Gente en Sinaloa

 

JESÚS E. VALENZUELA (1856-1911)

 

Por: Humberto Ruiz Sánchez

 

¿Quien fue Jesús E. Valenzuela? Dudo que exista un sinaloense ilustre más desconocido y olvidado que este personaje de quien nos ocuparemos enseguida.

A pesar de que existen los datos suficientes para dar forma a su vida y su obra pues grandes escritores se ocuparon de ello en su tiempo, su actuación como dijimos permanece lamentablemente ignorada, cuando menos para los sinaloenses.

Así pues, escudriñando donde pudimos, logramos encontrar algunos de los escritos mencionados y con ellos hemos hecho este trabajo de recopilación y acomodo, tratando de revivir al personaje para que lo conozcan las nuevas generaciones y al mismo tiempo rescatarlo del olvido en el que tan lamentablemente lo hemos tenido.

Guanaceví es un pueblo minero del estado de Durango colindante con el estado de Sinaloa; ahí nació Jesús E. Valenzuela el 24 de diciembre de 1856, sin embargo, acontecimientos que enseguida narraremos obligan a la familia a abandonar este lugar para radicarse en Choix, Sin., cuando Jesús tiene apenas un par de años, y como ya jamás volvió a su tierra natal, él escribirá después en sus memorias lo siguiente:

“Mis primeros recuerdos empiezan en Choix, estamos en plena guerra de intervención, vivíamos en una casona de grandes portales, ahí conocí al glorioso general Antonio Rosales y lo ví partir rumbo a Álamos, es decir rumbo a la muerte”. El propio Chucho Valenzuela lo dijo infinidad de veces, soy de Choix; por eso alguna vez José Juan Tablada así lo asentó al referirse a este personaje que hoy abordamos.

Don Emilio Valenzuela era un minero muy rico que radicaba con su familia en Guanaceví cuando aquellos pleitos entre liberales y conservadores; él tenía por encargado de “conductas” a un rudo ranchero llamado José A. Patoni, éste al enrolarse en las filas juaristas acusó a su antiguo patrón de pertenecer al partido conservador, fue este el motivo por el cual don Emilio salió huyendo con todo y familia rumbo a Sinaloa, refugiándose en Choix donde vivía su hermano Rafael, dejando atrás todas sus propiedades las cuales nunca recuperó; un poco de oro y plata sí lo pudo transportar a lomo de mula y ese fue su capital para comenzar de nuevo en Choix. Ya estando radicado en la pintoresca villa, amplía sus actividades trabajando minas en el rico mineral de Batopilas y así la prosperidad y la riqueza vuelven a su lado.

Cuando el Gral. Antonio Rosales llega a Choix buscando apoyo económico y de contingentes para su avance a Álamos, Sonora a combatir a los imperialistas, recibe de la familia Valenzuela toda clase de ayuda e incluso una de las casonas de don Rafael le sirvió de cuartel general; comprobándose así que los Valenzuela no eran conservadores como se les había acusado en Durango.

En Choix pues, va Chucho Valenzuela por primera vez a la escuela pero también en El Fuerte recibió nuestro personaje instrucción escolar, y lo vamos a probar.

Para conocer la siguiente anécdota, vamos a dejar la palabra al propio Chucho Valenzuela que en sus memorias narra esto: Cuando cayó el Imperio estaba yo en El Fuerte, tenía diez años entrados a once y recuerdo que mi tío Rafael apostó una caja de champaña a que Juárez fusilaba a Maximiliano, y algunos días después del 19 de junio de 1967 cuando la noticia perfectamente bien corroborada llegó a El Fuerte se tomó con gran regocijo en compañía de amigos las botellas del ambarino y sabroso líquido. Los Valenzuela vivieron en El Fuerte en una casona que estaba justo donde La Tola tuvo su librería junto al actual billar del Tamalito.

Bueno, ya dijimos que Chucho Valenzuela cursa su instrucción primaria en Choix y El Fuerte, completaremos diciendo que también en Álamos, Sonora lo hace cuando su familia radica ahí por corto tiempo. Cuando él tiene unos quince anos es enviado por su padre a la ciudad de Chihuahua y ahí en un instituto superior hace su secundaria. Enseguida se va a la ciudad de México donde se inscribe en la prestigiada Escuela Nacional Preparatoria que dirige el inmenso maestro don Gabino Barreda.

