Gente de Sinaloa

 

EUSTAQUIO BUELNA

 

Al iniciarse la década de 1830, Mocorito era un villorrio más en el territorio sinaloense. Su existencia se inició casi al finalizar el siglo XVI, cuando el P. Juan Bautista Velasco, S. J., fundó la misión de San Miguel de Mocorito, y como centro misional alcanzó una relativa importancia como lo muestra la iglesia de cantería, la mejor que en su género dejaron los civilizadores del norte de Sinaloa. Sin embargo, al igual que el resto de las misiones sufrió un fuerte colapso económico después de la expulsión de los padres de la Compañía de Jesús, y la vida que allí transcurría debe haber sido similar a la que puede observarse actualmente en muchos poblados sinaloenses poco comunicados y alejados de las zonas de producción.

Fue precisamente en Mocorito donde Eustaquio Buelna vino al mundo el 30 de septiembre de 1830, y tras de aprender las primeras letras en la escuela parroquial del lugar, merced a la generosa ayuda de su tío el Dr. Basilio Pérez, pudo ir a Culiacán a recibir la enseñanza secundaria en el Seminario Conciliar de Sonora que poco tiempo atrás había abierto sus puertas. Allí tuvo como maestros a hombres sabios y distinguidos como el Dr. Lázaro de la Garza y Ballesteros, obispo de la diócesis, y los bachilleres Pedro Loza y Pardavé y José de Jesús María Uriarte, que también serían obispos de Sonora, y habiendo hecho una brillante preparatoria, se trasladó a Guadalajara inscribiéndose en la facultad de Jurisprudencia, en la que obtuvo el título de abogado, y cumplido esto, regresó a Sinaloa donde fijó su residencia, dedicándose al ejercicio de la profesión.

Los años cincuenta iniciaron una etapa difícil y decisiva para la República. Gobernaba dictatorialmente el general Antonio López de Santa Anna, mas a pesar de la represión con que envolvía al país, las ideas liberales que comenzaran a aflorar desde la consumación de la independencia, continuaban fermentado en el pensamiento y la conciencia de los hombres que anhelaban un mejor sistema de vida para el mexicano. Buelna llego a Culiacán con su flamante título bajo el brazo, y en esa ciudad tuvo la suerte de encontrar a dos distinguidos liberales que allí habían encontrado refugio de la persecución que se les hacía. Uno de ellos era el licenciado Ignacio Ramírez, popularmente conocido por “El Nigromante”, y el otro su joven cuñado José Perfecto Mateos. En un medio donde privaba la ignorancia, este encuentro fue una bendición para el joven abogado ya que pronto hizo amistad con ambos, lo que le permitió platicar ampliamente sobre la situación que privaba y para afianzar más sus ideas pues en Guadalajara se había adherido a los principios del liberalismo. Le tocó también atestiguar la ascensión a la gubernatura del coronel Francisco de la Vega, jefe del clán que desde muchos años atrás venía usufructuando el poderío político en Sinaloa, pero don Chico, como comúnmente se le llamaba, dio la gran sorpresa, pues a pesar de sus tendencias reaccionarias nombró secretario de gobierno a “El Nigromante”, lo que para el pueblo sinaloense fue una gran ventaja pues se empezó a legislar con un sentido más humano, de acuerdo con las ideas que sustentaba don Ignacio. Sin embargo, el gozo se fue pronto al pozo, ya que una asonada escenificada en Mazatlán en la que tomaron parte muy activa los comerciantes extranjeros y la influencia santanista, derrumbaron al régimen de Vega, y las cosas volvieron a su antiguo cauce.

 

Al desvanecerse su sueño de un Sinaloa mejor, Buelna continuó dedicado a la abogacía, pero en el pueblo seguían aumentando las ansias de liberarse de la tiranía, y en 1854 en que se escuchó un grito de rebeldía salido de un poblado de Guerrero llamado Ayutla, el vecindario de Culiacán se reunió para ejercer sus derechos y nombró prefecto a don Eustaquio a pesar de la actitud amenazante del prefecto y comandante militar José Inguanzo, sólo que aquél actuó tres días pues fue encarcelado por el mílite, que pretendía seguir en el puesto y era más conservador que Santa Anna.

