Evocación de Cosalá

November 14, 2014

Historia y cultura de Sinaloa, México

 

 

EVOCACIÓN DE COSALÁ

 

Por: Juan Macedo López

 

El sol mañanero barrió a escobazos de luz las calles de Cosalá y replegó las sombras hasta el horizonte, allí donde la montaña se encrespa en el oleaje inmóvil de los roquedales. La atmósfera es un escándalo en azul. La contemplas y tus pupilas no resisten esa irrupción que te sumerge en el océano celeste. Y te sientes ave in mersa en el seco mar del viento, que sacude tus alas como las velas de una barquilla que navega en el horizonte de la infinitud. Desde el recodo caminero, el altozano te entrega la imagen de Cosalá y la de su iglesia romántica, cuyas campanas, en la hora de la atardecida, dejan que sus badajos arrojen “pequeños gritos modestos”, evocando a López Velar-de, que aquí encontraría a Fuensanta, la que no conoció el mar.

Manos irreverentes con ansia impúdica destruyeron algunos caserones coloniales, cuyos frontispicios entregaban el primor de la piedra que florecía en el barroco, y el líquido de las lluvias veraniegas caía en chorros de plata por la redonda boca de las gárgolas roqueñas. Y con la impudicia, el mal gusto del nuevo rico: un edificio cuyas puertas y ventanas lo cuadriculan como un tablero de ajedrez. Irreverencia pluscuamperfecta.

Mujeres de Cosalá, de patronímicos que denuncian su ascendencia vasca, sefaradí o castellana, altas, albas y ansiosas, divididas —oh, Barrio de la Canela— por los distingos sociales. “En cada ventana, una muchacha, en cada muchacha, un sueno y en cada sueno, una esperanza”.

La luz de Cosalá, luz que burila la ceja de un risco, que refulge sobre la frente de sus mujeres en donde la belleza se llama Esperanza o Aída, Consuelo o Rocío; luz que desnuda la intimidad del ser para que en los ojos destalle la alegría o la dulzura; luz vesperal que como en la letanía, hace la torre de oro y el cuadrángulo de su jardín en un certamen de aromas y colores; luz que bruñe de estaño las azoteas y las calles y convierte a los pájaros en flechas de plata y al chanate pavona su plumaje.

Cosalá o Quetzallan, te evoco desde mi remota juventud, cuando en mi sangre ardía el trópico y un golpe del destino me aventó, minúsculo torbellino humano, a tierras sinaloenses, en donde fui hombre telúrico y voluntad de entrega y lo sinaloense se me fue filtrando con el misterio de la ósmosis de tu paisaje físico y el otro paisaje, más violento y hermoso más recio en su afán de ser varonía cabal, hombredad creadora.

Cosalá de mis recuerdos, trans¬cribe lo que hace cuarenta años contó mi corazón para tí, desde la mesa de redacción de un periódico en donde comencé mi aprendizaje geográfico, de esa geografía lírica, itinerario para una emoción que era joven y limpia”.

 

“Caminos anchos como el río o angostos, lo mismo que tallos femeninos, ríos despeñados entre gargantas —espuma en el aire y plata corrediza que suena a canción áspera—; rancherías en donde surge el aplauso redondo de las torteadoras y pueblos ribereños asperjados por jordanes minúsculos, os invitan a dar reposo a el ansia caminera, antes de llegar a Cosalá, por donde pasó contando su romance Heraclio Bernal, camino de Guadalupe de los Reyes, en donde robaba oro para la pobrería y jinete en la montaña, se empinaba hasta el cielo para cortar estrellas que enredaba en sus corridos y en la cabellera de las mozas deslumbradas.

“Parece que no estamos en Sinaloa, sino en “la región más transparente del aire”. Las montañas se encabritan, saltan, se encogen y parece que van a caer, como en un cataclismo, sobre el pueblo. Aire cordial y salutífero se entrega a los pulmones. En la noche, sobre el cuadrilátero de la plaza, “el amor amoroso de las parejas pares “idiliza las horas. Plácidas muchachas os contemplan con sus ojos, tan grandes como el asombro. El reaccionario piano del poeta, desde la sala en crepúsculo perpetuo, se deja acariciar por las manos de leche y de sombra de la niña sentimental”.

“Por favor: no vayáis a los bailes cosaltecos pues entre cincuenta mujeres no se podría encontrar alguna como antítesis de la belleza. Las hoy morenas, nostálgicas de la costa, de donde sus abuelos vinieron; blancas, tanto, que sus ojos negros parecen una hoguera negra iluminada por la albura del rostro; altas, como un roble de Vasconia; breves, tal si fueron adolescentes; esbeltas, aéreas, como luz solar descansando en la torre de la iglesia; ojerosas y lánguidas, de pupilas de fiebre. Pues allí se queda la pobre voluntad andariega, prendida al talle estremecido de aquellas mujeres y soñando con el piano reaccionario y en los paseos nocturnos por el cuadrilátero en sombra de la plaza”.

 

Te evocamos en una mañana primaveral bajo la pródiga parra de la hostería, de la que colgaban, como nidos de calandria, hasta treinta racimos de uvas de ópalo, parra centenaria que tal vez presenció tu nacimiento o su natividad fue simultánea a la tuya. Sus hojas habían elaborado una techumbre verde a la que a veces descendía la oscura audacia de un chanate. Sobre las mesas, la albura del mantel y los platillos que despertaban nuestra gula, gula física y la otra más anchurosa, más honda; la de penetrar en tu gracia y señoría, la de cantarte como un día lo hizo tu poeta ciego, como Homero: Vega, Veguita, que con sus ochenta años a cuestas arrastraba, pequeño gigante, una carga lírica, oblación para su Cosalá, el Cosalá que puede dejar de ser hoy el colonial, si la barbarie analfabeta sigue ubicando tableros de ajedrez sobre el frontispicio barroco de tus casas antañosas.

 

 

Tomado de: Presagio, Revista de Sinaloa; número 9, páginas 9-10.

 

Cosalá, evocación a los pueblos de sinaloa

Evocación de Cosalá

 

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Evocación a Cosalá
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El pensamiento descriptivo del municipio, tierra y gente cosalteca de Sinaloa-México

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