Desde que cae Valenzuela a esta célebre escuela comienza a hacerse notar por su manera especial de ser; pero dejemos que plumas autorizadas de grandes escritores nos describan la trayectoria de la atrayente personalidad de Jesús E. Valenzuela.

 

GRAN POETA Y HOMBRE CABAL: JOSÉ JUAN TABLADA

Jesús E. Valenzuela es uno de los personajes más interesantes de nuestra vida literaria, fue un gran poeta, el cual sin embargo nunca pudo expresar cabalmente la profundidad de su emoción y la altura real de su pensamiento. Su intelecto era elevado hasta alcanzar la calidad de prócer, vasta su cultura, exuberante su fantasía y su sensibilidad ante toda manifestación de belleza.

Pero sus cualidades intelectuales siendo tantas, se ofuscaban ante su grandeza espiritual; en ese sentido jamás he visto en México a un hombre tan cabal y que sujeto a toda especie de pruebas, haya afirmado tan enérgica y francamente su magnanimidad.

Quizá los jóvenes que lean estas líneas, tachen mis conceptos de excesivos….

Esa duda pesimista es hasta cierto punto natural, pues tipos como Jesús E. Valenzuela que ya en su época eran raros, han desaparecido por completo de nuestra sociedad caracterizada por egoísmos implacables que ya parecen normas generales de conducta.

Pero debo decir la verdad con mayor razón tratándose de un hombre como Valenzuela que en premio a su continua labor magnánima parece haber obtenido el más injusto de los olvidos.

Tenía Chucho Valenzuela un hermoso tipo viril, era algo así como un rudo apolo indígena, capaz de haber llevado con cabal donaire el indumento de Caballeros Tigres o Caballeros Águilas. Era alto y fornido, de rizada cabellera sobre moreno rostro donde los ojos sonadores asumían cierta expresión melancólica y cansada en contraste violento con la hercúlea fuerza que revelaba su gallardo cuerpo.

Era atleta y bravísimo en las raras ocasiones que algún provocador lo sacaba de quicio, entonces el impertinente probaba la fuerza de sus puños, estamos hablando de sus tiempos de preparatoriano y demás juventud.

Bien recordamos sus amigos cómo en cierta ocasión de un puñetazo echo a rodar a un temible general de rostro fiero y voz de trueno que gustaba del abuso; y cómo en otra, de otro puñetazo dejó desmayado sobre el balde de la champaña al más boxeador e imprudente de los parroquianos del famoso “Jockey Club”. Pero para sacar de quicio al noble poeta, se necesitaba una impertinencia heroica y pocas ve-ces hubo de recurrir a aquella su cualidad tan natural.

En general era cordial y conciliador, y por esas virtudes fue popularísimo y pudo así ser nada menos que el núcleo de toda una generación de artistas.

pocas veces hubo de recurrir a aquella su cualidad tan natural.

En general era cordial y conciliador, y por esas virtudes fue popularísimo y pudo así ser nada menos que el núcleo de toda una generación de artistas.

Nació en Choix, Sinaloa pero chihuahuense y durangueños le llamaban paisano, por lo cual Chucho solía decir en broma que tres estados de la república se disputaban la gloria de haber sido su cuna.

Chucho Valenzuela en cuanto ingresó a la Preparatoria empezó a distinguirse en distintas actividades, así en unión de Porfirio Parra (después médico y maestro muy laureado) y de Manuel Flores (también después médico) fue un luchador líder estudiantil. También destacó en varios deportes como el atletismo y el box; estamos hablando de los años de 1874-78. Así pues, por todo lo antes dicho y por sus dones literarios que ya apuntaban, por su travesuras ingeniosas y sobre todo por su magnética personalidad, reafirmó Valenzuela desde la Preparatoria el ascendiente que más tarde logró mantener sobre los círculos literarios y que en medio más favorable hubieran hecho de él todo un caudillo, capaz de influir en los destinos patrios.

Ese fenómeno de cualidades no pudo desarrollarse en el exclusivista ambiente porfiriano, donde imperaba una sola voluntad. Ese fue el drama de su vida, la tragedia íntima de una existencia cuyas debilidades y errores no fueron en rigor tales sino derivados del ambiente que le tocó vivir, tan cerrado que no le brindó oportunidades.

Era un joven Valenzuela cuando la fortuna tuvo para él en forma inaudita una esplendorosa sonrisa. Fue rico de la noche a la mañana, y esto es un hecho real aunque parezca de novela o de la fantasía. A veces la vida misma se hastía de su propia rutina y cambia los destinos en caprichosa decisión jamás pedida.

