Personajes Ilustres de Sinaloa

Héctor R. Olea (1909-1996)

 

Por Víctor A. Miguel Vélez

El municipio de Badiraguato ha sido la cuna de hombres muy valiosos, cuyos nombres han quedado grabados indeleblemente en la historia del solar sinaloense; personajes de la talla de don Fernando Cuen (1890-1953) —nacido justamente en la cabecera municipal—, general constitucionalista, abogado, diplomático en Argentina y excelente articulista y escritor; don José de Jesús María Uriarte y Pérez, obispo de la diócesis de Sinaloa (1825-1887), de tan ilustre memoria para los pobladores de Batopito, Badiraguato, de donde era oriundo; y, claro, de don Héctor R. Olea, inmenso historiador sinaloense, cuya gran obra ha venido a enriquecer el conocimiento de nuestro pasado, con la agilidad de su pluma y el manantial inagotable de su pensamiento.

Hijo de don Rosendo Olea, originario de Alicama, y dona Cruz Castaños, de Aguaruto, el pequeño Héctor Rosendo miró la luz por primera vez en Badiraguato, como él en alguna ocasión lo explicara: “en día miércoles a las cuatro y media de la madrugada, un 20 del mes octavo (agosto) de 1909. En esa aldehuela, escondida en las estribaciones de la sierra de Cariatapa, allí debe existir (decía) el sitio donde la autora de mis días me tiró de patitas al mundo a las primeras luces—albor ayuno de los relámpagos de agosto— pues, según me cuentan, el amanecer estaba iluminado todavía por la cauda del cometa Halley”.

 

Es en Culiacán, en la escuela “Lic. Benito Juárez” (localizada en la antigua calle Libertad frente al edificio que albergaba a la tétrica penitenciaría del estado, y que ahora es un recinto cultural) donde Héctor aprendería sus primeras letras y cursaría la educación elemental. Sus estudios secundarianos los realizo en el liberal Colegio Civil Rosales, teniendo que trasladarse a la ciudad de México e inscribirse en la Escuela Nacional Preparatoria de San Ildefonso, para recibir las enseñanzas positivistas que implantara, en un programa continuado de cinco años, don Gabino Barreda. En 1926, año de la muerte del general Ángel Flores, ingresa a la Casa Rosalina para comenzar sus estudios profesionales.

Desde la edad de 20 años, el joven Héctor R. Olea comenzó a dar muestras de su carácter inquieto, manifestando sus ideas políticas al participar en la rebelión escobarista, cuya naturaleza renovadora enfrentó, en los primeros días del mes de marzo de 1929, a la administración del Presidente provisional de la República mexicana Emilio Portes Gil; a la cabeza de este movimiento estaba el general de división José Gonzalo Escobar.

La rebelde juventud de Héctor lo contrapone al general Macario Gaxiola, gobernador de Sinaloa, incorporándose al movimiento de rechazo al autoritarismo imperante en el Colegio Civil Rosales. A todas luces se evidenciaba en Héctor Rosendo una tendencia política que exigía cambios en la dirección de la nación, por aquel entonces bajo la mano férrea del general Plutarco Elías Calles.

Desvanecido el vendaval de la rebelión escobarista, Héctor R. Olea se ve inmerso en un movimiento estudiantil renovador; a fines de los años veinte participa con un grupo reducido de intelectuales, llegando a la dirección de un periódico titulado Cerebro, cargo que desempeña con entusiasmo, y en el que da rienda suelta a sus manifestaciones periodísticas, las cuales adquirirían su madurez con el tiempo.

Como muchos escobaristas, Héctor R. Olea se acogió a la amnistía decretada en 1930; al intentar continuar sus estudios en Culiacán, y en virtud de sus ideas políticas, topa con la prepotencia del gobernador Macario Gaxiola, quien no mira con buenos ojos la presencia del joven periodista.

