Personajes de Sinaloa

 

JUAN M. BANDERAS, LA LEYENDA NEGRA Y LA REALIDAD

 

Por  Antonio Nakayama

De vez en vez aparecen artículos sobre Juan M. Banderas, el jefe maderista más destacado de Sinaloa, pero siempre se insiste en que este notable revolucionario fue un vulgar matón, un tipo ignorante, arbitrario, en fin, una amenaza para todo el mundo. ¿Cómo y por qué nació esa siniestra leyenda que ha llenado de vilipendio al hombre que hizo posible el triunfo del modernismo en Sinaloa? Los que han escrito sobre su personalidad, han venido repitiendo lo que se dijo desde los días en que Banderas tuvo que dejar la entidad sinaloense para ir a la ciudad de México, para defenderse de los cargos que se le hicieron por el fusilamiento del Corl. Luis G. Morelos, pero nunca se han preocupado por investigar la verdad histórica.

 

Juan M. Banderas nació en Tepuche, municipio de Culiacán, Sin., alrededor del año de 1875. Su valor personal, la reciedumbre de su carácter y su odio a la injusticia hicieron que su juventud fuera azarosa. En cierta ocasión en que vio que un minero norteamericano —que trataba a los peones como a bestias y ya había asesinado a varios de ellos— golpeaba a un trabajador, intervino y a fuerza de puñetazos impidió que siguiera castigándolo. Enfurecido, el yanqui sacó la pistola, y Banderas se vio obligado a desenfundar la suya y lo mató. Por tal motivo las autoridades se lanzaron en su persecución y fueron en su busca hasta el estado de Durango. En esta ciudad escapó de ser aprehendido y fue a parar al mineral de San Fernando, donde nuevamente eludió a sus perseguidores en una forma peliculesca, ya que sin ningún auxilio hizo frente a 25 rurales y a punta de bala pudo darse a la fuga.

 

Don Fortunato de la Vega, cacique de una extensa zona de los altos de Culiacán, y quien se significó como un decisivo protector de los habitantes de la región, arregló todo para que ya no se molestara a Banderas; lo tomó bajo su cuidado, lo comisionó como guardián de sus fundos mineros, y cuando su sobrino Diego Redo tomó posesión del gobierno del estado, se lo impuso como guardaespaldas. Se ha dicho que fue caballerango de don Diego, pero esta versión nos parece completamente falsa, ya que Banderas no era hombre de a caballo, ni conocía de equinos, y tal vez empezó a montar en el corto tiempo en que sirvió en el Cuerpo de Rurales. Al iniciarse la campana de Madero, Juan hizo suyas las ideas maderistas, y el 20 de noviembre de 1910 salió de Culiacán en compañía de algunos conjurados y se fue al monte, donde pronto reclutó gran cantidad de hombres, y se convirtió en el cabecilla que mas contingente pudo presentar en la lucha contra Porfirio Díaz. Tras de librar algunos combates, de los cuales el más importante fue el que sostuvo contra el Tte. Corl. Luis G. Morelos en El Aguajito, en el que ninguno de los dos bandos resultó victorioso, marchó sobre la ciudad de Culiacán, donde se reunieron los demás grupos maderistas para poner sitio a la plaza, que fue tomada por ellos al poner en práctica algunas tácticas con las que contrarrestaron la efectividad de las armas de los federales, muy superior a la de las que ellos tenían. Banderas recibió de Madero el grado de general y el nombramiento de jefe de la Junta Revolucionaria de Sinaloa, y poco después, por renuncia del gobernador interino, Lic. Celso Gaxiola Rojo, se hizo cargo del gobierno hasta que lo entregó a don José Rentería, electo gobernador constitucional. Acusado ante el gobierno federal como responsable del fusilamiento de Morelos, pasó a la ciudad de México a defenderse del cargo, mas cuando llegó al lugar de su destino fue aprisionado, permaneciendo en la cárcel hasta los días de la Decena Trágica en que pudo huir de la capital y refugiarse con Emiliano Zapata, quien más tarde lo comisiono para que fuera como observador a la Convención de Aguascalientes. Después tomó la causa de Francisco Villa y pasó a Sinaloa a operar contra los constitucionalistas. Jefaturadas por Banderas, Orestes Pereyra y otros generales, las fuerzas villistas invadieron la entidad sinaloense por la región norte, donde recibieron el refuerzo de las chusmas que seguían al cabecilla indígena Felipe Bachomo, por lo que el Gral. Enrique Estrada, jefe de la División de Caballería del Noroeste, concentró sus tropas en la villa de El Fuerte para esperar la acometida, que tuvo lugar el día 5 de noviembre de 1915; 2 mil hombres atacaron la población, que aparte las fuerzas de Estrada, estaba defendida por las de los generales Mateo Muñoz y Jesús Madrigal. La lucha fue enconada, mas al cabo de 3 horas, los villistas, que resintieron fuertes pérdidas, se retiraron a un lugar cercano, pero en la noche del mismo día nuevamente intentaron la toma de la plaza lanzándose al asalto en 4 ocasiones, mas al no lograr su objetivo se retiraron definitivamente y se dirigieron a Jaguara, donde sufrieron una fuerte derrota que les propinaron los soldados de Muñoz y Sepúlveda, cayeron prisioneros los generales Pereyra y Jiménez, que fueron fusilados junto con 50 jefes y oficiales. Los villistas se dispersaron por la región, pero acosados y ante la inutilidad de sus esfuerzos, no les quedó otro camino que el de la rendición, y el 5 de diciembre siguiente, en Movas, Son., Banderas depuso las armas ante el Gral. Madrigal, siendo llevado a México en calidad de prisionero.

