por hacer de México tierra de democracia y libertad, Sinaloa, en la voz y en la acción, es siempre iniciadora. Pequeños detalles históricos nos indicarán su actitud: es el primer estado que promulga una ley, estableciendo que los jefes políticos y militares dejaran de tener el tratamiento de “excelencias”, para usar el simple y honroso de ciudadanos. En las leyes de Reforma, Sinaloa es el primer estado que suprime la “mano muerta”, es también el primer estado que reparte ejidos, desde 1932, es uno de los primeros que, en su ilustre Colegio Civil Rosales, hace liberal la enseñanza universitaria, y es el único estado que ha incorporado en su Constitución Política esta curiosa disposición, hoy abolida en parte: “Para ser gobernador del estado se requiere: 1. – No pertenecer a la clase eclesiástica o militar”.

Ya entonces, durante la dominación del dictador don Porfirio, aparecía en el horizonte de la patria la figura egregia de don Francisco I. Madero, quien preparaba al país entero, con sus discursos, con sus escritos y con su simpatía personal, para el levantamiento general que poco después se iniciaba y que traería como consecuencia el restablecimiento de la democracia.

El pueblo de Sinaloa, como el resto del país, había sufrido en carne viva las tropelías del dictador y sus secuaces, y era natural que cuando se encendiera la chispa de la Revolución, cundiera allá la llama. El pueblo humilde sinaloense había sido vejado y explotado y necesitaba revancha.

Uno de los precursores del movimiento en el estado y que gozó de una aureola popular resplandeciente, fue Heraclio Bernal, a quien se le llamaba, por sus proezas novelescas, “El Rayo de Sinaloa”. Bandido le llamaban las gentes de “orden” del gobierno porfirista, pero bandido generoso y romántico, que luchaba denodadamente por el restablecimiento de la libertad mancillada que arrastraba tras sí las voluntades de los hombres del campo y que llevaba en alto la bandera de la redención social. Bandido romántico, que luchó como pocos por el triunfo de la Revolución.

Cuando murió, sin que nadie haya podido cobrar la fuerte suma que la dictadura ofrecía por su cabeza, pues que abandonó la vida por enfermedad natural, los periódicos de la ciudad de México, hasta donde había llegado su fama, escribieron las siguientes palabras que lo retratan de cuerpo entero:

“Bernal era de una soberbia figura, alto, de ojos azules y rubio pelo ensortijado, fuerte, intrépido, sagaz y elegante. Daba saraos y banquetes en las fragosidades de la sierra, en que no se echaba de menos que concurrían los vecinos más aristócratas de las crestas y valles de las montañas”.

“El olor resinoso del pino servía de perfume a tan fantásticos festines y las frentes del héroe y sus secuaces se veían coronadas por las guirnaldas que les tejía la hermosura. Edmundo Dantés, en sus quiméricos ensueños, jamás llegó a imaginar nada comparable a los regios y honestos entretenimientos en que distraía sus ocios el rey de los bandidos: Heraclio Bernal…” (Trascripción tomada del libro “Lecturas Sinaloenses”, del escritor Hernández Tyler.)

Durante todo el período sangriento de la lucha que aún hoy no termina -porque la Revolución es el progreso fecundo, tal como se manifiesta hoy en nuestro país surgieron numerosos héroes de la masa anónima del pueblo sinaloense y de las más altas capas sociales, entre los cuales hay que destacar en primera línea a Gabriel Leyva, José Ferrel, la señora Guadalupe Rojo, Isauro Tirado, Ángel Flores, Juan Carrasco, José Azueta, Ramón Bustamante, y tantos otros cuyas vidas quedaron marcadas para siempre en los anales de la Revolución.

 

Porque aún hoy, en las noches de luna, cuando los viejos y los muchachos siéntanse a la puerta de sus casas, los unos para rememorar los tiempos idos, los otros para escuchar las proezas que cuentan aquellos, surgen de los labios de los primeros nombres de los héroes y a veces, al son de la guitarra tañedora, los romances y corridos que se escribieron entonces narrando sus acciones de guerra, romances que al punto de nacidos eran ya conocidos en todo el país. Los soldados de Sinaloa, al desparramarse por todo el ámbito de la nación cantaban esos romances popularizándolos al grado extremo, como la famosa “Adelita”, o como el corrido de Bernal que inmortaliza las proezas del bandido romántico y aventurero.

Documento mecanografiado del Fondo Carlos Manuel Aguirre.

 

 

Tomado del libro: Antología Histórica Sinaloense, Bonilla Zazueta, Marta Lilia (compiladora), Gobierno del Estado de Sinaloa, AHGES, 2008.

 

Huitzilopochtli

Huitzilopochtli, deidad nacida en Culiacán, Sinaloa, México

 

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Breves apuntes de la historia de Sinaloa
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Notas de la historia sinaloense desde los orígenes

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