Gente de Sinaloa

Juan Carrasco, símbolo del pueblo

 

Las gentes de Sinaloa, unidas por la comunidad de origen, por los lazos de la sangre, por idénticos propósitos y los mismos problemas, ideales e intereses, se dan cita en cada aniversario del movimiento armado de 1910, para rendir culto a sus muertos queridos, aquellos que en el correr del tiempo y de la vida fueron capaces de hacer historia, escribiendo capítulos llenos de pasión, porque ellos fueron la pasión misma, en una época pasional y ardiente en la que se hallaban en juego los destinos de la patria. Es ahora Juan Carrasco el que ocupa su lugar de honor en la recordación de la conciencia cívica sinaloense.

Es el hombre de Puerta de Canoas, el tranquilo pueblecillo suriano, que ve transcurrir su infancia y su juventud, en el ambiente campestre donde aprende el secreto de la tierra y fortalece su cuerpo y su espíritu en las tareas agrícolas; mientras el país, desde el último tercio del XIX, vive la dictadura porfiriana que se manifiesta en el latifundio, en la tienda de raya, en la concesión onerosa, en la pérdida de los derechos ciudadanos, en la negación de la libertad.

Es natural, entonces, que su temperamento fogoso y su carácter rebelde y franco se pronuncie, desde entonces, en contra de un estado de cosas que no responde al concepto que se ha formado de la libertad, bajo los limpios cielos de su pueblo nativo, en la naturaleza de su mundo rural.

Por ello, cuando Sinaloa inicia su despertar cívico con el ferrelismo, y cuando el país es sacudido después por el impacto del maderismo, es uno de los primeros en empuñar las armas al lado de los Tirado y los Osuna, prendiendo el fuego de la Revolución en el sur de la entidad, hasta llegar al generalato por méritos en campaña, no sin que se registren alternativas en las que, dejando el fusil, maneja el arado en El Potrero, que es después el lugar de su vivienda.

Tiene una idea inflexible, de la lealtad y cuando el movimiento revolucionario se divide en facciones antagónicas, se niega, siendo constitucionalista, a escuchar el canto de las sirenas del villismo, que pretende enrolarlo entre sus filas, porque desprecia la traición y la mentira y sabe entregarse por entero a una causa y a una bandera.

Juan Carrasco no simpatiza con la violencia salvaje ni con el inútil derramamiento de sangre, por eso sabe perdonar al enemigo, cuando vencido éste, se entrega a su clemencia; y no porque sea débil ni por que le falte valor, pues sus numerosas acciones de armas, los combates en que participó, hablan muy alto de su valentía, de su astucia de ranchero, de su audacia y de su tenacidad.

Cuando muere Madero y el huertismo se entroniza en el país, surge de nuevo su espíritu combativo, su instinto de lucha. Otra vez a echarse al campo a pelear en contra del enemigo del pueblo y de las instituciones legales. Otra vez a eludir la emboscada y el asesinato que lo acechan a la vuelta del camino. Otra vez a luchar por la libertad.

Triunfa la Revolución y los derechos, las inquietudes y las aspiraciones populares, son consignados en la Constitución de 1917.

Ha terminado otra etapa en la vida del país y ha llegado la hora de la reconstrucción. Sobre las ruinas de un México desangrado debe levantarse un México nuevo que dirija sus pasos hacia las metas señaladas por los ideólogos del movimiento, en un intento de renovación, para ganar también las batallas del progreso.

Poseído de esta inquietud y escuchando voces interesadas, se lanza en 1920 a una aventura política que desemboca en la gubernatura del Estado, que no logra alcanzar. Después, su distanciamiento con el Gral. Ángel Flores, que se fue ahondando progresivamente hasta que en 1922, sintiéndose incomprendido y hostilizado, se levanta en armas y cae para siempre cinco meses más tarde.

 

Una vez recogidos los datos anteriores, una gran inquietud se apoderó de nosotros, la de conocer más y mejor la vida de Juan Carrasco; la de buscar y encontrar la razón dominante de sus actos.

Nos preguntábamos cual sería su verdadero concepto de las cosas, qué sentía, a qué aspiraba, que guardaba en lo más profundo de su corazón.

Recorrimos lugares, interrogamos gentes, igual las que lo admiraron que las que resistieron la influencia de su personal simpatía, y llegamos a concluir que en Juan Carrasco todo fue afirmación: afirmación de hombre con los pies enraizados en la tierra que él mismo sembró con sus manos de labriego.

Afirmación de su fe en ideales que supo reducir a su más lleno significado y que fueron el objeto de su vida; afirmación de fortaleza frente a la debilidad y el temor de un pueblo de oprimidos, y afirmación del valor en la noche del miedo y de la angustia.

Pero también encontramos en él un amor que supo entregar a todos los que lo rodearon. Un amor de humanidad, simple y sencillo, colectivo y amplio, al alcance del pueblo, sin complicaciones, como un rayo de sol, como la sonrisa de un niño, como la caricia de una madre.

Fue en él un amor de sacrificio que lo llevó a la muerte, a su trágico destino, que tal vez ya había presentido y adivinado en sus horas de meditación. Y luego el sentido que tuvo, sin saberlo, de la plenitud.

Vivió, luchó, amó y odió plenamente, intensamente, sin actitudes sofisticadas y sin hipocresías, sobre todo en los momentos que seguían al triunfo, cuando la pasión y el instinto se desbordaban con intensidad y plenitud.

Fue recto, leal y sincero consigo mismo y con los demás.

Su pasión entrañable fue la tierra y las gentes que viven de ella y por eso, su pensamiento y sus sentimientos se orientaron siempre hacia los problemas del agro y de sus hombres, entendiendo y queriendo el disfrute de la paz, de la seguridad de adentro hacia afuera, del campo a la ciudad.

Fue producto legítimo de su época y de su ambiente: impulsivo, generoso y alegre; nunca transigió con el incumplimiento de la palabra empeñada, con el ofrecimiento hecho, con la mano que se entrega en señal de amistad.

Dentro del concepto geográfico de Sinaloa, su nombre tiene oceánica denotación. Suena a río desbordado y tumultuoso que destruye implacable lo que encuentra a su paso, para depositar más tarde el limo que fecunda la tierra generosa, en ciclos que se repiten como la historia, como la vida, como la muerte.

Se antoja como el rayo que fulmina y desgaja los árboles caducos, para dar paso a una nueva generación de retoños. Es el grito de una raza, que después de contemplar la caída de sus dioses tutelares, se levanta del polvo de los siglos para afirmar las raíces de su origen y el valor de sus símbolos.

¡ Juan Carrasco!

Su onomatopeya es bronca y recia, como las corrientes que bajan de la sierra, y parece decir la verdad absoluta del que no transige con las blanduras de los términos medios que falsean los principios y prostituyen las causas.

Se oye como clarín de guerra que ordena avanzar, en impetuosa carga, para derrotar a las tiranías y a los vasallajes, para hacer ondear altiva la bandera de la libertad.

¡Juan Carrasco!

Es la explosión incontenible.

 

Tomado del libro: El Vendedor de Ilusiones, Romero Jiménez, Enrique, COBAES, Culiacán, Sinaloa, 1995.

 

 

Gral. Juan Carrasco

General Juan Carrasco, símbolo del pueblo

 

Summary
Name
Juan Carrasco
Nickname
(Revolucionario Honesto)
Job Title
Revolucionario sinaloense
Company
Ejército Revolucionario Mexicano
Address
Puerto de Canoas,Mazatlán, Sinaloa, México

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