Es indiscutible que todo lo que se ha dicho contra Banderas nació, por una parte, de su enemistad con el Ing. Manuel Bonilla, y por otra, de los celos de más de un jefe revolucionario. Bonilla, al igual que tantas personas que siguieron a Madero, había sido porfirista, pero cuando el país mostró su repudio hacia el viejo dictador, siguió el camino señalado por el apóstol y se adhirió al Centro Antireeleccionista de Culiacán, culminando su actuación como ministro de Comunicaciones del gabinete del presidente mártir.

 

Las dificultades entre Banderas y Bonilla se iniciaron cuando este último estuvo en Sinaloa como representante de Madero. Tal vez su pretensión era que se le reconociera como cabeza del movimiento maderista, pero se encontró con que los jefes de las guerrillas miraban como tal al propio Banderas, y esto se robusteció con el hecho de que al rendirse el Corl. Luis G. Morelos, no quiso entregar su espada a otro jefe que no fuera Juan. De cualquier manera, su influencia era grande y pudo conseguir el nombramiento de gobernador interino para el Lic. Celso Gaxiola Rojo, de quien era cuñado por estar casado con una hermana de éste. El antecedente ya expuesto y la renuncia de don Celso a la gubernatura al no poder controlar a las fuerzas revolucionarias debido a la pugna que inició con Banderas, hicieron que Bonilla cobrara animadversión hacia éste.

 

La designación del Gral. Juan M. Banderas como gobernador, en substitución de Gaxiola Rojo —que fue bien recibida—, empeoró el esta¬do de cosas, ya que Bonilla, dolido por la renuncia de su cuñado, hizo lo que pudo para que se nombrara a otra persona que no fuera el jefe revolucionario, y llegó a sugerir la persona de don Francisco M. Andrade, “Papá Quico”, suegro de Gaxiola y uno de los peores caciques porfirianos, con la intención de que gobernara con mano de hierro a los sinaloenses, pues de acuerdo con lo que el mismo Bonilla estampó al respecto en una carta, “el que no quiera buen padre, que tenga mal padrastro”.

 

El fracaso anterior no lo desanimó para seguir luchando, y cuando por renuncia del Lic. Emilio Vázquez Gómez se hizo cargo del Ministerio de Gobernación el Ing. Alberto García Granados, en vista de los informes proporcionados por los enemigos del gobernador de Sinaloa encabezados por don Manuel, pidió al Gral. Banderas que renunciara a fin de que la Legislatura nombrara en su lugar al Dr. Maxemín, vecino de Mazatlán, a cuya candidatura había dado su placet el propio Bonilla. La indignación de Banderas fue muy grande, y el 25 de agosto de 1911 expidió un manifiesto, del que se inserta lo que publico el Lic. Héctor R. Olea en su obra Breve historia de la Revolución en Sinaloa (1910-1917):

Admitir, pues, que el ministro de Gobernación, quite y ponga gobernadores en el estado, cosa que sólo puede hacer el pueblo sinaloense, por medio del voto público o del Congreso, que es su representante, sería admitir la violación de la soberanía del estado, sería dar el primer paso en el camino espinoso de una nueva dictadura, como la del ex-presidente Díaz, que tantos males causó a la nación, y por la cual se acaba de derramar la sangre de nuestros hermanos en los campos de batalla.