Por esas fechas, Olea, junto con Enrique el Guacho Félix, Roberto Macías Fernández, José Francisco el Checho López y de Francisco el Guibirre López, organizan un mitin estudiantil para solicitar y exigir la autonomía del Colegio Civil Rosales; en esa manifestación pública se lanzan epítetos a los diputados locales, tildándoseles de serviles ante las órdenes del gobernador Macario Gaxiola. Éste le conmina a que abandone la entidad, por lo que Héctor R. Olea es orillado a un exilio forzado en el Distrito Federal. En esa ocasión, concluirá sus estudios preparatorios e ingresará a la Escuela Nacional de Jurisprudencia de la Universidad Nacional de México. En la larga estancia que Olea tuvo que pasar en la ciudad de México, habría de forjarse el historiador que tanto ha dado a Sinaloa.

Don Héctor R. Olea forma parte, indudablemente, de esa gran pléyade de literatos e historiadores que, enfrascados en una paciente labor, han hecho posible el conocimiento del pasado de nuestra entidad; teniendo como impulsores a Chuy Andrade, Ramón Ponce de León y José G. Heredia, don Héctor ha continuado y contribuido, a la par del inolvidable ex cronista de la ciudad de Culiacán, don Antonio Nakayama, aquella tarea que se impusiera el insigne fundador del Liceo “Rosales”, don Eustaquio Buelna, de cuyas obras partirían los estudios de los no menos ilustres Manuel Bonilla, Manuel Estrada Rousseau, el estadista de renombre internacional Genaro Estrada, José Ferrel, Francisco Javier Gaxiola, José Cayetano Valadés y muchos historiadores más que cultivaron el conocimiento que explica la historia de Sinaloa.

Después de las experiencias obtenidas al realizar sus primeros “pinitos” como periodista en el mencionado Cerebro, el licenciado Olea entra en los terrenos del ensayo biográfico e histórico. En este género publicó en Puebla, en el ano de 1938, la biografía del emérito fundador del Instituto Politécnico Nacional, el sinaloense don Juan de Dios Batiz en el sexenio del general Lázaro Cárdenas.

Para 1943 publicó un folleto cuyo contenido de 68 páginas trata de la “Historia de la primera imprenta en las provincias de Sonora y Sinaloa”. Tres años después, en 1946, apareció publicado su trabajo Infidencias de fray Bernardo del Espíritu Santo, impreso por los Talleres Gráficos de la Nación y que versa sobre algunos detalles personales del que fuera quinto obispo de Sonora y Sinaloa en 1817.

En el año de 1949, nuestro prolífico historiador verá cumplido uno de los más caros anhelos de quien ha elegido dedicarse a la vida de las letras, al editar la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) su tesis profesional, con la que culminaba sus estudios de Jurisprudencia; este trabajo se tituló Las verdaderas fuentes históricas del Derecho Constitucional mexicano, y en ella proporciona información muy adecuada para explicar las aportaciones que las provincias hacen a la cultura jurídica, especialmente en lo que se refiere a la entidad sinaloense.

Perfilándose ya como un escritor de renombre, nuestro inquieto badiraguatense incursiona en una suerte de biografía novelada y picaresca: en 1951, bajo los auspicios del general Pablo E. Macías, ya para entonces gobernador constitucional del estado de Sinaloa, fue publicada una obra de ese corte picaresco, Andanzas del marqués de San Basilio, donde relata con exquisito sabor las aventuras y delirios de un simpático personaje que habiendo nacido en Culiacán resultó diciendo que era marques; se trata de la vida de Jorge Carmona, cuyo progenitor habría sido un filibustero chileno de nombre Manuel Carmona, apodado Caramocha. Este Jorge Carmona vendría con las huestes del comandante de la fragata Lucifer, es decir, Gazziele, en su expedición punitiva sobre suelo sinaloense; habiendo intentado tomar Culiacán, los invasores franceses que descendieron de sus embarcaciones en el puerto de Altata, y guiados al parecer por este Carmona, fueron finalmente derrotados en la ya famosa Batalla de San Pedro, en las cercanías de la capital sinaloense, en aquel glorioso 22 de diciembre de 1864, en que las fuerzas francesas fueron desbaratadas por los patriotas mexicanos; en fin, Héctor R. Olea recrea con sabroso colorido las marrullerías y la charlatanería de un embaucador que llegó a enredarse con viuda rica, y quien París se hizo’ ‘marqués de San Basilio” al comprar a otra viuda el título nobiliario de su difunto esposo, por la cantidad de 50,000 francos, ostentando desde entonces el blasón de la nobleza italiana de los Bassodano y Arducci, descendientes de las líneas de los Borgia y los Medicis. Después de haber convivido en los distinguidos círculos de la aristocracia europea, este hábil catador de finos vinos y esgrimista de buenos modales, viene a terminar sus días entre la modorra del Culiacán de la última mitad del siglo XIX.

