Personajes en Sinaloa

 

FIGURAS HISTÓRICAS DE LA PROVINCIA DE SINALOA

 

 

 

 

Una fervorosa, entusiasta y discreta inclinación de mi espíritu hacia el conocimiento y exposición, ya materializada en un libro inédito, de la historia particular de mi terruño norteño, historia local de antecedentes coloniales que tienen su génesis, su enraizamiento y su vinculación existencial en la vida materna de la vieja Provincia de Sinaloa, me lleva de la mano, por explicable inercia mental, a ocuparme de un tema de orden histórico que no ha tenido suficiente divulgación popular y que es básico en la formación de la cultura de tal orden, que con respecto a su propia tierra debe poseer todo sinaloense para no ignorar las tradiciones que le incumben. El tema trata de las personalidades o figuras históricas que cimentaron la evolución de los destinos nacionalistas postcortesianos de dicha importantísima provincia.

No deben esperar, mis amables oyentes, que haga una exposición literaturizada de este asunto como recurso accesorio y coadyuvante para salir airoso en la empresa difícil de dar una charla que os complazca como entretenimiento cultural. Es sin duda preferible la naturalidad a la afectación y al rebuscamiento, porque es menos censurable, y en cambio más elegante, ser diáfano y sencillo en el expresarse, que churrigueresco y ampuloso o culterano; tanto más, cuanto es sabido que la bibliografías, las crónicas, los relatos históricos, de ordinario carecen de amenidad poética sostenida, no obstante que la Historia constituye un género literario que en los tiempos grecolatinos presidió en la inspiración la parnasiana Clío, pero sin negar de nuestra parte que episodios saturados de humanismo y sublimidad, como ocurre en las epopeyas, en su virtud de su excepcional contextura se prestan a reflexiones encumbradas y a plasmarse en un rico bordado de imágenes deleitosas, dando origen a las obras muestras de la épica.

Y ahora, tratando de abreviar y con permiso de Herodoto – el padre de la Historia-, entró a sus vericuetos y paso a tratar la materia propuesta; pero antes es necesario saber que en el territorio que de antiguo y oficialmente llevó el hermoso nombre de Provincia de Sinaloa, fue la ubérrima porción geográfica comprendida entre los ríos Yaqui y Mocorito, así como en las elevadas sierras de Topia – nombre con que en un principio se designaba el tramo limítrofe de la Sierra Madre Occidental – y las agua bermejas del Golfo de Cortés. Más allá del Yaqui se extendía lo que hasta la época de Francisco Vázquez de Coronado con toda propiedad se llamaba Tierra Incógnita; más tarde Provincia de la Nueva Andalucía y, por último, Provincia de Sonora. Y aquende el río Mocorito se hallaba ubicada vuestra conocida Provincia de Culiacán, de la que pendía el cordón umbilical de las nuevas provincias situadas al noroccidente.

Fueron los primeros explotadores de las tierras situadas al noroeste de Culiacán, Gonzalo López, quien con su escuadra de soldados a través de tierra virgen para la geografía y a la historia llegó por el lado de la sierra hasta un importante río, geográficamente identificado como el de Sinaloa; Lope de Samaniego, que siguiendo una ruta distinta de la antes mencionada, llegó hasta un caserío de nativos que fue bautizado con el nombre de Petatlán, que también fue aplicado al río del lugar y que no es otro que el antedicho de Sinaloa. Estas exploraciones se llevaron a cabo en 1531, en las fechas en que se entraba todavía en San Miguel de Culiacán el muy Magnífico Señor don Nuño de Guzmán, Gobernador de la Nueva Galicia e inicuo descubridor del noroeste mexicano. La primera intención de los españoles, de colonizar al noroccidente de las tierras de Culiacán, se advierte en el hecho de que don Diego de Proaño, alcalde de la noble villa fundada por don Nuño, envió al soldado guzmanense, el portugués Sebastián de Évora, de encomendero a la región que durante algún tiempo fue conocida con el nombre propio de este colono y posteriormente con el de Mocorito, que por su etimología cahita constituye un perenne y fúnebre recuerdo de una horrenda carnicería de indios que, a su paso por el lugar, consumó don Francisco Vázquez de Coronado.

