Imagen de Sinaloa

October 2, 2014

El pensamiento sinaloense

 

IMAGEN DE SINALOA

 

 

Por. Enrique Félix Castro

“Sinaloa es un milagro de luz. Algo de la maravilla elemental del paraíso del Génesis lejano, se advierte en mares y montañas”.

Una luz primitiva, fuerte, primaria, inunda hombres y cosas en este bello rincón del Pacífico, geográficamente cerrado en un trapecio de la más pura claridad.

Desde la cuenca profunda del río Zuaque hasta la verde ternura de las orillas del Cartas; desde el espectro azulado del cerro de San Cayetano hasta las playas inciertas de Mazatlán; del Fuerte de Montes Claros a la ventana de Cosalá; en la sierra, en el valle, en el mar: todo es claridad nueva. Todo está suspendido en cendales de luz.

Los ríos de agua iluminada, los arroyos de temblor argentado, las lluvias de cristal, el verde transparente de arboledas y montañas, el espejo inmenso del Océano Pacífico y la pureza azul de sus distancias esfumadas, aumentan la luz perfecta del sol de Culiacán que incendia tardes y corazones, en la hora nona que gravita sobre el destino común de las bestias y los hombres.

Nuestra provincia es un deslumbramiento original, cósmico, agresivo. En el seno de su espectáculo discurren, con aire primigenio, las liebres mensajeras de sus pardos colores; se presencian asambleas de zanates en ruidosa gritería y se escucha, en el silencio de sus viejos caminos, el canto perfecto de los grillos. Rápidos venados cruzan por las faldas de las serranías; pájaros azules violentan la inmensidad del cielo; zumban los álamos del río; tiemblan los animales bajo la sombra de la bebelama y el mar avienta espuma sobre la punta de las estrellas.

 

La naturaleza se impone sobre la cultura. La luz genital de Sinaloa materniza el rostro del paisaje con una soberbia de colores, de sonidos de agua, de vientos tropicales, de aguaceros en torrente, de calores extremos, para que se mueran las tardes sobre atrios de sangre y en lejanías siempre despedazadas.

 

Las ciudades, los poblados, las rancherías, son formas secundarias de la audacia cosmológica. Apenas cuentan las torres de las iglesias y las siluetas del caserío frente al clamor de los pájaros y el movimiento secular de los astros que bajan al nivel de las plantas y al lecho de los ríos.

Como en los dibujos de la prehistoria, el cielo sinaloense baja a la altura de la frente de los hombres en una lenta marea de inmensidad. Así la ruta de Santiago no es la leche derramada de otras perspectivas del mundo, sino un manto azul tachonado de estrellas que parece arrancar de los muros lúcidos de Choix, para perderse en su propio peso desplomado sobre el agua inmóvil de Teacapán.

La luna — ese astro de la poesía internacional que se fuga por lo alto de otros cielos — se sumerge en cambio, más adentro, por las radas luminosas del sur de Sinaloa. Como un as de oros grita a veces su presencia en el dorso moreno de la sierra de Durango; se bate como alfanje de lumbre contra el viento suroeste de los cañaverales; desciende suavemente a las huertas perfumadas de Culiacán; va encerrando su curva cósmica el silencio de los caminos reales y se detiene, transfigurada de luz, en los cuernos menguantes de los bueyes que sacan la carreta del río de la madrugada.

Once ríos paralelos, taciturnos, religiosos, ciñen la hilera de poblados que instaló el conquistador eúskaro más acá de la serranía, más acá del mar: en el pecho del vallado. No se explican los ríos por los pueblos que bañan, sino al contrario, los pueblos se explican por el humor interior de los ríos en su eterna caminata. El río Piaxtla es alma mater de San Ignacio; el Évora sabe la historia de todos los tiempos de Mocorito y el Tamazula y el Humaya, cruzados como serpientes de agua bajo el temblor de Venus, determinan la forma del corazón de los hombres de Culiacán.

 

No es el determinismo de Hipólito Taine lo que inspira la relación del sinaloense con el paisaje de horizontes de luz. Es decir, no es el peso del ambiente; no es la supremacía del ámbito físico lo que configura la vida de los hombres en este rincón de México. El paisaje es superior, es más potente que el hombre de Sinaloa, es cierto, pero en nuestro caso se percibe un secreto movimiento de identificación entre la flor del campo y el alma del viejo labrador costeño, entre los árboles y el carácter de la región.