Por todas las cualidades que ya hemos enumerado de Valenzuela, no le fue difícil hacerse querer por un anciano que un buen día conoció y cuyo nombre olvidé como suele suceder; este señor era propietario de una gran extensión de terrenos a la vera de lo que hoy es Paseo de la Reforma y que entonces era polvosa calzada de arboles desmedrados. El viejo del cuento quiso de pronto convertir su propiedad en dinero contante y sonante, y esto fue lo que a Valenzuela le planteó:

Amigo mío, usted es joven e inteligente y como tal a justo título ambicioso. Yo soy un pobre viejo a quien el dinero poco a nada aprovecha… Venda usted mis terrenos en la calzada que va a Chapultepec; no son tan buenos, claro, como los que bordean el Paseo de Bucareli, pero hombre, algo han de valer; y como yo se los pongo a usted en poco más de lo que me costaron, la diferencia lograda será para usted, !qué le parece! En aquel trato entre el dueño y el poeta no medió más documento que la palabra. Eran aquéllos todavía los tiempos en que la simple palabra de los hombres valía tanto o más que el oro. Bastante debe haber sido la diferencia o ganancia lograda por el improvisado pero hábil corredor de bienes raíces, cuando que ahí pronto ya pudo construirse un palacete en el lote que de antemano había dejado para él, y que se ubicaba justo frente a la glorieta de Colón.

De la mansión seguida se veía salir una faustuosa carretela color de madera clara, tirada por brioso tronco de caballos que el poeta mismo conducía vestido elegantemente de charro. Quien lo veía no se imaginaba al chamaco prieto, sucio que anos atrás jugaba en las callejuelas solitarias de la villa de Choix.

En el apogeo de la juventud, de la fortuna y de la popularidad, la vida brillaba para él, como aquel sol que dándole de cara cuando lanzaba su carruaje hacia el centro de la metrópoli, hacia brillar el viril rostro moreno, el traje galoneado y la fina piel de los caballos.

Así lo ví pasar, admirándolo con envidia desde una mesa del Café Colón, mucho antes de ser su amigo y compañero de tareas literarias.

 

EL MÁS NOBLE CORAZÓN DE MEXICO: MAURICIO MAGDALENO

Justo Sierra y Jesús Valenzuela son rigurosamente los dos únicos claros a mitad del denso páramo de la dictadura porfirista. Si el primero desde el alto sitial de la Secretaría de Instrucción Pública desparramó a su alrededor cordialidad, generosidad y protección para todas las expresiones de la cultura, el fundador de la “Revista Moderna” —o sea Valenzuela— fue el más noble corazón del México de esa época de fines del siglo y principios de otro.

Sobreviven su nombre y su recuerdo por encima del cataclismo revolucionario, sólo por aquellas cualidades humanas que hicieron de él un promotor entusiasta y un férvido impulsor de la cultura mexicana.

No hubo poeta que no dejase en versos emocionados la membrana de su paso; ni quien pudiese asegurar que no le debió algo, dinero, mucho dinero que prodigó el mecenas en su tarea prohijadora, ayuda solícita, denodado apoyo y amor, torrentes de amor para todos.

Comparte en justa distribución con Justo Sierra, adhesión, calor, heroísmo. ! Y vaya si era heroísmo el del mozo que se batía por crear civilización —auténtica civilización— en un mundo donde todo lo era el imperio insolente del dinero y la francachela de los poderosos.

Aristócrata de verdad, esto es, sentido de la responsabilidad; enjundia espiritual, señorío de corazón. Su fortuna amamantó un lapso bizarro y extraordinario de nuestra lírica, por el contrario de los que se multiplicaron en los jugosos negocios en complicidad con don Porfirio, Limantour y los “científicos”. Sin embargo, este otro gran rey lírico era ya en sí la riqueza que nunca se acaba porque emana del corazón. “Fue un personaje tan popular —asienta Genaro Estrada— querido e influyente en el cenáculo de los escritores de la “Revista Moderna” que túvole —y lo fue en efecto— por encarnación de aliento inagotable, de fecundo y de larga protección para los mejores poetas de su tiempo”.

!Querido, grande, heroico Chucho Valenzuela! La etapa feudal del porfirismo no se hunde en la total esterilidad del yermo, tan sólo por unos cuantos corazones como el suyo.

