Cuentos, leyendas, relatos y narraciones de Sinaloa

 

LA CONSAGRACIÓN DEL PASCOLA

 

 

De: María del Rosario Valenzuela Medina

 

Ramón Anguamea salió de la laguna cargando una gruesa brazada de flores de capomo, las colocó con cuidado sobre la hierba y se apuró a ponerse los pantalones. El sol ya no estaba muy alto y las mujeres podían llegar con los burros y barricas para llevar el agua.

Cuando llegó con las flores, las mujeres ya estaban echando tortillas al comal y tenían cociendo el guacabaqui. El mayo Chayo y su mujer arreglaban, en el puesto, el altar para San Miguel. Las tres hijas del mayo se ocupaban de poner piolas con banderitas de papel en la enramada y casi todo estaba listo para la fiesta.

Chayo Anguamea no era muy dado a hacerla de “fiestero”, pero cuando tenía un buen motivo le entraba en serio a la responsabilidad de organizador. La semana pasada fue y compró dos paquetes de delicados, de esos que traen diez cajas de cigarros, y le dio uno a Ramón, el mayor de sus hijos.

—Ayúdame con esto.

—¿Para qué quiere tanto cigarro padre?

—Le debo una fiesta a San Miguel y voy a invitar a los pascolas, los venados, los músicos y los cantadores.

—Sí… ¡pero los cigarros para qué son?

—¿Qué?.. ¿No sabes?, vas a cumplir los 18 años, ya en cualquier rato vas a salir con que quieres casarte. Mira, mejor te vienes conmigo, ya es hora de que vayas aprendiendo. Vamos a ver a tu niño Antonio.

Antonio López tenía más de treinta años de Pascola. Era el pascolero mayor del poblado de Capomos y eran muchos los que decían que no había otro mejor en todo el Río Fuerte. Heredó el puesto de su padre, hacía cinco años murió el viejo pascolero, quiso que lo enterraran con los ténabaris puestos, desde entonces Tono López no tenía descanso atendiendo invitaciones para todas las bailadas de pascola en aquella región.

—Dios Enchanía, compadre.

—Dios Enchécore, compadre Toño.

—Dios Enchanía, Ramón.

—Dios Enchécore, niño Antonio. —

¿Qué le trae por acá compadre?

—Vengo a ver si me agarra una caja de cigarros, compadre.

—¿Le va a pedir al santo?

—Ya le pedí y ya me dio, compadre. Este año me va llendo bien. Aparte, la Armida se me había puesto mala, usté ya vio como se alivió rápido.

—Deme esos cigarros compadre y dígame, ¿cuando le vamos a bailar al santo?

—El sábado, yo voy a poner todo, usté nomas váyase con sus cosas a la ramada.

—Bueno compadre, no se le olvide tener un traguito, porque la amanecida en seco es muy fea.

Chayo y Ramón Anguamea fueron visitando, uno a uno, a los demás pascolas del pueblo, a los músicos y los bailadores de venado, todos aceptaron una caja de cigarros y con ello el compromiso de actuar en la fiesta.

A las seis de la tarde, toda la gente que se había juntado en la enrramada, se encaminó a la casa del Máreco, con las mujeres al frente, para ir a traer al santo. El Máreco tenía ochenta y cinco años, pero no parecía tener más de sesenta. Era un hombre alto y fuerte aunque muy delgado, a pesar de su edad seguía tumbando árboles con su hacha, ya que la leña y los desmontes eran sus fuentes de ingresos. Aquel simpático viejo era una especie de patriarca del pueblo y tenía entre otras distinciones la custodia del santo.

Cuando San Miguel quedó colocado en el altar adornado con flores y listones de colores, le rezaron las mujeres y dio principio la fiesta de gracias, presidida por el santo, al cual le quitaron la espada de la mano, en señal de que aquella noche no debía haber pleitos.

