Mujeres ejemplares de Sinaloa

 

 

GERTRUDIS “TULITA” SAM BLÉ, LA MAESTRA INOLVIDABLE

 

Por: Juan Macedo López

 

Te veo, aún, Tulita, desde esta escalera del tiempo por la que desciendo con premura y por la que asciendo al tiempo que sólo vive en las imágenes que, a veces, se desvanecen como esos aromas perdidos de la rosa que embalsamó las páginas de un libro, y, en otras, esplenden, tal un lucero del alba que iluminó nuestra remota juventud. Te veo, Tulita, salir de la secretaría de la Escuela Prevocacional, esbelta, frágil, tus ojos en los que siempre hubo neblinas de melancolía, herencia de tus ancestros o florescencia de tu eterna, silenciosa soledad. Por los ambulatorios discurría el ronroneo de la charla de la muchachada que sabía que tu puntualidad era cronométrica, tu paciencia, generosa y tu capacidad docente, lección de ejemplaridad.

Eras sensible a los afectos limpios, y el leve viento de una pequeña adversidad te conturbaba. Eras entrega pura y tu profesionalismo fue amalgama de pasión y lealtad, de estudio y devoción. Nunca improvisaste el tema del día: en el silencio de tu casa, en la que ni el polvo maculaba tus enseres hogareños ni “llegaba el rumor de la discordia”, preparabas tus apuntes, tus esquemas que luego, en la cátedra tu voz armoniosa desenvolvían con esa claridad que era reflejo de la tuya, de la de tu intimidad. Vivías en zozobra, como si el mundo te amenazara, no fiabas en las gentes, más cuando tu fina sensibilidad descubría rectitud y verticalidad te dabas entera. Eras extremosa en el no confiar y sabia en elegir a los que estaban cerca de tu corazón.

Habías nacido o vivido en Guaymas, de la que conservaste recuerdos que solían aflorar a las vegadas. Pero toda tu querencia, tu capacidad de amar se volcó sobre Culiacán. El Colegio Civil Rosales y luego la Universidad de Sinaloa acunaron los años fértiles de tu adolescencia y te lanzaron a la docencia. Desde el lugar en que descansas contemplas la primera escuela a la que llegaste tímidamente. ¿La de los azulitos o la Álvaro Obregón? Años esplendidos los del 37 y 38. En tí la llama de la juvenilidad manteníase erguida, luminosa y promisoria. Y tu voluntad y tu ánima estuvieron siempre al lado de los humildes. Jamás aspiraste a subir los escaños que conducen a los zurdos mentales, a los ineptos ambiciosos, a la preeminencia social.

Simbolizabas la soledad espiritual, que es la más hermosa de todas las soledades, y la más creadora de conciencias lúcidas, porque se emancipan de la superficialidad y del devaneo. Pero soledad no es habitar una ínsula, sino escuela y puente que nos permite unimismarnos, al hombre, a todos los hombres, a todo ser que piensa, que siente, que llora, que protesta, que es violento, bueno o malo, como uno mismo. Y en Tulita los marginados encontraron una amiga y los humildes, una compañera.

Quienes ahora son licenciados, doctores, ingenieros, técnicos, obreros especializados pensarán, con nosotros, que Gertrudis Sam Blé es la maestra inolvidable, la docente de la escuela primaria, la catedrática de la Escuela Prevocacional. Pocos maestros como ella hicieron del deber no un sacrificio, sino júbilo de todos los días. Las aulas fueron su verdadero, su único hogar. Ella, siempre tan calma, tan equilibrada, defendía ardiente, casi frenética, a su escuela, a su Prevocacional. Muchos de sus compañeros la consideraron enigmática, porque ellos tenían padres, hermanos, hijos. Y Tulita ignoró la maternidad física para abrasarse en la otra, en la más dilatada y la más incomprendida: la maternidad del espíritu. Hacer de cada alumno un hijo. A veces fue mater dolorosa: alguno de sus hijos solía rechazarla. Entonces a Tulita se le enturbiaban los ojos y lloraba.

Pues esa madre y maestra repartió su riqueza amorosa con justicia. Evaluaba el aprovechamiento del discípulo no por su posición social o por la modestia de su origen. Para ella la lucha de clase, las contradicciones sociales no primaban en su cátedra. Se aprendía el conocimiento o se le marginaba por indolencia o incapacidad. Nada más ni nada menos. Y otorgaba la calificación justa. En el magisterio no son extrañas esas conductas antipedagógicas de decidir el valor del conocimiento por el conocimiento en sí, cuanto por el distingo social. Pensamos en aquel viejo, sabio maestro, modelo de urbanidad, quien, en los exámenes orales de la clase diaria o semestrales, pronunciaba inapelable fallo: el joven perencejo obtiene la calificación máxima. ¿Por qué? Porque su señor padre era médico o su abuelo había sido gobernador del Estado. Y el descendiente aterraba por su incalculable incapacidad mental o por su magnífica pereza.

Tulita: la última vez que conversamos contigo fue en el cuarto de un sanatorio. No sabías que el cáncer invadía, con vértigo inesperado, devoraba tu pecho y tus entrañas. Si. Tulita moriría. Tulita, la frágil, esbelta maestra que hizo de la higiene personal un culto, que jamás probó un cigarrillo, cuya dieta alimentaria fue ejemplar, había sido victimada por una de las enfermedades más crueles que azotan al hombre. Más terrible que la locura, porque el demente vive en su mundo, el mundo de la irrealidad.

Cuando su cortejo fúnebre partió al cementerio, la ruina de nuestro sistema nervioso nos aventó a la lobreguez de un sanatorio infame e infamante. No le dijimos adiós. No se lo daremos nunca. En la galería de nuestros compañeros, ella destaca con firmeza. Pervive en nuestra conciencia. Y reflexionamos que su nombre debe perpetuarse en una calle, en una aula de la escuela, ahora renovada; deuda de honor con honor se paga y quien honre a Tulita se va a honrar a sí mismo. ¿Llegará el tiempo de la justicia?

 

Tomado de: Presagio, Revista de Sinaloa; número 68, páginas 72-73.

 

Tulita Sam Blé

Gertrudis “Tulita” Sam Blé, la maestra inolvidable

 

Summary
Name
Gertrudis Sam Blé
Nickname
(Tulita)
Job Title
Profesora
Company
Secretaría de Educación Pública
Address
Guaymas,Sonora, México

Share and Enjoy

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*

Previous Post
«