Cuento sinaloense

 

EL ÚLTIMO SUEÑO DE LA VÍBORA

 

Por: Cipriano Obezo Camargo

Teníamos que ir al rancho de los Capomos, porque mi tío Miguel quería ver si Don Miguel Elizalde le rentaba un “tiro” de mulas pa’ sembrar el pedacito de tierra que le había tocado a mi abuela en el reparto que se hizo de lo que mi bisabuelo dejó para sus hijos, al morir.

Sería cuestión de una semana de trabajo, nomás no aflojándole; porque era necesario barbechar, rastrear y después “cruzar” el terreno, para esperar enseguida el momento oportuno de la siembra.

Calculado. el peso diario que se iba a pagar de renta por cada animal, se necesitaban catorce pesos para cerrar el compromiso “a chile torcido”. Para eso, Don Lauro Díaz ya había prestado el dinero, reservándose el derecho de cobrar al levantar la cosecha, en kilos garbanzo, al precio que anduviera entonces.

Si las cosas salen bien, caviló mi tío, y llegamos a levantar unos doce o quince sacos, y los vendemos a siquiera a seis pesos cada uno, como el año pasado, le llegaremos, le llegaremos muy cerca a los cien pesos, agregando lo que “Iógremos” al vender la paja.

Sacando lo de la renta de los animales, continuó, y lo que se necesite pa’ pagar los préstamos que “hágamos” de aquí a entonces, casi casi nos van a quedar libres unos cincuenta pesos, que nos van a “caír” al pelo, con esta arranquera que nos está matando.

Pa’ comer mientras, siguió calculando, “pos ahy acompletaremos” trabajando al jornal cuando “haiga” donde, y no ha de faltar lo que le “puédanos” sacar al monte pa’ irla pasando hasta “salir al otro lado”.

Mientras tanto, llegamos a la casa de Don Ángel, saliendo a recibirnos su esposa, a la cual le contamos el objeto de nuestra visita.

Pueden contar con la seguridad que Ángel les va a dar la ayuda que necesitan, afirmó la mujer, pero tienen que volver dentro de unos dos otres días más, porque él anda ahorita pa’ Guasave, buscando sacos para la cosecha que viene, porque después se ponen muy escasos.

 

SALE LA”CHUREA”

No quedándonos otra salida, ofrecimos volver para la fecha indicada, y emprendimos el viaje de regreso a nuestro pueblo.

Acabábamos de pasar el caserío de Los Capomitos de los Sánchez, cuando atravesó de derecha a izquierda una “churea”, llevando en el pico un objeto que yo no alcancé a saber que era.

Mira, indicó mi tío Miguel, una “churea” “acarriando” choyas. Con seguro que por “ahy” tiene su culebra apartada pa’ “dale mate” cuando le termine de hacer su “fainita”.

Vámonos escondiendo por aquí, prosiguió el pariente, pa’ “seguirla” en el otro viaje, a ver si no le falta mucho “quihacer”.

¿ Quihacer” para qué? pregunte tratando de averiguar qué era lo que en realidad quería explicarme.

“Pos” verás, reanudó de nuevo, la “churea” es un “alimal” muy vivo, que se las agencia como ella puede para aprovechar cualquier ocasión y darse sus buenas agasajadas, muy “en prencipal” cuando da con alguna culebra que se “haiga” quedado dormida junto a la “ráiz” de “cualquer” palo.

Como mientras yo recibía estas explicaciones, la “churea” volvió a pasar con otro trozo de choya en el pico, nos pusimos en movimiento siguiéndola sigilosamente, hasta que se detuvo depositando su carga en el lugar escogido.

Fíjate, indicó mi compañero, allá en el tronco de aquel brasil, está una víbora dormida. Cuando el pájaro dio con ella, comenzó a “acarriar” choyas pa’ “hacele” un cerco alrededor y luego comenzar con sus “mañosadas”. Ya no hables ni te muevas, y fíjate pa’ que veas lo bueno, me ordenó finalmente.