Se apagaban las voces de la “Revista Azul” que nada más en dos años (1894-96) dio el tirón revolucionario más intenso a la literatura nacional. Gutiérrez Nájera, el caudillo, había obtenido un auge tan ostensible de la moderna poesía, que media docena de jóvenes lanzados por la “Revista Azul” eran ya maestros al arribo de la “Revista Moderna” como Díaz Mirón, Amado Nervo, Urbina y otros.

Pero una revista es también un establecimiento que paga renta, papel, tintas, imprenta; y el grupo de Gutiérrez Nájera apenas tenía para vivir. !Ah, si don Justo fuese ministro, subsecretario o algo por el estilo, en fin, que diese posibilidades económicas a la publicación.

!En esos apremios llegó Chucho Valenzuela! Encontró alicaídos a los poetas, muertos de hambre y sin ninguna ayuda oficial; en unos meses estuvo organizando todo. Las voces se llamarían ahora “La Revista Moderna” puesto que los muchachos eran los modernistas; dinero, entusiasmo, todo lo prodigó el sinaloense de los generosos bolsillos.

Jamás había presenciado la cultura mexicana ese alarde de suficiencia, de tenacidad, de intensidad. Pudo sentirse que desde la Revista Moderna se estaba dirigiendo el destino poético de la lengua castellana.

Todo eso deja a su paso la vida y obra de Jesús E. Valenzuela quien en vísperas del Centenario de la Independencia ya estaba francamente moribundo, lo estuvo mucho tiempo, tanto que —dice Justo Sierra— casi había muerto cuando murió. Con los músculos completamente paralizados y su fuerte contextura de ranchero norteño convertida en esquelético anticipo del fin.

Se apagaba pues la vena que parecía inagotable del doncel de la capa dragona y el sombrero chambergo, de los mostachos novelescos y la sonrisa benévola y rápida…

Fue rendido a mansalva, el 20 de mayo de 1911, aherrojad o , hecho bagazo por la parálisis en que agonizó años y más años.

Al fin se evade del tormento a punto en que el país se precipita al vértigo de la Revolución, hasta la cual condujo el poeta su nave modernista. Diez días antes de su muerte acababa de morir el régimen en Ciudad Juárez.

 

JESÚS E. VALENZUELA, POESÍA Y BONDAD: JUSTO SIERRA

!Que derrochador, Dios mío! Derrochaba ingenio, talento, simpatía; todo con un donaire gentil de gracia y elegancia realmente único; jamás, jamás he visto un poeta menos egoísta o un voluptuoso con el corazón más grande; rarísimas cosas éstas. Amaba el goce con verdadera pasión, y eso era la cuerda de oro de su lira; pero su voluptuosidad era unir a un infortunio su mano, su corazón y su bolsa.

Y crecía a nuestra vista aquel muchacho, transformado en hombre, en diputado, casi un prócer, porque con su espíritu genuinamente hospitalario y protector acogía, aceptaba a pecho abierto la misión y el amparo de cuanto indigente iba a él; y no sólo los indigentes de pan, sino los indigentes espirituales o morales, los que necesitan el aliento de otra alma para respirar.

Si, este gran rey lírico a quien yo conocí príncipe, aún tenía el don de juventud, allí donde tocaba se encendía llama juvenil, era como algo prodigioso que hacía germinar sonrisas y flores en cualquier tierra por ingrata que fuese.

Sus años de anemia escolar le habían hecho contraer el hábito de los mortales excitantes, pero no necesitó de ellos nunca para la vida de su genio y de su ingenio; el impulsó de su savia nativa era tal que barría toda impureza de sus venas y no dejaba en su cerebro, en su corazón, más que talento y amor, en la concepción más pura de la palabra.

Por eso aquel gran sibarita intelectual resultaba un encanto de su hogar, siempre apasionadamente querido, admirado… y perdonado por la angelical criatura que su buena suerte le dio por compañera, llamada Juanita González con quien se caso en Chihuahua.

Cuando ella murió, todos comprendimos que algo esencial había muerto en él también. Su fortuna naufragó, él era hombre de bastante cacumen para conservarla, pero de demasiado desinterés para defenderla; y la pobreza y la tristeza que se advertía en el fondo de su alma y de sus pupilas lo hicieron tornar las manos a la lira, así como buscar en la fundación de un periódico asilo para todos cuantos ensayaban vuelos; y él estuvo a punto de ser un gran poeta, pero le sucedió lo que a mí: Había, hay en nosotros cierta impotencia fundamental para unir la idea al sentimiento y ambos a una expresión lírica indefectible; cosas que otros como Rubén Darío, Díaz Mirón, Urbina, Chocano, etc. encuentran sin esfuerzo y al primer intento.

