Cuentos de Sinaloa

 

EL ÚLTIMO VIAJE CON MI SUEGRA

 

De:  Ramón Rubín

Este no es un cuento que yo escriba por placer, por desahogo, por fidelidad al oficio o por ganarme la bicoca que por su publicación me pagan. Tiene tanto de real como los otros. Pero el atropello del riguroso orden con que esperan su turno mis escritos para ser publicados obedece a la necesidad de prevenirme contra las molestias y sinsabores que, sin existir estos antecedentes, podría acarrearme una intervención de la justicia.

Consecuentemente, me importa dejar bien establecido que mi suegra tenía orificado el canino izquierdo y una caverna apestosa en la única muela que le quedaba en la mandíbula inferior, así como una lesión en la falange intermedia del anular de su mano siniestra que le infirió un herrero muy bruto al tratar de aserrarle, entre gritos y aspavientos de la señora, cierta sortija que no le podía salir. Después de haberle pasado al pellejo la segueta debió dejarle una incisión, que bien puede servir para identificarla, en el propio hueso. Y espero que si encuentran algún día sus despojos, la policía entienda que estoy proporcionando estos datos precisamente porque no tuve nada que ver en su muerte.

Mi suegra no era la típica arpía que solemos encontrar en todas las suegras. Es obvio que siempre le daba a su hija la razón y además pecaba de quejumbrosa, pero sus excesos en mi contra nunca alcanzaron el extremo de despertar mis instintos criminales. Hasta de vez en cuando me cosía los pantalones y los calcetines, y si no hubiera otra razón, tenía por lo menos ésta para sentírmele agradecido. Como no soy muy hogareño, no me molestaba tanto tenerla en casa con aquel su inoportuno empeño de quejarse de las hemorroides durante las comidas y esa maldita costumbre de añadirse cuando íbamos de vacaciones o al cine.

Si detestaba esta última de sus obstinaciones, era quizás porque yo presentía lo que a causa de ella iba a suceder.

Fue, en efecto, durante el soñadísimo viaje de placer a Acapulco, que al fin pude realizar en mi flamante automóvil y en compañía de mi mujer y mis hijos. Mi suegra no pidió que la lleváramos, simplemente lo insinuó, como lo tenía por más efectivo. Mi vieja empezó a decirse muy preocupada porque, si durante la noche queríamos, ella y yo, tomarnos alguna libertad, no íbamos a tener con quién dejar encargados en el hotel a los muchachos. Yo deduje a lo que esa preocupación conducía. Y, estimándolo irremediable, me anticipé a sugerir que nos llevásemos a la suegra… Era, según aseguró, lo que estaba a punto de proponer, si bien la detenía el deseo de que la idea saliera de mí, y fue aceptado en el acto. Mi suegra se fingió sorprendidísima de aquella decisión, que ella había estado propiciando con mi mujer y resignada a servirnos de pilmama hizo sus tambaches y se acomodó en el asiento trasero, entre mis dos pequeños, mostrándose falazmente complacida de que, como siempre, le tocase viajar en el lugar más incómodo, supuesto que su mayor goce estaba en vernos felices a los demás. Con lo cual perseguía y consiguió que mi esposa le cediera su lugar a mi lado en algunos tramos del camino.

Atribuyo el triste desenlace a un atracón de enchiladas de iguana que se dio en Tierra Colorada o a las tres docenas de camarón gigante que se zampó en Acapulco. Pues, aunque en ocasiones se quejara de dificultades con la respiración y de pálpitos que podían sugerir trastornos cardíacos, sus quejumbres eran tantas y de índole y localización tan diversas que con igual fundamento hubiéramos podido suponerla víctima de triquinosis, del muermo, del gabarro o de la fiebre equina. El caso es que la encontramos muerta en su lecho del hotel cierta madrugada en que regresábamos del Coconaut Club, derrengados de bailar el hula-hula.

Por fortuna, nuestros dos niños no se habían percatado de la desgracia, pues se hallaban profundamente dormidos, y tampoco tuvo, al parecer, tiempo de alborotar al hotel pidiendo socorro.

Pero, siendo ello en vísperas del regreso, el remanente en mi cartera difícilmente me permitía afrontar aquella infortunada y costosa contingencia.

Traté de confortar a mi media naranja haciéndole notar que, por lo menos, su mamá se veía al fin libre de los muchos males que la aquejaban, lo cual compensaba la necesidad en que nos encontrábamos de darle humilde sepultura en Acapulco. Pero ni en su aflicción se dejó ella convencer, obstinándose en que habíamos de traer el hediondo cadáver a Guadalajara, pues una de las más reiteradas recomendaciones de mi madre política había sido que se la enterrase en la gaveta que tenía reservada en la tumba de su difunto marido.