En ese mismo año de 1955, Héctor P. Olea diversifica la naturaleza de su temática como historiador, al participar como ponente, junto con José G Heredia, en el Primer Congreso Nacional Pedagógico, exponiendo su trabajo Historia de la educación en Sinaloa; en el ámbito de los simposios, Héctor R. Olea comienza a desplegar una creatividad inusitada: en 1955 intervino como ponente en la XI Sesión del Congreso Mexicano de Historia que tuvo como sede la Universidad de Sinaloa; como resultado de este evento cultural, en 1960 fueron publicados los trabajos ahí presentados, destacando dos ponencias que evidencian la madurez intelectual del escritor badiraguatense; ellas son “Instituciones político-jurídicas en Sinaloa” y ” Gobernantes del Estado de Sinaloa”, aparecidas en una obra de conjunto con el título de “Estudios Históricos de Sinaloa”, bajo la dirección de don Antonio Pompa y Pompa.

Escritor infatigable, no ceja en su empeñosa tarea de legar a la posteridad sus investigaciones en torno a personajes y procesos que forman parte de la historia regional; así, en 1960 daría a conocer un artículo titulado “Los obispos españoles del noroeste frente a la independencia nacional”, el cual fue publicado en la revista Noroeste que se editaba bajo la dirección de don Alejandro Hernández Tyler; en la misma línea, en 1963, saldría a la luz pública El Payo de EI Rosario, escritor liberal del siglo XIX, obra editada por la imprenta Arana de la ciudad de México; y en ese mismo año de 1963, en edición homenaje, la Universidad Autónoma de Sinaloa publicaba su ensayo”LaUniversidad de Sinaloa y su historia”, en el XC aniversario de la fundación de la institución.

En 1964 fueron publicados sus “Estudios históricos de la Revolución en Sinaloa, 1910-1917″, por el Patronato del Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución.

Al finalizar la década de los sesenta, don Héctor R. Olea consolida su prestigio de historiador. Con una prosa ágil y lúcida desarrolla un estilo muy propio que le da reconocimiento nacional. En 1969, dentro de la serie “Testimonios de Atlacomulco”, el Gobierno del Estado de México publicó una panfletografía del “Payo del Rosario”, en la que nuestro prodigioso badiraguatense demuestra su predilección por Pablo de Villavicencio, a través de una resabia biográfica de este liberal decimonónico.

La obra profunda de don Héctor R. Olea adquiere matices de dramatismo, al incursionar en temas muy escabrosos de la Historia Nacional; en el año de 1971 la editorial Costa Amic da a conocer La tragedia de Huitzilac, en la cual don Héctor pormenoriza la vida y muerte del general Francisco R. Serrano, quien fuera secretario de Guerray Marina; un año después publica la Memoria del marqués de San Basilio, es decir, en 1972.

El género biográfico sigue siendo cultivado por don Héctor, descubriendo un filón en esta temática; con la publicación de Mi sueño rescata del olvido la obra del general Salvador Alvarado, prologando este texto que se había encontrado en un periódico de Yucatán, y que fue editado bajo la responsabilidad de la Comisión Nacional Editorial del Partido Revolucionario Institucional (PRI) en 1976. En ella se plantea el programa revolucionario del Gral. Salvador Alvarado.

Con el ensayo “Historia de la fundación del Colegio Rosales” participó en los Terceros Juegos Florales Nacionales de Guasave, realizados en 1977, resultando galardonado con el primer lugar en el género de prosa.

Incursionando en obras de tipo científico, don Héctor R. Olea produce su “Ecología descriptiva de Sinaloa”, siguiendo los pasos que marcara el Lic. Eustaquio Buelna; la publicación corrió a cargo de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística y apareció en su Boletín de 1977. Esta obra de Olea fue leída en muchos países de Europa, esencialmente en las sociedades e instituciones científicas de aquellos.

