Cuentos de Sinaloa

 

De: Dámaso Murúa

 

EL VELORIO DEL VIEJANO

para Carlos R. Hubbard

Después de bebernos como cuatrocientas cervezas, El Maromas, El Bañado y yo nos salimos de la cantina sin pagarlas todas. Le dijimos al Chancarro, el coime, que en la cooperativa le plateábamos vale por el resto. Rechinando se aguantó, porque el consumo ya ni modo de regresarlo a vomitadas. En esa cantina ya estaban enterados de que nos habían corrido de la otra que está a la vuelta, la de Medina, el viejo alto y prieto, muy buena gente, pero que también se hartó de que le firmáramos vales sin dinero atrás y nos sacó a empujones, con la mirada como de águila queriendo venírsenos a picotazos. Eso fue la semana pasada.

Ahora caímos con Torales porque creíamos que estábamos nuevecitos para eso de firmar bebiendo. Pero niguas. Nos pararon el alto muy temprano y nos venimos pa la casa, palabriando por el medio de las calles. Ya era casi de nochi cuando nos dimos cuenta que había un difunto que velaban en el Callejón de los Indios.

—Vamos a ver si hay piquete —dijo El Maromas.

—Vamos —le contestamos yo y El Bañado.

La casa estaba solona, muy solona. Ni bancas pusieron pal difunto, en la calle. Había nomás dos velas grandes y una chiquita, aluzando los lados de la caja de pino, donde estaba metido con camisa blanca el que se fue sin avisar dejando viuda, descarnada y sin nada qué tentarle. La señora rezaba triste, aguantando el velorio. Tampoco sus vecinos fueron. Ha de haber sido nuevo en el poblacho, porque nunca nos perdemos aquí el café piquetiado de los velorios.

Nos acercamos y el viejano estaba serio, muy discutidor pero en silencio, con la huesuda. Nos rechinaban los huarachis al caminar y el rechinido parecía de películas que pasan en el cine: las del Bela Lugosi, con ojos pelones y capa de enterrador encima. Yo no conocía al viejano ni a la perjudicada.

El Maromas fue el más atrevidón, pidiéndole el vino:

—Señora, ¿no tiene un traguito?

—Ay, fíjese que no. Somos muy probecitos, apenas ajustamos pa la caja.

Yo le vi los ojos relampagueando, enojados, como que ya sabía que no podíamos seguirla. Los ojos eran de El Maromas, que estaban chispiando como cautín soldador. Por ese agravio se aventó contra la pobre señora diciéndole:

—Qué muerto tan desprevenido, sabiendo que se va morir y no compró ni una botella. Vámonos, vámonos Güilito. Vámonos, Bañado.

Y nos venimos. Yo con más pena que el cura que embarazó a la Ofelia. Con El Maromas pa vergüenzas no gano. Qué hablador.

 

Tomado del libro; El Güilo Mentiras, Murúa, Dámaso, Universidad Autónoma de Sinaloa, Culiacán, Sinaloa, 1994.

 

 

El Güilo Mentiras

El Güilo Mentiras, libro de cuentos de Dámaso Murúa

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El velorio del viejano
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Cuento del escuinapense Dámaso Murúa.

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