El médico que confirmó su muerte me puso al tanto de que el traslado de un cadáver a traves de siete estados de la república exigía gastos y complicaciones que sólo un dueño de agenda funeraria podía imaginar. Tras el acta de defunción con siete copias legalizadas, era preciso gestionar que se eximiera al difunto del engorroso trámite de la autopsia. Luego se imponía embalsamar el cuerpo. Enseguida debía obtenerse la complicada y cara autorización del Departamento de Salubridad en cada uno de los siete estados que atravesaba el camino para circular por éste con un cadáver y, por último, había que adquirir el ataúd y pagar una ambulancia que lo transportara.

Aparte de una semana muy bien aprovechada en estos arreglos, todo ello suponía un gasto de más o menos quince mil pesos. Y yo no disponía de ese tiempo y menos aún de tanto dinero. Tal vez si mi auto hubiera estado pagado ya, lo habría podido empeñar o malbaratar. Pero apenas había dado el primer abono y aún no me entregaban la factura, pues el mismo coche respondía por el crédito que me permitió adquirirlo. En el negocio en donde estaba empleado me habían facilitado a regañadientes un anticipo para completar el costo de mis vacaciones, y me habían fijado para dos días después el inapelable regreso a hacerme cargo del puesto que en él desempeñaba. Y luego de pagar al doctor y la cuenta del hotel, en mi cartera restaban sólo doscientos cuarenta pesos que calculaba necesitar para el combustible y las comidas de un viaje ordinario de retomo.

Hice al médico confidente de mis desventuras y, generosamente conmovido, consintió en que los cien pesos de sus honorarios quedaran pendientes de pago si le dejaba como garantía el único nuevo de mis tres velices, adquirido en doscientos ochenta pesos con un talabartero amigo que, por la amistad, me lo hizo a precio de costo. Pero este arreglo no solucionaba nada… y, consciente de ello, acabó refiriéndome un caso del que había tenido conocimiento y en el cual, en circunstancias análogas, una familia de veraneantes de la ciudad de México se llevó en su coche un cadáver haciéndolo pasar por persona viva y ahorrándose bonitamente tantos gastos y molestias.

Protegiéndose, el médico me advirtió que no me recomendaba imitarlo, por tratarse de un acto ilegal. Pero yo intuí al punto que era mi única solución y a mi mujer le pareció de perlas.

Con muchos ruegos y la solemne promesa de no complicarle si me descubrían las autoridades, obtuve que el médico le pusiera al cuerpo de mi suegra tres inyecciones de formol para demorar su descomposición; y con los casi doscientos pesos que me quedaban, después de pagarle cincuenta por este servicio, llené de combustible el tanque del auto antes de estacionar éste en el patio interior del hotel, frente al cubo de la escalera más oscura, y bajar por ésta, con la ayuda de mi esposa, el cadáver bamboleante de la suegra, a fin de partir sin desayunarnos siquiera.

No dejó de causar cierta extrañeza entre algunos huéspedes y camareras que una señora tan respetable y además aquejada de inflamación en las hemorroides, como ella misma se había ocupado de divulgar por todo el hotel, se hubiese colocado tan terrible borrachera que le impedía mantenerse en pie. Pero haciendo prodigios para sustraerla a su atención, conseguimos bajarla y colocarla, con la cabeza envuelta en un chal, erguida sobre el asiento posterior del coche y con un niño a cada lado para que la sostuvieran.

A éstos les habíamos dicho que su abuelita padecía encefalitis letárgica, con lo que no podía despertar. Y ya que ella andaba siempre quejándose de males imaginarios, se tragaron esa píldora como si fuese caramelo.

Tenía mis nervios de punta y por poco me llevo a un muchacho obstinado en limpiarme el parabrisas para merecer una propina. Sólo cuando corría por la carretera empecé a sentirme medio sereno.

Mi mujer reanudó sus lloriqueos y mis dos hijos empujaban el uno sobre el otro el cuerpo inestable de la abuela, que en cada curva del camino amenazaba desplomarse. Estaban un tanto molestos, pero siguieron dando fe a mis afirmaciones y preocupándose por el temor de que la mosca tse-tsé, que le había transmitido el mal del sueño, fuera alguna de las que empezaban a revolotear golosas en torno al cadáver.

No se presentaron contingencias mayores durante las ocho horas que duró el viaje hasta la ciudad de México. En sus afueras repusimos combustible, y ello dio ocasión para adquirir sándwiches y refrescos que aliviaran el hambre de mis pequeños. El servidor de la gasolina dio por supuesto que la señora dormitaba, si es que acaso se fijó en ella, pues cometí la desvergüenza de encomendarle a mi mujer que lo mantuviera distraído arreglándose descocadamente las ligas de sus medias con la portezuela entreabierta. Y poco después rodeábamos por las afueras de la urbe para alcanzar la autopista a Querétaro.