 

NO PUDO LA VIBORA

Y el drama empezó casi inmediatamente.

Segura de que el cerco de espinosos cactus estaba cerrado en torno del reptil, inmovilizado por el sueno, la “churea” se retiró unos dos o tres metros de la escena, e iniciando un corto vuelo raso, pasó sobre la víbora asestándole un picotazo en la cabeza.

Herida en zona vital, la culebra hizo sonar furiosamente el cascabel de su cola, irguiéndose como a una cuarta del suelo, tratando de saber donde provenía el ataque.

El ave agresora que se había posado con astucia precisamente atrás de su presunta víctima, volvió a actuar de igual forma y manera nuevamente, provocando un intento de huida de la víbora.

Pero…. ¡Qué inútil resultó aquel esfuerzo desesperado! pues el retorcerse sobre los agudos pinchos, los bracitos de choya se le fueron adhiriendo al cuerpo, obligándola a retorcerse y a doblarse sobre ella misma, revolcándose en lo que ya, para entonces, era un verdadero lecho de espinas.

Entre tanto, la “churea” saltaba de un lado para otro repitiendo sus tupidos e implacables golpes, buscando ahora la región de los ojos, tratando sin duda que el dolor y la ceguera evitaran que su víctima tomara un rumbo de huida seguro.

Al cabo de un largo rato, las contorciones de la víbora vencida cesaron casi por complete y un hálito de muerte se advertía en torno del reptil en derrota. De inmediato, la “churea” se preparó para el festín.

Segura de su triunfo absoluto, se echó sobre la tierra, restregó la cabeza sobre el polvo y se esponjó enseguida sacudiendo enérgicamente el plumaje del pescuezo hasta la cola, para empezar a urgar en la carne todavía caliente e iniciar un ávido comer con voracidad, a grandes trozos.

No siendo dueña de un buche de gran capacidad, no tardó mucho la tragona en sentirse harta, pero seguía picoteando por placer con una especie de sadismo calculado.

En los instantes que siguieron, volvió otra vez el ave a esponjar el plumaje; saltó dos o tres veces mirando para todos lados y, finalmente, se arrancó veloz con una forma combinada de correr y volar a ras del suelo rumbo a la laguneta más próxima, donde intentaría mitigar la sed que le provocó la hartura.

Volvimos a encaminar los pasos rumbo a nuestro hogar, sin pronunciar palabra, mi tío y yo. ¿Qué iría pensando en aquel momento el sentimental espíritu del viejo campesino que me hacia compañía……?

Yó retenía aún, la imagen de la culebra agónica ante la mirada brillante de satisfacción de la “churea” que, en muda expresión de las normas de supervivencia que impone la dinámica del monte por medio de sus signos de vida o muerte, había logrado la pitanza fácil de un día más de su existencia indeterminada.

El “Unos tienen que morir para que otros vivan”, de la vieja sentencia, parecía rebotar de piedra en piedra, resonando como un eco que quería alargarse en los confines del monte.

¡Y así fue como la víbora durmió

el último de sus sueños !

NOTA.- La “chaurea” es una especie de faizán abado, de cuerpo chico, gran copete, zancudas patas, y larga cola, que pertenece al grupo de las corredoras que la literatura ha bautizado con el nombre de “correcaminos”.

Suele habitar en los montes bajos del norte y centro de Sinaloa, donde los indígenas la han catalogado como ave agorera, pues le atribuyen significación de buena suerte al hecho de que atraviese las veredas frente a cualquier caminante, haciéndolo de derecha a izquierda. (El cruce de la “churea” de izquierda a derecha, es signo de mal agüero).

 

Serpiente azteca

Serpiente-culebra-víbora en la cultura mexicana

 

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El último sueño de la víbora
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Anécdotas rurales del pueblo angosturense desde el estado de Sinaloa, país México

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