Biografías de sinaloenses

GUSTAVO D. CAÑEDO, Maestro y Periodista

 

 

Por: Alfonso L. Paliza

Los viejos residentes de Cosalá —lugar de comadrejas—, todavía recuerdan las inquietudes de aquel rapazuelo, hijo de médico estimado a quien llamaban familiarmente Gustavío lo mismo en sus horas de juego en la colonial villa que asomándose a los trapiches piloncilleros, a la espera de degustar el dulce de la caña que salía oliente y apetitoso.

Apenas bordeando la adolescencia, Gustavo Daniel Cañedo López tuvo su primera responsabilidad, la de profesor primariano, y cuenta don Francisco Campaña que fue su alumno entre otros tantos, que a la salida de clases se confundían, maestro y alumnos, en juegos propios de todas las generaciones de niños, que se van trasmitiendo sin alteración alguna.

Años más tarde incursionó en el servicio postal, como modesto cartero, y sus inquietudes lo trajeron a la ciudad en busca de mejores horizontes.

Cuando ingresó a la burocracia estatal, en el gobierno del coronel Rodolfo T. Loaiza, Gustavo Daniel quizá encontró la verdadera cuerda de su vocación que lo ligó definitivamente al periodismo.

Tenía a su cargo la Oficina de Acción Social y entre sus ocupaciones figuraba la de leer la escasísima prensa de aquella época, El Regional de Luis G. Rico y La Opinión de don Amado Zazueta; El Hombre Libre, La Opinión, Restauración, de Los Ángeles, California, así como publicaciones de la capital que llegaban con bastante retraso por ferrocarril, pero que siempre atraían a los contadísimos lectores que se daban el lujo de comprar prensa foránea.

Cada mañana, a la hora en que el gobernador era afeitado por fígaro particular, Gustavo Daniel Cañedo leía en voz alta los pormenores de la información impresa que fueran del interés del coronel Loaiza, así como los telegramas y mensajes que por el sistema de teléfonos del estado trasmitían a diario las autoridades menores de la entidad.

Intuitivo natural, Gustavo D. Cañero, sabía lo que podía ser del interés de los directores de periódicos locales, y no sólo se conformaba con pasar oralmente la información sino que la llevaba a las redacciones para volcarlas sobre cuartillas, bajo las miradas de los entonces profesionales de la tecla: Manuel Lazcano Ochoa, Samuel B. Híjar, José Luis Montoya y Antonio Pineda Gutiérrez, del equipo de El Regional, o con Amado Zazueta hijo, en La Opinión, quien, se dice, era tan aficionado a la cacería que dejaba preparadas dos y hasta tres ediciones del vespertino y se iba a la búsqueda del venado por los montes cercanos a Culiacán, donde abundaba la fauna.

Tenían larga vigencia las informaciones y los aconteceres de aquel Culiacán provinciano. Eran temas de obligada conversación durante días o semanas, pues poco era lo que rompía la bucólica tranquilidad de una sociedad entregada a la rutina de una vida de sosiego, que tenía por centro de actividad la misa dominguera, el paseo por el Puente Negro, la Huerta de Teodorón, La Alberca Emma, o acudir a la estación del Ferrocarril del Pacífico a presenciar el paso de los trenes de pasajeros.

Fue El Regional, la cuna de la nacencia en el periodismo lugareño de Gustavo Daniel Cañedo, dolor de su creador, el integérrimo periodista don Amado Zazueta Senior, por su identificación con los países del Eje Berlín-Roma-Tokio, y en los mismos talleres, para que no perdieran su trabajo los obreros, surgió El Heraldo de Sinaloa —órgano de las Democracias—, patrocinado por el gobierno, siendo su primer director el Lie. Alejandro Barrantes. En ese intrascendente cuanto efímero tabloide de circulación obligada entre la burocracia, dejó huella de su paso Gustavo Daniel.

Surgía bajo la dirección del fallecido Liborio Giles El Diario del Pacífico en los talleres de la familia Loaiza, y en esas páginas desfilaron las plumas de la época.

El asesinato del Coronel Loaiza en el “Patio Andaluz” del hotel Belmar, de Mazatlán, en lo que era alegre noche de carnaval, estremeció a la sociedad.

Balas disparadas por Rodolfo Valdés “El Gitano” cegaron la vida del más brillante político que dio Sinaloa.

El cuerpo del gobernador Rodolfo T. Loaiza fue traído a velación a Palacio de Gobierno y la secuencia produjo serios sacudimientos en la prensa culiacanense que señalaba como autores intelectuales a políticos en el candelero.

Desaparecieron El Heraldo de Sinaloa y El Diario del Pacífico.

Giles no quiso soportar la carga del periódico y lo entregó a Gustavo D. Cañedo quien cerró un ciclo para iniciar otro.