Con todo ese tiempo en tensión emocional, me dolían las vértebras del cuello y empezaba a empanárseme la vista; pero me mantuve estoico. Sólo los niños comenzaban a querellarse contra la abuela, cuyo desequilibrio pesaba alternativamente sobre el uno o sobre el otro. Y como descubrieron frías sus manos y que empezaba a oler desagradablemente, no sé si por el formol o por un principio de descomposición, hubo que aplacarlos pasando atrás a mi mujer y trayéndolos a ellos a ocupar a mi lado el asiento delantero.

Poco antes de llegar a Querétaro nos oscureció, dándonos oportunidad para permitir que los pequeños desahogaran a campo raso una apremiante necesidad, circunstancia que, aprovechando la soledad y lo oscuro, me permitió trasladar el cadáver a la cajuela posterior, simplificando las cosas al grado de que pudimos viajar ya más tranquilos.

Mas, pasadas sin contratiempo Celaya y Salamanca, a casi la medianoche, no conseguía que mis hijos se durmieran, pues continuaban quejándose de sed y hambre. Y al divisar abierto un restaurante en la orilla del camino, ya cerca de Irapuato, opté por detenerme para tomar un refrigerio, pero tuve la precaución de estacionar el auto fuera de la pista, bajo el palio frondoso de una arboleda que había, un poco alejada, por el lado opuesto.

Cenamos en sólo veinte minutos, y al volver al coche nos esperaba una morrocotuda sorpresa.

Manos aleves, que aprovecharon la oscuridad y el alejamiento en que el vehículo quedó para forzar la aleta de su ventanilla y echarlo a andar manipulado con los cables del encendido, se lo habían llevado con todo y su macabro cargamento.

De primera intención me sentí feliz. Mi coche estaba asegurado y aquello resolvía los problemas económicos del sepelio que me venían angustiando… Pero enseguida se me hizo claro que los ladrones abandonarían el coche no bien descubrieran la naturaleza de su carga, y que la policía no tendrá dificultad en localizarme por el número de las placas y la tarjeta de circulación. De modo que, lleno de consternación me abstuve de denunciar el robo en Irapuato, donde no contaba con ninguna amistad que me pudiera brindar ayuda en el enredo. Y aceptando el generoso ofrecimiento de un chofer que en el restaurante se enteró de mi caso, superé la incapacidad de mi peculio para comprar pasaje en autobús siguiendo viaje con mi familia en su tráiler carguero.

Ya en Guadalajara, a la mañana siguiente, hice levantar acta del robo del coche ante un agente del Ministerio Público sin mencionar el cadáver. El funcionario insistió en que debía hacerlo también en Irapuato, a donde envié un oficio por correo…

En respuesta a éste recibiría dos semanas después una notificación participándome que el coche había aparecido abandonado en un pequeño barranco de las cercanías de Coroneo, sobre la carretera de San Juan del Río a Acámbaro.

No mencionaba a la muerta. Y el procedimiento de avisarme dándome tiempo para huir me sugirió que, a menos que no se hubiera descubierto todavía, se me estaba tendiendo una trampa a fin de ver cómo reaccionaba.

Puesto que darme a la fuga era tanto como declararme culpable, aún acongojado y temeroso me trasladé allá… Y encontré que además de desprender y llevarse el aparato de radio, los ladrones habían violado la cerradura de la cajuela posterior, faltando de ella el equipaje, la llanta de refacción, las herramientas… y el cadáver de mi suegra.

Recobré el auto. Pero ignoro aún lo que pasó con los restos mortales de la señora. Tal vez al descubrir el cuerpo los ladrones recibieron el susto de su vida; y por no verse complicados en un asesinato, se aturdieron y fueron a tirarlo o a enterrarlo en algún sitio antes de que decidieran abandonar también el coche para evitarse mayores consecuencias.

Me economicé los gastos del sepelio, de las esquelas de defunción, del velorio y del ataúd, pero traigo en la conciencia una espina que todas las noches se me traduce en atormentadas pesadillas. Y en previsión a que vayan a aparecer los huesos y no surja ese providencial antropólogo que se empeñe en identificarlos como los de la Malinche, que en mi último sueño me salvaba de ir a dar a presidio, decidí hacer público desde estos renglones que soborné a un médico, violé la ley de tránsito de cadáveres en siete estados federales y dispuse ilegalmente de una muerta, mas sin que pasara por mi imaginación la idea de asesinar a mi suegra inyectándole formol en las venas, tal como en otra de mis pesadillas había sugerido la autopsia.

 

 

Tomado del libro; Casicuentos en salsa chirle, Rubín, Ramón, Difocur, Culiacán, Sinaloa, 1991.

 

 

casicuentos en salsa chirle

Libro “Casicuentos en salsa chirle” del cuentista sinaloense Ramón Rubín

 

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El último viaje con mi suegra, cuento
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El cuentista sinaloense Ramón Rubín en un relato bien logrado con el tema de la suegra.

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