Gente en Sinaloa

 

FRAY BARTOLOMÉ SOTO DE PAZ

 

Por: Julio Mitchel

Una lluviosa tarde del mes de agosto de 1850, calado por el agua, enlodado, llevando a cuestas paupérrimo maletín y apoyado en áspero y nudoso báculo del que pendiera amarillento calabacino, entró en la villa de San Sebastián, hoy Concordia, del estado de Sinaloa, un humilde peregrino, ya entrado en años, de magra constitución y dulce seráfico semblante: tal fue fray Bartolomé Soto de Paz, observante de la Orden de Menores de San Francisco y seguidor fervoroso del Serafín de Asís.

La Mitra del estado, sabedora de los apostólicos arrestos del digno hijo de la más tarde ordo fratrum minorum, le confirió la cura de almas de la feligresía de San Sebastián, cura que fray Bartolomé Soto de Paz dignificó hasta morir por ella como luego se verá.

El año de 1865 deslizabase fatal en nuestra patria: la felonía del tercero de los Napoleones triunfaba; la sangre de innúmeros patriotas regaba nuestro suelo, y el dolor y las lágrimas, a diario invocaban la Eternal Justicia.

El sonado triunfo de las armas republicanas en el pueblo de Veranos enardeció a los franceses que a costa de cualquier sacrificio pugnaron por vengar el desastre así como las ejecuciones de Pozo Hediondo.

El general De Castagni, jefe de la Primera División de Infantería en Sinaloa, creó la corte marcial en Mazatlán invistiéndola de facultades discrecionales para sentenciar sin apelación y hacer cumplir sus sentencias dentro de las veinticuatro horas de pronunciadas.

Muchos patriotas fueron sacrificados y la pena de muerte se prodigó de tal manera en Mazatlán, que llegó a hacerse familiar entre los vecinos del aguerrido puerto.

Al principiar el año de 1865, el general De Castagni, no satisfecho con los patíbulos que a diario hacía funcionar entre los mazatlecos, destacó dos columnas de invasores integradas por el 62 de Línea, los Cazadores de Vincennes, y soldados argelinos pertenecientes al sanguinario 18 de Cazadores de África.

La primera columna tomó el rumbo de La Noria, Siqueros y El Verde, y la segunda se dirigió a Concordia y El Rosario.

Para los fines de esta sinopsis, sigamos la segunda columna hasta la quieta y tranquila villa de San Sebastián.

Al amanecer del día 9 de febrero de 1865, los franceses entraron al Presidio (hoy Villa Unión); acamparon a las márgenes del río y tras de breve descanso, procedieron, en unión de sus coligados lozadeños, a saquear la población y a incendiar su risueño caserío.

El Castillo, la Embocada y sobre todo, Malpica, sufrieron también los horrores del incendio y en la pequeña última de las poblaciones que se citan, quince inermes gañanes, sin formalidad ninguna, a ciegas, con lujo de crueldad y alevosía fusilados en la presencia misma de las madres o esposas.

Ubicado Malpica a poca distancia de Concordia, tan poca que desde el punto más alto de la cuesta se divisa la torre de la vieja iglesia, fácil es comprender que la gente del sanguinario Cotteret, no tardó mucho en irrumpir en la población, cuyo era el objetivo principal señalado por De Castagni a su feroz lugarteniente.

En Concordia mismo, que es mi pueblo natal, y hace ya algunos años, oí referir más o menos lo que sigue:

Al alborear el 11 de febrero de 1865, la soldadesca franco lozadeña que había vivaqueado en el barrio de la Otra Banda, penetró a la población por la tortuosa calle del Recoveco.

Concordia había sido abandonada por sus habitantes varones, que unidos a los chinacos del coronel Domingo Rubí, iban rumbo al mineral de Copala.

Como en la Otra Banda existían destilerías (vinatas) de mezcal, la gente de Cotteret que las saqueó totalmente, era presa de brutal embriaguez al irrumpir en las calles de la población.

Los suburbios, humilde hacinamiento de jacales cuyos techos eran de zacate, los muros de vara blanca o carrizo y las cercas de otate, fueron los que primeramente soportaron la embestida.

Misérrimas mujeres, ancianos valetudinarios y niños enclenques y desnudos, son echados de sus chozas a empellones, a culatazos o a golpes de fusta, por los beodos dragones del cuerpo de Cazadores de África.

Después, convencidos los franceses de que ningún hombre capaz de empuñar las armas se encontraba en los jacales, saqueáronlos e in continenti les pegaron fuego.

Al anochecer de aquel lúgubre día sólo pavesas humeantes quedaban de los barrios pobres de Concordia.

En el centro de la villa, la iglesia (convertida en cuartel por los invasores), la casa cural y las viejas casonas de las familias Arellano, Alvarado, Gana y Osuna permanecían incólumes.

No duró mucho tal incolumidad; enardecidos por el fragor del incendio, cada vez más beodos y seguros de que nadie con la fuerza de las armas les repelaría, los flamantes soldados napoleónicos y sus adláteres los coras de Manuel Lozada, en medio de ensordecedora gritería se lanzaron contra las casas principales, inclusive la de la familia Valdez y echando sus ferrados zaguanes, penetraron a los interiores entregándose al más inicuo y espectacular de los saqueos.