Gonzalo López y Pope de Samaniego son comparativamente figuras de íntimo orden en el curso accidentadísimo de la historia de la Provincia de Sinaloa; pero no así el capitán Diego de Guzmán, a quien por lo menos debe reconocérsele el método de ser en toda forma el descubridor del territorio incógnito, hasta el Yaqui, marcando ente suceso el nacimiento de una nueva y dilatada provincia en el campo acogedor y vitalizante de la historia y la geografía de la Nueva España. A mediados de 1533 el capitán Guzmán inició una empresa no exenta de peligros y de audacia, partiendo de San Miguel de Culiacán a la cabeza de una milicia constituida por unos cincuenta españoles y un número aproximado de mil indios “tamemes” o elementos auxiliares de carga y de combate que las ineludibles circunstancias convertían en carne de flecha y en irresponsables fratricidas. Llegado al pueblo indígena de Tamazula, en las vegas del río Petatlán, consideró Diego de Guzmán que de ahí en adelante era tierra libe y que en el sitio en que se hallaba daban comienzo sus descubrimientos, por lo que en el acto, apeándose de su caballería cortó con el filo de su espada una rama de árbol, luego bebió agua de aquel río, al que puso por nombre Río del Señor Santiago, y, por último, tomó posesión de aquella tierra con tales y otros formulismos de estilo, haciéndolo por el Gobernador, por Su Majestad y por él; esto en presencia de testigos y del escribano que levantó el acta correspondiente dando fe de los hechos.

De Tamazula, siguiendo aguas arriba la corriente del Petatlán y en seguida la del arroyo de Ocoroni y torciendo en dirección al noroeste, los expedicionarios se dirigieron hacia el país que habilitaban los sinaloas y del cual, de labios de los indios, tuvieron noticias ciertas de su existencia y prosperidad halagadora. Los sinaloas, verdaderos epónimos de la provincia que historiamos de nuestro Estado, habitaban en la parte norte inmediata a la ciudad de El Fuerte, a la orilla del río de este nombre, al que por razón demográfica los primeros conquistadores que cruzaron por la Provincia denominaron río de los sinaloas, o río Sinaloa, primerísima denominación que ha tenido el caudaloso río del Fuerte.

Al cabo de algunos días de permanencia entre los sinaloas, cuya hostilidad hacia los españoles fue palpable, después de explotar entre tanto los palmos de aquella tierra, continuaron los incursionistas su marcha hacia el río Mayo, al que dieron como nombre San Miguel, precisamente el día del celestial arcángel. Días después continuó el avance hasta el río Yaqui o Yaquimí, que bautizaron el 4 de octubre de aquel mismo año de 1533 con el nombre de San Francisco. El Yaqui marca el término septentrional de los descubrimientos efectuados por el capitán Diego de Guzmán, quien después de haber consumado como de costumbre las exploraciones de la comarca, emprendió su regreso a Culiacán y a su paso, de nuevo por Tamazula, se sorprendió al saber y comprobar que en la costa próxima, hacia la desembocadura del río, los indios, al tiempo que dormían en tierra, habían sacrificado al capitán Diego Hurtado y a quince hombres de la marinería del “San Marcos” que, en su recorrido por las aguas del Golfo y por desesperante necesidad de agua y bastimentos, habían desembarcado en las playas donde se consumó la tragedia.