En don Héctor R. Olea resulta legítimamente aplicable el viejo adagio que reza: ”por su obra lo conoceréis”, y vaya que sí ha sido bastante generosa su producción histórica, biográfica y literaria; sin dejar de lado ningún aspecto prosístico, imponiéndoles su sello particular.

Las obras de don Héctor son muy variadas y amenas, constituyendo una invitación a su lectura; los personajes históricos son aderezados con el género biográfico, con una riqueza de colorido que no tiene límites.

Toda una vida dedicada al diestro manejo de la pluma ha hecho posible una variada y rica producción literaria, donde la historia ha sido el eje rector del discurso en la obra permanente de don Héctor R. Olea. Desde aquellos lejanos días en que dirigiera el pequeño periódico estudiantil, con el sugestivo nombre de Cerebro, y luego fungiera como redactor del periódico La Prensa, el transcurrir de la existencia del señor Olea se ha pasado entre el batallar de un pensamiento indómito, desarrollado en su labor periodística, y en la exhaustiva, pero placentera, labor de crear el conocimiento histórico, partiendo de los testimonios buscados con la paciencia del gambusino, y moldeados con la finura del orfebre.

Su interés por la vida y obra de personajes ilustres hicieron de don Héctor un excelente biógrafo; así tenemos una vasta obra de corte biográfico, con la cual es posible conocer aspectos muy importantes del pensamiento y acción de hombres y mujeres famosos en la historia de México.

Además de las ya mencionadas anteriormente, don Héctor versó sus biografías en torno de figuras reconocidas en otras regiones del país; así tenemos la Vida de Belisario Domínguez, libro que fuera editado por la Dirección de Publicaciones del Senado de la República en el año de 1965; en 1974 apareció publicada Leona Vicario y la ciudad de México en la colección popular de México No. 34; Ia muy interesante biografía titulada Supervivencia del litógrafo José Guadalupe Posadas que publicó la editorial Arana, allá por el año de 1963, obra premiada con el primer lugar en el concurso convocado durante los Juegos Florales de Aguascalientes; una sensible remembranza constituye su opus Los funerales de Amado Nervo, edición que tuvo lugar en 1971.

La variedad de la obra de don Héctor nos transporta hasta los últimos años de los sesenta; en el mismo género biográfico histórico produjo Los héroes de Caborca, publicada en 1958; y una Historiografía de la Baja California que se publicó en 1959.

Otra obra que nos da idea de la diversidad temática de nuestro conspicuo badiraguatense es La arquitectura colonial religiosa del estado de Hidalgo, presentada como ponencia en el Primer Congreso de la Cultura del Estado de Hidalgo y publicada en la memoria respectiva, por la Universidad Autónoma de Hidalgo en 1970.

Como editor, estuvo a su cargo la publicación del libro de la Sra. Nuttlak, una rara obra con tiraje limitado a 116 ejemplares, destinada a una pequeña élite de lectores oaxaqueños: Una curiosa supervivencia del caracol de púrpura en Oaxaca, como rezaba el título de tan extraño opúsculo, publicado en México en 1971.

Hablar de una persona tan distinguida como el Lic. Olea significa, indudablemente, referirse al ámbito de la cultura; su capacidad creativa ha sido tal, que rebasa todas las expectativas de la emulación. Dentro de esa panorámica cultural ha recibido muy merecidas distinciones; en este tenor ocupa a perpetuidad el cargo de secretario general del Congreso Mexicano de Historia, así como el puesto de vice presidente de la sección de Historia de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, institución fundada desde el ya remoto año de 1833.

Sus publicaciones se han extendido a todos los medios escritos de difusión, los artículos de don Héctor han quedado impresos en revistas universitarias, periódicos nacionales, tanto de provincia como de la capital, y muchos de ellos han traspasado las fronteras para ser leídos en el extranjero.