Los abusos de Inguanzo hicieron que don Plácido Vega se levantara en armas en Tamazula, Durango, reuniendo ochenta hombres entre los que se contaron Buelna, don Perfecto Mateos, el doctor Miguel Ramírez y otros más. Los levantados hicieron correrías por Cosalá y Guadalupe de los Reyes, pero como no lograron nada en concreto, se devolvieron a Culiacán cuando Inguanzo abandonó esa ciudad para irse a Cosalá.

Desde entonces hasta 1858 nada sabemos de Buelna, quien debe haber estado ejerciendo la abogacía u ocupando algún puesto público durante la administración de don Pomposo Verdugo, aunque de esto no tenemos la menor referencia. Lo que si conocemos es que tras la expedición del Plan de Tacubaya inició actividades de conspirador en unión del teniente coronel Ignacio Martínez Valenzuela, el doctor Miguel Ramírez y varios otros liberales, tramando una conjura que culminó en franca rebeldía el 20 de agosto de 1858, sólo que el día anterior don Plácido Vega hizo lo mismo en El Fuerte, y con la ayuda decidida del gobernador de Sonora, general don Ignacio Pesqueira, pudo llevar al cabo una revolución bien organizada, mientras que el movimiento de Culiacán se apagó por falta de medios y de conexiones.

Los triunfos de los rebeldes se fueron encadenando hasta terminar con el poderío conservador y el gobierno liberal se instaló en Mazatlán con Ignacio Pesqueira a la cabeza, mas como el caudillo sonorense tuvo que volver a su Estado, dejó al frente a Plácido Vega, y desde entonces, la carrera política de Buelna inició su ascensión en la vida pública de Sinaloa, pues de primas a primeras obtuvo una curul en el Congreso de la Unión, y en 1861 el gobernador Vega lo nombró secretario de gobierno. Poco después, la legislatura local lo designó gobernador substituto para el caso de que el titular tuviera que salir a campaña, lo cual no agradó a don Plácido, quien vetó la designación, por lo que los diputados la nulificaron so pretexto de que “había abandonado su puesto en el Congreso de la Unión”, y esto fue un duro golpe para Buelna, quien prefirió renunciar a la secretaria y se convirtió en un encarnizado enemigo del gobernador.

Llegó la dura etapa de la lucha contra la intervención francesa y el imperio, y durante ella no sabemos cuales hayan sido sus actividades, aunque es seguro que no abandonó el Estado, y es hasta en la restauración de la República en que lo hallamos como juez de distrito, cargo al que renunció para presentarse como candidato a la gubernatura contendiendo contra el general Domingo Rubí, el también general Ángel Martínez y el licenciado Manuel Monzón, aunque en verdad la lucha se desarrolló entre los dos primeros. En las elecciones ninguno de los aspirantes logró la mayoría absoluta, y al instalarse la legislatura que habría de calificarlas, se presentó una moción para que se eliminaran las candidaturas de Rubí y Martínez por no llenar los requisitos que establecía la constitución local, pero algunos diputados se pusieron en su contra y al día siguiente se registró una tumultuosa manifestación de los partidarios de los dos generales, pidiendo la revocación del acuerdo, y al final se dio el triunfo al gobernador Rubí.

 

Buelna fue electo diputado a la legislatura local que se instaló para funcionar como constituyente, el que hizo algunas reformas a la carta magna sinaloense para “extirpar corruptelas”, lo que trajo consigo fuertes discusiones con el Ejecutivo, a quien no le convenían las modificaciones. Los diputados Buelna, Rivas, Echeverría e Inzunza defendieron con toda energía los puntos de vista del congreso echando por tierra las maniobras del gobierno, y la constitución se promulgo el 11 de enero de 1870.

La renovación de los poderes locales estaba próxima y para disputarse la gubernatura lanzaron sus candidaturas el licenciado Buelna, sostenido por el partido juarista, y el general Manuel Márquez de León, que tenía el apoyo de los partidarios de Porfirio Díaz. Don Eustaquio tenía un gran partido en los distritos septentrionales, y solamente en Mazatlán contaba con una fuerte oposición por parte del comercio rico, que veía en el ilustre y honrado liberal una amenaza para sus intereses. Márquez de León era uno de los héroes de las guerras que acababan de pasar, mas la popularidad de Buelna era bastante grande, y esto se puso de relieve en las elecciones, en que obtuvo veinticinco mil votos en contra de once mil que recibió su contrincante.

