Personajes en Sinaloa

Francisco Cañedo

 

Por  Alejandro Hernández Tyler

El general Francisco Cañedo, después de la revolución de Tuxtepec, gobernó a Sinaloa durante 21 años, ejerciendo su mandato a la sombra de la dictadura de Don Porfirio Díaz, quien, en cien ocasiones, puso de relieve la amistad y la simpatía que dispensara al sagaz político nayarita.

Cañedo saltó, un día cualquiera de los últimos lustros del siglo XIX, el mostrador de la tienda de D. Manuel Izurieta, en Culiacán, para ir a prenderse sobre los hombros las presillas del generalato, iniciándose en una carrera política que brilló, como única, en aquellos días en que el noroeste de México vivió largos años de angustia, de incertidumbre y de traiciones.

Se cuenta que el caudillo de Tuxtepec, ya bien acomodado sobre la silla presidencial dedicó al general Cañedo una frase rotunda, definitiva, apuntalada al margen de la política sinaloense: “Juntos subimos; juntos bajaremos”.

Y el gobernador Cañedo, con la confianza de los políticos de aquella época, se dedicó a seguir de lejos el afianzamiento de la dictadura e imitar al general Díaz en su obra de reconstrucción y de paz.

Era don Francisco Cañedo [dice el escritor Carlos Filio] un hombre de prestanza y un personaje fascinante que llevaba con donaire su ancianidad batalladora. Su cuerpo, que era de alta estatura, y su rostro de milite con perilla y bigote encanecidos, le daban la apariencia de un general del segundo imperio. Sólo había sido soldado en un momento de fortuna; el porfirismo triunfante lo hizo gobernador; él se hizo pronto a su oficio de jefe; sabía recompensar, alentar, castigar, perdonar y recordarse siempre.

Las elecciones internas en Sinaloa se hacían bajo la mirada paternal del general Cañedo, quien tenía buen cuidado de apuntar, en las boletas electorales, los nombres de sus amigos y parientes. El municipio libre no existía, y, consecuentemente, los diez distritos sinaloenses estaban bajo el mando de diez prefectos, nombrados directamente por el gobernador. Diez “fieles servidores” que preparaban periódicamente las reelecciones del general Díaz, sin más orden que leer en el periódico oficial del Gobierno de Sinaloa la propaganda burocrática del dictador.

Es fama que el general Cañedo, al presentarse anualmente al Congreso local a rendir el informe constitucional de su gobierno, comenzaba a leer su mensaje así:

—Señores diputados:

Y agregaba en voz baja, después de un discreto acceso de tos, estudiado:

—Mis queridos amigos y estimados compadres…

—Yo fuí ayudante del general Cañedo, durante más de veinticinco años —dice don Marcial Salas, el anciano conserje del Palacio del Gobierno de Sinaloa, quien, con setenta y cinco años sobre las espaldas, todavía era servidor de los nuevos gobernadores de la Revolución.

—Conocí de cerca —contenía don Marcial, avivando el recuerdo— al general Cañedo, desde cuando sólo era él un modesto dependiente en una de las casas comerciales de Culiacán. Como soldado, su hoja de servicios no llena la cara de un pliego de papel de carta. Aunque se levantó en armas en diferentes épocas, protestando contra las elecciones de gobernador, siempre tuvo el cuidado de reflejar, en sus actos, la política del general Díaz, quien, después de la revolución de Tuxtepec apoyó al general Cañedo hasta los últimos años de su vida.

Murió en 1909, un año antes de que Madero se enfrentara al Gobierno de la Dictadura. Alguien ha dicho que el general Cañedo “supo morirse a tiempo”.

—El general Cañedo ¿ fue un buen gobernante? —pregunto.

—Como el general Bernardo Reyes, en Nuevo León, el general Cañedo fue, en Sinaloa, un espejo de la frase tuxtepecana: “Poca política y mucha administración”. Así fue como el general Cañedo dejó, al morir, una obra constructiva que ennoblece su nombre.

—Podría contarme, don Marcial, alguna anécdota del general Cañedo?

—¡Cómo no! —me dice el anciano conserje, mientras sus ojillos vivaces brillan junto a la maraña de sus gruesas cejas encanecidas.

