Cuentos de Sinaloa

 

Eutanasia

 

Por Élmer Mendoza

En los cafés, se decía lo mismo sobre Ángel Valdez: que conocía demasiado, que estaba al tanto de los sucesos en el mundo de la cultura, que discurría con esa seguridad y pasión con que lo hacen los verdaderos escritores. A veces, hasta comentaba cómo había resuelto el final de un cuento o el embrollo en una novela policiaca; igual permanecía hablando largo rato sobre Borges, Hermann Broch o los representantes más conspicuos de la historia perdida de la literatura y el arte. Cualquiera puede tratar a Cervantes o a Shakespeare, decía, pero al Marqués de Agianto o a Atanasio Mercuri, muy pocos.

 

Ángel Valdez actuaba como escritor, era escritor, poseía ese espíritu de piedraespuma de los genios de la literatura; él lo afirmaba cada vez que venía al caso. El único problema al respecto, era que no se le conocía ninguna publicación; a pesar de que en reiteradas ocasiones se había marchado temprano con el argumento de que debía dictar una conferencia o presentar su último libro. Si alguien deseaba ser invitado, Ángel respondía con una invitación colectiva. En ocasiones, interpelaba a varios diciéndoles que recordaran que en su charla anterior habían estado presentes.

 

Al principio, familiares y amigos consideraron estos detalles como una broma típica de un lector ávido posesionado de interesantes mecanismos propios de la literatura. Con el tiempo, y sobre todo sus cuates del alma, los manejaron como elementos definitorios de su personalidad; no así su mujer, que lo forzó en repetidas ocasiones a ponerse en manos del médico. A últimas fechas, lo había llevado engañado con un especialista, con quien Ángel se entendió de maravilla y término haciendo una relación de médicos escritores y de términos técnicos cuyo uso y abuso criticó en algunos textos futuristas de principios de siglo. El médico, justo es decirlo, quedó fascinado y le dijo a la señora que su esposo estaba en perfectas condiciones, que tal vez le convendría descansar una semana o dos en Olas Altas, pero que eso era como para justificar el cobro de la consulta.

 

Hay cuerpos que no traicionan.

 

Llegando a casa, Bertha conversó con su hija, una morigerada mujer que acababa de cerrar un doctorado en Psiquiatría en una universidad alemana, cuyo nombre Bertha jamás pudo pronunciar, a pesar de los esfuerzos de la muchacha.

 

La doctora, explicó a la madre lo que a su juicio afectaba a su padre, utilizando un lenguaje tan extraño que la señora quedó en las mismas; si acaso movió la cabeza afirmando por mero instinto.

 

Recordó que desde su matrimonio, su esposo siembre había dormido más de la cuenta. Cada vez que ella preguntaba por qué, él respondía que estaba leyendo, escribiendo, pensando; nunca durmiendo; pero ella, que lo escuchaba roncar como un bendito, refunfuñaba y concluía que Ángel quería verle la cara. Educada en la sumisión, protestaba por simple formulismo; en realidad, terminó siendo la primera víctima de la fuerte personalidad artística de su marido.

 

Cuando envejecieron, acabó por aceptar las respuestas de Ángel; aunque, a decir verdad, nunca dejó de dudar del provecho de la siesta cada vez más larga de aquel marido poco común. Antes de que Bertha muriera, Ángel sólo se levantaba por la mañana para tomar un vaso de leche con miel, y por la tarde, para dar un paseo o ir al café con los viejos amigos.

 

Con la muerte de su esposa, Ángel decidió no levantarse más.

 

La hija, y el esposo alemán que había traído de Dusseldorf, se mudaron a la casa donde Ángel dormía por todo y para todos.

 

Los días perdieron el nombre.

 

Sus amigos llamaron pero la muchacha les dijo que estaba en tratamiento y que le era imposible salir.

 

El tiempo se mueve como camisa que se acaba.

 

La vida de Ángel sobre la cama fue de lo más bello e interesante.

 

Era escritor.

 

En sueños escribió los cuentos más sólidos que escritor dormido haya realizado jamás; sus textos estaban catalogados como enormes escaleras de asombro granulado que palpitaban a un ritmo muy personal. En sueños hizo todo y lo fue todo; ya en su madurez, cultivó la poesía y la novela con extraordinario éxito de librería. Todas esas conferencias que provocaban cierto sarcasmo en sus amigos, realmente las dictaba para un numeroso público de lectores dormidos que lo admiraban y aclamaban. Sus cursos en conocidas universidades eran concurridísimos. Si usted, una mañana de tantas despertó con que la duda sobre el Conde de Lautrémont con la cual se había dormido, estaba disipada como por arte de magia, lo más seguro es que haya estado en uno de esos famosos cursos del maestro Valdez. En esta etapa de su vida, cuando al fin pudo dormir todo el día y toda la noche sin más preocupación que la de escribir, escribir y escribir, Ángel Valdez publicó un libro que inmediatamente fue traducido a ciento cincuenta idiomas, incluyendo el Pegalés. El tema era la vida consciente, cuando se está despierto y se vive intensamente el viaje hacia la noche de mil cabezas. El personaje central, llamado Sebastián Archuleta, padecía un insomnio terrible. A los dormidos les encantó la enorme dosis de nostalgia que había en aquellas páginas donde florecía el lugar común y la transparencia de los rasgos del cambio. Una verdadera fascinación. Despiertos, podrían hablar de paraísos.

 

Este éxito tan arrollador, no sólo hizo que Ángel fuera conocido en todo el mundo y nombrado doctor Honoris Causa de ochocientas universidades, sino que empezó a sonar muy fuerte para el premio Nobel de literatura. Por lo pronto, y seguramente para no ser acusados de nuevo de vivir en la inopia, los integrantes del Colegio Nacional, lo aceptaron como miembro de número y le dieron el premio nacional de artes.

 

Mientras tanto lo del Nobel continuaba.

 

Se hizo una gran campaña que, la verdad, Ángel no requería; pero ya ven cómo son los amigos.

 

Ángel esperaba.

 

Pasear por una sonrisa con los brazos abiertos.

 

No cabía duda, el Nobel era suyo; no obstante, había que esperar la confirmación.

 

Y justamente, el día que recibió la llamada telefónica y la fecitación calurosa del secretario perpetuo de la Academia Sueca, cuando se disponía a festejar, sintió que su regocijado corazón se detenía v que todo se iba yendo al carajo.

 

Tomado del libro; Trancapalanca, Mendoza, Élmer, Difocur, Gobierno del Estado de Sinaloa, Talleres de Origami, Culiacán, Sinaloa, 1989.

 

 

Élmer Mendoza

Élmer Mendoza

 

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Eutanasia, cuento
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Cuento sinaloense titulado eutanasia.

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