Mujeres de Sinaloa

 

Tula Escobar, poetisa rosarense

 

 

Por: Cesáreo Salaiza Mayorga

 

Para evocar a un poeta hace falta su propia voz, voz de poesía, de música, de palabras aladas y fugaces. Para evocar a un poeta tendríamos que leer con unción, con leve susurro que no llegara a mancillar el cristal de su poesía, sus renglones líricos más representativos y capaces, sus poemas de más honda entraña y más vivaz comunicación, donde quedó impreso con mayor presencia y lucimiento aquel caudal de creación verbal que bullía en su alma, que le brotaba incontenible en el hervor de su inspiración, que se derramaba fecundamente y eterno en el trazo nervioso de sus palabras.

Evocar a este poeta o aquél otro sería como ponerle aquí, en presencia, con todo su continente humano, con su talla y estatura con la rica sensación de una cálida cercanía conseguida en virtud del poder de la palabra, señora de la convivencia, fuente y raíz de la poesía.

Tal señala Salvador Bueno en su obra aproximaciones a la literatura Hispanoamericana. Hago míos los anteriores conceptos, como marco necesario para evocar la lírica presencia de Gertrudis Escobar de González, síntesis unívoca de mujer —esposa—madre—maestra—amiga.

Grande es la audacia. Difícil el empeño. Sin embargo ligado en el espacio y en el tiempo por lazos de gratitud hacia la que fuera mi maestra de quinto grado en la Escuela “Gral. Antonio Rosales”, allá en mi querido Rosario, hurgando en el arcón de mi memoria, traigo en una asociación de imágenes, la evocación silente, la de mi querida “SEÑO”, Tula.

Muchos calendarios ha deshojado el tiempo, quien más quien menos, de aquellos bulliciosos escolares, bifurcados en la maleza de la realidad, en la madurez de nuestra realización humana, recordamos con cariño y gratitud a todas las que saciaron nuestra sed de saber e inculcaron actitudes de lucha permanente con espíritu triunfador.

Al hojear y leer con especial deleite los poemas de Gertrudis Escobar de González, en donde la policromía de sus versos son reflejo del paisaje tropical y el pentagrama de sus notas mejores se extiende en una orientación oriente—poniente—norte—sur como retahíla de su pensamiento universalista; amamantada de la humedad vernácula del Baluarte, el rocío acariciante de sus poemas, refrescan la quietud del fantasma ritual de Bonifacio Rojas.

En su modestia, virtud que tiende a desaparecer mi evocada, se declara “hacedora de versos”, rehuyendo la denominación de poetisa, que legítimamente le corresponde.

Su verso huele a cuarzo, con alta ley de sentimiento cuando nos dice:

 

“Compañero, bajamos la pendiente, el invierno se acerca, dame el brazo; llegaremos juntitos al ocaso, con paso firme y con la faz sonriente.

Lo diáfano de su existencia se puntualiza cuando escribe.

 

Hagamos el balance consabido:

 

¡Verdad que no hubo pérdida ninguna? siempre hubo miel en nuestra eterna luna nunca odio sentimos ni el olvido”.

Gertrudis Escobar de González, como frondosa acacia, enraizada en la petrografía del viejo mineral, envuelta, en el halo romántico de los túneles sin vida, confiesa:

 

Ven pronto junto a mí, quiero decirte

la pena que hace tiempo a mi alma aflige

y también, por favor, quiero pedirte

que a nadie cuentes lo que yo te dije…

 

Está el jardín desierto, por fortuna

nadie sabrá mi confesión sentida,

por alta no podrá escuchar la luna

ni el agua del estanque por dormida

 

Es muy corto lo que he de revelarte…

¡no te quedes ahí! ven a sentarte

aquí bajo el amor del limonero…

 

Pondré sobre tu pecho mi cabeza

y con mi voz preñada de tristeza,

te diré muy bajito: ¡yó te quiero!

 

La sencillez de su verso aflora sin rubores de su astro poético, siempre fresco, siempre agudo; la palabra disfrazada de paloma surca el cielo de cobalto y en la tela invisible del recuerdo surge el poema, alado y vaporoso y la musicalidad de sus acentos queda plasmada en la pentagonia de todas las edades.

 

Para concluir esta brevísima evocación, digo solo:

 

Señora:

Sobre el papel

mi pluma desmayada,

ya no escribe;

ahita de soledad,

huérfana de palabras,

desmadejada;

la inspiración huye de la inclemencia

de la rutina diaria,

mi alacena sigue abierta

y me ahoga la sed

de mi inconstancia;

quiero decir

lo que ya se ha dicho

con palabras dolientes y gastadas

por el no uso,

que tengo en mi garganta.

 

Señora:

En mi aljibe de cristal,

humedecido,

guardo el roció

de los amores nuevos

y en la orilla

sin fin de mi silencio

me abate la atonía

de los grandes momentos.

 

Señora:

Sobre el papel

mi pluma desmayada

ya no escribe;

mi aljibe

esté sediento;

préstame tu voz, tu cincel

y tu plomada,

para construir

sobre el nivel

de la angulosa ausencia

mi poema mujer.

 

 

Culiacán, Sin., junio de 1978.

 

Tomado de: Presagio, Revista de Sinaloa; número 12, páginas 36-37.

 

 

mujeres de Sinaloa, TULA eSCOBAR

Gertrudis “Tula” Escobar de González

 

Share and Enjoy

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*