Cabe mencionar sus libros, como todos, de excelente cuño, que tratan fundamentalmente acerca de la historia de Sinaloa. Entre ellos hay uno de necesaria consulta para quienes se interesen en la investigación de la toponimia y la geonimia que sustentan con seguridad el conocimiento de los nombres antiguos de las poblaciones de la entidad sinaloense; en forma estructurada, don Héctor proporciona una especie de diccionario de la lengua cahita, mexicana y purépecha para establecer la identidad lingüística del viejo Sinaloa y el actual. Así nos explica que Badiraguato significa “lugar del río entre las montañas” en Los asentamientos humanos en Sinaloa, siguiendo un orden alfabético; esta obra fue publicada en 1980 por la Universidad Autónoma de Sinaloa.

Imbuido por la naturaleza de las leyes humanas, en virtud de su formación profesional en el terreno de la Jurisprudencia, don Héctor escribió Sinaloa sus constituciones, incrementando su aporte bibliográfico en los estudios históricos del Derecho Constitucional.

Entre sus obras más recientes, que muestran a un Héctor R. Olea en la plenitud de su productividad como escritor distinguido, tenemos:

Trayectoria ideológica de la educación en Sinaloa (1592-1937), publicada en 1993, en coedición entre DIFOCUR y la Universidad Autónoma de Sinaloa e impresa en los talleres de esta última. Aquí, don Héctor realiza un interesante recorrido por el periodo propuesto, analizando los avatares de la educación sinaloense, destacando los aspectos más importantes de la cultura mesoamericana, la génesis de la educación novohispana, los ecos educativos durante el lapso de la Ilustración, las influencias de las escuelas lancasterianas y la educación monástica clerical, el proyecto liberal del nuevo sistema educativo enarbolado por el ideario juarista, fundamentado en la doctrina del positivismo, la educación en el contexto de la Revolución mexicana y, por último, analiza las orientaciones revolucionarias que se dieron a la instrucción publica.

La imprenta el periodismo en Sinaloa, 1826-1950. Quizá la más novedosa obra de don Héctor, publicada también en coedición entre las dos instituciones de mayor trascendencia cultural en el noroeste de la República mexicana, es decir, la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS) y la Dirección de Investigación y Fomento de Cultura Regional (DIFOCUR), impresa este mismo año de 1995 en los talleres de nuestra “Alma Mater”. En palabras de Jorge Briones, en esta obra de don Héctor R. Olea Castaños se encuentran conjugadas la historia y el periodismo como realidades concretas; en ella se consigna de manera meticulosa y ordenada, la historia del periodismo que se ejerció en Sinaloa desde sus años formativos hasta la primera mitad del siglo XX. Por su forma y contenido, dice nuestro amigo Briones, este trabajo es una excelente obra de divulgación, en donde el lector común podrá enterarse y, en algunos momentos, hasta sorprenderse de las peculiaridades que tuvieron cada uno de los rotativos fundados en Sinaloa.

Con esta obra don Héctor cierra un círculo que comienza con su irrupción impetuosa en el periodismo, en aquellos años mozos de su vida estudiantil en Sinaloa, hasta llegar a esta satisfactoria época de su madurez intelectual, precisamente con una obra histórica que versa sobre el periodismo.

Son ya algunos autores los que han analizado la vida fecunda de don Héctor R. Olea Castaños, estructurando su producción historiográfica en forma cronológica. Entre ellos podemos citar a dos de nuestros informantes, los cuales han dado un seguimiento a su capacidad literaria, ellos son: Ricardo Mimiaga Padilla y Herberto Sinagawa Montoya, ambos con conocimiento de causa en los rasgos biográficos del ilustre badiraguatense que ahora es sujeto del merecido homenaje del pueblo situado en el “lugar del río entre las montañas”: Badiraguato.

Pero, finalmente, don Héctor es el único personaje de la tierra que conoce sus intimidades espirituales. Para este fin hemos dejado que con sus propias palabras externe la realidad de su prodigioso pensamiento poético. En una obra que él califica como su etopeya, abre su corazón a los lectores que ha cautivado con la riqueza de la prosa finamente elaborada; en Torre de Marfil, impresa en México en el año de 1983, don Héctor comienza con un epigrama en el cual destaca un proverbio chino —rematando su dedicación a sus hijas y a su amigo— que dice “Las hojas cuando caen vuelven a la raíz”, simbolizando con ello sus anhelos de retornar al terruño que lo vio nacer: Badiraguato.

