Genaro Estrada, invocación

September 14, 2014

Gente sinaloense

 

INVOCACIÓN A GENARO ESTRADA

 

Por: Alfonso Reyes

 

El que comprende a unos y a otros, y a todos puede conciliarlos; el que trabaja por muchos y para muchos sin que se le sienta esforzarse; el que da el consejo oportuno; el que no se busca ante las inevitables desigualdades de los hombres, y les ayuda, en cambio, a aprovechar sus virtudes; el fuerte sin violencia ni cólera; el risueño sin complacencias equívocas; el puntual sin exigencias incómodas; el que estudia el pasado con precisiones de técnico, vive en el presente con agilidad y sin jactancia, y provoca la llegada del porvenir entre precavido y confiado; el último que pierde la cabeza en el naufragio, el primero en organizar el salvamento – tal era Genaro Estrada, gran mexicano de nuestro tiempo, a quien todos podían atreverse a llamar “el gordo”.

Dotado de una sensibilidad alegre y variada; coleccionista de buenos libros, de manuscritos raros, de cucharillas de plata, de cuadros y muebles, de jades y primores chinescos, en su casa era un verdadero museo; lleno de aquel humorismo tembloroso que comunica a los hombres gordos otra manera de esbeltez; dueño de una paciencia saludable, buen respaldo moral para inquietos y desorbitados, buena mano para timón, buen músculo de alma, era Genaro Estrada una de esas instituciones de la ciudad, uno de esos hombres centrales que hacen posible la organización de las pléyades literarias (el P.E.N. Club de México sólo vivió mientras estuvo a su sombre).

Era un padrino natural de los libros. Y era la suya una de esas bondades sin aureola y sin exceso de santidad, tan lejana de la falsa austeridad y de los morbosos lujos de aislamiento y tebaidas; una de esas bondades que andan donde todos andan, hacen lo que todos pero siempre un poco mejor), circulan entre todos, y no pierden un solo instante el sentimiento de su misión, de la tarea humana.

Tan de grata compañía siempre, tan mensajero de buenas noticias, tan de todas las horas, tan hermano mayor, con su vibración de ternura contenida y su travesura de joven elefante.

Todo en Genaro Estrada era gusto. Gran trabajador, nada había de angustia en su trabajo, sino que siempre parecía un paladeo voluptuoso. Con el mismo agrado y la misma sensibilidad emprendía un catalogo erudito o reorganizaba un archivo público, que se echaba a andar por la ciudad en busca de una pieza para sus colecciones, o resistía una discusión diplomática de dos horas sobre los diferentes olores morales del petróleo.

A esta sólida balanza del gusto, que también podía servir de ética, de estética y de metafísica en general, debía sin duda el no enmohecerse nunca en medio de los graves negocios del Estado.

Sentimiento sin sensiblería, razón sin dogmatismo, cordialidad sin empalago, rapidez sin nerviosidad, alegría sin barullo. Siempre andamos los mexicanos soñando con estas fórmulas de la rotundez espiritual, del equilibrio en círculo. ¡Cuán pocos las logran! Yo acostumbraba decirle en broma que el secreto de su aplomo estaba en sus bien contados cien kilos. Pero este hombre gordo no era por eso muy pacífico, como el ventero de Cervantes: algo tenía de la abeja zumbona, algo de la ardilla y, en sus ratos de jugueteo, hasta de la bailarina rusa.

Modesto muchacho crecido en la imprentas provincianas, vino a México cuando el poeta Enrique González Martínez se hizo cargo de la Subsecretaría de Educación Pública; fue algún tiempo secretario de la Escuela Preparatoria, y desde allí tomó sus primeros contactos con las letras de la capital. Hizó su aparición en ellas con una antología de poetas nuevos de México no superada aún, insuperable acaso en el sentido en que una antología puede serlo: ejemplo de método, de exposición, de documentación, de claridad y de tino. Estrada estaba disponiendo la escena, arreglando el ambiente, antes de lanzar sus personajes.

Entre tanto, la pluma activa daba de sí colaboraciones dispersas: tal sabrosa traducción de Renard, o trabajos de diversa índole en que saciaba su apetito del hombre del Renacimiento; estudios sobre los criaderos de perlas en la Baja California o sobre los ejemplares mexicanos en los museos de Europa, las municipalidades en la América española, las ordenanzas de los gremios en la Nueva España; mil noticias de bibliografía Literaria, y, en medio de todo ello, un constante anhelo por coordinar el trabajo de todos, y poner de acuerdo las preguntas de uno con las respuestas del otro: Su Visionario de la Nueva España viene a ser como un Gaspar de la noche mexicana, y no creo que antes de él se haya logrado poner a contribución, con mejor efecto, todos los temas y motivos de nuestra imaginería colonial, de nuestra suntuosa y parsimoniosa “Edad Media”, llena de virreyes, frailes y doctores, asuntos transportados por él a un ambiente, si vale decirlo, de disciplinada fantasía, de ensueño con brisas.