Diego de Alcaraz y su segundo, Lázaro de Cebreros, dos de los capitanes de don Diego de Guzmán, quedaron en las regiones recién descubiertas, dedicados a incendiar caseríos o despojar a sus moradores y a capturar indígenas, marcándolos a fuego y encadenándolos para enviarlos y venderlos en los reales de minas de la Colonia. La provincia hasta el Paqui se hallaba sumida en la más completa desolación y en tal estado la hallaron Álvaro Núñez Cabeza de Vaca y sus tres compañeros de odisea, en el año de 1536, cuando aparecieron milagrosamente y de sorpresa en estos confines del mundo bañados por la Mar del Sur, confines que a la sazón exploraban los aventureros que abrieron el camino para que penetraran después de ellos las luces de la civilización occidental.

Cabeza de Vaca, Castillo, Dorantes y el negro alárabe Estebanico son los nombres de los famosos sobrevivientes del pavoroso y descomunal naufragio ocurrido en La Florida a la armada del adelanto de don Pánfilo de Narváez, que iba a posesionarse de aquellas tierra en nombre de España cuando ni se pensaba quizás todavía en la conquista de México. Cuatro héroes o personajes de leyenda que, tras de peregrinar día con día durante nueve años que debieron parecerles una eternidad, cubrieron la enorme distancia que media entre La Florida y nuestro recién descubierto litoral, por cierto que, entregados a sus propios e inconcebidos destinos, y bajo el ignoto y prodigioso amparo de la Divina Providencia. Evidentemente estos hombres, que le vieron la cara a la muerte y se sobrepusieron a su irremediable situación trágica y desesperante, se convirtieron en protagonistas de una de las más grandes proezas que en la Historia se registraran y que pudiéramos considerar digna de la pluma inspirada del autor inmortal de la Ilíada y de la Odisea. Sin más faro interior que el de una vaga e inconsistente esperanza se vieron precisados a caminar por doquier a la aventura, pero siempre en dirección a donde se ponía el sol, aconsejados en su determinación providencial por no sé qué presentimiento o por una intuición sólo explicable a la luz geográfica. No de otra manera pudieron haber llegado a la rampa costera del noroccidente auxiliados en el trayecto y de pueblo en pueblo y distancia en distancia por los mismos naturales cuyo afecto y hasta veneración conquistaron mediante un trato generoso y el éxito deslumbrante de su taumaturgia médica y de otras artes de habilidad manual. Asistidos, pues, por los indios en gran número, al trasponer la Sierra Madre Occidental llegaron al valle de los Corazones; poco después a las tierras del Yaqui, donde advirtieron bien patentes y frescas las huellas asoladoras de los cristianos, y, por último, al promisorio río de Petatlán, donde el odioso capitán Diego de Alcaraz se hallaba dedicado a la caza de indios. La traza de aquellos desventurados náufragos era lamentable; pues venían mechudos y barbones, desnudos, demacrados y desfallecidos, con la inconfundible expresión de sus mortales sufrimientos a flor de rostro. Pero al fin y al cabo habían salido de la negrura de sus infortunios y volvían a palpar la vida al contacto de las gentes de su raza y nacionalidad. Y una vez reconfortados por el consuelo restañador de su retorno, fueron traídos a Culiacán donde acudieron a su encuentro el solícito alcalde de la villa, compartió con ellos la honda conmovedora emoción de experimentar la suprema alegría de nacer, el gozo indescriptible de liberarse del infortunio y restituirse a la confraternidad de los suyos.

El notición propalado por Alvar Núñez Cabeza de Vaca, de que allá en el norte de las rutas de su peregrinación existía la portentosa ciudad indígena de Cíbola y el opulento reino de Quivara, movió la codicia del virrey y determinó que se llevaran a cabo la exploración confirmatoria del hiperbólico y candoroso fray Marcos de Niza y expedición militar que, en pos de semejante vellocino de oro, realizó en el año cuarenta del siglo décimo sexto, cual nuevo Jasón, el general Francisco Vázquez de Coronado, Gobernador de Nueva Galicia.