La estatura moral de Buelna era inobjetable, por lo que era natural que algunos políticos y jefecillos militares que no tenían categoría se opusieron a su triunfo, y uno de los primeros que pretendieron usar de la violencia para mostrar su inconformidad fue Francisco Cañedo, quien se sublevó en Culiacán con un piquete de soldados de la fuerza de seguridad yéndose a refugiar en el poblado de Imala. Cañedo se había comprometido con Buelna a trabajar por su candidatura, mas como exigió del candidato que removiese del Tribunal de Justicia al licenciado Manuel Monzón, para que su lugar lo ocupara don Francisco Ferrel, encontró la negativa de don Eustaquio, y esto lo hizo pasarse al bando contrario, aunque dice el propio Buelna, que lo que deseaba era se le nombrara gobernador provisional.

 

Después se sublevó Eulogio Parra y en su proclama manifestó que lo hacía para obstaculizar la entrada de los funcionarios electos, lo que obligó al general Rubí, gobernador saliente, a salir a campana y así lo hizo después de solicitar una licencia, entregando el gobierno al licenciado Jesús Río, quien a su vez lo depositó en el licenciado Buelna el 27 de septiembre en que otorgó la protesta de ley.

En el Estado había paz, pero los auspicios no eran muy buenos porque circulaban los rumores de que pronto estallaría una revolución, lo que efectivamente sucedió, pues casi dos meses después de que el patricio se hizo cargo de la gubernatura, la guarnición de Mazatlán al mando del coronel José Palacio, se sublevó adhiriéndose al Plan de La Noria, nombrando como gobernador en lugar de Buelna a un comerciante llamado Mateo Magaña. Los desórdenes que se desarrollaron en el puerto hicieron que don Eustaquio se refugiara en la casa de don Pedro Echeguren, de la cual salió en la noche dirigiéndose a la Isla de la Piedra, y de allí embarcó en una nave de guerra americana y transbordó en una embarcación nacional que lo llevó basta barra de El Tule, de donde fue a Mocorito, y en este lugar pidió auxilio al gobernador de Sonora don Ignacio Pesqueira. Los pronunciamientos en el Estado se pusieron a la orden del día, y Magaña entregó el gobierno a Palacio, no sin antes haber impuesto un préstamo al comercio, mientras en Mocorito, Buelna nombró substituto a don Blas Ibarra para el caso de que se registrase una acefalía.

El coronel Palacio entregó el mando a Márquez de León, quien desde luego solicitó del comercio el consabido préstamo, lo que a los comerciantes no debe haberles caído muy bien ya que Palacio había hecho lo mismo, y a los pocos días llegó al puerto el general Donato Guerra, a quien se le hizo un entusiasta recibimiento por ser uno de los corifeos de la Revolución, y el que de acuerdo con las facultades que le había otorgado el general Díaz, nombró a Márquez comandante militar de Sonora, Sinaloa y Baja California.

El general Ignacio Pesqueira inició el envío de tropas a Sinaloa y después salió de Ures para Alamos, a donde llegó el 8 de enero de 1872, y por su parte, Márquez entregó su gobierno a don Mariano Romero, a quien había designado vice-gobernador, y tras esto marchó a Culiacán para dirigir las operaciones militares. Poco después, las fuerzas gobiernistas derrotaron a las avanzadas que tenían los revoltosos en Comanito, por lo que el jefe rebelde salió de Culiacán con más de dos mil hombres para combatir a las tropas leales, las que se replegaron hacia el norte para unirse a las que venían de Sonora jefaturados por el coronel José Pesqueira, y ya unidas derrotaron a los rebeldes en Ocoroni v en Cabrera. Atacaron luego la villa de Sinaloa arrollando a los revoltosos, pero sus esfuerzos se estrellaron ante los que estaban dominando las alturas en la iglesia parroquial, y se retiraron sin ser perseguidos, dado que sus adversarios se hallaban abatidos y sin caballería. Llegaron a El Fuerte y de allí pasaron a Alamos para reorganizarse, mientras el señor Buelna que dejó como gobernador interino a don Blas Ibarra, marchó a Guaymas en busca de recursos para continuar la campana, y por su parte, Márquez embarco en El Tule con 400 hombres tomando rumbo a Mazatlán para combatir a un contingente gobiernista que venía por agua.