Ya al final de esa nostálgica escritura, don Héctor nos regala párrafos sensibles que brotan del interior de su espíritu:

“Y, en mis ratos de ocio creador escribí unas coplas en merecido homenaje a las gestas heroicas de mi aldea nativa, lugar mediterráneo entre las montañas y el mar de tan suave clima que atrae el vuelo periódico de las románticas avecillas:

“Parvadas de golondrinas al terruño campirano, tornaban como el retiro de San Juan Capistrano.

”La serranía imponente y elevada con sus entrañas de oro y de plata, que tanta fama le dieron en tiempos antiguos, me ha hecho rememorar:

“Los picachos de Buragua, Santiago de Caballeros, semejan cuernos de ciervo, por hondos desfiladeros.

“Desde Copalquín, Babunica y Santiago bajaron revolucionarios de romance a mi pueblo:

”Badiraguato sitiado, Plaza de gallos cerreros, ‘repiques de treinta treinta en campanas de lucero’ “.

Ahora bien: otro fragmento cuya nostalgia me hizo quebrar la voz y acelerar el corazón:

“Mis ancestros en la tumba acuática de Alicama. Leyenda de San Francisco y del caballo fantasma.

“En el fértil suelo de mi pueblo y en la municipalidad de Badiraguato han nacido teólogos, historiadores, poetas, escritores, embajadores, jurisconsultos, generales del ejército y científicos que le han dado fama nacional.

” Volví, en cierta ocasión, después de muchos años, a la presa en donde quedó ahogado el pueblo de mi padre, Alicama, la única señal de su existencia es la cúspide del cerro de ‘Las Piedras’ en cuya falda inundada está el camposanto en donde se encuentran sepultados para siempre los restos de mis antepasados.

“En las compuertas del embalsamiento vi la linfa liberada rugiendo torrentes con torbellinos de espuma, pero que lleva a tierras sinaloenses esencias de los míos, polvos de aquellos seres que tuvieron mi misma sangre y semejante voz, esa agua saltarina que da de beber a la madre Tierra, diosa de las antiguas teogonías.

“Ese recorrer el país me hizo amar mas a mi patria. En estas glosas dejo, aparte de mi cariño a la aldea de Badiraguato, el testimonio de cómo y por qué escribí y publiqué mis libros, y de mi trato con algunos intelectuales de mi tiempo. Me alentó en esta labor mi excelente amigo, óptimo historiador y el último legislador del Constituyente del 17, D. Jesús Romero Flores, que ha dicho:

‘.. Héctor R. Olea, el gran escritor, que con tan bellos libros ha enriquecido la literatura mexicana. Y como musa es también Clío, sólo me resta repetirle la frase de Darío:

‘Cuando una musa te dé un hijo, que las otras ocho se queden encinta’.

“He aquí el resumen de mi modesta labor. Ojalá, en los estados anímicos o pinceladas de esta etopeya, haya logrado retratar el hombre que fui o que creo haber sido.

‘La vida del hombre —solía decir el maestro D. Antonio Caso— es muy semejante a la lectura de la inmortal obra de Cervantes. Cuando se lee el Quijote: en la niñez es una carcajada; en la juventud, una sonrisa; y en la vejez, una lagrima’.

‘‘Este pensamiento del filósofo me hizo meditar sobre las tres edades del hombre y el origen de mi niñez en la aldehuela de Badiraguato, escondida entre las montañas, tierra donde se evaporó mi primera lágrima y en su aire diáfano quedó diluido mi primer suspiro.

‘‘Ahora bien: en aquel momento en que la intrusa me dé helado y mortal beso, anhelo que ponga en mis labios el soliloquio del iluminado poeta indú:

‘Sé que, en el vago ocaso de un día, el sol me dará su último adiós. Los pastores (quizá en mi tierra natal) tocarán sus flautas bajo los árboles (o amapas florecidas), y el ganado pacerá en la pradera del río. Y mis días irán entrando en la oscuridad.

“Lo que le pido es saber, antes de irme, por qué me llamó la Tierra a sus brazos, por qué me habló de estrellas el silencio de su noche, y la luz de un día besó mis pensamientos y me los puso en flor”.

 

 

Héctor R. Olea

Héctor R. Olea (1909-1996), historiador , poeta de Sinaloa

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