A lo largo de la Provincia de Sinaloa pasaron las odiseas de La Florida, fray Marcos y Vázquez de Coronado, y la sensación de importancia a lo menos geográfica. Los traigo a cuento, pero advirtiendo que dichos personajes propiamente no son figuras de nuestros retablos.

Cuatro o cinco lustros hubieron de transcurrir, después de la memorable expedición de Vázquez de Coronado, para que en la Provincia se hiciera sentir de nuevo la presencia de los conquistadores. Ha correspondido el turno cronológico de don Francisco de Ibarra, ilustre gobernante de la Nueva Vizcaya, fundador de las ciudades de Guadiana (Durango) y Nombre de Dios. El Gobernador y capitán general don Francisco de Ibarra sí es una estrella de primera magnitud que culmina en la historia regional, por sus actividades colonizadoras de gran trascendencia en los designios de poblar y obtener beneficios en la exploración de los indios, las tierras y las minas, fuerte aliciente y única perspectiva para el soldado que en tales empresas aventuradas, además de vitualla, no tenía otra paga.

Fue don Francisco de Ibarra “criado e industriado” en la casa de su tío el comendador don Diego de Ibarra, fundador de Zacatecas, y sirvió de paje al virrey don Luis Velasco, de donde salió “bien doctrinado, hábil y suficiente”. No era ya un bisoño como explorador con Francisco de Ibarra, cuando el virrey le expidió, en julio de 1562, sus provisiones, nombrándolo gobernador y capitán general de aquellos territorios que descubriera y poblara, en el norte y noroeste, con los cuales el flamante conquistador integró el reino de la Nueva Vizcaya, con Guadiana por capital.

Todas sus actividades las desarrolló el general Ibarra con el apoyo económico de su poderoso tío el comendador; y no fue sino hasta por el año de 1564 cuando, después de transponer la fragorosa Sierra Madre Occidental por la vía de Topia, a la cabeza de cien hombres de armas llegó a las fronteras de la Provincia de Culiacán, donde acudió solícitamente a su recibimiento el magnífico don Pedro de Tobar, insigne alcalde mayor y vecino principal de esta prominente villa de San Miguel. Fue precisamente don Álvaro de Tobar quien con gran sentido de la realidad aconsejó a Ibarra que poblara en las ricas y ya de antemano conocidas provincias de Cinaro Chametla, aunque con respecto a esta última se ofrecía el impedimento de que era del doctor Pedro Morones y que se había excluido por tal razón en las provisiones del virrey. Cinaro es el nombre con que el historiador Baltazar de Obregón, que anduvo con Ibarra, designa al territorio donde vivían los indios sinaloas y, por tanto, se trata del auténtico Sinaloa, promisoria e histórica región que se localiza en la cuenca alta del río del Fuerte.

Guiado y alentado por aquellos antecedentes, el Gobernador se dirigió en segunda al país de los sinaloas por la ruta de Mocorito, Petatlán, Ocoroni, CigÜini y Tehueco, hasta llegar a la región de Carapoa que formaba parte del punto de destine Y después de haber comprobado, de visu, que la villa que por ahí llegara a fundarse contaría con gran número de gentiles, que sus pueblos o congregaciones, puestos en repartimiento, bastarían para la comodidad y sustento de los españoles, y que en la sierra podrían hallarse minas de plata y de otros metales, así como también “muchos valles y tierras para ganados y labores para los aprovechamientos de los dueños”, dio asiento a toda regla a la población de San Juan Bautista de Sinaloa (llamada también de Carapoa) con el titulo de villa.

Cumplido el primer objetivo, y en virtud del fallecimiento del doctor Morones, el Gobernador puso sus ojos en la Provincia de Chametla, hacia donde enseguida se dirigió, dejando los destinos de la villa de San Juan Bautista a cargo de su lugarteniente, el maese de campo capitán Antonio Sotelo de Betanzos, hombre muy capaz que construyó la obra del fuerte, exploró toda la comarca, descubrió minas y se impuso a las disensiones y escándalos motivados por la impaciencia y el escepticismo que había embargado a muchos de los moradores por la falta de actividad y de reparto en minas de encomiendas.