—En uno de los viajes del general Cañedo a la capital de la República no hizo el retorno por Altata, usando, al final, el ferrocarril Occidental de México, sino que se aventuró por la sierra, a lomo de mula. El general Cañedo era, por aquellos días, senador de la República y venía a Sinaloa a tomar, por primera vez, las riendas del gobierno del estado. Venían acompañando al general algunos miembros de los Cuerpos de Rurales de Durango y Sinaloa, y yo, hecho un mozalbete, me uní a la comitiva para ir a Culiacán a servirle al nuevo gobernador. Corría, si mal no recuerdo, el ano de 1885. Parece que fue ayer: llegamos a un poblado llamado Rusia, enclavado en la línea divisoria de Durango y Sinaloa. Desmontamos. Era una mañanita muy fresca. Los rurales, después de aflojar las monturas y pedir alojamiento, se fueron por el pueblo en busca de leche recién ordeñada, para desayunar. Después de entrar y salir en algunos de los jacales del poblado, Manuel Castañeda, jefe de la Defensa de Rurales de Sinaloa, se acercó al general Cañedo y le dijo:

—Mi general ¿Quien cree usted que esta aquí?

—No sé Quien?

—EI capitán Galindo, del 9o. Batallón, el jefe que lo aprehendió a usted en Imala, formándole un consejo de guerra y firmando su sentencia de muerte.

—¿Cómo Galindo?

—Sí, mi general. Allí está en una tarima, en el jacal aquel, casi moribundo.

Seguido por el general Cañedo, Castañeda echó a andar por entre las chozas del misérrimo caserío. Las mozas del pueblo, con los cántaros sobre los hombros, bajaban al arroyo. Los vaqueros arreaban el ganado, rumbo a los potreros. El sol comenzaba a dorar los techos de paja de los jacales.

— ;Aquí es, general!

Cañedo avanzó lentamente. Adentro, sobre una estera de palma trenzada, un hombre, densamente pálido, ceñida la frente con un rojo paliacate, parecía dormir.

Al ruido de los pasos, despertó. Cañedo y Galindo se cruzaron la mirada. Los labios permanecieron mudos, claveteados por la sorpresa, silenciados por el recuerdo. Los minutos eran dolorosos. Sólo subrayó la escena un piadoso movimiento de cabeza del general y un ligero estremecimiento del enfermo, bajo la sábana sucia.

Cañedo se llevó la mano a uno de los bolsillos de su chaleco. Tomó cinco monedas de oro y las alargó a Galindo, que adelantó el brazo, cerrando los ojos. Era él, ahora, el vencido.

Así dejó el general Cañedo un punado de monedas de oro sobre la mano que, años atrás, firmara su sentencia de muerte. Sabía recompensar, alentar, castigar, perdonar…

El general Cañedo murió en Culiacán el día 6 de junio de 1909, y al comunicarle el deceso el gobernador interino, licenciado Eriberto Zazueta, al presidente Porfirio Díaz, el anciano dictador contesto con un telegrama que decía:

Con profunda pena acabo de recibir el telegrama de usted, en que me participa el fallecimiento del señor gobernador general Francisco Cañedo. Haga usted que se le tributen los honores de su alta jerarquía.

Con la muerte del general Cañedo se prologó una ruda y violenta campaña electoral, en la cual figuraron como candidatos a gobernador el capitalista don Diego Redo y el licenciado José Ferrel. En ese ensayo cívico, tras de veinte años de sucesivas reelecciones, el pueblo sinaloense se ejercitó para acoger y exaltar, un año más tarde, las prédicas y proclamas democráticas de don Francisco I. Madero, que abrieron de par en par las puertas de la Revolución mexicana.

 

Tomado del libro; SINALOA textos de su historia, Ortega, Sergio; López Mañon, Edgardo (compiladores), Gobierno del Estado de Sinaloa, Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, México, D.F., 1987.

 

 

 

Francisco Cañedo

Gral. Francisco Cañedo, gobernador de Sinaloa

Summary
Name
Francisco Cañedo
Job Title
Gobernador del Estado de Sinaloa
Company
Gobierno del Estado de Sinaloa
Address
Tepic,Nayarit, México

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