 

A Ramón siempre le había gustado mucho la danza del venado, pero las pascolas no le llamaban la atención, le parecía un baile monótono y aburrido. En cambio esta noche estaba como hipnotizado viendo a su padrino ejecutar una difícil danza, los pies del pascola subían y bajaban constantemente. En la pascola, a diferencia de la danza del venado, todo se hace con los pies. Se necesita en verdad mucha resistencia para amanecerse bailando. Ramón, a pesar de que ya no era un niño, nunca se había amanecido en la enrramada y estaba pensando que a esto se debía que no le había tomado sabor a la pascola.

Cuando el cielo se empezó a pintar de lila, una sola idea ocupaba la mente de Ramón, ya lo había decidido: quería ser pascola.

Como ya empezaba a amanecer y pronto terminaría la fiesta, se acercó al pascola para hablar con él.

—Padrino, lo he visto bailar toda la noche, me gustó mucho y quiero que me enseñe.

—No se puede mijo, no tienes ajuar. Bueno, no tienes ni ténabaris.

—Puedo buscar unos. A lo mejor hasta puedo comprármelos.

—Nadie vende ténabaris, el que tiene, los tiene porque los necesita. Si quieres unos, tienes que hacerlos.

—Yo no sé cómo se hacen, pero si usted me dice como, los hago.

—No es difícil, mira, son capullos de mariposa con dos piedritas adentro cada uno y cocidos uno enseguida de otro, hasta formar unas sartas que enrrolladas en las piernas te cubran de los tobillos a las rodillas. Lo más difícil es juntar tanto capullo.

Se pasó varios meses vagando por el monte, revisando arbusto por arbusto, rama por rama, hasta que logró reunir una gran cantidad de capullos. Con paciencia los fue cociendo hasta terminar unos magníficos ténabaris. Lleno de orgullo se presentó con ellos ante el pascolero mayor.

—Padrino, ya tengo mis ténabaris. Ya puedo empezar a ensenarme.

—No mijo, todavía no, te falta la máscara y volvemos a lo mismo. Si quieres una, tienes que hacerla.

Se buscó un buen tronco de guásima y con gran dedicación se dió a la tarea de tallar en él su máscara. Cuando terminó de darle forma, le puso bigote y una larga barba, aprovechando unas crines de caballo. Por último la pintó con cuidado y estuvo lista.

—Padrino, ya tengo mis ténabaris y la máscara. Ahora ya puede empezar a enseñarme.

—Te falta todavía hacerte el cinturón.

A un cinturón nuevo le hizo una hilera de agujeritos por la orilla de abajo. Le colgó un trocito de carrizo de cada agujerito y cuando terminó se lo puso. Cada paso que daba, los carrizos chocaban entre sí, produciendo un sonido muy agradable, pero no era como se oía el de su padrino. En eso pensaba, cuando se acordó de los dos grandes cascabeles de bronce que colgaban por delante del cinturón del pascolero.

—Padrino, ya hice mi cinturón. Pero no sé dónde puedo conseguir un par de cascabeles.

—Pues en eso si que te vas a atorar. El único que tiene cascabeles de estos es el Juanillo y creo que no lo conoces.

—Entonces dígame quien es el Juanillo ese, ¿dónde puedo encontrarlo?

—Yo no puedo hacer eso, resulta muy peligroso. Si quieres los cascabeles y no eres miedoso, ve con el Máreco, pregúntale quien es y pídele permiso para buscarlo.

El Máreco estaba solo en la mesa, comiendo frijoles, cuando llegó Ramón.

—Dios Enchanía, Mareco.

—Dios Enchécore, muchacho, pásale. ¿Qué se ofrece?

—Le vengo a hacer una pregunta y pedirle un permiso.

—¡Ah canijo!… ¿cuál de mis hijas es la que te gusta?

—No Máreco, no se trata de eso.

—Como te ví tan seriecito y el viejito este las ha hecho tan bonitas… ¿entonces de que se trata?

—Tus hijas son muy bonitas, sí, pero lo que yo quiero es que me digas quien es el “Juanillo” y si me das permiso de ir a buscarlo.

