Cuento – crónica de Sinaloa, México

 

EL TERROR DE LOS LATIFUNDISTAS

 

Por: Jaime Sinagawa Montoya

 

— ¡Buenas noches, señora! ¿Dónde vive el comisariado ejidal?

— iBuenos días, señor!, corrigió la campesina.

Era pleno mediodía, con un calor de 45 grados centígrados a la sombra.

Ella era la esposa del comisario de aquel ejido enmontado, con algunas parcelas de temporal. Vió a los dos hombres dentro de la cabina de la camioneta roja con las puertas pintadas con el águila devorando a la serpiente y con naturalidad, señaló una vereda que nos llevaría, según ella, a una casa con enramada.

El ingeniero Teobaldo Bojórquez y yo, su ayudante, teníamos varios días con sus noches recorriendo aquellos lomeríos, buscando “El Palmar de los Garza”, allá por los rumbos de Mocorito, donde debíamos practicar un levantamiento topográfico.

La región era agreste por el paisaje y por su gente llena de desconfianza hacia todos los fuereños, contimás a unos en camioneta del gobierno.

 

Ahí los campesinos ladean el sombrero, tapándose los ojos cuando hablan y “por si o por no, pa’no jerrarle”, nunca dan una “razón cierta”. Y es que si no se dieran “maña” para sembrar cannabis y amapola, hace mucho que hubieran tenido que emigrar, de esos varejonales inhóspitos.

La tortura china de los biombos, que quitar uno, y queda otro, quitas ese y queda otro y así hasta el infinito. Habíamos encontrado ya “EJ Palmar de los Rochín”, “El Palmar de los Sepúlveda”, “El Palmar de los Gastélum”, pero no “El Palmar de los Garza” o de las garzas, ni eso quedaba claro en el oficio de comisión difuso y equívoco.

 

— Ya nos cargó la fregada, joven comunista- me dijo Bojórquez. A lo mejor ese dichoso Palmar, ni siquiera existe, o está en otro municipio, o en otro estado, o en otro planeta. Desde que llegó a la jefatura de la oficina el licenciadito ése, me trae entre ojos. A lo mejor esta comisión es una trampa y desta no me le escapo. Pero yo tengo seis hijos, vivos y tontos pero todos comen. Conozco el miedo que tienen ahorita los terratenientes de la costa, con el runrun de que ahora si, por fin el gobierno les va a quitar sus tierras de riego, que son las que si producen, cuadriculadas por canales y drenes y parejitas como mesas de billar. Pocos como yo están tan interiorizados del hectárea afectable y de los chanchullos agrarios. Ellos me conocen y saben que yo si sé como mastica la iguana. Aquí venimos con este teodolito sin estrenar, una flamante camioneta con sellos oficiales y de color rojo, pa’que más te guste.

— Así que: ¡agárrense, jijos de la jejurria, que ahí va Bojórquez, a repartir lo que Cárdenas dejó pendiente!

Las fintas y clinch de Bojórquez en el regateo con aquellos rancheros socarrones y colmilludos, ganaron mi admiración a sus rápidos reflejos de comediante; pero cuando quedé boquiabierto por su agilidad mental, fué en el pequeño auditorio de la cámara de comercio local.

El jefe nato de los agricultores que se había cotizado para diferir la acción de la justicia agraria que Bojórquez “personificaba” le entregó un cheque haciendo grandes espavientos y, para embarrarlo aún más, proclamó la cifra, el número y el banco al que estaba girado y con palabras tortuosas, dijo que era un buen arreglo en¬tre gente razonable y dejó revoloteando en el aire la palabra soborno.

 

Bojórquez, ni tardo ni perezoso, tomó el cheque, lo dobló con parsimonia, lo guardó en su cartera y se dirigió al micrófono:

-Queridos amigos y progresistas agricultores de este hermoso valle: soy el humilde portavoz de este generoso óbolo que ustedes, en un desplante que los honra, envían a la señora esposa del gobernador del Estado para la asistencia a la niñez desvalida en el benemérito Instituto de Protección a la Infancia. La señora primera dama del Estado, me ha encargado que les diga que aprecia su gesto en todo lo que vale y que, a su debido tiempo, sabrá agradecérselos cumplidamente. Muchas gracias.

Después de su brillante actuación, Bojórquez se puso a jugar carreras de caballos, llamadas “tacuachadas”, con los ricachos que había extorsionado. Perdió el cheque y ya “picado”, al son de la tambora y el aguardiente, apostó el teodolito con todo y estadal y valisa. La camioneta no se la aceptaron.

 

Tomado de: Presagio, Revista de Sinaloa; número 02, páginas 24-25.

 

Cuento de Sinaloa, México; el terro de los latifundistas

El Terror de los Latifundistas; cuento sinaloense

 

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El terror de los latifundistas
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Relato sobre las experiencias y anécdotas laborales en el campo sinaloense de un ingeniero civil.

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