 

Tras de entregar el gobierno y terminar con un brote de rebeldía en el norte del estado, Banderas tuvo que ir a la ciudad de México acusado del fusilamiento del Corl. Morelos, asunto en el que en verdad no tuvo ninguna participación. La pena aplicada al mílite federal sólo fue el resultado lógico de las atrocidades que cometió en Tamazula, Dgo., cuando fue a combatir a los maderistas que operaban en esa zona, ya que en aquel lugar fusiló a varios vecinos, entre ellos dos ciegos; ordenó el asesinato de otros más; violó a dos damas y permitió el saqueo de la población, hazañas estas que le ganaron el coronelato. La gente de la región se había mostrado reacia a engrosar las filas rebeldes, pero ante esos desmanes, se dio de alta ardiendo en deseos de venganza, y al caer Culiacán, el cabecilla Agustín Beltrán, acompañado de don Herculano de la Rocha, sacó a Morelos del lugar donde se hallaba preso y lo fusiló en el panteón. La presencia de “Tío” Herculano en la ejecución no concuerda con la actitud que se dice tomó en una junta donde se discutió la muerte del coronel, a la que se opuso diciendo: “Hombres como Morelos no deben ser fusilados”, ni se ajusta a la versión de que había expresado que por el valor que aquél siempre mostró, “lo quería para semental”. Banderas tenía la intención de salvar la vida al coronel, pero ante lo grave de la situación no pudo impedir que los serranos consumaran su venganza, ya que de haberse opuesto hubiera estallado una sangrienta pelea entre los revolucionarios. Se ha dicho que le concedió el indulto, pero que cuando el mensajero llegó la sentencia se había consumado; por otra parte, en los días en que se desarrollaron los sucesos se corrió el rumor de que al saber la decisión de Beltrán, abordó un carruaje en compañía de algunos amigos y se encaminó al cementerio con el fin de suspender la ejecución, pero que faltando unos 50 m para llegar se escuchó la descarga que puso fin a Morelos, por lo que ordenó el regreso a la ciudad. Por lo expuesto, vemos que Juan no ordenó la ejecución, y si por otra parte el Gral. Ramón F. Iturbe ha negado haberla dispuesto, es claro, pues, que sólo fue un acto de justicia popular.

 

Juan no era un matón, y para pruebas, las siguientes. Al rendirse el comandante militar del estado, Gral. Higinio Aguilar, habiendo sabido que el veterano soldado había combatido en Puebla al lado del Gral. Ignacio Zaragoza, le dijo: “… usted es un héroe y merece nuestro respeto”, y acto seguido lo dejó libre. A don Diego Redo no sólo le salvó la vida, sino que debidamente custodiado lo envió a Nogales, Son., junto con su secretario general de Gobierno, Dr. Enrique González Martínez. Pero el caso que más pone de relieve su sentido humano, es el que sigue: en sus años mozos, riñó con un tipo llamado Juan Torres, quien le asestó una puñalada que le puso al borde de la tumba, y ya en plena lucha contra el porfirismo, hallándose acuartelado en Culiacancito con 2 mil hombres, alguien le informó que Torres se encontraba escondido en una ranchería por temor a su venganza, y él ordenó lo trajeran a su presencia. Para aquél, encontrarse frente al jefe revolucionario fue un momento angustioso, pero su sorpresa fue grande cuando le escuchó reprocharle se mantuviera oculto; le dijo que no tuviera temor, pues su posición de jefe de una fuerte tropa le impedía tomar cualquier venganza; que si andando el tiempo volvían a verse en circunstancias diferentes y todavía le guardaba rencor, pelearían de nuevo de hombre a hombre, y para finalizar, lo despidió garantizándole toda clase de seguridades. En lo que se refiere a la muerte de Rafael Garay, en la que Juan obró en legítima defensa, su secuencia es lo bastante conocida corao para referirla.

 

La muerte del revolucionario sinaloense fue trágica, en consonancia con su existencia batalladora y turbulenta, pero no a la altura de su valor y hombría debido a las circunstancias que la rodearon. Banderas, que había obtenido indulto del gobierno de don Venustiano Carranza, se encontraba en la ciudad de México gozando de libertad caucional, y esta circunstancia le impedía portar arma de fuego o de cualquier otra especie, aunque tampoco la necesitaba, ya que siendo corpulento y de alta estatura, gustaba de dirimir sus rencillas a mano limpia. El Corl. Miguel A. Peralta que a la sazón era diputado federal, no sabemos por qué motivos, lanzó graves injurias al revolucionario sinaloense desde la tribuna del Congreso, y el 10 de febrero de 1918, encontrándose Juan en la dulcería El Globo, entró Peralta al establecimiento, lo que hizo que aquél exclamara: “!Aquí viene este diputadito h… que me insultó en la Cámara!” La reacción del coronel fue la típica de los que zahieren o insultan en ausencia a una persona, pero que al enfrentársele —más todavía si el ofendido es hombre de la seriedad y reciedumbre que caracterizaban a Banderas— se achican y no tienen más recurso que “rajarse”, o bien “madrugarle” al adversario, ya que el miedo les inhibe para encarar la situación en forma decidida; así que, presa del pánico, sin esperar a que su enemigo hiciera ademán de empuñar arma —que no traía—, sacó la pistola y la descargó sobre el sinaloense, que quedó muerto en el sitio.