En Chametla, don Francisco de Ibarra dedicó sus actividades al descubrimiento de minas que resultaron ser de extraordinario potencial; y con el objeto de emprender una expedición de conquista hasta las lejanas tierras próximas a Nuevo México, llamadas en común Llanos de las Varas, regresó a la villa de San Juan Bautista después de haber fundado la suriana provincia mencionada la villa de San Sebastián, llamado hoy Concordia, y tras de haber nombrado alcaldes y regidores y repartido los pue¬blos, tierras, huertas y solares, “a cada uno, conforme a su calidad, servicio y mérito”.

Hasta que regresó de su famoso viaje al norte, del que no obtuvo frutos halagadores, el Gobernador ordenó que se hiciera el reparto de minas y de encomiendas a los pobladores de San Juan Bautista de Sinaloa.

Debido a la hostilidad de los indios la villa de Carapoa apenas subsistió cinco años, al cabo de los cuales el grueso de sus pobladores fue exterminado y el caserío quedó convertido en cenizas, sin que el Gobernador, que se hallaba en Guardiana, hubiera podido evitarlo con su oportuno auxilio.

En esta forma bien trágica tuvo su fin la desventurada y meritoria obra de don Francisco de Ibarra en la Provincia de Sinaloa; pero algunos lustros después, en 1563, el capitán don Pedro de Montoya, que había sido alférez de Ibarra superviviente de la villa mártir, quizá retornar a Carapoa y autorizado con licencia del entonces gobernador de la Nueva Vizcaya, don Hernando de Trejo y Carvajal, efectivamente, y según rezan los documentos probatorios, logró realizar en forma temporal aquel objetivo. A media legua arriba de donde se halló la extinta San Juan Bautista se hizo la realización el día 30 de abril del año antedicho, fecha memorable en que con paseo del pendón real, salas arcabuces vísperas rezadas, el bizarro capitán Montoya, tomando como abogados y patrones de la villa provincia a los bienaventurados apóstoles San Felipe y Santiago, en nombre de su majestad, tomó solemne posesión del sitio y dio asiento a la villa que llevó el nombre de los mencionados apóstoles; y luego se hizo nombramiento de justicia y regimiento y se hicieron casas, así como reparto de tierras y de pueblos.

Con fundamento en lo que antecede, es preciso rectificar la afirmación histórica de que la actual villa de Sinaloa fue fundada por don Pedro de Montoya. Ahora bien, la primitiva y auténtica villa de San Felipe y Santiago tuvo aún una duración más efímera que la de San Juan, ya que apenas sobrepasó al año de vida. Como siempre, los españoles tropezaron y la tragedia vino a despedazar el éxito de los relevados planes de colonización, ya que don Pedro de Montoya y algunos de sus valientes soldados perdieron la vida en la emboscada de los indios tehuecos y al desaparecer el sostén, alma, cabeza, nervio y brazo fuerte de aquella malograda restauración, debilitada militar y moralmente la colonia, el resto de sus medrosos y desesperanzados componentes determinó emigrar, y cuando se hallaba en marcha con destino a Culiacán, a tiempo de que vadeaban el río de Petatlán, fueron detenidos por el capitán López de Quijada, que venía en su auxilio y con instrucciones de que, bajo pena de la vida, no habría de abandonarse la provincia, debiendo esperar entre tanto una prometida visita del Gobernador Hernando de Bazán.

Obedientes a tan enérgica e inaplazable disposición, los fugitivos regresaron a Carapoa; mas, como en atención a su seguridad y a otras conveniencias, decidieron acamparse en un sitio distante dos leguas de Cubiri, y ahí mismo levantaron sus casas, tal fue el origen urbano de la más reciente villa de San Felipe y Santiago in memoriam apellidada de Sinaloa, futura prestigiosa cabecera política y eclesiástica de la históricamente importante provincia de Sinaloa.