—¡Ah canijo! El “Juanillo” es muy peligroso, no se le debe buscar así nomas porque sí. ¿Para qué lo quieres ver?

—Es que quiero ser pascola, pero me faltan los cascabeles y sé que sólo él me los puede dar.

—Mira, nomás porque quieres ser pascola, te voy a decir quién es. Si después de saberlo, todavía quieres buscarlo, también te voy a decir lo que tienes que hacer. ¡El “Juanillo” es el diablo!

—Si para ser pascola, le tengo que pedir al diablo que me dé los cascabeles, se los pido. Dígame lo que tengo que hacer.

—A la noche te pones el ajuar de pascola, te vas al monte y si el “Juanillo” quiere que seas pascola, se te aparece. Ten cuidado, no hagas compromisos que no te convengan o que no puedas cumplir y si se te aparece como animal no lo montes, porque si te tumba ya no te levantas.

Ya era muy noche cuando Ramón salió de su casa. La luna alumbraba claramente el llano que está en el centro del poblado. Se dirigió al monte, los ténabaris y los carricitos del cinturón sonaban con cada paso, por lo que le extraño que los perros no salieran a ladrarle. Se fue por el camino de las lomas, por todos lados se escuchaban extraños ruidos, a Ramón no le preocupaban, los había escuchado muchas veces, eran los ruidos de la noche, el canto de las chicharras y otros insectos.

Repentinamente todo ruido calló, reinando el más completo silencio, Ramón quedó paralizado, el silencio aquél era impresionante, Ramón pensó: “es el silencio de la muerte”. En lo alto de la loma que se alzaba a un lado del camino, se empezó a escuchar un sonido que Ramón creyó que era el de un cencerro, pero a medida que se fue acercando, Ramón cambió de idea, era un sonido más limpio, más hermoso que el de un cencerro, era como el sonido de los cascabeles de bronce.

Cuando por fin estuvo cerca, Ramón pudo distinguirlo. Era un enorme chivo negro, con unos brillantes ojos amarillos, aparte de los ojos todo en el era negro, traía una gruesa correa atada al pescuezo y de ella colgaban dos brillantes cascabeles de bronce. Al verlos, Ramón reaccionó, recuperando la voz. Se acercó al chivo y le dijo: “Juanillo”, he venido a buscar esos cascabeles, quiero que me los des. El chivo no se movió, Ramón quiso desatarle la correa pero el chivo lo esquivó, quedándole de lomo, Ramón saltó sobre él y sin pensarlo ya estaba montado en su lomo.

A grandes saltos el chivo subió la loma, Ramón se agarraba con fuerza de la correa y logró cruzar los pies por debajo de la panza del animal. Bajó la loma en una carrera más frenética que el galope del más rápido caballo, dando los saltos más increíbles. Anduvo largo rato por el monte. De nuevo corriendo, se fue por el camino rumbo al pueblo y al acercarse a la laguna se fue directamente a ella. Ramón pensó: “Se va a meter al agua para que muera ahogado”, pero no se soltó. Al llegar a la orilla del agua, el chivo dio un salto y quedó parado en las patas de atrás. Ramón se dio cuenta que ya no era un chivo, estaba ahora, abrazado de la espalda de un hombre, ¡pero tenia patas de chivo!

—Está bien Ramón, tu ganas. Te voy a dar los cascabeles, suéltame ya.

—Desátate la correa y dámelos.

—Aquí los tienes.

—Ahora ya puedo ir con mi padrino a que me enseñe.

—No hace falta, fuiste capaz de montar al diablo. Ya eres hombre, ;ya eres pascola!

 

 

 

Tomado de; Presagio, Revista de Sinaloa; número 49, páginas 14-16.

Ilustración: de Rosy Aragón Okamura tomada de la portada la revista Presagio número 49, obra inspirada en el presente cuento.

 

 

La Consagración del Pascola

La Consagración del Pascola, cuento sinaloense

 

Share and Enjoy

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*