Documentos de la historia de Sinaloa, México

 

 

POSTAS DE HISTORIA SINALOENSE: LA GUERRA DE LOS PASTELES

 

Por: Manuel Estrada Rousseau

 

Nuestro estado de guerra con Francia, en mil ochocientos treinta y ocho, sorprendió a las costas mexicanas del Pacífico -cosa nada rara en aquellos tiempos- absolutamente desprevenidos.

Por lo que a Sinaloa respecta, la situación no era de lo mejor parangonada con la que prevalecía en las otras entidades del litoral, y su población, especialmente la de los puertos, se hallaba en trances de pesadilla.

Mazatlán era conmovido receptor que captaba en alerta perenne las caldeadas vibraciones del alma nacional, y, al mismo tiempo, escenarios de febricitante batalla de nervios, a consecuencia de los “borregos” que malintencionados y derrotistas hacían circular día con día sobre la proximidad de poderosas escuadras francesas con nutridos contingentes de desembarco.

De sol a sol los vigías se turnaban solícitos explorando incansables el horizonte; y el pueblo, como siempre generoso y valiente, esperaba dispuesto al sacrificio el arribo del invasor. Azás preparado estaba el ambiente para que al más ligero asomo de la temida realidad se alcanzaran los más altos planos de locura patriótica; y tal cosa estuvo a punto de suceder cuando se hizo pública la siguiente disposición girada por el gobierno del centro a la superior autoridad militar del Departamento:

“Habiendo noticias de que algunos buques franceses navegan con dirección a nuestras costas del mar del Sur, y estando YA CASI concluida la revolución en Sonora, procure usted reforzar el puerto de Mazatlán, a donde probablemente se dirijan los bloqueadores franceses y puedan tal vez invadirlo, en circunstancias en que debe haber en aquel punto intereses de consideración, por los buques mercantes que han ingresado allí y los que se esperan”.

“Para salvar los intereses de la hacienda nacional, disponga se internen al Rosario con seguridad posible, en el caso de un próximo peligro”.

 

Poner a salvo los caudales pertenecientes al erario era en tan apurados momentos la preocupación capital del gobierno del centro, y como en la ciudad, desde las más conspicuas personalidades hasta los vecinos más humildes, no consideraban próximo, sino inminente el peligro de la invasión, los burócratas hacendistas apresuraron su traslado al Rosario, llevando consigo no únicamente los fondos, sino también los escritos y las sillas de sus despachos, haciendo que aumentara con ese motivo la inquietud general.

 

La guarnición de Mazatlán, según angustiosa llamada de auxilio de los funcionarios respectivos dirigida a la Secretaría de Guerra y Marina, no contaba -palabras textuales del jefe de las armas-, “con más fuerza que la miserable de cuarenta hombres”; lo de reforzarla con tropas sinaloenses de las que habían marchado a cooperar en la pacificación de Sonora era simple y descarnada ilusión porque la revuelta en aquel Departamento sólo estaba casi terminada; no había disponible un fusil para obsequiar la petición de numerosos ciudadanos dispuestos a batirse. ¿Cómo iba a ser defendida la plaza?

Y cuando la tensión nerviosa de los mazatlecos había llegado al paroxismo, les cayó como bomba explosiva, desde el Rosario, la noticia que todo el mundo consideró veraz y definitiva: el Juez de Letras de Acaponeta acababa de avisar al jefe de Hacienda en Sinaloa que, de origen fidedigno, sabía que en Teacapán “se habían avistado velas francesas”.

 

Veamos la comunicación (copia de la enviada al Ministro de Hacienda), que el amo de los dineros federales en el Departamento remitió con un “propio” al Alcal¬de porteño: “Se sabe que por estas costas, de Teacapán al puerto de Mazatlán, se han avistado velas francesas, según parte que dio el Juzgado de Acaponeta. Si alguna novedad ocurre, daré aviso”.

El Juez de Letras de Acaponeta no se atrevió a decir cuántas eran las velas avistadas; pero el Administrador de la Aduana de San Blas, -precursor del célebre Balcázar, el ladino campirano jarocho que vio los restos del “Cuatro Vientos” y los cadáveres de Collar y Barberán,- en ansias de superar al magistrado acaponetense fijó en nueve el número de aquéllas, agregando que las naves enemigas habían desembarcado fuerzas en Teacapán con el objeto de avituallarse.

Este nuevo anuncio, que fue trasmitido a México, hizo que el Administrador de la Aduana de Mazatlán recibiera órdenes de tomar al momento todas las precauciones necesarias; se suscitó el más grande alboroto y una tumultuosa manifestación, en la que no faltaron los niños y las mujeres, recorrió las calles del puerto precedida de la tradicional e indispensable “tambora” y haciendo flamear la enseña tricolor.

Más en los precisos momentos en que los enloquecidos manifestantes se agolpaban frente a las oficinas de la Comandancia Militar reiterando a grito herido su requerimiento de armas para la defensa de la Patria, daba fondo en la bahía la barca de matricula inglesa “Manly” que había sido avistada desde temprano y cuyo Capitán, de nombre Juan Guillermo Clarke, instado sin pérdida de tiempo por los oficiales del Resguardo Marítimo para que proporcionara noticias sobre la situación y poderío de la flota de guerra que se esperaba, aclaró empeñando su firma bajo protesta de conducirse con veracidad: “…que arribó procedente de Valparaíso con cuarenta y ocho días de navegación y quince hombres de tripulación; que el objeto de su arribo era el de cargar harinas para el Perú, que en aquellos países (Chile y Perú) no había ninguna noticia ni rumor de que vinieran buques de guerra franceses a esta parte de la República Mexicana; que eso es lo que se supo hasta su salida de aquellos puertos”.

Esto aconteció el catorce de enero de mil ochocientos treinta y nueve; pero hay que hacer constar que ya el Coronel don Antonio Palacio Miranda, único de los hombres visibles de la localidad que no engulló lo de las nueve velas, ni mucho menos el desembarco de tropas en Teacapán, había dado su opinión en el sentido de que los que llevaron la noticia al Juez de letras de Acaponeta “habían visto moros con tranchetes” o que sencillamente lo habían engañado; agregando que él -Palacio Miranda creía que el equívoco se debió, en todo caso, “a algún embarque de platas que se hacía clandestinamente”.

Convincente argumento debería haber sido éste del contrabando de platas, normal actividad entonces desde las playas de Acapulco hasta el mar de Cortés; pero fue preciso que el Capitán Clarke depusiera lo antes inserto para que fuera tornado en consideración.

Se remitieron a los Ministerios de Guerra y Hacienda copias del acta levantada en la Capitanía del Puerto al arribo de la barca británica; y con los acuses de recibo llegaron a Mazatlán las instrucciones correspondientes, en cuya virtud las oficinas recaudadoras volvieron a su acostumbrada residencia; los cuarenta hombres de la guarnición se acuartelaron tranquilamente; la ciudad reanudó sus actividades habituales y terminó en definitiva del estado de alarma en todo el Departamento. A esto se redujo en Sinaloa, por fortuna, la -en su origen- extravagante guerra de los pasteles.

Caras y Letras No. 2, septiembre de 1952.

 

 

Tomado del libro: Antología Histórica Sinaloense, Bonilla Zazueta, Marta Lilia (compiladora), Gobierno del Estado de Sinaloa, AHGES, 2008.

 

Historia de Sinaloa; La Guerra de los Pasteles

Representación artística de la Guerra de los Pasteles

 

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La Guerra de los Pasteles
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Las acciones que se derivaron en el estado de Sinaloa en este pasaje histórico nacional.

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