Transcurrió tiempo y por fin vino a infundir más aliento y tranquilidad al reducido número de habitantes de la recién nacida congregación del Petatlán, la presencia del Gobernador, quien sin muy dilatados preámbulos se en caminó hacia Carapoa con la mira de escarmentar en sus propias tierras a los altivos e incorregibles zuaques y tegÜecos, que devastaron una tras otra las villas de Ibarra y Montoya. La tal expedición por el Zuaque no solamente careció del éxito apetecido, sino que constituyó un costoso fiasco para Bazán, ya que el enemigo se le escabulló y, todavía más, exterminó a toda una escuadra de valientes soldados que cayeron en una celada. Reconociendo su fracaso, y quizás su impotencia, se ausentó Bazán y por ello, otra vez, de los moradores de la nueva villa de San Felipe y Santiago de Sinaloa se apoderaron las congojas, el decaimiento y la miseria; y no obstante que dicha villa constituía el asiento de la capitanía y de la alcaldía mayor, se agudizó la crisis a tal grado que, en 1589, embargados por sentimiento de franco y justificado derrotismo aquellas gentes liaron sus bártulos y se ausentaron, con excepción de cinco que eran los únicos afortunados supervivientes del acontecido siniestro de San Juan Bautista.

Después de este colapso, un nuevo periodo de integración social y política se inicia con el restablecimiento de una casa de misioneros de la Compañía de San Ignacio de Loyola, por el año de 1591, en la villa de San Felipe. Los padres que llegaron en esa fecha a fundar la Misión fueron Gonzalo de Tapia y Martin Pérez. El primero tenía el carácter de padre superior y a su cargo quedaron los pueblos comarcanos de Baburía, Teboropa, Lopoche, Matapán y Ocoroni; y a cargo del segundo, los de Cubiri (donde estuvo el primer asiento de la Casa de la Compañía), Nío viejo Bamoa.

Llegaron los misioneros hasta estos confines del mundo a trabajar en la evangelización o en la fanatización de los indios, único medio viable por entonces para dominarlos e incorporarlos a la esencia de la civilización occidental representada por la conquista. Venían a trabajar en un ambiente de miseria y asechanzas, en una obra dificultosa, ardua, lenta y sobrehumana, provocando su desenlace dentro del orden psíquico; y esa labor constante, afanosa y paciente, hábilmente concedida y encarrilada, que estuvo a cargo de una verdadera pléyade de hombres doctos y compresivos, que sabían lo que traían entre manos, produjo, en coordinación con las faenas asimismo importantes de la capitanía y la alcaldía mayor, resultados inmediatos que significaron el camino recto hacia la reducción de los indios en pueblos, y a su pacificación.

Para ayudar en sus tareas a los padres Tapia y Pérez llegaron a continuación los jesuitas Alonso de Santiago y Juan Bautista de Velasco. Entonces la acción misional, con la persona del padre Velasco, pudo extenderse a Mocorito y sus pueblos de visita Bacubirito y Orobato. Fue el padre Velasco un buen misionero, inteligente, laborioso, y que nos legó una gramática con su vocabulario, de idioma cahita, lengua que en general se hablaba en toda la extensión de la provincia, al lado de muchos dialectos hoy desconocidos. La obra se titula “Arte de la Lengua Cahita”, pero el autor quedó perdido entre las sombras del anonimato, hasta que el esclarecido historiador don Eustaquio Buelna descorrió el velo de aquel misterio.