Funcionario en la Secretaria de Industria, había contribuido eficazmente a la reorganización de aquel departamento, y comisionado para cierta feria de Milán, había hecho su primer viaje a Europa (1920), Poco después pasó a prestar sus servicios a la Secretaría de Relaciones Exteriores, donde fue ocupando cargos cada vez más importantes y por mucho tiempo desempeñó el de subsecretario encargado del despacho, en tanto que llegaba a ser titular de la cartera.

Madura el estilo y madura el alma; y he aquí, en el Pero Galín, uno de los libros más mexicanos que se hayan escrito. El hombre de Sinaloa, que llegó justamente a México allá por los fines del Ateneo y por los comienzos de la Revolución, trae a nuestra literatura la riqueza entrañable de la provincia, el sabor del conocimiento nacional, que siempre las capitales pierden y diluyen un poco. Y, lo que es mejor, esta obra tiene al mismo tiempo una calidad humana general, un valor perceptible y traducible en cualquiera tierra. Porque Genaro Estrada era hombre de letras consumado, atento a los últimos libros y a las últimas ideas que llegaban de todas partes; y así podrá un día sorprender en México a Paul Morand, preguntándole sobre novedades de — Francia que aún no habían llegado a conocimientos de su huésped.

El Pero Galín es un libro que participa de la novela y del ensayo, donde han podido caber injertos preciosos- muchos pedazos de realidad y algunos hombres que de veras existen, con su nombre propio y sus oficios reales. Por todas sus páginas flota un buen aroma, que halaga y alienta a leer.

La precisión de idea y de forma causa una impresión de alivio. Hay en este libro dos aspectos bien discernibles: si nos inclinamos a Pero, tendremos el mundo de los anticuarios y colonialistas, tratado en una forma que nos hace suspirar por la “Guía del mexicanista” que hubiera podido escribir Genaro.

La descripción del Volador es una linda página, en la mejor tradición de los cuadros enumerativos mexicanos, tradición que parte del mercado de Tenochtitlán pintado por Cortés.

Ahora, que si nos inclinamos a Lota, tendremos la visión actual, cinematográfica, rauda sin ser vertiginosa del mundo entrevisto por la ventanilla del tren o desde el automóvil en marcha, las estaciones, las carreteras, las fronteras, las mezclas de pueblos, Los Ángeles, Hollywood, y mañana.

Unos preferirán aquello o esto o viceversa; pero yo estoy con el autor en haber querido casar estas discosas tan opuestas, y casarlas sin chasquido ni fragor ninguno, por arte del cariño entre sus personajes, que tiene más de amistad que de otra cosa. Entre uno y otro polo, corren todos los matices intermedios del iris, y nuestro ambiente queda así definido por sus dos crisis terminales.

De las manos de Pero Galín a las de Lota Vera mana y fluye el “tempo” mexicano en celeridad apreciable; y lo que era antigualla erudita en casa de Pero Galín, llega a ser asunto decorativo ultramoderno entre las raquetas de tenis de su joven amiga. Este libro sin pasión, desarrollado en una serie de cuadros y escenas encantadoras hasta llegar a la sencillez campesina del agua clara, ofrece entre sus pocas páginas tal trabazón de motivos mexicanos que se siente uno tentado a publicarlo con notas explicativas al pie y pequeñas disertaciones en el apéndice, no porque requiera exégesis, sino por las muchas sugestiones que provoca.

Además, al andar del tiempo, la vida personal del autor había de encontrar ciertos cauces que parecían ya previstos en su novela, lo que comunica, tanto a su vida como a su novela, una nueva razón, al menos para sus amigos más cercanos.

Cuando Genaro Estrada llega a ser jefe de la cancillería mexicana, da a nuestro político internacional una figura armoniosa, juntando miembros desarticulados y definiendo orientaciones. Su valor se caracteriza por una atención igual para todos los problemas a un tiempo, y por una inspiración patriótica cuya profundidad no puede apreciarse todavía, y que cuando se conozca en todo su alcance ha de conmover a los hombres de mi país.

