Cuentos, leyendas, relatos y narraciones de Sinaloa

 

GALLO SIN GALLINA, SÓLO SIRVE PARA TAMALES

 

Por: Francisco Peregrina

 

Más o menos diez y seis gallinas estaban a las órdenes del gallo de Manuel Lund, mi vecino. Era un gallo chinampo, pero tan cumplidor como cualquier Leghorn o Minorca. Defendía a sus viejas con el pico y las espuelas; las llamaba cuando se encontraba algún gusano en las escarbadas de mediodía, se levantaba tempranito a esperar que brincaran todas del palo sin retirarse hasta que caía la última y también, como los gallos finos, se imponía guardias prolongadas frente al nido para ayudar a bien poner a las gallinas que atravesaban por el crítico trance, cacareando estruendosamente cuando se formaba el coro después de cada huevo.

¿Qué más podía pedírsele al gallo de Manuel Lund? Nada, palabra que nada. Aunque si consideramos bien este negocio, tenemos que aceptar que nada le pidieron cuando metieron al corral el otro gallo, el Colorado Rhode Island, grandote, vestido de plumas que despedían fuego con la luz del sol.

Tan no le pidieron nada, que antes bien le dieron, pero para afuera del gallinero y lo dejaron dando vueltas y vueltas al cerco y metiendo la cabeza por toditas las rendijas, en un vano intento de reincorporarse a su base.

A las desgraciadas gallinas, nacidas huevo con huevo, con el huevo que produjo el desterrado; a las otras, criadas junto a él desde la infancia, y a las forasteras, que como las anteriores fueron legítimas esposas, les pudo tanto la expulsión del pobre gallo como si en lugar de ser gallinas hubieran sido mujeres a quien una leva de braceros dejara sin marido chaparro, prieto y feo, teniendo de vecino, cerco de por medio, a un joven, guapo, bebedor y sin trabajo. iUn pachuco pues!

Ya les digo: las mentadas gallinas ni se tibiaron. Ni volteaban a ver a su antiguo “papi” cuando las llamaba, lleno de congoja o hacía la rueda desde afuera del corral para desafiar al gallazo por quien le habían arrojado de su casa.

 

ENTRE LOS OTATES QUEDÓ DESPLUMADO

Así comenzaron las cosas y siguieron peor, porque el chinampo, convencido de que con las elegidas de su corazón ya no tenía la más mínima oportunidad, urgido por las brisas primaverales, resolvió buscar mujeres, digo gallinas, en la vecindad.

Nomás que le salió corneta la resolución, de veras, porque el gallinero del maistro Aguirre tenía unos otates muy juntos, de esos que llaman trabajadores; de modo que las muchachas de allí adentro tenían más necesidad de maíz que de casarse.

Entonces, se va, quiero decir, se fué el gallo más desalentado que María Pérez, a buscar nuevos amores por las vecindades lejanas, pero en vez de hallar lo que quería, las viejas de las casas le tiraban ladrillazos con el ánimo de abrirle la cresta por la pura mitad.

Como fantasma de rancho se dió a vagar una semana detracito de la otra, de casa en casa sin conseguir lo que su amoroso pecho anhelaba.

A esto se debió que se puso trespeleque de tantas y tan buenas plumas como se le cayeron; flaco, ronco y renco.

De cuando en cuando intentaba el regreso a sus antiguas posesiones, pero salía trompicado y con el corazón más churido cada vez.

 

¿Saben como terminaron sus penas? Manuel Lund, fastidiado de tantas audiciones de “uuuuuchis” que daban las viejas de enfrente, de al lado, de otras y de todas partes, dictó un acuerdo que cumplió la cocinera con verdadera satisfacción.

Un día, que ni siquiera fue domingo, el gallo del país quedó convertido en tamales, con los que, por cierto, como buen vecino yo también me aderecé una cena, devorando al mismo tiempo que mascullaba por allá en el cerebro su desafortunada biografía.

 

NUESTRO MALINCHISMO

Y aquí me tienen ahora, al final de este trabajo, que no encuentro donde catalogarlo. Porque si lo coloco entre los históricos, a pesar de ser la historia de un gallo cuya vida transcurrió a pocos metros de mis ojos, tela de alambre de por medio, es también muy poca cosa para que presuma de una clasificación de tanta profundidad.

Ni entre las fábulas me atrevo a catalogarlo, porque la narración es verídica desde que comienza hasta que termina. Ni junto con las anécdotas lo he de poner, porque nada de notable tiene. Ni entre los versos, porque carece de rima, de medida y no le cupo ningún valor poético.

Pero algún valor positivo habrá que darle, y para lograrlo se me ocurre que los mexicanos lo tengamos presente, quien quita y nos sirva para comprender la injusticia que cometemos siguiendo la costumbre de quedar deslumbrados con lo extranjero y desprecian las cosas de nuestro país que también son útiles y que si adolecen de muchos defectos, principalmente en su estampa, como el gallo chinampo de Manuel Lund, a fuerza de consumirlas y usarlas, acabarán por mejorar hasta el punto de quedar en paralelo con las de fuera.

Hay que ver si persistimos en seguir el ejemplo de Lund con su pobre gallo paisano, terminaríamos por ser esclavos de los extraños.

 

Gallo sinaloense

Gallo sinaloense

 

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Gallo sin gallina, sólo sirve para tamales
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Relato sinaloense sobre el destino que corren los animales domesticos comestibles

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