El padre Tapia, fundador de la Misión, acabó mal sus días porque fue asesinado con derroche de vileza, un domingo día 10 de julio de 1594, en el pueblo de Teboropa próximo a la villa, por el desalmado y traicionero Nacabeba. A raíz de la muerte del padre llegaron a reforzar al personal misionero los talentosos jesuitas Hernando de Santarén y Pedro Méndez, y con tal motivo se impuso la redistribución parroquial. Después de haber hecho compañía temporal al misionero de Mocorito, el padre Santarén fué destinado a la región abajeña de la villa y se fundó entonces (año de 1595) el pueblo y parroquia de Guasave; al siguiente año llegó a este lugar el bien querido Hernando de Villafañe, que por largos años ejerció su ministerio entre estas gentes, distinguiéndose como benefactor de los indios y por la organización de su partido, que era considerado como espejo de Misiones.

Con tal concurso de hombres de gran preparación, al cabo de poco tiempo se había consumado en la jurisdicción de los partidos de Sinaloa y Mocorito la catequización, quedando constituida al rigor de las circunstancias una cristiandad numerosa, completamente sumisa y acomodada.

El presidio no se fundó sino hasta 1595, con la llegada del capitán Alonso Díaz al frente de una escuadra de soldados de la que era cabo o caudillo don Diego Martínez de Hurdaide. Por retiro del capitán Díaz ocupó su lugar el cabo Hurdaide, con el despacho de capitán y alcalde mayor de Sinaloa. Diego Martínez de Hurdaide es en la historia de la Provincia de Sinaloa la figura más bizarra y ameritada; la que más se destaca porque el hombre desempeñó con acierto su papel de gobernante, y como soldado tuvo una actuación muy significativa para los destinados de la entidad. Era un hombre piadoso; jamás estuvo en desacuerdo con los religiosos, a quienes prestó todo su apoyo y protección y bajo su egida prosperó considerablemente la Misión, cuyos trabajos se extendieron día con día, rebasando continuamente las fronteras de los territorios habitados por gentiles en estado salvaje.

Una vez asentadas las misiones en Sinaloa y Mocorito, la acción misional se enfocó en las parcialidades indígenas del río Zuaque, nombre antiguo del río Fuerte. El capitán mismo gestionó en México el envió de un número suplementario de misioneros para esta aplicación, y de elementos para mejorar las dotaciones de la iglesia y la seguridad de todos los cristianos y súbditos del rey. A tales gestiones se debió que fuera autorizada la instalación de las misiones del río Zuaque viniendo destinadas al servicio de ellas los padres jesuitas Andrés Pérez de Rivas y Cristóbal de Villalta; y llegado el tiempo, Pérez de Rivas redujo y evangelizó a los ahomes y a los zuaques, Pedro Méndez a los tehuecos y Cristóbal de Villalta a los sinaloas, los zoes, los huites y los tubares, que habitaban en la cuenca más alta del Zuaque. Son éstos tres los nombres de pioneros más ligados a la tradición histórica española de aquellos pueblos. Pérez de Rivas, el más eminente y que llegó a ser Provincial de la Compañía de Jesús y procurador de la misma Roma, nos ha dejado además el tesoro inmenso de su “Historia de los Tributos de Nuestra Santa Fe entre las Gentes más Fieras y Bárbaras del Nuevo Orbe” que es la narración más completa que existe de los acontecimientos acaecidos en estas latitudes en la época en que él viviera y que es sin duda alguna la época más trascendental de la historia del noroccidente.

A la evangelización de las tribus del río Zuaque sucedió la congregación y adoctrinamiento de los pueblos del río Mayo, y enseguida de los ríos Yaqui, donde estuvieron Pérez de Rivas, Pedro Méndez, Tomás Basilio y otros misioneros de mucho fuste. Pero, antes de que el capitán Hurdaide quebrantara la belicosidad y la heroica resistencia ofrecida por gran número de estas naciones, se hizo necesario llevar a cabo la construcción de una ciudadela propiamente dicha, que llevó el titulo de Fuerte de Montesclaros; fuerte destinado a la protección de la obra realizada por los padres y a brindar apoyo a los trabajos subsecuentes que habían de llevarse a cabo en el Mayo y en el Yaqui. Al amparo del fuerte que construyera Hurdaide, nació y se desarrolló la población que en consonancia con el suceso respectivo llevó el nombre legítimo de Villa del Fuerte de Montesclaros, nombre que con mutilación de su apellido concreta aún, pero con el titulo de ciudad, la tres veces centenaria vecindad de El Fuerte. La construcción del fuerte produjo el inmediato efecto de merecer respeto a todas las naciones indígenas que se hallaban al alcance de aquel presidio, contribuyendo grandemente a la pacificación general, inclusive a la concertación de la paz con los indómitos indios yaquis.