Un periódico de la época, El Cinco de Mayo, que se editaba en Culiacán, dijo en alguna parte de la sombría reseña que de los macabros sucesos de Concordia hizo:

Las señoras fueron registradas de una manera brusca hasta debajo de sus vestidos, de donde se les sacaban algunas monedas y las pocas alhajas que creían poder salvar; a otras se les ponía a tormento suspendiéndolas con un lazo para obligarlas a que diesen dinero u otros objetos de valor que tuvieran ocultos, tal como lo hicieron con la señora doña Concepción Valdez. Una vez despojadas las principales familias de cuanto tenían, siguieron los franceses con el incendio de la población para lo cual amontonaban en el centro de la casa como combustible, los muebles, imágenes y toda clase de objetos, por caros que fueran a las familias. Estas, viendo desaparecer entre las llamas sus casas, se dirigieron a los edificios de más capacidad que aún quedaban. Apiñadas allí las madres con sus enfermos y sus niños presentaban el cuadro más lastimoso que pueda darse. Y, sin embargo, la soldadesca desenfrenada se dirige también a aquellas dos casas para robar a las familias la honra. El llanto de las criaturas, los ruegos de las madres y aun las lágrimas del anciano cura de Concordia señor Soto de Paz, fueron ahogados entre la gritería escandalosa y obscena de aquellas chusmas napoleónicas. En aquellos momentos, sin embargo, no habiendo hombres que contuvieran con las armas los desmanes inauditos de aquellas turbas, con el valor característico de nuestro bello sexo mexicano, una respetable matrona, la señora doña Concepción Valdez a quien habían puesto tormento con el fin de que les entregase dinero, llena de indignación se dirige a los franceses para echarles en cara el oprobio de tanta maldad, como la que estaban consumando:

—¿Conque ésta es —les dice— la civilización que vosotros traéis a nuestros pueblos? Ya vemos que el incendio, el robo y el asesinato es vuestro oficio, sois tan miserables como cobardes. Escribió a vuestro país, a vuestro Gobierno estas hazañas para que os las premien, pues que esas cruces y medallas que lleváis al pecho todos vosotros, no pueden ser otra cosa que el recuerdo de otros tantos crímenes y tan atroces como los que a este país habéis venido a cometer. ¡Malvados! i La justicia de Dios y de nuestros hombres, que no están lejos, pronto os castigarán!

El pueblo entero ardía. Los frondosos tamarindos, ornamento entonces de la vieja plaza pública, retorcíanse al ser alcanzados por las llamas; una tras otra las pesadas techumbres de las viejas casas cayeron desplomadas, y como quiera que el anciano campanero de la iglesia tuviese la ocurrencia de tocar las oraciones de la noche, en el propio campanario se le acribilló a bayonetazos, arrastrándose sus yertos despojos hasta el frontis del curato, a cuyas puertas fray Bartolomé Soto de Paz, empuñando un crucifijo y vistiendo la ropa severa de los Hermanos Menores, con voz entrecortada por el llanto, así increpaba a aquellos energúmenos:

Hijos míos, yo os conjuro en nombre de Dios vivo a que tengáis piedad y misericordia; que no derraméis más sangre de inocentes ni cometáis ya más actos de horror y perdición. Hijos míos, criaturas del Señor, tened compasión de quienes ningún mal os han hecho.

Todo fue inútil. Los desalmados ejecutores de las órdenes de De Castagni, pasaron sobre el cuerpo del anciano sacerdote y posesos de espantoso paroxismo, echaron al arroyo a innúmeras mujeres, ancianos, enfermos y niños y como dice un cronista de la época: “Al siniestro resplandor de aquella inmensa hoguera, atropellaron a las débiles mujeres y a los niños, enfermos y ancianos, los golpearon de manera brutal e inmisericorde, dejando sus cuerpos maltrechos y ensangrentados a merced de las llamas que azotaban las aceras de las calles”.

Al día siguiente, 12 de febrero, amaneció domingo.

Las fuerzas francolozadeñas, chorreando sangre e ignominia, abandonaron las ruinas de la otrora risueña y feliz Concordia, y se dirigieron a El Rosario.

En medio de un silencio sepulcral, sorteando los tizones que aún humeaban en la calle, apoyado en el brazo del súbdito español don José Gana y seguido de unas cuantas mujeres del pueblo que tenían el sello del terror y la tragedia en los semblantes, fray Bartolomé Soto de Paz se encaminó al viejo templo de San Sebastián, y desolado, puesto de hinojos ante el Sagrario profanado, elevó al cielo sus hundidos ojos pronunciando balbuciente estas palabras: “Perdónalos Señor, y ten piedad y misericordia de nosotros”.

Después, cayó sobre las ennegrecidas baldosas para no levantarse más. . . Y así terminó la beatitud de su carrera en este mundo de amargura y de pecado, el humilde franciscano que en una lluviosa tarde del mes de agosto de 1850, apoyado en áspero y nudoso báculo, entrara en la vieja villa de San Sebastián para llevar a sus sencillos feligreses por la senda de la eterna bienaventuranza.

 

 

Gente en Sinaloa, Fray Bartolomé Soto de Paz

Fray Bartolomé Soto de Paz, religioso sacrificado en Corcodia Sinaloa por los franceses en la guerra de intervención extranjera

 

Summary
Name
Fray Bartolome Soto de Paz
Job Title
Sacerdote Franciscano
Company
Orden de San Francisco, Iglesia Católica
Address
Villa de San Sebastian (adopción),Sinaloa, México

Share and Enjoy

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*