En tamaño estándar, a 8 columnas, se voceó un 13 de abril de hace 34 años, el vespertino La Voz de Sinaloa, que se trabajaba en forma cooperativa.

Domingo Gómez Llanos, emparentado con la familia Loaiza, era el administrador. Angustias y neurastenias sabatinas lo hicieron abandonar el barco y Cañedo se quedó al frente de La Voz en cuyo primer número se daba noticia, como nota principal, de la designación de Lino Aguirre como Obispo de la entonces Diócesis de Sinaloa.

«De mis quincenas como burócrata —pues también fui líder del Sindicato que los agrupaba bajo la denominación STASE—, para desesperación de Mercedes, mi esposa, ayudaba a cubrir la nómina», me dijo más de alguna vez Cañedo.

En la modestísima redacción y talleres, surgió de nueva cuenta la vocación de maestro y definitivamente abrió las puertas a una nueva generación juvenil con inquietudes por el periodismo y con urgencias de comunicar sus inquietudes, el renovado fuego interno de la soñadora edad de las promesas irrealizadas.

Por sus páginas desfilaron en distintas épocas, Anatolio Ortega, el veterano Fernando Octavio Ramos, el Profr. Reinaldo González Jr., Manuel “Tatá” Jiménez López, Carlos Mateo Sánchez, dibujante y administrador y lo que Gustavo Daniel denominó “Los nuevos valores”: Rafael Vidales Tamayo, Roberto Hernández Rodríguez, Carlos Manuel Aguirre, Manuel Campos Caravantes.

Y luego, el Profr. Heriberto H. Mejía, Herberto Sinagawa Montoya, Minerva Lizárraga, Manuel Alfaro Ochoa, Alfonso L. Paliza, Jorge Medina León, Alessio Gaxiola Rodríguez, Odilón López Urías, integrándose años después Antonio Pineda Gutiérrez quien habiendo sido expulsado de Sinaloa por el gobernador Gral. Pablo E. Macías Valenzuela, al igual que Luis H. Rico, después de varios encarcelamientos sufridos por las informaciones en torno al proceso de “El Gitano”, volvió cuando el Lic. Enrique Pérez Arce se hacía cargo de los destinos de la entidad.

Honesto y valiente, retador en ocasiones, tratando de romper el círculo que ahogaba angustias populares, Gustavo Daniel y su equipo lanzaban cada tarde sus verdades y la lectura de La Voz de Sinaloa era obligatoria para las familias.

Quedó sola por una larga temporada. Empero, de la situación no se aprovechó Gustavo D. Cañedo para lucrar.

De alma bohemia, en la cabal acepción, desdeñaba el dinero que utilizaba únicamente para solventar los gastos y vivir sin muchas pretensiones.

Su gran mérito es el haber adivinado en cada muchacho que se apostaba frente a su escritorio, la madera suficiente para hacer periodismo, y abrió las puertas definitivamente, para quienes iban en busca de una oportunidad para decir su propio credo.

Ese desapego a los bienes materiales lo hundió como empresario.

Cambiaron tiempos y hábitos y el diarismo se convirtió en negocio, en industria y a esa actividad llegaron quienes comercian con sus ideologías o están en sociedad estrecha con intereses ajenos al pueblo.

Antes de que cumpliera los 34 años de existencia, cerró sus puertas La Voz de Sinaloa, y Gustavo Daniel retornó a la burocracia, para dirigir El Estado de Sinaloa, órgano oficial del gobierno, donde los decretos se convierten en leyes de observancia obligada a partir de su publicación.

Enfermo del alma y del cuerpo porque el golpe recibido sería irrecuperable, Gustavo D. Cañedo lejos de amargarse atisba en páginas ajenas la información de cada día y le bulle en el cuerpo el indómito espíritu del reportero vivaz, infatigable, que dio a Sinaloa muchas páginas de honestidad y valentía, siempre al servicio de las mayorías de cuyas congojas fue devoto abanderado.

El respeto recibido, su propia pobreza seguramente desdeñada por los triunfadores del actual periodismo empresarial, en negocio que arroja jugosos dividendos, nadie se lo disputará a Gustavo Daniel Cañedo, pues se necesita más que una vida, siquiera, para lograr una efímera semejanza a quien supo ser maestro formador de generaciones que todavía pasan lista de presente en distintas trincheras del pensamiento.

 

Tomado del libro: Crónicas de Cosalá, antología, Colegio de Bachilleres del Estado de Sinaloa, Culiacán, 1994.

 

 

Gustavo D. Cañedo, periodista sinaloense

Gustavo D. Cañedo, periodista cosalteco

 

Summary
Name
Gustavo D. Cañedo
Job Title
Periodista, profesor, funcionario público
Company
Gobierno del Estado de Sinaloa, Periódico El Regional, La Voz de Sinaloa, STASE
Address
Cosalá,Sinaloa, México

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