Ya en Sonora, el señor Buelna se puso de acuerdo con el general Pesqueira y se dirigió a Guaymas en busca de dinero para la campana, y como en la guerra y en el amor todos los medios son buenos, se dispuso a hacerle la competencia a sus enemigos, pues sabedor de que una casa comercial de Mazatlán esperaba una llegada de efectos europeos, y por la situación en que se hallaba el puerto sinaloense, proponía recibirlos en Guaymas mediante una rebaja en los derechos, con la anuencia de Pesqueira firmó el con trato respectivo, y aparte de recibir dinero evitó que quedara en manos de los pronunciados.

La fuerza gobiernista enviada por la vía marítima desembarcó en Chametla, pero su jefe cometió la torpeza de hacerlo en una zona intermedia a la que ocupaban los rebeldes, con el resultado de que con unos cuantos cañonazos se rindió a Márquez. Este fácil triunfo y la retirada de los leales en la villa de Sinaloa, hicieron creer a Márquez y los suyos que su causa estaba ganada, lo que fue aprovechado por los comerciantes de Mazatlán para desembarcar mercancías con grandes rebajas en los impuestos.

Las fuerzas al mando de don José Pesqueira tomaron Culiacán y poco después llegaron a esa ciudad el licenciado Buelna y el general Pesqueira, y uno de los actos del gobernador fue declarar a la ciudad capital del Estado, mientras que Márquez por su parte, decidió atacarla, lo cual hizo el 27 de marzo, librándose furiosos combates desde esa fecha hasta el 6 de mayo, en que el jefe rebelde, completamente derrotado, huyó por el rumbo de la Sierra Madre, y coincidiendo con la victoria gobiernista, el general Sóstenes Rocha arribó a Mazatlán con más de dos mil hombres.

Invitado por Rocha, Buelna fue a Mazatlán encontrando que aquél había declarado el estado de sitio y nombrado gobernador a Rubí. Pesqueira, por su parte, viendo que ya sus servicios no eran necesarios, retornó a Sonora junto con sus tropas. Los que no quedaron muy contentos con la presencia del general Rocha, fueron los comerciantes, pues aquél los hizo firmar pagarés por el importe total de los derechos sobre las mercancías que habían desembarcado en los días de la ocupación de la población por los revoltosos.

El Presidente Juárez escribió a Rubí para que se pusiese de acuerdo con el gobernador Buelna sobre la cesación del estado de sitio, pero el jefe militar no tenía el menor deseo de suspenderlo, así que al comisionársele para que fuera a batir a Márquez en la sierra de Topia, al hacerse cargo del gobierno el general Prisciliano Flores la situación continuó igual. Sin embargo, las cosas se pusieron mal, dado que los jefes acompañantes de Márquez lo desconocieron en la sierra, y volvieron a Sinaloa a cometer depredaciones, aunque algunos se acogieron a la ley de amnistía expedida por el Presidente Lerdo de Tejada.

Con la entrada de los revolucionarios a Mazatlán, el gobernador se refugió en el consulado americano, de donde fue sacado con engaños por órdenes del coronel Doroteo López, y a pesar de que dieron su palabra al cónsul de que no sería molestado y aun de que permanecería libre en su la salida fue hecho prisionero y llevado al cuartel. De acuerdo con la versión del propio Buelna, parece que el cónsul yanqui estaba en convivencia con los revoltosos, lo cual no era de extrañar, pues los representantes consulares siempre estuvieron de parte de los movimientos sediciosos que se registraban en el Estado. Ya en el cuartel, los revoltosos exigieron a Buelna su renuncia, que fue redactada por sus propios carceleros, prometiéndole que le darían la libertad, lo cual no cumplieron ni le permitieron marchar al extranjero, aunque le dieron permiso para que permaneciera en su casa con la condición de que no se movería de allí, y solamente lo dejaron libre previa fianza que presentó don Pedro Echeguren.

