Gustavo D. Cañedo

March 12, 2015

 

 

Gente de Sinaloa

 

 

GUSTAVO D. CAÑEDO

 

Por: Cipriano Obezo Camargo

 

El paso del tiempo fue dejando su huella de calendarios blancos en las sienes del hombre.

La vida, al transcurrir sin tregua, también fue escribiendo en el libro de su experiencia páginas que sumando buena fe, enunciando honradez y delineando perfiles humanos, dieron forma a una biografía sui generis, en que el formato de un órgano de información y el propósito y la esperanza de un ser humano, se fundieron para dar vida a un todo que se explica a manera de la simbiosis de que habla la biología.

Después de 14 lustros en que el primero empezó columpiándose en el vaivén de una cuna pendiente de las vértebras dorsales de la Sierra Madre Occidental y el último, ya enraizado en una vida, fluye aclimatado al bochomo de los tórridos veranos de la confluencia Humaya—Tamazula, cuando el signo de su existencia está allí, oteando en el espíritu tradicional y terco del señor de la modestia y rector de la bonhomania, que no habiéndose entrenado en el innoble arte de obrar mal, se quedó con su edad a medio camino, sin haber aprendido a hacer nada más que redactar todos los días, al caer la tarde, su cotidiana oración a cuatro páginas en tamaño tabloide que, al traducirse en facturación de fin de semana, apenas da para comprar el duro pan de la limitación y el pago de la sombra del techo ajeno, donde la siesta a veces es sueño de soñar días mejores, o terrible pesadilla de suponer más angustias.

Sin embargo, el pecho del hombre es así de ancho, y así de noble es su mano al estrecharla, mientras la calidad de su sonrisa se disuelve en un respeto a la amistad perpetua, sin más condición que la de ser lealmente amigo.

Nació en Cosalá, cuenta, allá en el costillar de las altas montañas sinaloenses que ven al oeste, en un día 4 de agosto del año de 1908. Y asegura que a partir de su inocente visita a la pila bautismal, quedó bordado en la pretina de sus panales el nombre de GUSTAVO DANIEL. Cañedo se apellidaba mi padre, confiesa, y se llamaba también Gustavo, como yo. Y mi madre, continúa diciendo, respondía al nombre de María del Refugio López de Cañedo.

Y luego relata que ya entrado en juventud, un día se precipitó cuesta abajo entre la arena suelta y los cantos rodados que vienen de más arriba, arrastrado por las aguas broncas de los arroyos que van a los cauces padres para ir a morir al mar, y fue a quedar atrapado en una balsada del destino, varado en un remanso playero del puerto de Mazatlán.

Días después su espíritu de aventura lo empujó nuevamente, a la capital de la República, pero tampoco allá encontró acomodo que le gustara y, navegando otra vez en el balandro de su inquietud, vino a parar a Culiacán, ya entrado el año de 1936.

Asegura que asistió a la escuela hasta la iniciación del primer grado de la preparatoria, en unos cursos que se impartieron hace muchos años aquí, con horario nocturno.

 

LO QUE EMPEZÓ COMO JUEGO SE CONVIRTIÓ EN PROFESIÓN

Como una curiosidad o entretenimiento, hizo sus primeras armas en el periodismo de provincia, colaborando con el “formal — informal” Luis G. Rico, en su diario “El Regional”, mientras simultáneamente trasponía las cancelas del viejo Palacio de Gobierno de la calle Rosales, atrapando un buen empleo cuando gobernaba el Estado el coronel Rodolfo T. Loaiza.

Si bien la ciudad que un día fundara, hace mas de 430 años el cruel trotamundos de la Conquista, don Nuño Beltrán de Guzmán, lo miró de reojo los primeros días, pasando el tiempo, cuando el olor de los tacuarines, el sabor del agua del Humaya y el contacto de las consejas y los gajos de historia de estas latitudes, lo amarraron definitivamente; los anales de la capital sinaloense le hicieron un campito en sus renglones para asentar su nombre, por el solo mérito de haber definido ya su querencia.

Anclado tras un escritorio burocrático, determino quedarse para hacer huesos viejos en aquel oficio, creyendo que desde aquel sitial estaba sirviendo al pueblo del cual provenía, dando por buenos los planes trazados por el Señor Gobernador y por válida la forma de hacer justicia que el mismo mandatario había adoptado.

Pero un buen día prendió en él y en otros trabajadores de las artes gráficas, la idea de editar en segunda época el diario vespertino “La Voz de Sinaloa”, que años antes fundó y dejó morir al poco tiempo, don Manuel Sánchez Hidalgo, conviniendo para tal fin, con el Gobierno del Estado, el traspaso a su favor del equipo y maquinaria del periódico “El Diario de Sinaloa” que dirigió don Liborio Giles para alentar la campaña política del propio Coronel Loaiza.