 

En la dulcería El Globo, el miedo de un hombre epilogó la vida batalladora de Juan Banderas. Nueve años más tarde, en Huitzilac, el sadismo más repugnante finalizó la de su victimario.

 

Por los antecedentes que hemos visto, hay que admitir que Juan M. Banderas no fue el vulgar matón que sus gratuitos enemigos han pintado. Era serio, recio, sincero, valiente, de corazón bondadoso y firme en sus ideas políticas. Maderista por convicción, no renegó del apóstol de la democracia pese a que estuvo preso durante el tiempo en que don Francisco llevó los destinos de la nación. No sabemos los motivos que tuvo para abandonar a Zapata, pero es posible que se debiera a intrigas, ya que Antonio Díaz Soto y Gama, que lo detestaba, expresó que “era irreductible”, palabras estas que nos indican que el carácter del jefe sinaloense no estaba hecho de plastilina. Corre una versión de que, como miembro del Cuerpo de Rurales, estuvo en la Villa de Sinaloa para combatir la rebelión de Gabriel Leyva Solano, y que indignado por el asesinato de éste decidió abrazar la causa maderista. Por lo que respecta a lo primero, la versión es inexacta, ya que de acuerdo con testimonios vivos, cuando ocurrieron los hechos Juan se encontraba destacamentado en Mazatlán, y fue hasta después de algunos días que se le ordenó ir a proteger la plaza de Sinaloa. Por otra parte, en el caso de haberse hallado entre los rurales que persiguieron y asesinaron al protomártir, sus enemigos lo hubieran proclamado a los cuatro vientos, señalándolo como uno de los matarifes, y hay que hacer constar que entre las muchas acusaciones que se le endilgaron no apareció ninguna que hablara de su participación en el sangriento y bochornoso capítulo que precipitó el derrumbe del porfirismo en Sinaloa.

 

Es posible que la muerte de don Gabriel haya influido en su mente para que se entregara a la causa del señor Madero, pero, de haber sucedido esto, no lo comunicó a nadie. También es posible que fuera por su carácter de rural que nunca asistió a ninguna de las juntas que tenían los antirreeleccionistas de Culiacán, pues también por testimonios vivos sabemos que únicamente se presentó ante ellos el día en que dejaron la ciudad para levantarse en armas, habiendo salido él mismo para iniciar sus hostilidades contra el régimen de Porfirio Díaz.

Como se ha dicho, era corpulento y bastante alto, un poco encorvado, y de allí el mote de “El Agachado”. Lo de su ignorancia es una exageración. De origen campesino y producto de una época en que los pobres no tenían oportunidad de instruirse, no vamos a pensar que poseyese una gran preparación, pero es seguro que cursó la educación primaria: basta ver su letra para convencerse de ello. En cuanto a sus arbitrariedades, nunca hemos sabido en forma concreta cuáles fueron, pero aun en el caso de que las haya cometido, hay que recordar que México vivía una etapa en la que el rencor del pueblo se había desbordado contra señoritos y caciques; que los jefes revolucionarios, en su gran mayoría salidos de los estratos sociales más humildes, no se andaban por las ramas para tratar a sus antiguos opresores, y que con pocas excepciones, no se distinguieron por su ecuanimidad. ¿,Que podía esperarse cuando un hombre como Benjamín G. Hill, educado en Roma y dueño de una gran cultura, obligó a los señorones de Culiacán a barrer las calles? Desgraciadamente para la memoria de Banderas, le han vaciado cieno a más no poder, presentándolo como a un monstruo para que se olviden sus méritos. A pesar de esto y no obstante los años transcurridos, los sinaloenses lo recuerdan con cariño porque salió de la entraña misma del pueblo, que ha perpetuado sus hazañas en un corrido, el fantástico corrido que nunca le falta para cantar a sus héroes:

 

Las cumbres tienen leones,

los montes tienen panteras,

y como león de las cumbres

apareció Juan Banderas.

 

 

Juan M. Banderas

Juan M. Banderas, revolucionario maderista sinaloense

Summary
Name
Juan M. Banderas
Nickname
(El Agachado)
Job Title
Revolucionario, gobernante sinaloense
Company
Ejército Revolucionario Mexicano, Gobierno del Estado de Sinaloa
Address
Tepuche, Culiacán,Sinaloa, México

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