Los jefes militares se fueron sucediendo y so pretexto de la existencia de gavillas de forajidos y de pequeños grupos de pronunciados, continuaron manteniendo el estado de sitio, pues de esa manera reunían en su persona los mandos militar y político y podían obrar como les daba en gana, con detrimento de los intereses del pueblo y del gobierno local, pues la medida ya no tenía razón de ser. Viendo Buelna que ese estado de cosas iba para largo, marchó a la ciudad de México para entrevistarse con el Presidente Lerdo y exponerle la situaci6n del Estado, y a esto se unió la protesta de la Diputación Permanente y del Tribunal de Justicia que amenazaron con disolverse si el estado de sitio proseguía. Las gestiones del gobernador dieron resultado, pues el 13 de noviembre el señor Lerdo ordenó en forma terminante al general José Cevallos que lo levantara. El presidente del Tribunal asumió la gubernatura por ausencia del gobernador y del vice-gobernador don Ángel Urrea, y fue hasta el 11 de diciembre en que el último de ellos se hizo cargo del Poder Ejecutivo. El licenciado Buelna arribó a Sinaloa el 23 de enero siguiente y a su llegada expidió una proclama excitando a la conciliación, y el 5 de febrero tomo posesión del gobierno.

Por decreto del 20 de septiembre de 1873, la legislatura cambió la capital del Estado a Culiacán, refrendando así lo que Buelna había hecho en los días de la revuelta de La Noria, y de esta manera el gobierno quedó a salvo de las maniobras y de la perniciosa influencia de los comerciantes extranjeros de Mazatlán. Sin embargo, las tribulaciones del ilustre sinaloense no habían terminado, ya que la Cámara se erigió en gran jurado para que respondiera de las acusaciones que le enderezó el tesorero general, a quien el gobierno había suspendido por irregularidades en su ejercicio y por desobediencia a las órdenes que se le daban. Después estuvo a punto de renunciar debido a que la legislatura había revocado la pena al tesorero, y más tarde tuvo que responder ante el Gran Jurado Nacional a los cargos que le hizo el periodista José Cayetano Valadés, a quien había encarcelado por infracciones a la ley de imprenta, siendo absuelto por unanimidad de votos.

Se aproximaba ya la renovación de autoridades constitucionales y todo hacía presagiar que se iban a registrar actos violentos en todo el país. La sombra del porfirismo se proyectaba fuertemente y el licenciado don Jesús María Gaxiola era el candidato de los adeptos a Díaz, mientras que los lerdistas sostenían la de don José Rojo y Eseverri, uno de los más distinguidos hombres que ha dado Sinaloa. Las simpatías de don Eustaquio Buelna estaban con este último, más celoso de que su prestigio no sufriera merma con acusaciones de parcialidad, prefirió renunciar a la gubernatura, lo cual llevo a efecto el 10 de mayo de 1875.

Revoluciones, motines y ambiciones de políticos y jefes militares impidieron que Buelna llevara al cabo una obra gubernamental más amplia, pues de los cuatro años de su período constitucional apenas si escasamente gobernó en dos. La instrucción popular fue uno de sus objetivos, dándole bases para extenderse y generalizarse. Creó instituciones de educación superior, ya que en 1873 abrió en Mazatlán el Liceo Rosales, y al año siguiente inauguró en Culiacán el Colegio Rosales. En el ramo de justicia adoptó los códigos del Distrito Federal y expidió algunos de los reglamentos más indispensables. Visitó los distritos, y al dejar el gobierno, su sucesor encontró la hacienda pública en vía de orden, arreglo v abundancia.