Queda bautizada con su nombre la que él quiso llamar “Doctrina mexicana”, sobre la aceptación automática de todo gobierno que un pueblo amigo quiera darse, en oposición a la teoría clásica, la cual parece subordinar en este respecto la soberanía de los pueblos al “visto bueno” de las naciones extranjeras. Su manera de conciliar la realidad con el ideal, durante su gestión, alcanzó a veces una nitidez mental y una delicadeza moral que no son frecuentes.

Salió de la Cancillería para ser embajador en España, donde, al mismo tiempo que atendía a los negocios habituales, publicó una serie de cuadernos relativos a cuestiones de interés común entre ambos países, y echó una redada por los archivos y museos, levantando inventarios de piezas mexicanos y construyendo verdaderas monografías, como las que dedicó a Las Tablas de la Conquista de México (de que también hay algunas en el Museo Etnográfico de Buenos Aires), Las Figures de Cera en el Museo Arqueológico de Madrid; y como el Genio y Figura de Picaso o el Arte Mexicano en España, que ha publicado más tarde. A la colección de cuadernos de su embajada pertenecen los Manuscritos sobre México en la Biblioteca Nacional de Madrid, El Tesoro de Monte Albán, El Comercio entre México y España, obras suyas en parte, y en parte de autoridades en cada materia especial.

Devuelto en estos últimos años a la vida privada del escritor, había creado una interesante biblioteca de obras inéditas, en la cual nuevos investigadores han comenzado a abrir regiones vírgenes de nuestra historia social. De sus manos salían unos hilos invisibles a todos los puntos del horizonte: son muchos los escritores de varios países que se relacionaban con México a través de él. Era, en nuestra América, un verdadero colonizador cultural.

Además de las obras citadas al paso, deja una colección de estudios diplomáticos, entre los prólogos a los volúmenes del Archivo Histórico, que, bajo sus cuidados, se imprimían en la Secretaría de Relaciones Exteriores, y son suyos dos tomos de la serie de “Monografías Bibliográficas”, que él hizo también publicar a su paso por aquel ministerio: uno sobre Nervo, otra de varia información, en que campean su curiosidad y su conocimiento de libros mexicanos, así como su dominio en el oficio de maestro impresor, que él conocía muy de cerca.

Deja una valiosa obra dispersa en prólogos de libros, eruditos e históricos: las Cartas, de Icazbalceta, recogidas por Teixidor; el Diario del Viaje de Ajofrín; los estudios de Zavala sobre Tomás Moro en la Nueva España, etc. Deja otras obras de historia de arte: Algunos Papeles para la Historia de las Bellas Artes en México; ciertos trabajos sobre Goya que tenía en preparación, y de que envió la primicia a Buenos Aires (artículo recientemente publicado en La Nación) Deja una obra poética en que no hay página perdida, y que alcanzó algunas notas de extremada pureza; Escalera (Tocata y Fuga), Crucero, Paso a Nivel, Senderillos al ras. De suerte que su reino abarca la historia, la economía, la crítica, la bibliografía, el libre ensayo, la novelística, la poética.

Ha muerto a los cincuenta años, en plena labor. Debe a su propio valer, sin compromisos extraños a la excelencia misma de su trabajo, la ascensión gradual que lo llevó hasta los más altos cargos. Ni lo abatía la adversidad, gran maestra, ni lo engañaba la veleidosa fortuna. El proceso de una larga enfermedad venía de años atrás minando su salud, y él parecía siempre rehacerse por un desperezo del espíritu.

La última carta que de él nos ha llegado, nos dice que el quebranto de su organismo era ya tan grande, que no le permitía leer ni escribir directamente; que seguía con vivo interés los resultados del Congreso de Historia de América, de Buenos Aires; que tenía preparados ocho volúmenes para su biblioteca mexicana.

Y Genaro Estrada esperó la muerte trabajando, y sigue todavía trabajando para su México, para su América, en el recuerdo de sus amigos, que son tantos en todas partes, y en la perennidad de su obra; su obra de hombre bueno, de excelente escritor y de ciudadano intachable.

 

Tomado de: Presagio, Revista de Sinaloa; número 4, páginas 22-24.

 

Lic. Genero Estrada, Doctrina Mexicana

Lic. Genaro Estrada, gente sinaloense

 

Summary
Name
Genaro Estrada
Job Title
Diplomatico
Company
Secretaría de Relaciones Exteriores
Address
Mazatlán,Sinaloa, México

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