Cuentos, leyendas, relatos y narraciones de Sinaloa

 

PEDRÓN

 

De: Dámaso Murúa

Me lo contaron en Las Estancias, pero no se los quise creer. Me lo dijo El Yeguas que es más hablador que su mamá y su abuela juntas. También El Bañado, que lo había visto y del miedo le dio cursera tres días seguiditos. El Paletiado cuando llegué a la pesca, en voz bajita me secreteó: “No te acerques pa Las Navajas, allí sale el viborón, un viborón grandote, gordo, bien servido”. Pero yo soy el Güilo Mentiras y no nomás porque sí tengo miedo. Chivata víbora, no ha de ser más víbora que yo. En cuanto la vea, la mido bien y verán lo que le pasa, lo que le pasará con el Güilo Mentiras. No sabe en la que se metió. Hija de su pelona.

Tuve que creerles todo. Deveras estaba gorda la viborona, bien criada y mansona, hasta eso.

Por los primeros días de mayo, andaba buscando un venado que se me había ido vivo un día anterior, con un tiro y el casquillo juntos, chorriando sangre, se me fue. Iba dejando pedazos de su cola blanca por entre los malines, pero así se largó el chivato y me dejó humeando el rifle. Me tuve que conformar.

 

Ah, sí, fue cuando me salió el viborón al día siguiente. El barzón estaba durísimo, el agua en contra y refuerte. Donde se anancha la marisma, se me levantó un borregón. Primero creía que era borregón y el sustazo que me dio me dolió en las tripas: ¡hijo! ¡era víbora grande! Levantándose entre el agua vi que la cola le jondeaba hasta los mangles. Como de cincuenta metros el empalme, bien tripeada, yo crioque andaba llenándose de camarones y de lisas porque hasta eso, se venía riendo, cuando me vio en la canoa.

Tenía cabeza de borregón cenizo y fácil la panza le medía un metro de ancho. Ni con un verijero de mula, hubiera podido darle la vuelta. Arremangaba el agua y levantaba olas tapando los mangles. Le dio vuelta a la cola rodiando toda la canoa. Ya no pude seguir palanquiando y enojado le grité:

—No te metas conmigo. Te va ir mal.

Nomas se rió.

—Si saco el cuchillo no me duras nada, vale más que te vayas.

Se volvió a reír. Y me chicoteó la cola y me bañó todito de agua.

—No me has visto enojado, no me has visto.

La vi cerquita. Tenía cabezota de pelícano y colón de víbora.

—Vale más que no te metas conmigo —volví a decirle con el galillo como chicote.

—Y si me meto contigo, ¿que?

Ay fregada, si hablaba igualito que el Popo González, el presidente de la cooperativa, viejo gargajero y escupidor.

— ¿De modo que hablas tú?

—Hace mucho, Güilo.

— ¿Desde cuándo?

—Desde que andaba por San Blas.

 

—Apa madres, ¿por allá andabas también?

—Tengo una semana aquí por el estero y todos corren cuando me ven.

—Pos no, quién no va correr…

—Yo no les hago nada.

—Pero con esa cara, quién ti oye. ¿Cómo te llamas?

—Pedrón.

—Te debías de llamar Pedrito, porque yo te veo todavía muy cachorrón.

—Mi mama me puso así.

—Ah.

—¿Pa dónde ibas?

—A trair leña, aquí cerquita a Las Vacas.

—Si quieres te acompaño.

—Sería bueno, pa asustar al Chato Tracateras que me la debe hace mucho.

—; Es tu cuate el Chato?

—El dice ques mi amigo. Pero yo no.

—Tiene buenos versos.

—Algunos malancones otros buenones, pa ques más que la verda.

—Ándale pues, vámonos.

—Vámonos.

En el camino lo iba viendo de reojo. Le conté unas tallas de las que me sé. Iba muy contento moviendo el agua como si fuera un motor de barco, pero cuatrocientas veces más grande. Me contó que nació con cabeza de borregón porque su mama tuvo que ver con un pelícano y fue la causa de que se peliara con su papa, un mero grandote, dientudo. Se vino por todo el mar y antes de meterse a los esteros lo cuchiliaron los barcos de Copel, un señor de Mazatlán. La plática se la oyó a los marineros, una nochi camaronera.

Cuando llegamos a Las Vacas, hubo tal corredero de gente que no los volví a ver ni por la feria. Recogí la leña que me habían encargado y el viborón esperándome, mansito el fregado. Mansito. Nos vinimos por el mismo camino, muy platicadores. Ya pa entonces, venía alistando el cuchillo. El susto no iba a quedarse así. Venía bien zurrado por su culpa, qué.

El animal me siguió contando que los tiburones muchas veces le mordieron la cola, pero que le salía prontito otra vez. Animalon que era. Mansito. La voz era lo malo, se le oía como dentro de una olla, como dentro de un ollón. Mansita la fiera. Me llegó hasta la canoa y unas cuantas escamas, escamones, me cayeron al lado del canalete. Mansito que se veía. Me dijo que andaba sin vieja y como que me dio algo en la angina. Pobre animal: sin vieja y por esos esteros tan feos. Allí por Agua Brava le ha de haber ido remal. Sin vieja y tan mansito. Yo no sé por qué le tenían miedo.

En el otro rozón a la canoa fue cuando le di el tajarrazo con el cuchillo. Ni el globo de Cantoya tronó tan fuerte. Estaba lleno de aire, no tenía nada adentro. Los ojitos se le fueron cerrando como niñito de pecho y quedó flotando la cabeza de borregón que parecía cresta de gallo gigante, en medio del agua. Cincuenta metros de pura lona. Ancha y maciza. Me mandé hacer cinco catres. Todavía tengo en la casa. Si quieren mandar por un pedazo, avísenme antes.

 

Tomado del libro; El Güilo Mentiras, Murúa, Dámaso, Universidad Autónoma de Sinaloa, Culiacán, Sinaloa, 1994.

 

 

Cuento "Pedrón", del Güiolo Mentiras

El famoso personaje sinaloense El Güilo Mentiras se enfrenta a “El Pedron”

 

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Cuento "Pedrón"
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El cuento sinaloense: título "Pedrón", una aventura del personaje El Guilo Mentiras, autro Dámaso Murúa.

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