Historia de Sinaloa México

 

LA MUERTE DEL GENERAL ANTONIO ROSALES

 

Por: Francisco Javier Gaxiola

Solícito siempre el caudillo de San Pedro, Antonio Rosales, para llevar sus armas á donde quiera que había un enemigo de la patria, emprendió una marcha para el Norte del Estado en los momentos solemnes en que iba á combatir en defensa de su amor propio, de su autoridad y de su vanidad militar, Pero era preciso sacrificar todo por el más dominante de sus sentimientos, el patriotismo, y hé aquí por qué se lanzó á aventuras caballerescas, cuando ya soplaban sobre sus cabellos los vientos del infortunio.

Antonio Rosales con los quinientos hombres que había reunido en Sinaloa, llegó al Fuerte en los primeros días de agosto, y de allí se dirigió á Álamos donde se le incorporaron el coronel Rosalío Banda, el coronel Antonio Molina, el teniente coronel Jorge García Granados, el comandante Doroteo López y otros oficiales acreditados por su valor en los campos de batalla. El caudillo republicano pudo organizar en aquella población sonorense un nuevo batallón que puso á las órdenes de Granados, quien fué sustituido después por el coronel Antonio Molina, médico jalisciense, liberal ilustre, soldado valiente de la guerra de Reforma á quien Juárez debió su salvación en Guadalajara, cuando estalló el motín de Landa, y que se encontraba en Álamos desempeñando la Secretaría de la Prefectura y entregado al ejercicio de su profesión. Rosales vió con dolor que la moral de su fuerza se minaba debido á los activos trabajos de los imperialistas, que lo era toda la población alameña, y después de regresar del pueblo mayo Navajoa, quiso saber con qué elementos podía contar en el caso de un combate, y fué por esto que ordenó de súbito una marcha para Choix, Estado de Sinaloa. Con profundo disgusto se convenció el caudillo republicano de que habían fructificado los consejos de los traidores, pues en la primera jornada se desbandó el batallón Álamos, lo cual él no quiso ni pudo evitar, pues ya antes había dicho que el patriotismo no se desarrolla á latigazos.

Refundidos en el otro cuerpo los pocos reclutas que quedaron del citado batallón, Antonio Rosales ocupó á Choix, en donde tuvo que conceder licencia al coronel Rosalío Banda para que se separara del servicio, y en donde le abandonaron otros muchos oficiales bajo frívolos pretextos, pero en realidad porque vieron muy comprometida la situación de su ilustre jefe que, no obstante su patriotismo, era hostilizado por Ramón Corona y Domingo Rubí. Deseando aquel sacar recursos y elementos de guerra para continuar la campaña, se dirigió al Fuerte en donde fué mal recibido por las autoridades puestas allí por el general Rubí, y ya desesperado por la conducta de personas que ni le comprendían y lo molestaban sin cesar, se decidió a volver á Álamos con sus 280 hombres, plaza que estaba ocupada por numerosas fuerzas imperiales á las órdenes de don José María T. Almada. El veintitrés de septiembre, en la tarde, llegó á la ciudad que había sido abandonada por los traidores, cuando supieron su aproximación; pero en la mañana siguiente se vió acometido por el enemigo en las calles de la población, y después de una lucha tan breve como sangrienta, fué completamente derrotado y muerto en el combate, en compañía del doctor Molina, del teniente coronel González y de muchos oficiales, entre los que escapó milagrosamente el teniente Joaquín Fuentes, que fué el último testigo del desastre que sobrevivió al heroico general Antonio Rosales, á cuyo lado luchó hasta los últimos instantes.

Hay muchas versiones sobre la muerte del vencedor de la batalla de San Pedro, las cuales vamos á referir a continuación, dando al final de este capítulo la que, en nuestro concepto, merece más crédito, aunque no consta en ninguna obra histórica. El señor Buelna dice que Rosales, para resistir al enemigo, dividió toda su fuerza en tres partidas, la caballería al mando de Gómez Llanos, una sección de infantería á la del coronel Molina y la otra al suyo propio, haciéndolos marchar inmediatamente á los puntos que les tocaba defender, pues el enemigo ya llegaba en esos momentos á las cercanías de la población.

Por un largo rato fué acompañando a Molina que se dirigía con su fuerza al lugar que se le había señalado, y poco después de separarse de él para incorporarse á la suya, que por otro rumbo marchaba á su destino, recibió en la caja del cuerpo un balazo que le fué tirado desde la casa de la moneda por un español llamado Moratín, pero pudo continuar su marcha hasta reunirse con su tropa.

A poco rato, Molina, que ya había entrado en lucha con el enemigo, fué herido gravemente, a pesar de lo cual seguía animando á sus soldados al combate; pero pronto fué á caer moribundo en los escalones del portal exterior de la casa habitada por la familia de la joven que se decía ser su novia, y allí fué bárbaramente rematado por los asaltantes, siendo su cadáver recogido por la misma familia.

Por otro lado Antonio Rosales veía ya como indudable el desastre de la jornada; la caballería de Gómez Llanos, enviada por él á desalojar al enemigo de un pequeño cerro inmediato, había huido sin combatir, y luego la fuerza que él mismo conducía, era ya acosada á retaguardia por la tropa que acababa de derrotar á Molina, y comenzaba a entrar en dispersión; así es que, mal herido como estaba, se desmontó y escurrióse tocando las puertas de las casas inmediatas para pedir asilo, hasta que llegó al zaguán del frente trasero de la casa de don José María Almada, padre del jefe asaltante, donde tampoco le abrieron, pues en tales circunstancias no es fácil saber quien llama ni el abrir carece de peligro.

En esto aparece un indio, soldado imperialista, á quien Rosales disparó á cinco pasos de distancia los tiros de su pistola, y aguardando con la impasibilidad característica de su raza á que acabaran los disparos, entonces acabó de matar cruelmente á palos al que había sido generoso vencedor de los franceses.

El señor G.J. Cano, refiriéndose al relato copiado arriba se expresa en estos términos:

Lo que antecede es bastante exacto. Sólo me permitiré hacer dos pequeñas rectificaciones á lo dicho por el docto publicista Sr. Lic. Eustaquio Buelna, y son las siguientes: que el zaguán de la casa que mandó tocar el Gral. Antonio Rosales á un irlandés llamado Patricio, fué el de una casa que entonces pertenecía a Don Fernando Güerepa; y que no fué un indio el que mató al Gral. Rosales, sino una columna compuesta de varios indios. En cuanto á que alguno de ellos rematara ó acabara de matar á palos al héroe de San Pedro, no lo presencie, pero es muy posible que así sucediera, porque el valeroso e intrépido Dr. Molina, que se había quedado solo defendiendo la pieza rayada que había quitado Granados en San Pedro, así lo remataron con las culatas de los rifles cuando ya estaba agonizando.

 

 

La muerte de Antonio Rosales

Gral. Antonio Rosales, la muerte del héroe de Sinaloa

 

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