Puestos de acuerdo, Gustavo se puso al frente de una Sociedad Cooperativa que integraron El Chito Ramos, Salvador Zazueta y Eduardo García, entre otros, y el tabloide volvió a ver la luz pública, por segunda vez, el 13 de marzo de 1944.

¿Pero estaba definida ya la idea de dejar su empleo en el gobierno para hacerse periodista? Parece que no. Se consideraba sin la experiencia suficiente en aquel campo, y no confiaba en nada seguro para el porvenir. Sin embargo, seguía dando pasos adelante en aras del “a ver qué”, y resolver después lo que más conviniera.

 

VOCERO DEL PUEBLO

Más, al correr los meses, la mayor parte de los miembros de la cooperativa empezaron a inconformar se al considerar que aquello daba solo para irla mal pasando, pero sin proyecciones que valieran la pena. Y uno a uno de los socios se fueron yendo, pasándole sus acciones a don Gustavo D. Cañedo, y en un lapso relativamente corto, se encontró con que, sin haberlo pensado ni haber trazado planes para el caso, era dueño, gerente y director de aquel periodiquito de la capital del Estado.

Pensando en que él solo no podría llegar a ninguna parte, resolvió constituirse en vocero de las causas y clamores del pueblo, corriendo los riesgos de los jalones de orejas del sector oficial y de la suspensión de publicidad de la iniciativa privada de entonces. Para tal fin abrió las puertas de “La Voz” a los jóvenes de la época que por curiosidad, por causas de desempleo o por definida vocación, se resolvieron a incursionar en aquel medio.

 

ESCUELA DE PERIODISTAS

Otros ya entrados en años e iniciados en el oficio, fueron llamados o llegaron por su cuenta a “echar su cuarto a espadas”, y las plumas primerizas de Alfonso L. Paliza y de Jorge Medina León empezaron a alternar con el calculado y alegre desparpajo literario de Manuel “El Tatá” Jiménez; el rigor gramatical de Reynaldo “El Chacho” González Jr.; las punzantes alusiones de Antonio Pineda “Toñico” y las acidas pedradas con que Pancho Gil Leyva hacia que sus notas destilaran burla, cuando denunciaba las marrullerías de los políticos en el candelero.

El Viejo Carlos Mateo Sánchez llegó también un día, trayendo ya de la oreja a su hijo putativo Eudomóndaro Higuera, “El Tuerto”, engendrado en una de sus correrías por el Arroyo de los Perros. Amalio Barreda, metido “hasta las verijas” en sus textos de Historia Antigua, ponía a repasar libros a los que presumían de eruditos en su afán de criticarlo, y el Padre Barraza, por su cuenta, dejó por mucho tiempo “la sotana colgada del clavo”, para redactar sus colaboraciones cada vez que se le ocurría.

Digno de mención es también Alejandro Hernández Tyler que con sus datos de efemérides, sus Siegas Hebdomadarias y sus “chifletas” emponzoñadas, dió mérito para que se anotara su nombre, “cálamo currente”, que dijera el venerable don Reynaldo González Sr., en el rol de colaboradores de postín, del mismo modo que se ganaban un lugar Antonio Nakayama y Pancho Peregrina, levantando templos a la narración histórica de Sinaloa y a la configuración del cuento folklórico regional, sin pasar por alto a Luis Gutiérrez Domínguez, Francisco Higuera López y Carlos Manuel Aguirre que, junto a Gustavo D. Cañedo, estrenaron sus primeros pantalones largos de colaboradores ya logrados.

Por aquellos tiempos también, Manuel “El Chino” Ureta empezó a llevar y traer temas de la crónica social, adornándolos con el inspirado toque gráfico de su cámara y sus flash de campaña, mientras Rafael Rodríguez Rábago y Pedro Serrano, husmeaban por las fuentes oficiales buscando material que llevar al “molino cañedeño”.

Odilón López Urias irrumpió en plena juventud e hizo verano en “La Voz”, sorprendiendo a tirios y troyanos por su afilada forma de señalar errores y denunciar responsabilidades.

Con el tiempo volvió “El Chito” Ramos, y en sus épocas llegaron Jaime Coronel Rivera, Ramiro Guerrero, Miguel Gaspar, Juanito Zavala y Raúl Franco Jr., entrando a la historia del tabloide, en tanto que poco después hacían lo mismo Chuy Acosta y Juan de Dios Guerrero.

“El Güero” Verdugo, hasta hace poco sentado en su vieja silla de siempre, cumplió pluma en ristre, el viejo oficio de implacable corrector de pruebas, pese a cuyo celo y al de otros que en, otros tiempos ocuparon tan rudo sitial, se pasaron por alto muchas y altamente cotizadas “perlas”, entre las que hizo historia aquella cabeza de antología de “NAVOLATO A OBSCURAS POR FALTA DE LUZ”.