La faena civilizadora concluye hasta el año de 1910, uno antes de la muerte de su gestor. Pero ante ese llamado Movimiento Modernista de la poesía cobró fama hasta fuera del país, y se dice que el porfirismo presumía de aquel avance literario, el cual sin embargo no debió nada al régimen del general Díaz.

Vino repentinamente una perturbación en su régimen circulatorio y mi pobre amigo Chucho Valenzuela empezó a morir lentamente; su agonía era un gran dolor para los otros antes que para él.

En 1906 Valenzuela gastaba los últimos dineros de la enorme fortuna que había poseído. Al caer en la pobreza tuvo que dejar su hermoso palacete de la avenida Juárez y mudarse a una casa modesta; los tiempos habían cambiado, su fulgurante estrella lo había abandonado.

 

UNA ANÉCDOTA NARRADA POR DON EMILIO “MIRRO” FELIZ

El maestro Justo Sierra a la sazón ministro de Educación Pública y Chucho Valenzuela coincidieron en una fiesta diplomática; al entrar en pláticas sale que la situación económica de don Justo es extremadamente raquítica, su es-posa ha estado muy enferma por largo tiempo, debe tres meses de renta, y ya le daba mucha pena pedirle más dinero al presidente Díaz a cuenta de su trabajo; fue cuando Valenzuela deslizó al interior del saco de su antiguo maestro un rollo de documentos bancarios cobrables a la vista los cuales de momento don Justo no supo de que se trataba.

Ya en su casa al revisarlos se dio cuenta que amparaban la fabulosa suma de dos mil pesos —una fortuna para ese tiempo— entonces el viejo maestro se los regresó con un mozo de la Secretaría de Educación, dándole las gracias y diciéndole que no podía aceptar aquello.

De cualquier manera Chucho Valenzuela se las ingenió para sacar del atolladero a su querido maestro, pagó la renta atrasada adelantó seis meses más y liquidó todas las deudas que pudo localizar; así cuando don Justo se dio cuenta ya todo estaba arreglado. De eso y más era capaz el choiceno; cosas parecidas hizo con Amado Nervo a quien no desamparó durante sus etapas críticas antes de ser éste el famoso diplomático y poeta lauredo hasta la inmortalidad.

 

EL PERSONAJE MÁS GRANDE JAMÁS CONOCIDO

Chucho Valenzuela cuando ya fue rico le dio por recorrer el mundo, conoció muchos lugares; así un día encontrándose en New York… pero dejemos que él personalmente nos lo cuente:

“Comía yo aquel día de invierno de 1890 en “Hoffman House” (restaurant de postín) cuando vi que entró un hombre elegantísimo de finos modales luciendo costoso abrigo de pieles, le completaba el atuendo una orquídea en el ojal. Muy discreto se acomodó en una mesita del rincón; entonces el mozo que a mí también servía, le llevó sin preguntar un vaso de agua transparente en el cual el elegante caballero con gran delicadeza colocó el tallo de la orquídea; luego apoyando en una mano su cabeza, inmóvil la contempló por largo tiempo, sin hacer el menor caso al ajetreo natural del lugar. Yo enfrente de él lo contemplaba y noté en sus ojos una letal melancolía, luego salió y pasó junto a mí tan solo como había entrado.

Con enorme curiosidad pregunté por la identidad del personaje al mesero, y éste casi me regana por mi inconcebible ignorancia, y me dijo; !Es un poeta inglés que ha descubierto una belleza que ignoró la Grecia!

Entonces de repente se me ilumino la mente y exclame: ¡Oscar Wilde! ¡Oscar Wilde! Acababa de conocer nada menos que !El poeta más grande de Inglaterra! y no sólo eso, un gran escritor y genial novelista.

Pero eso no es todo, tomé el tren a Filadelfia… y abordo iba aquel personaje inolvidable; al llegar y bajar del convoy le esperaban miles de damas llevando ramos de flores en sus manos y locas todas ovacionaron al poeta. !Así lo conocí! !Nunca he sentido sensación igual, ni cuando me presentaron a don Porfirio Díaz”.