A partir de su renuncia, se inició en Buelna un período de obscuridad en lo referente a su carrera política, ya que poco tiempo después llegó al poder Francisco Cañedo, quien fue uno de sus más acérrimos enemigos. El ilustre patricio ya no volvió al primer plano, y solamente en la administración del ingeniero Mariano Martínez de Castro, la legislatura le designó Tesorero General. Después, en las postrimerías del gobierno del general Porfirio Díaz, se le nombró ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

Para Buelna ese ocaso político tal vez haya sido motivo de desazón v de nostalgia, para Sinaloa significó un adelanto en su cultura, pues entonces nació Buelna el escritor, el acucioso investigador que se revela como el pionero de nuestra incipiente y desconocida historia, y sin lugar a dudas, como el hombre que más datos ha aportado para conocer nuestro pasado.

Las obras de Buelna fueron las siguientes: “Apuntes para la Historia de Intervención Francesa en Sinaloa”, que según el juicio de Genaro Estrada “es una excelente colactánea que recuerda, guardadas las distancias, a las que organizaba aquel sabio sin par en México que era don Joaquín García Icazbalceta”; “Compendio Histórico Geográfico y Estadístico de Sinaloa”, una de las obras que ofrece más interés para estudiar a nuestro Estado; “Apuntes para la Historia de Sinaloa”, en realidad una colección de efemérides que el investigador iba coleccionando para después darles cuerpo, ya que cuando Buelna murió, no estaban listas para imprimirse; “Peregrinación de los Aztecas y Nombres Geográficos Indígenas de Sinaloa”; “Arte de la Lengua Cahita”, compuesto por el padre jesuita Juan Bautista Velasco y reimpresa por Buelna, así como la llamada “Luces del Otomí”, obra de otro padre de la Compañía de Jesús; “La Atlántida y la Ultima Tule”; “Constitución de la Atmosfera o Leyes que rigen la densidad, peso, altitud y temperatura del Aire”, y un folleto llamado “La Heroína Sinaloense Agustina Ramírez”, en el que demostró de manera palmaria que la ilustre matrona nació en Sinaloa. Pero la obra cumbre del ilustre sinaloense como intelectual v como gobernante, fue la fundación del Colegio Civil Rosales, génesis de la actual Universidad Autónoma de Sinaloa.

De sus relaciones con el Presidente Juárez no tenemos mucha información, y solamente conocemos una carta que le dirigió el Benemérito, relacionada con la cesación del estado de sitio, mas suponemos que siendo un destacado liberal que ocupó un escafilo en el Congreso de la Unión, y que además gobernó al Estado, su trato con el presidente sería cordial y respetuoso.

 

Sin llegar a ser un valor nacional en la cultura en la medida de Genaro Estrada, Buelna es un positivo valor de Sinaloa en relación a los demás intelectuales sinaloenses. Es más, fue un predestinado para ser el primero y legítimo intelectual sinaloense; para ser fundador de una institución cultural que habría de honrar a Sinaloa, y para ser el primer civil que sin intereses mezquinos, buscando sólo el imperio de la ley y el bien del Estado, se enfrentara a la horda de pretorianos que asolaban al solar sinaloense.

Al igual que todos los hombres que han vivido rodeados de las pasiones políticas, murió entre la indiferencia de la maquinaria oficial el 30 de abril de 1907, pero pasado mucho tiempo volvió al primer plano cuando en público certamen conquisto el título de “El Mejor Filólogo de Sinaloa”.

Eustaquio Buelna es el héroe civil, el hombre de la calle que encontramos diariamente sin poses ni relumbrones. Sus batallas las libró en el cuarto de estudios, sin pérdida de vidas humanas. Cuando tuvo que luchar contra sus semejantes, no fue en pos de una gloria insensata e infructuosa. Lo hizo para librar a los humanos de la barbarie de los carlyleanos; para que la ley imperara, para devolver su condición de seres libres a los sinaloenses. Su mejor batalla la libró contra la ignorancia y la incultura.

Eustaquio Buelna tiene una gloria que nada ni nadie le podrá quitar: la gloria que envuelve a todos los que enseñan la justicia, pues mirarán su nombre en las estrellas.

 

 

Eustaquio Buelna

Lic. Eustaquio Buelna

 

Summary
Name
Eustaquio Buelna
Job Title
Historiador, político, Gobernador de Sinaloa
Company
Gobierno del Estado de Sinaloa
Address
Mocorito,Sinaloa, México

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