Imagen de Escuinapa

December 16, 2014

Historia de los pueblos y ciudades del Estado de Sinaloa México

 

 

IMAGEN DE ESCUINAPA

 

Por: Juan Macedo López

 

“El caserío se esconde, ni tímido ni receloso, porque la carretera parece que va a impactarse sobre la llanura infinita, que viene desde Acaponeta, en donde la Sierra de Álica dibuja sus últimos picachos en escorzos azulados. Llanura dilatada, en donde las palmeras de troncos anillados exhiben penachos que no tienen la alegre gallardía de sus hermanas que producen el racimo de cocos, algunos amarillos oro, otros jade suave. El aire huele a marisma. De la costa cercana viene el lento rumor del océano. Cielo limpio, transparente, cuando el invierno sopla sus primeros vientos apacibles que acarician el rostro, que parecen entrar a las arterias para purificar nuestra sangre”.

Diego Peregrina, el magnífico inválido nos hablaba con ternura viril de los Pescadores de camarón en los esteros de Escuinapa. Tuvo siempre su espíritu en alto y alerta. Conoció como pocos los intrínguilis de las disputas entre los que reclamaban los derechos de explotación de los esteros por el sistema “tapos”. Mostraba el pergamino sobre el que, el escrutinio real, detallaba la topografía de los estrechos meandros en donde el agua salobre y la de la lluvia hacen prosperar al camarón, prisionero en una cárcel liquida. Adolescente, se le libera para que remonte la alta mar, en donde el plancton aumenta su peso. El camarón más fino es el azul. Los captores del crustáceo criado en el estero pleitaron siempre contra las disposiciones oficiales que prohibían su captura. Y Diego Peregrina estuvo siempre de su lado. Nuestros abuelos indios, informaba, grave, enérgico, vivieron de esa industria durante siglos. El pergamino, apurando la memoria, estaba fechado a finales del siglo XVII.

 

Esta gente de Escuinapa es alegre, decidora. Francisco Gil Leyva, escritor y jurista, se identificó con estos sureños y tuvo la inteligente ocurrencia de recoger, en el pentagrama, ese acento tan característico del escuinapense cuando habla, muy diferente del mazatleco y bien distante de los prolongados agudos vocálicos del habitante de Culiacán. Acaponeta se ubica a pocos kilómetros de Escuinapa y sin embargo, el acento, la entonación, valga el vocablo, no tiene semejanza con su vecina cuando charlan sus moradores, entre sí o con los viajeros.

La plaza de armas, la vieja plaza principal de las ciudades y poblaciones mexicanas, vecina del palacio municipal y de la parroquia. La conocimos desmedrada y la casa del ayuntamiento es modesta, a veces resistiendo heroicamente la violencia de la pintura de aceite de un verde rabioso, coloración que recibían también las bancas del jardín, frontero al mercado en donde conocimos el ostión gigante de Teacapán. Dentro de un depósito de hierro las ostras alargadas se ahogaban bajo una pirámide de hielo. Que nos perdonen los adoradores del dios ostión si nunca hemos rendido culto a ese marisco, deleite de paladares humanos en todos los rumbos de este mundo.

 

Palmillas era entonces una modesta ranchería cuyo manantial era un prodigio de abundancia del líquido azulenco. Bajo la espesa arboleda, el agua borbotaba sin ruido, mansa, silenciosamente. Era la fuente pública de los lugareños. Kilómetros adelante, rumbo al. norte, el Cerro del Muerto mostraba su asombroso perfil. En un domingo memorable, el doctor Emidgio Flores Sarmiento y el maestro Jesús Paniagua y el relator, incursionamos por Potrerillos con el afán de localizar piezas arqueológicas de piedra o barro cocido. Un ejidatario amistó con los visitantes y nos indicó en donde había probabilidades de encontrar el tesoro que buscábamos. Un arroyo de temporal había cavado un alveolo profundo y los estratos del terreno eran propicios para emplear los instrumentos de madera con los que, pacientes, cuidadosos, fuimos descubriendo cerámica en fragmentos. La recogimos y nos deleitamos contemplando un vaso esgrafiado, pero incompleto.

Escuinapa vive en eternos júbilos. La vecindad del mar hace a sus habitantes jocundos. Las escalas sociales se ignoran y la convivencia se democratiza más que por reglas preestablecidas, por una tradición que ojalá nunca se extinga. Su cocina se tipifica en esos tamales barbones en donde la carne del camarón aroma el bocadillo.

Plácidas las tardes en la plaza. El desfile de muchachas “que lanzan pequeños gritos modestos”, como escribía López Velarde de un escritor, aroma las horas. Diríase que salen del baño cotidiano traslúcidas, las cabelleras que gotean elíxires moceriles, el caminar cadencioso, la leve cintura que se transfigura en la curva eurítmica de las caderas y la mirada en donde se esconde o se asoma brillo de malicia graciosa. Plaza provinciana, “donde la banda toca serenata dos veces por semana” y en la que se escucharon los valses, polkas y danzas del más inspirado compositor sinaloense, nacido en Escuinapa. Su hijo, José Luis del Río, peleó bravamente para que el busto del inspirado padre se irguiera sobre un zócalo. Y nos duele no recordar su nombre. Hay un escritor lugareño que tiene verdadero talento y humorismo fino para el cuento: Dámaso Murúa Beltrán. Citamos uno que nos viene a la mente: “El Astronauta del Sur”, publicado en la revista “Albatros” de la Universidad Autónoma de Sinaloa. En nuestros lares el humorismo brota espontáneo en las charlas de café o en los corrillos, pero no se perpetúa en el escrito.

Nostalgia o saudade: Escuinapa fue el primer centro urbano municipal que conocimos por los años treintas. Y cuando nos proyectamos al pretérito mediato, Escuinapa se dibuja pequeña, singular, amistosa y nos sentimos acogidos por una habitación del Hotel Hidalgo, la hospedería tradicional que evoca en su patio, las casas tapatías en donde prospera la gloria de la rosa y el clavel.

 

 

Tomado de: Presagio, Revista de Sinaloa; número 16, páginas 10-11.

 

Escuinapa imagen

Imagen de Escuinapa, Sinaloa, México

 

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Imagen de Escuinapa
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Una visión de la vida del municipio de Escuinapa en el estadod e Sinaloa-México

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