El Viejito Encantado

January 6, 2015

Leyendas de Sinaloa, México

 

EL VIEJITO ENCANTADO

 

Por: Luis Contreras

 

En Mayocoba, vocablo que significa “CABEZA DE MAYO INDIO”, sus moradores son el noventa y cinco porciento de sangre autóctona pura. Conservan sus costumbres y tradiciones, siendo por ello considerados como distintos a los demás habitantes de Mayacoba.

Este ejido se encuentra rodeado de frondosos árboles, que sirven de hermoso marco a los sembradíos de maíz y calabaza, y que forman la principal comida de estos indígenas. Casas construidas de adobe con el consabido corral, donde mugen las vacas de ordeña para el alimento cotidiano de la familia. Las mujeres de estos indígenas, preparan la comida de su marido y de sus hijos, torteando en un rústico metate y cociendo las tortillas en el clásico comal de barro, haciendo un fragante café que es la delicia de los comensales.

Loreto Valenzuela es uno de los fundadores de Mayacoba, en cuyo ejido se encuentran trabajando con verdadero tesón los ejidatarios, que lejos del murmullo del mundanal ruido, se dedican a sus labores y a sus hogares. Loreto es un anciano amable, que conserva fresca su memoria y como historiador en su ejido, narra siempre las costumbres y hechos de sus antepasados, guardando con celo las tradiciones de su raza, las que comunica poco a poco a sus descendientes, para que no se termine esa maravillosa tradición de su raza ya próxima a extinguirse.

Un grupo de estudiantes, ceremoniosos preguntan a Loreto Valenzuela, si está dispuesto a narrar alguna leyenda. Loreto, inmediatamente cuenta con lujo de detalles la historia del “Viejito Encantado”.

Aquí por aquella vereda, pasando aquellas tierras, hay un mezquitón y la gente lo conoce como el mezquite encantado.

Y dice la conseja que ahí reunía el viejecito, a algunas personas y les hacía diabluras, tales como convertirlas en animales, hacerlas padecer dolores o algunas enfermedades, llorar o reír sin deseos y hasta la desesperación o bien salir corriendo velozmente del mezquitón.

-Una vez, prosiguió don Loreto, dos jóvenes que viven allá, precisamente donde están ordenando aquella vaca, iban de camino y al pasar por el mezquitón, el anciano los llamó. Ellos, como conducidos por un imán que los atraía, se llegaron hasta él, quien con mucha generosidad y amabilidad les dio a comer “citatari” cuyo significado es planta endiablada. Al ingerirla aquellos dos mancebos, inmediatamente se sintieron transportados a un alegre baile, donde las parejas se encontraban entregadas muy placenteramente a la danza.

Ellos empezaron a participar de la fiesta, invitando a bailar a dos hermosas y elegantes muchachas. Pero luego, fijándose bien, vieron con bastante estupor que todas las jovencitas tenían patas de perico en lugar de pies humanos. Sintieron tanto miedo que cayeron desmayados. Cuando volvieron en sí, se encontraron ante el médico del lugar, quien los examinaba minuciosamente no encontrando mal alguno. Pero ellos seguían como alelados. Los familiares de los jóvenes los llevaron con el fumador de machuchos o sea el curandero hechicero del lugar, quien en tono doctoral declaró que estaban encantados.

-¿Tiene usted, don Loreto, alguna anécdota de este “viejito encantado”, pero que en la que usted haya sido participante?, le preguntaron los estudiantes.

—Desde luego que sí. Y don Loreto continúo:

-Una vez, un compadre mío y yo íbamos a San Miguel Zapotitlán y como buen indio compré una botella de mezcal para el camino. Mi compadre y yo, íbamos cantando y tomando tragos de mezcal, caminábamos por una vereda que tenía el monte muy tupido; cantábamos en ese momento la canción llamada Paulina, cuando de pronto se nos presentó el “viejito encantado”. Yo ya lo conocía, pero mi compadre no. Empezó haciendo diabluras convirtiéndose en un gran perro negro, que se lanzó sobre nosotros ladrando muy fuerte y queriendo morder, pero nosotros la emprendimos corriendo muy veloces hasta llegar a un poblado, allí se desapareció el terrible perro. Para quitarnos el susto me dijo mi compadre que diéramos un trago de mezcal, pero para sorpresa nuestra la botella había desaparecido.

—En otra ocasión estábamos en una fiesta llamada “los espíritus malos” o “judíos”. Un grupo de muchachas estaban sentadas debajo de los árboles junto a una iglesia que está allá arriba del cerro aquel. Se escuchaban el sonar de los tambores, el ruido de los ayales del masoylero, o bailador del Venado. Ya próximo el momento de la gloria, es decir el más solemne de los rituales indígenas, alcancé a distinguir al “viejito encantado”. Apenas se notaba por su estatura pequeña y, entre tanta gente, nadie reparaba en él. De pronto, las muchachas empezaron a bailar alrededor de la iglesia en una danza desenfrenada y luego se arrojaban al precipicio por la cima del cerro. Nosotros los hombres empezamos a .contemplar aquello, pero ninguno nos atrevíamos a ayudar a las muchachas para que no se precipitaran, pues todos estábamos encantados.

—El río Fuerte antes de estar la presa. en las avenidas traía mucha agua. En la otra banda, un día de creciente, estaban dos borregos que pertenecían a doña Pánfila y era su único patrimonio.

Ninguno de nosotros nos atrevíamos a pasar a la otra banda y traer los borregos, porque iba muy crecido, pero en ese momento vimos que el “viejito encantado” traía los dos animales caminando sobre las aguas, todos lo vimos, se los entregó a doña Pánfila, que en lugar de agradecer esa acción al anciano se desmayó, en el momento que el viejito desaparecía.

— Una vez llegó a este lugar un hombre muy alto que venía del sur. Se entero de todas las anécdotas del “viejito encantado”, y le dijeron que nadie podía pegarle, aunque era muy pequeño de estatura. El extraño nos platicó que él le pegaría y para ello esperó que hubiera un baile. Todos asistimos a la fiesta y el hombre del sur empezó a beber mezcal en compañía del “viejito encantado”, y cuando creyó que estaba borracho, lo invitó a pelear. El viejito aceptó, hicimos apuestas, nosotros que lo conocíamos apostamos por él, pero otros que vieron la corpulencia del sureño se hicieron de su lado. Formamos un círculo para los pleitistas, y empezó la lid, y a los pocos momentos el sureño salió derrotado. Todo porque el viejito había fumado machucho”.

Este viejito sí existió, y era el diablo. Nació en 1902 y murió aquí en 1970. Se llamaba Amado Quintero, y sus hijos aún viven y reciben los nombres de Alejandra Quintero de Zavala, Paz, María Lucina, Anacleto y Herculano. Su esposa se llamaba Ramona Zavala de Quintero.

 

Tomado de: Presagio, Revista de Sinaloa; número 13, páginas 28-29

 

Leyendas sinaloenses, El Viejito Encantado

El Viejito Encantado; leyendas sinaloenses

 

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El viejito encantado
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Leyendas indígenas de la tierra sinaloense: El viejito encantado

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