 

Entre el hombre y los vegetales existe una especie de religión, de acercamiento, de penetración mutua y voluntaria. Nosotros sabemos que el sol baña las casas y que se unta sobre los garbanzales; sabemos también que las nubes nos mandan torrentes verticales de agua… hemos visto a los cometas con la cola perdida entre los montes de Cosalá; los bólidos que pasan por entre las barcas de Altata y aún así, salimos al encuentro del viento marinero, saludamos a la nube que emigra sobre las mezcaleras de Capirato, con íntima filiación voluntaria, con la conocida intuición poética del sinaloense, quien diariamente se asoma al balcón de las tardes para atisbar el ensueño que bulle en el Sacramento crepuscular.

Los hijos de Sinaloa somos hijos del paisaje, no por el determinismo mecanicista de los sociólogos, sino por afinidad de sustancias, por el élan terráqueo que flota en nuestra carne, gracias al contacto directo, objetivo, elemental en la ecuación amoroso del hombre con su tierra, su cielo y su mar. Es tan próxima la estampa diaria del cosmos sobre nuestros nervios, que muchas abstracciones no existen para las gentes de Sinaloa.

Nadie entiende aquí los husos horarios ni la línea internacional del tiempo. En nuestra comarca las horas tienen forma de flores de San Juan, de caminitos morados, de arroyos cristalinos. El alba se mira pasar como viento nuevo por cornisas y espadañas. En Semana Santa, el tiempo, en realidad, no existe, puesto que no suenan las campanas ni cantan las tórtolas en los ciruelos. La luz de enero navega visiblemente en la mirada de las mujeres; los aires de marzo flotan sobre los naranjos doblados de luz; abril es un incendio de plata y millares de pájaros en vuelo; junio es una boa que inclina las casas con su aliento; septiembre es el arco iris; octubre es un llanto de palomas y diciembre es un fantasma tremante de esperanza y de frío.

Tiempo y espacio no son conceptos abstractos mas que en rutina de la vida civilizada… por que tienen presencia física en el mejor centro de nuestra sensibilidad. Las horas están impregnadas del color de la siesta, del curso del agua, del ladrar de los perros y de la clorofila creciente de las hojas.

 

El espacio es un mundo de luz excesiva, desbordante, vital, que reverbera en ondas sigilosas pero capturables.

El tiempo y el espacio viven sustanciados de inevitable realidad.

El cosmos sinaloense es una sorpresa diaria para el hombre en la rosa de sus cinco sentidos. El mar de nuestras costas no es el mar viejo y aceitoso de las playas del Golfo de México, sino al contrario es un mar nuevo, renacido, que azota a los ojos y a los nervios con un espectáculo de maravilla trascendental; bañarse en las olas altas de Mazatlán, contemplar los peñascos centenarios, pisar sus suaves arenales, significa, en verdad, un placer afrodisíaco, un goce de la carne, un acto sensual.

 

El paisaje sinaloense es un paisaje sexual. Cabelleras de agua son sus lluvias que engendran sueños de amor en la flor ciega del corazón de las mujeres; las estribaciones de las sierras de Navachiste y Tasajera, de Tacalama y Conitaca; los litorales diáfanos de Saliaca y Lucernilla; el manchón de islas de Santa María de Ahome, de Macapule y de la Piedra; la gracia marina de las albúferas, los pozos de agua caliente de Imala y Cacalotán… nutren la líbido del hombre inmerso en la alegoría y en la alusión imperfecta de sus ojos, siempre abiertos a la luz que le baña y le circuye.

El contacto del hombre con los céfiros tenues de la playa a desleída; el olor de la humedad de la tierra recién llovida; el sabor de la uvalama, de los cocos y de los garambuyos; el adentrarse en tupido círculo del bateco, en los platanares, en los campos de malva y de tabaco; el contemplar los horizontes cargados de arrayán, de tabachines, de nanches y manglares; el aliento de los limoneros y el llanto de los arroyos… todo está turbado de una poética sexualidad que toca a la sangre en una difusa sensación de amor y de pecado.

El sinaloense es el amante sentimental de la flora y la fauna de su tierra. Hay una simbiosis instintiva, inconsciente, amoroso, entre el hombre y los animales. De pronto el viajero sinaloense se encuentra en diálogo con batracios y peces, con moluscos y reptiles. Estampas móviles de armadillos y coyotes buscan el color de la tierra; onzas y murciélagos sacuden las noches en la mirada humana; el bajo cielo se va poblando de urracas y tórtolas, de alondras y alcatraces, de grullas y palomas.

 

Tomado de: Presagio, Revista de Sinaloa; número 3, páginas 20-22.

 

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Pintura del sinaloense Alvaro Blancarte, representando lo simbología del nombre del estado de Sinaloa, México

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El gran pensador de Sinaloa y su visión poética sobre su tierra natal, su gente y su paisaje

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