A continuación transcribimos unos apuntes que el propio Jesús Valenzuela dejó por ahí y que el periódico Excélsior publicó en 1945, esos apuntes Chucho intitulo: MIS RECUERDOS

Estoy muy enfermo, quizá por eso me vienen a la memoria mis hijos cuando eran pequeños; recuerdo el bautizo de mi hijo Emilio; entonces vivíamos por la Avenida Juárez, el chamaco me lo bautizó Manuel González, hijo del Gral. Manuel González, que en ese entonces era presidente de la República.

Para tal ocasión mi compadre trajo para que tocara en la fiesta a la banda del Octavo Batallón que dirigía el capitán Peyen y que era la más famosa entonces de México. En la cena estaban presentes don Carlos Pacheco, ministro de Fomento (este personaje nació en el pueblo Toro en Choix) el maestro Justo Sierra, el Duque Job o sea mi gran amigo el poeta Manuel Gutiérrez Nájera; doña Emilia Serrano llamada la Baronesa de Wilson y otras personalidades que hicieron de la fiesta de bautizó de mi hijo una tertulia hermosamente intelectual además de alegre.

Por ese tiempo conocí muy de cerca al doctor Francisco Montes de Oca a quien el presidente González quiso mucho y que era nada menos que el primer cirujano de México. El doctor quiso circuncidar a mis pequeños hijos Emilio y Pepe. Mi mujer supo de qué se trataba y se opuso tan furiosa a la sencilla operación que Montes de Oca no realizó su propósito; cosas de los tiempos que no sé si sean ignorancias justificadas.

Quede asentado pues en estos recuerdos que fui amigo de mi paisano el Gral. Carlos Pacheco Villalobos, quien era casi veinte años mayor que yo; también el Gral. Porfirio Díaz lo conozco de cerca pues le he tratado algunas veces en la casa del Gral. Carlos Pacheco. A don Carlos no obstante que le faltaba un brazo y una pierna—perdidos en la guerra— se desempeñó con acierto en relevantes puestos del gobierno porfirista.

Sinceramente lamento que estos escritos no puedan contener todos mis recuerdos de ese tiempo en que yo estaba joven y la vida era buena y grata, no me parece la misma hoy; tengo casi cincuenta y tres años y no veo ni ando bien. (Hasta aquí Excélsior).

Así escribía Jesús E. Valenzuela en el ano de 1909; y ya que estamos con añoranzas, también es oportuno recordar otros episodios memorables en la vida de Valenzuela, dejémosle la palabra:

En 1879 fui a Chihuahua, mi padre había muerto en noviembre de 1878. Ahí un día 16 de septiembre que dije unos versos en la festividad, al finalizar se me acercó al bajar de la tribuna, un joven y me entregó una hermosa moneda de oro, abrazándome efusivamente, era Enrique C. Creel, a quien yo le había conocido antes de mi ida a México, cuando éramos niños los dos.

Este Enrique C. Creel fue el chihuahuense más importante del porfirismo, fue gobernador, ministro, dueño de bancos y ferrocarriles y amigo personal del presidente Díaz.

Otro pasaje: El 5 de noviembre de 1891. Valenzuela fue el encargado de pronunciar el discurso oficial con motivo de la colocación e inauguración de las estatuas de los generales sonorenses: Ignacio Pesqueira y Jesús García Morales en el Paseo de la Reforma de la ciudad de México, ahí estaban presentes también, en representación de Sinaloa los generales Sostenes Rocha y Francisco Cañedo, este último gobernador del estado.

Cuando tiempo después tocó a Sinaloa enviar a sus prohombres a engalanar el mencionado paseo, ahí estaba también el laureado choiceno hablando de los méritos como militares de los generales Antonio Rosales y Ramón Corona que son los personajes que representan a Sinaloa — sin ser sinaloenses— en esa etapa de nuestra historia llamada del juarismo.

Estas actuaciones las hacía Valenzuela porque por ese tiempo dada su gran popularidad incursionó en la política, y era diputado federal por los estados de Chihuahua y Durango cuando esas celebraciones tuvieron lugar.

 

Tomado de: Presagio, Revista de Sinaloa; número 77, páginas 38-48.

 

Jesús E. Valenzuela, poeta

Jesús E. Valenzuela, poeta

 

Summary
Name
Jesús E. Valenzuela
Job Title
Poeta
Company
Revista Moderna, Periódico Excélsior
Address
Guanaceví,Durango, México

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