El capitán Hurdaide tomó parte de veinte acciones campales, sin que sus enemigos se hubieran vanagloriado de borrar con cabelleras y cabezas tronchadas a los españoles. Cuentan entre sus más grandes hazañas militares los rudos combates que sostuvo con sus expediciones al Yaqui, en los que, si bien es cierto, no resultó victorioso, en los trances más apurados se impuso su desmedido valor, su ingenio táctico, su gran serenidad y su energía de carácter, para sacar de las circunstancias el mejor partido. Sus cualidades militares las reconocían plenamente sus enemigos y el peso de ellas se hizo sentir al fin en la resolución de los caudillos yaquis, de pactar la paz en 1610.

Biógrafos e historiadores coinciden en su apreciación de que Hurdaide fue un gobernante ejemplar, porque era sereno y justiciero, porque no derramó sangre inocente y no fue un explotador de los indios. Se le considera con toda propiedad, el pacificador de la provincia y el cimentador, en lo conducente, del régimen colonial en esta misma entidad.

Es pues una figura eminente, no por su prosapia ni sus letras en lo que nada valía, sino porque la historia la acredita. Su estampa física no mostraba sin duda una personificación de la gallardía, ya que su biógrafo, el insigne Andrés Pérez de Rivas, asienta que era Hurdaide de muy pequeña estatura, muy garrudo y de pies zopos o torcidos, no obstante lo cual era gamo cuando corría tras de un indio por una ladera.

A don Diego Martínez de Hurdaide, que falleció a principios de 1626, y que es una de las figuras de mayor consistencia que aparece en los relatos de la historia sinaloense, no se le ha tributado el justo homenaje que haga perdurable su nombre en nuestros fastos, pues ni siquiera en algún acto cívico u oficial se ha reverdecido su memoria. Para él no se han pronunciado elogios, de seguro porque le han faltado panegiristas que, justipreciando sus actos, sus méritos, sus obras, con la popularización lo libren de la penumbra y el olvido. En una palabra, no se le ha exaltado y ello quizás no por discriminación ni por ingratitud, sino porque su personalidad, a pesar del realce histórico que tiene, es poco conocida ó más bien demasiado enclaustrada en un pasado lejano y hermético, que tiene tres siglos de distancia; pero día llegará, seguramente, en que la personalidad culminante y casi legendaria de este hombre se impondrá, revivirá y palpitará en la conciencia provinciana, y entonces, de la evidencia y de la justicia nacerá espontanea y radiante la manifestación de desagravio; ocurrirá entonces la exaltación, y, si hemos de ser justos y amantes de la tradición, hemos de ver plasmada en magnífico bronce su figura chaparra y patizamba; o, por lo menos, ya de calle o plazuela, en El Fuerte y en Sinaloa, puesto que a ambas localidades les concierne por parejo.

 

Conferencia sustentada por el Ing. Filiberto Leandro Quintero en la Universidad de Sinaloa la noche del 18 de enero de 1952.

 

Letras de Sinaloa No. 35 febrero de 1953.

 

Provincia de Sinaloa, Mèxico

Catedral de Culiacán en la provincia de Sinaloa

 

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Figuras históricas de la Provincia de Sinaloa
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Los personajes representativos en la Provincia de Sinaloa como parte de la Nueva España en la época de la colonia española

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