El que esto escribe convivió por años también, con columnistas y reporteros, los sábados cruciales en que a la hora de la “raya”, solía despedírseme con un “espérate pa’l lunes”, que me ponía “a mano”.

A Guillermo Cano Tiznado le toca, hasta el momento, ser el socoyote de los redactores primerizos que Megan al aduar periodístico regido por la ley del excepcional Gustavo.

 

A LA MITAD DEL CAMINO

Y, entre tanto, han transcurrido treinta y tres años desde aquel día que el vespertino volvió a hacerse sentir, hasta ocupar, para estas fechas, el decanato de la prensa culiacanense.

Pero Gustavo D. Cañedo se quedó donde mismo; a la mitad del camino, pobre, agobiado por los años y los quebrantos de su salud, pero sin culpas que pagar ni pecados que confesar, a pesar que su paso por el Congreso del Estado luciendo las vestiduras de los padres conscriptos, fue juzgado por algunos como pisada en falso por las veredas del sometimiento político.

Pero los que lo conocemos de cerca; los que hemos captado la transparencia de sus principios morales y su modo de ser, estamos seguros que nada hubo de eso, aunque sea cierto que el periódico en manos más “profesionales” no fuera a estas fechas, todavía, el mismo texto de “cotidiana oración a cuatro páginas en tamaño tabloide”, que ya tiene casi sabor a letanía.

Quizás si Gustavo hubiera resuelto, en uno de sus momentos de penuria y desesperación, venderle su alma al diablo, fuera para estos días un hombre de influencia en la iniciativa privada, de cuenta bancaria gorda y residencia lujosa. Pero tal vez su frente no pudiera levantarse tan alto; tal vez su sonrisa pudiera ser menos confiable; tal vez su amistad no sería tan honrosa.

¿Habrá cavilado en todo esto el propio Gustavo D. Cañedo? ¡Quien sabe…! No nos interesa saberlo como respuesta a una pregunta. Bástenos verlo que aún está allí, reporteando por teléfono los sucesos del día, redactando, una por una, las notas de cada número, cabeceando y corrigiendo pruebas y haciendo el periodismo que él entiende; a la vieja manera que lo hicieron los pioneros.

¿Que el tiempo lo dejó atrás? ¡Quién sabe…!

A la mejor él echó al tiempo delante para quedarse y darse el placer de escribir a su gusto; de seguir concibiendo el periodismo a su manera; de querer hacer escuela a su leal saber y entender.

¿Anticuado, como algunos lo juzgan? Tal vez…

¿Anquilosado, como otros calculan? A la mejor…

¿Despreocupado, como lo critican los de más allá? Quizá.

Pero de todos modos él está en activo con su “Voz de Sinaloa” en los brazos, estampándole cada día su beso paternal en la frente y regalándole un pobre vestido nuevo, de escasa publicidad, cada 13 de marzo, rodeado de un círculo de leales amigos, pródigos en fraternales felicitaciones.

 

ENTREVISTA SIN SERLO

Ahora, permítasenos confesar que las líneas pergeñadas antes, contienen la suma de referencias históricas que afloraron un día de estos que tuve que visitar a Gustavo D. Cañedo, con la intención de convenir con él “la fecha para una entrevista”.

Al concluir la charla y captar el sentido de mi sonrisa de satisfacción, comentó sentencioso: Mira, todo lo que te he platicado ahora, días más, días menos, es lo que tendría que contestarte en tu entrevista de marras, y seguramente todo lo que me ibas a preguntar el día de la fecha. Anda y ve como te las arreglas con los datos que ahora has obtenido, y dejemos por un lado la idea de volvernos a enfrascar en lo mismo.

Sin embargo, con una aparente sangre fría propia de un hombre digno, se guardó de confesarnos que su empresa editora está abrevando en los charcos en que se beben los postreros tragos del acíbar de la derrota definitiva. No será novedad para los que estamos presenciando de cerca el drama, que cualquier tarde de estas flote en girones, a media asta prendido al brazo pregonero del último de sus papeleritos, el último número de “La Voz de Sinaloa”, alentado por la gastada voluntad de su cansado director.

Todavía el viernes 19 de agosto del977, protestó contra versión publicada con fecha 4 del mismo mes, de que ese día “La Voz” había cerrado sus puertas para siempre.

Sin embargo, de “moverse aún”, lo volvernos a asentar con un de¬jo de indeseable seguridad: ¿cerrara su segunda época el más viejo de los periódicos locales, “LA VOZ DE SINALOA”?

 

Tomado de: Presagio, Revista de Sinaloa; número 4, páginas 4-6.

 

Periodista sinaloense Gustavo D. Cañedo

Don Gustavo D. Cañedo, gente sinaloense

 

Summary
Name
Gustavo D. Cañedo
Job Title
Periodista
Address
Cosalá,Sinaloa, México

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